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Full text of "Por la patria : la Revolución de 1897 y sus antecedentes"

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POR LA PATRIA 



LA REYDLUCIOH DE 1897 T SUS AHTECEDENTES 



POR 



ís Alberto de Herrera 




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MONTEVIDEO 

TIFOORAFIA ITRUCUJAT A DB MARCOS 

BUENOS AIBES ESQX7IN1. MISIONES 

1898 



HARVARD COLLEQE LIBRARY 

DEC 24 1915 

LATIN-AMERICAN 
PROFESSORSHIP FUÑO. 




» ••• 









Es esta la vez primera que figura mi nombre en el 
frontispicio de una publicación. 

Sin pretender aparentar una cortedad que ya no me 
corresponde, declaro que profundas vacilaciones y temo- 
res me asaltan cuando aquilato la magnitud del intento 
en vista. 

Sólo la conciencia plena que tengo de ser verídico en 
estas narraciones;, sólo el deseo sincero de allegar algún 
rayo de luz á la investigación histórica, puede moverme 
á salir de una penumbra intelectual que me llama y me 
conquista. 

Cuando palpo las muchas falsificaciones tejidas alre- 
dedor de la jornada cívica última, pienso que existe el 
derecho de sancionar tantas inexactitudes amonedadas 
con la complicidad del silencio. 

A trueque pues, de lastimar vanidades y de perder la 
adhesión de los soberbios, reflejaré en estas páginas, lo 
que mis ojos han visto, lo que mis oídos han escuchado, 
lo que mi pensamiento vulgar acrisoló en dias cruelmente 
perfilados por el dolor y por la sombra de grandes desas- 
tres públicos. 

Sin ultrapasar las fronteras de una larga modestia que 
debe ser la tutora de los que nada valemos, considero 
que presto algún pequeño servicio acumulando algunas 



e F»OFl LA F»AXFIIA 

ref encías bautizadas en el Jordán de una verdad efec- 
tiva. 

Es necesario que los hombres jóvenes, los hijos de esa 
vieja Universidad que iluminó nuestros espíritus con las 
claridades hermosísimas de una instrucción bienhechora, 
nos acostumbremos á mirar la realidad de frente, sin 
esquivar sus asperezas, sin aplaudir errores, ni peque- 
neces, ni tergiversaciones, en homenaje á las exigen- 
cias brutales del cintillo y de malsanas tradÍQÍones de 
partido. 

Díganse las cosas como son; brille lo cierto; ilumine la 
sinceridad nuestro criterio, por encima de las pasiones 
nacionalistas y de las pasiones coloradas, capaces sólo 
de teñir con sus respectivos colores, el lente del ob- 
servador. 

Y luego de hecho el examen; después de exhibir los 
saldos negativos y los totales generosos, rehuyamos el 
terreno ingrato de los debates sin término, de las impu- 
taciones injuriosas y de los recíprocos agravios, para 
recordar que todos somos hijos de las mismas entrañas, 
pedazos del mismo cuerpo y deudores de los mismos 
atrasos; que la nacionalidad uruguaya es una sola é indi- 
\dsible; que ni este departamento ni aquella región es 
del dominio exclusivo de unos ó de otros; que todos 
juntos y unidos por los santos mandatos de la fraterni- 
dad, estamos obligados á lavar las úlceras y gangrenas 
que afean un semblante querido; que nuestra bandera la 
tremolaron con brillo Eivera como Oribe, Berro como 
Suarez^ que la ley de las democracias es la igualdad, 
erigida sobre un pedestal de honor, y que los laureles de 
la guerra civil son tristes atributos, y tristes también los 



F»OR. LA F»ATFtIA TT 

triunfos militares cuando sólo el impulso interno distin- 
gue á los combatientes. 

Por eso, sin satisfacciones pueriles de bando, que este- 
rilizan los mejores impulsos y enconan los labios de una 
antigua herida, todavia en supuración, haremos desfilar 
en esta obra, las vergüenzas, irregularidades é ignominias, 
que integran un recuerdo maldito y eslabonan una cade- 
na de impúdica opresión. 

Que venga cuanto antes, el bálsamo de las indispen- 
sables reparaciones y el alivio de las concordias verda- 
deras para olvidar pronto que una vez, el país conoció 
los insomnios de quemantes bacanales; que una vez, el 
ejército fué verdugo del pueblo, y la República estuvo 
más cerca del descrédito que de la pureza. 

El justo deseo de no apartarme demasiado en el tiem- 
po, de los sucesos que describo, me mueve á dividir en 
dos partes, esta obrita sin pretensiones, hilvanada en los 
pocos ratos que me dejan disponibles, ocupaciones mul- 
tiplicadas. 

Una vez enfriado el hierro cuesta imprimirle determi- 
nada fisonomía; y yo siento que ya empieza á caer una 
gran nevada sobre los sucesos revolucionarios de 1897 
y que el sepulturero de todas las cosas, está en víspera 
de ceiTar una fosa inolvidable que guardará como un 
pomo de muerte, la memoria de heroicidades y sacrifi- 
cios inmortales, porque fundaron para nosotros reivindi- 
caciones sin poniente. 

Sin incurrir en la debilidad tonta de buscar títulos 
exhibiéndome laborioso, afirmo que, mismo para llenar 
estas pocas carillas, he debido tropezar con dificultades 
renovadas, vacíos y versiones desorientadoras. 



8 F»OFt LA. F»ATFtIA 

Hasta la incorporacióa definitiva del arroyo Tupam- 
bay con el ejército mandado por el General, alcanzará 
este tomito. Lamas y Tres Arboles informan la primera 
parte; Saravia, Arbolito y posteriores sucesos hasta el 
fin de la guerra, servirán de material á la segunda. 

La superstición fascinante del cariño me inclina á 
dedicar estos párrafos escritos con sentimiento, porque 
cada uno recuerda una emoción expeiimentada, á mis 
padres, que creyeron morir ante la perspectiva de una 
ausencia eterna. 

Los perfumes de violeta del hogar, no pueden tener 
el carácter impertinente de los postizos, en un folleto 
cuyo prólogo y cuyo epílogo se abrochan con una expre- 
sión honrada. 

Marzo 5 de 1898. 



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POR LA PATRIA 



Necesidad de una exploración previa 

Todos los acontecimientos, los grandes como los pe- 
queños, descienden en línea recta de un pasado y pro- 
yectan claridades 6 sombras sobre un porvenir que lleva 
fatalmente impreso el sello de la herencia recibida. 

Aunque menos tangible, el parentesco de las cosas 
posee carácter más imperativo que el parentesco de los 
hombres. Eñ los dominios de la ciencia hist()rica, no es 
posible borrar toda una paternidad escondiendo pecados 
en el fondo de un torno misericordioso. 

Por eso, sería tarea sino estéril imperfecta, pretender 
escribir sobra el pasado movimiento revolucionario, sin 
hojear las páginas anteriores. 

Apesar del carácter trágico de nuestro desarrollo; 
apesar de las rudas marejadas que han azotado el bajel 
de nuestros entusiasmos, al punto de prometer á diario 
inminentes naufragios á los buenos; apesar de los ciegos 
furores que armaron en otrora el brazo del hermano con- 
tra el hermano; que sacrificaron la brillantez de nuestros 
destinos; que salpicaron con sangre, la semilla sólo ñe- 
cos itada de sol y paz, para fructificar, todo ese conjunto 



lO F>OR. LA. F»ATR.IA 

que ofrece en apariencia, la inestabilidad del vértigo y 
la tremenda confusión de satánicos hervores, tiene su 
característica, ebedece á una sola rienda. 

Líbrenos nuestro pensamiento de buscar el principio 
ordenador de ese mosaico inmenso, empezado allá, en los 
tiempos del viejo Artigas, cuando el corazóu de la patria 
quería latir. . . 

Ni tampoco puede ser ese el propósito final que perse- 
guimos. Una parte miniaturesca del gran drama nacional 
— el levantamiento ciudadano de 1897, — absorberá núes- 
tra atención, nuestro buen deseo, nuestros esfuerzos ve- 
races. Como testigos presenciales de muchos sucesos, 
hermosos y enfermos, aunque menos abundantes los 
raquíticos que los viriles, estamos en la obligación pa- 
triótica, de concurrir al amortajamiento digno de algo 
que fué. 

Vayan pues, estos puñados de sinceridad, á desvirtuar 
falsedades, á quebrar torpes leyendas, á morder, para 
evitar futuras descomposiciones, la carne de los vivos/ 
desempeñando el rol sano de la cal, sobre la carne de 
los muertos. 

Pero precisamente porqué no se conciben árboles sin 
raices, montañas sin laderas ni sólidos basamentos, con- 
secuencias sin premisas, se hace indispensable, antes de 
entrar de lleno en materia, una mirada retrospectiva y 
condensada sobre parte de nuestro pasado, para encon- 
trar entonces, el secreto de determinadas degeneraciones 
que amenazaron derribar toda una espléndida juventud. 
A juicio de quien estas líneas traza, la Revolución 
de 1897, es el supremo afán de un pueblo desesperado; 
el grito del patriotismo herido, que ^in elementos, sin 



POR. LA. F»A.TFtIA ll 

armas, sin escudos, sólo con briosos arranques, se lanza 
al palenque donde se compra en lucha cniel, el derecho 
á la libertad y al honor y á la vida feliz. Aquel empuje, 
lápida y bautisterio, cruz de sepultura y cruz de reden- 
ción, astro de esperanza para los más, nuncio de perdi- 
ción para los menos, será palanca de perdurables reac- 
ciones cívicas dentro del querido escenario. 

Hacía larguísimos años que la nación dormía el sueño 
que sigue á las grandes derrotas, atada como la hebilla 
á la espuela, al potro de reiteradas desgracias. 

El sentimiento público tocaba ya los límites de culpa- 
bles letargos y hasta las cumbres llegaban rachas de 
cansancio. Y á la verdad, que el reinado del desaliento se 
aproximaba á pasos rápidos. País nuevo, de asombrosas 
energías, el nuestro parecía condenado á los tristes 
accidentes de una insoportable regresión, cuando hasta 
las ondas del Plata le traían desde una inmediata vecin- 
dad, ecos de maravillosas prosperidades. 

Cuando el éxito perverso señala el fin brutal de mu- 
chas jornadas, las oposiciones pierden en fiereza, los 
resortes de la pasión censora se resienten, y un buen día 
suele olvidarse la memoria de estrepitosas ignominias, y 
aumentan los sacerdotes interesados del culto impe- 
rante. 

Los contrastes armados de la Tricolor y del Quebra- 
cho, que dieron nueva virtualidad á las tristezas infinitas 
del exódo; y los contrastes pacíficos de todas las sema- 
nas, con su cortejo de iniciativas malogradas, infidencias 
gubernativas y deshoj amientes .populares, concluyeron 
por afianzar situaciones de posteridad corrompida, sos- 
tenidas por el prestigio ingrato de las bayonetas. 



-!« POR. LA F»AXFtIA 

¿Quién no recuerda la impresión de irresistible poder 
que dejaban en el espíritu más prevenido, esas legiones 
mercenarias, únicas fuerzas organizadas en el país, creci- 
das á la sombra del despotismo con todc el vigor malsano 
de las flores que brotan á la orilla de los sepulcros? 
¿Quién no se sintió sobrecogido é impotente, en presencia 
de aquellas tropas sin conciencia que bailaban can-can, 
sin recibir castigo, en campo de bendiciones? ¿Quién no 
vio en el ejército de línea al adversario jurado en todas 
las batallas por la libertad? 

La República estaba más cerca del abismo que de la 
altura; y lo peor del asunto era, que los sucesivos capi- 
tanes preferían enseñar al pueblo el camino de los cuar- 
teles, donde se prostituyen los sentimientos y se funden 
esclavos, antes que el rumbo dignificante de las urnas 
electorales, donde con la práctica de las instituciones 
libres se obtienen venturosos galardones. 

Perdida la fé, hasta los fantasmas adquieren perfil 
cndemoniaco; y la nación que vivía en tenebrosa noche 
desde el 15 de Enero de 1875, se acostumbró á creer 
que sólo los insensatos podían soñar con las luces salva- 
doras de una reacción. 

Así empujados por esos vientos de fatiga, hemos visto 
á más de un propagandista airado concluir por incrus- 
tarse mansamente en el cáncer, para aumentar las fuer- 
zas corrosivas del mal y ofrecer con su defección, un 
nuevo deseno-año á la causa del bien. 

Así, hemos visto extinguirse entre brumas ingratas, 
más de un fanal soberbiamente encendido, y desaparecer 
magníficos luminares del cielo de esta democracia. 

¡Cuántos olvidaron la consigna del honor, la consigna 



F>Ol^ LA P>ATf^I.V i.'í 



de la austeridad resumida por la pluraa viril de Pruden- 
cio Vázquez y Vega, en estas palabras de hierro: dos 

hombres de bien, no deben apuntalar con su concurso 
honrado á los gobiernos usurpadores!» 

Pero todo no estaba perdido cuando todavía resplan- 
dores de aurora señalaban el lado del Oriente. 

Como las islas de coral surgidas del fondo de las 
aguas procelosas, gracias á la labor pei*severante y extra- 
ordinaria de millares de organismos industriosos, con 
idéntico brio, surgió en ocasión determinada, en el mar 
de nuestra actividad política, algo que fué en su princi- 
pio escollo para convertirse luego en tierra de pro- 
misión. 

Hermoso, aquel trabajo madrepórico! Sobre tan sólido 
cimiento era factible iniciar la lucha, y así lo acreditó la 
revolución recien terminada, que ha roto ídolos de barro, 
y devuelto al pueblo, por tantos lustros despojado de 
ellos, sus varoniles atributos. 

El motivo de esta obra señala un punto de llegada y 
un punto de partida, de singular relieve en los destinos 
de la patria. El estudio de las proyecciones de la Revo- 
lución de 1897, lo iniciaremos al cerrar el último párrafo 
descriptivo: luego que dejemos á la espalda, el clamoreo 
de las peleas y las mortíferas descargas de fusilería. 

En cuanto á la ascendencia de aquel esfuerzo, debe- 
mos buscarla desde ya, para dar ligazón lógica á los 
hechos y recorrer sin violencias, el plano inclinado que 
nos traerá insensiblemente á la cuestión tema de nues- 
tras investigaciones. El análisis histórico no admite al- 
ternativas caprichosas, subidas y bajadas de montaña 
rusa. 



1-4 F>OFt LA F>AJTI\1A. 

Nuestros lectores no pueden sentirse molestados por 
esta introducción, indispensable como quiera que sea, 
pues no se conciben edificios sin puertas de entrada, ni 
conclusiones sin antecedentes. 

La Revolución se hizo para reconquistar el derecho de 
sufragio; para devolver á las agrupaciones políticas su 
justo equilibrio; para implantar la moralidad adminis- 
trativa; para realizar el imperio de la ley en el territorio 
de la República; para poner freno á desmanes sin linaje; 
para quitar al ejército su carácter de pretoriano; en una 
palabra, para redimir á una sociedad agobiada por mil 
adversidades inmerecidas. 

Pues ese inapreciable capital de libertades arrebata- 
das, de prerrogativas prohibidas y de ideales escarneci- 
dos, no se desvaneció en un solo día, ni fué arrancado 
por un solo hombre, ni pereció en. una sola tormenta. 

Al aplastamiento desesperante de há poco, nos con- 
dujeron subversiones y crímenes y errore.s acumulados 
de manera paulatina, desde la hora tristísima, en que la 
soberanía cayó envuelta en vergüenzas. 

La República enclavada en el madero, gustó todas las 
amarguras, antes de llegar á los lindes de la muerte; so- 
portó blasfemias sin nombre; supo tiradas á la suerte 
sus ropas sin costuras, y como el hombre del Calvario, 
vio que la soldadesca de la decadencia ultimaba sus es- 
carnios, llevando á sus labios una esponja mojada en 
vinagre! 

Recorramos entonces, esos anales con espíritu desapa- 
sionado y en forma breve, para recoger lecciones y tér- 
minos de comparación justa. 

Por otra parte, escritores que pueden ser nuestros 



F>OI-^ LA l^ATI^IA. lo 



maestros, nos exhiben en f ste mismo continente v ai 
abordar asunto semejante, el ejemplo de esta correlación. 
El profundo pensador don Julio Bañados Espinosa que 
ha dado á luz un brillante elogio histórico de José Ma- 
nuel Balmaceda, mártir contemporáneo del liberalismo 
sudamericano, pone principio á su laborioso intento, con 
un estudio de la idiosincracia politica de Chile y de sus 
pasos primarios en la senda del adelanto. 

Piensa este valiente autor, que su biografiado es en su 
país, la víctima de enconos y antiguas repulsiones man- 
tenidas entre la tendencia parlamentaria y la tendencia 
presidencial. 

;Y esta pugna entre el Poder Ejecutivo y el Cuerpo 
Legislativo, perduró treinta años! 

Entonces, si para encontrar la causa del sacrificio de 
un mandatario, se remonta la vista hacia atrás, y tan 
atrás se encuentran razonables fundamentos, ¿cómo no 
hacer lo mismo cuando se trata de buscar los móviles de 
ima inmensa conflagración nacional que reclamó dolo- 
roso tributo á una generación entera y llevó la conster- 
nación á todos los hogares? 

En cuanto á la cordura que presida á la redacción de 
estas líneas, nada puede argumentar su mismo autor. 

Talvez no sea del todo firme para describir escenas 
dramáticas é inolvidables, el pulso de quien formó como 
soldado, en las filas del último movimiento cívico. Tal- 
vez incurramos en apreciaciones sinceramente apasiona- 
das; la verdad no es patrimonio de nadie. Pero por lo 
menos, quien jamás, ni en las horas de incruento choque, 
cuando se batían uno contra cuatro, sintió empalidecidos 
sus Ímpetus altruistas^ ni descubrió en su alma el fer- 



de F»OFt l^A PATFtlA. 



mentó de odios anacrónicos, puede reclamar la noble 
regalía de decirse extraño á la hiél de los rencores endu- 
recidos. 

Más aún, creo poder decirlo y creo podür probarlo 
con la elocuencia de halagadoras certidumbres, que á la 
familia oriental ya no la dividen prevenciones de ban- 
dería, ni odios tradicionales. 

Sirvan las enunciadas protestas de tolerancia, de rico 
amuleto á esta pobre producción. Esa será su única vir- 
tud. 

Ahora, entremos en materia. 



La herencia de los caudillos 



Cada vez que leo la historia de mi país, pienso cuan- 
do llego á los promisores acontecimientos de 1851, que 
ese año de cualquier modo memorable, debió ser para 
nuestra nacionalidad altísimo mojón denunciador de 
amplio y glorioso porvenir. 

Sin indagar los motivos originarios, tienen explicación 
á nuestro juicio, los recios choques de bando que suce- 
dieron y hasta precedieron á la declaratoria de la Inde- 
pendencia. 

El país era muy reducido, muy temerarias las aspira- 
ciones dominantes y en las edades viejas no eran pocos 
los soldados que ganaban cada ascenso al precio de una 
cicatriz. 

Los prestigios militares cobraban vigor con facilidad, 
en tierra donde el valor había dejado de ser virtud por 



F»Ort LA F»ATIll.V IT 



lo vulgar, donde se mecía á los niños cantándoles odia 
hacia el opresor, donde morir al enristrar la nativa lanza 
en defensa de los dioses lares, colmaba los anhelos de 
todos. 

La espada pesai-ía de manera decisiva, cuando crista- 
lizara un or<jjanismo político dentro de nuestros disputa- 
dos límites; y el espíritu selvático de nuestros abuelos, 
las proverbiales rebeldías de antaño, perpetuadas y obe- 
dientes á la voz de los caudillos, importaban una seria 
amenaza de dislocamiento social. 

Esas robusteces guerreras, el cariño al terruño que 
durante las épicas campañas por la emancipación amas(5 
tantos heroísmos y tan beneficiosas resistencias, habían 
relajado los vínculos de la común disciplina. 

Llegado el momento de la organización sólida y defi- 
tiva, ¿habría brazo bastante fornido, capaz de encausar 
apetitos ilimitados y voluntades sin muelles, que solo 
entendían de bolear potros, correr cuchillas y vivir en 
desafío á muerte con propios y con extraños? 

La vez que eso se quiso, quedó hoscamente señalada 
la prevención campesina á los hijos de las ciudades. 

La ignorancia de las muchedumbres andariegas, exigía 
que para ser buen ciudadano se fuera antes buen gau- 
cho. ¿Acaso quién no sabia dominar un caballo estaba 
en aptitud de dirigir los negocios comunes? 

El dualismo se habia planteado, y en esa antagónica 
disparidad de factores encontraremos la causa verdadera 
de las acciones y reacciones, de los desórdenes y conflic- 
tos que conmovieron la vida nacional durante media 
siglo. 

Con tales gérmenes de disgregación, consentidos hoy 



y estimulados mañana, el régimen de í^obienio unitario 
impuesto hasta por la condición particular de nuestro 
territorio, solo existió escrito sobre el papel. 

En esencia, las funciones administradoras recaían en 
manos de entidades incapaces. Llamar ensayos prácticos 
délas ideas federales, como lo ha hecho alguno, ú semejan- 
tes agitaciones, es tan j)oco apropiado como suponer que 
esas efervescencias sin otra orientación que propósitos 
de predominio personal, pudieran dirigirse á radicar la 
autonomía de los municipios en diseño. 

El mejor retrato de las bárbaras audacias en boga^ lo 
ofrece el más encumbrado y sagaz de los caudillos, quien 
iniciaba una revolución que fué funesta para las insti- 
tuciones y nos acarreó persistentes desgracias, dando 
como razón única, el hecho de habérsele sublevado el 
gobierno! 

Gozando de tan hondas raíces, la anarquía pudo en- 
señorearse á capricho. Pero más culpa tuvo la despobla- 
ción y imestro atraso, de los posteriores desquicios, que 
ios hombres de armas llevar, conducidos por su misma 
orfandad, á ser cómplices de inacabables disturbios. 

Por eso cayó la administración inaugurada en 1835; 
y de ahí arrancan mistificaciones, engaños y errores tras- 
cendentales, que nos lanzan á una guerra desquiciadora 
que se prolonga por nueve años, cuando recién acabába- 
mos de conquistar la independencia. 

Cuesta convencerse de que un pueblo en plena virili- 
dad, apenas emancipado de tutelas exteriores, perdiera 
tan atrozmente la noción de su interés, al extremo de 
desangrarse sin piedad, en nombre de estúpidas repre- 



F»OFt LA. PATFIIA. lO 

salías de partido y en homenaje á la amistad traidora de 
terceros. 

Sin embargo, así fué. Sólo cayeron las armas fratrici- 
das, el día en que los músculos se aflojaron y faltaron 
crespones para vestir á las hijas, esposas y madres en- 
lutadas. 

La inteligencia clarovidente de algunos estadistas, 
supo poner inusitado punto final de concordia, á esa te- 
rrible conflagración interna, — después de cerrarse las 
hostilidades que ya eran costumbre, — presentando una 
fórmula avanzada y patriótica de arreglo. 

No hay vencidos ni vencedores, se dijo en Octubre 
de 1851, como se repitió en Abril de 1872 y volvió á 
decirse en Setiembre de 1897. 

Como lo insinuaba en párrafos anteriores, las circuns- 
tancias se brindaban propicias para la iniciación de una 
era de paz y de mutua tolerancia. 

Fué aquel, un recodo del camino que hubiera cambia- 
do favorablemente la suerte del país, á no mediar fatí- 
dicas impulsiones. 

Un tan rudo batallar había educado á las fracciones 
adversarias. Las piedras rodando se pulen y concluyen 
por encontrarse; y las pasiones políticas en constante 
ebullición, acaban por ganar suavidades al soplo de la 
realidad, mejorando su engarce y su índole. ¡Pobre re- 
sultado, que apenas pesa un átomo, si en el otro platillo 
de la balanza se amontonan los perjuicios sufridos, las 
vidas sacrificadas en ingrata lid, los atrasos cívicos 
ocasionados, y el espectáculo de barbarie ofrecido al 
mundo y á la civilización! 

Al calor de esas nacientes solidaridades, se inicia un 



20 F»Ort L.'V F»A.TFtlA. 

período constitucional, inspirado en el ideal de tranqui- 
lidad, que parecía brillar en el horizonte como iris de 
ventura para los orientales. 

El motin militar del 18 de JuKo de 1853, ahoga esos 
afanes generosos; condena la puerta que conduce al tem- 
plo de la concordia y despoja á la imagen de la libertad 
de su simbólico atributo para cubrirla con un kepi. Esa 
tarde despierta el pasado, se desatan los alientos rencoro- 
sos y caduca el pacto de Octubre. Es la sombra del 
manzanillo que alcanza ya á la República. Es que apa- 
rece el militarismo, cuyas prepotencias tantas lágrimas 
y tanta sangre costarían. 

Nefanda inmolación aquella! 

Lorenzo Latorre y demás consocios de motín, no hi- 
cieron otra cosa que reproducir más adelante, esa escena 
cargada de sombras, de alevosías y de tristezas. Aunque 
poco enflaquece sus tremendas responsabilidades, ellos 
están habilitados para solicitar la conmiseración de la 
historia: el mal ejemplo venía de atrás. 

Con tales sucesos, ábrese nueva época de dolores y el 
anhelo de cimentar resueltamente la paz interior, condu- 
ce á imponer castigos supremos, tan ilegales cuanto se- 
veros. 

El origen de todos los males posteriores 

La ascensión al poder de don Bernardo Berro, el pri- 
mero de nuestros pensadores políticos, propició la pers- 
pectiva deslumbrante de un encarrilamiento final. La 
energía patriótica de este gobernante en el sillón de 



F»OR. LA. PATR.IA. «4 

Giró, ¡cuántos arrecifes habría desvanecido ó esquivado! 

Pero si los hombres ocuparan s«gún carácter y condi- 
ciones, puesto en el seno de la colmena humana, los acon- 
tecimientos se desarrollarían con la galanura del ideal y 
quedarían despojados de un tragicismo que se renueva 
«in cesar, con la misma potencia y revestido del ropage 
perdurable de las fracciones decimales periódicas. 

Difícil empresa la de fundar adelantos positivos, cuan- 
do hierven los enconos. Los propósitos superiores del 
ilustre mandataxio; sus resaltantes afanes; sus proyectos 
de una gestión internacional emancipada de la vecindad; 
sus sabios esfuerzos en pro de la regeneración económi- 
ca; de amplias reformas electorales; de la independencia 
de los poderes públicos; del sometimiento sin medias 
tintas, de la Iglesia al Estado; de la extinción paula- 
tina de las agrupaciones empotradas en el tradicionalis- 
mo de Rivera y de Oribe; todos aquellos alientos gigan- 
tescos, habian de escollar con resistencias insuperables; 
Berro fué nuestro Diego Portales, y el agradecimiento 
de los chilenos llegó demasiado tarde para aquel bene- 
mérito reformador: cuando arrastrado por el turbión de 
las ambiciones desencadenadas, él diera al suelo que 
gozó del patrimonio de sus grandes amores, hasta la últi- 
ma gota de sangre de sus venas. 

El heredero directo del Comandante General de la 
Campaña, señor de vidas y haciendas, tomó sobre sí, la 
tarea de derrocar esta administracción modelo, que ame- 
nazaba concluir con todas las voracidades, y con el pre- 
dominio de todos los caudillos, Uamáranse ellos Bernar- 
dino Olid ó Venancio Flores. 

Otra vez podían declarar que el gobierno se les había 



F»OFt T^A. F»^VTFtIA 



sublevado, las unidades levantiscas que encarnaban ad- 
mirablemente con su pintoresco bagaje de acomodos 
errantes, el espíritu inquieto y destructor de las mon- 
toneras. 

No se encontraba fundamento atendible para lanzar- 
se á la lucha, pero ¿cuándo falta un pretexto á los ma- 
yores atentados? 

Así vemos, que los invasores cruzan el Uruguay enar- 
bolando un estandarte que trae en su centro, la imagen 
de una cruz. Es que el general Flores, como lo acreditan 
sus proclamas, nos brinda la guerra civil para rescatar 
los derechos del clero, al cual juzga desposeído de algo 
propio. 

En su opinión y en la de sus amigos, el ejercicio aus- 
tero del í ^atronato importa un delito de lesa patria. Ya 
que no por los intereses públicos, el hijo de los campos 
volverá á esgrimir las armas vengadoras, volverá á teñir- 
se con rojos celajes el futuro de la nación, en holocausto 
de la sagrada integridad de los intereses eclesiásticos. 
¡Curiosos estos adalides contagiados de santos fervores 
canónicos! Ellos son los caballeros de la Edad Media 
que retoñan en lo hondo de nuestros montes, para empe- 
ñarse en una liberación imaginaria. 

De consiguiente, alguno de los títulos de la presiden- 
cia en peligro más acreedores al aprecio'de la posteridad, 
convertido en padrón de ignominia por el capricho in- 
c<>nsulto, decreta sin otro trámite ni preámbulo, la caida 
del orden constitucional. 

Ahí, tropezamos con los orígenes del caos. 

Existe. en nuestro Museo, una pintura de escaso mé- 
rito artístico, que representa la entrada de los triunfado- 



res en Montevideo, después de aquel 20 de Febrero . . . 

Se trata de un desfile abigarrado. Llena toda la tela^ 
el galope de las caballerías, el calor de los dicterios 
entusiastas; mientras la ciudad sumida en el estupor, no 
se atreve á saludar al victorioso. Allí se adivina el se- 
creto del drama y vaga la atmósfera de los tremendos 
-cataclismos posteriores. 

Ningún punto de sutura podrá cerrar aquella herida 
aquella gran herida, enorme como un desgarro de lanza, 
que ofendió las entrañas mismas de la República. 

La piedra fundamental de todas las subversiones 
quedaba puesta con este éxito final, inesperado hasta 
para sus clientes. 

Sin embargo, justo es declararlo, la ola de barro que 
desvaneció hasta el recuerdo de las instituciones, vino á 
espesarse después. 

A buen seguro que no mojamos la pluma en tinta de 
pasión al trazar estos rasgos, cuando hasta el doctor Luis 
Melián Lafinur, á quien con dificultad notoria, se arranca 
un concepto que pueda enaltecer á las causas entonces 
divergentes, ha declarado en ruidoso libro — Exégesis de 
banderías— (\\\e\ «La revolución de Flores, la más injus- 
tificada é inoportuna de todas las que se han producido 
en el país, vencedora por la humillación de la interven- 
ción extranjera, y manchada con las páginas de sangr3 
de La Florida y Paysandú, ha impedido que durante 
veintiocho años (esto lo decía en 1893) se hayan oido en 
las esferas del gobierno, condenaciones á esa extraña 
teoría, que hace la provisión de las funciones ptlblicas, 
patrimonio exclusivo del Presidente, del círculo, del dic- 



S4 F>OFt T^\. F»yVXFtIA. 

»■■■■■-''■ ■ I ■■ , .. ■ . . ,, ... 

tador 6 del farsante, que se arrogue el mando en nombre 
del partido colorado.» 

Por lo tanto, no es antagonismo de fracción el que 
dicta estas consideraciones, arrancadas á un convenci- 
miento consolidado por la meditación j lecturas suce- 
sivas. 

En efecto, con posterioridad á la llamada Guerra 
Grande, había existido en el país, una tendencia sincera 
-de someter todas las disputas y diferencias de partido, 
al fallo inapelable de la decisión legislativa; por ende, al 
juicio de un tribunal pacífico, ungido con el óleo de la 
representación nacional. 

Después del derrocamiento de don Juan Francisco 
Giró, en 1853; de la extinción del Triunvirato, convertido 
en Unicato, por favor de un viento de muerte que arras- 
tró á Lavalleja y á Rivera; y de la noble reacción revo- 
lucionaria de 1855; cuando los odios desbordados ame- 
nazan la estabilidad de nuestra salud, rayos de luz filtran 
aquel gran manto de sombras; se escuchan santas voces 
de concordia; hasta los aferrad<)s campeones obedecen al 
mágico conjuro, y el orden legal es por todos acatado 
en la persona de don Manuel Basilio Bustamante, Pre- 
sidente del Senado en ejercicio. Aquella solución concia 
liadora, promete una perdurable mañana, al colcíljarnos 
otra vez, de cara hacia el sol. 

La fatalidad renovada de nuestro hado, cierne al poco 
tiempo, nuevas oscuridades sobre la cabeza de esta jo- 
ven nación. Ya las manos buscan nerviosas los elemen- 
tos de matanza; ya las esperanzas huyen; ya en el astil 
del rencor flotan á fuer de insignia, siniestras llamara- 
das. Pero hasta los probables conductores del huracán, 



«e sienten espantados ante tanto horror; piensan en las 
calamidades sin cuento que sembrará por valles y lla- 
nuras^ el galope de las furias desenfrenadas; piensan 
-que al crimen conduce la locura, y el crimen á la disolu- 
-ción, y el aplaudido Pacto de la Unión garante el cum- 
plimiento recto de la ley. 

Tales esfuerzos deben dejar y dejan, con saludables 
enseñanzas^ el. surco de una huella venturosa. El ejem- 
plo insistente de acatamiento á los mandatos institucio- 
nal es, va encarnándose, y así. sin tropiezos, sin dificul- 
tades, sin violencias, sale elegido el sucesor de don 
Gabriel Antonio Pereira, 

Todavía nos queda por descubrir otro preciado esla- 
bón, á fin de señalar la creciente solidez de esta cadena 
<ie significativas regularidades gubernamentales, tan in- 
gratamente interrumpida. 

En medio á los horrísonos fragores de una defensiva 
legendaria, desigual y desesperada como la resistencia de 
nuestra edad homérica, termina el cuaternio presiden- 
cial, y era tanto entonces el prestigio del deber, que el 
mandatario en cese entrega sin vacilaciones el poder á 
don Atanasio Cruz Aguirre, presidente de una Cámara 
Alta .cercenada. Nadie negará, que la ambición de 
mando pudo hallar pretexto para saciarse sin temor de 
la crítica, — con una continuación habilidosa en el poder. 

Bueno, pues ese invalorable capital de disciplina po- 
lítica adquirido en costosos ensayos, se pierde, se sumer- 
ge y nos obliga á una labor de Sísifo, cuando en la 
capital las falanges libertadoras acampan al costado del 
[Fuerte San José, y cuando rueda por la inmensidad de 
las campañas, el tañido del dolor, y negrean las fronte- 



^e F»OR. LA. FAXF^IA 

ras con los nuevos judíos que se exhilan; y no alcanzan 
las piedras de las sierras para proteger el descanso de 
los caídos, contra los instintos carniceros; y muros der- 
ruidos marcan el sitio de ciudades que fueron, de 
terribles victorias que son y de venganzas también 
terribles que serán. 

Nada mejor ganamos en el orden exterior. 

El fundador de la propia nacionalidad nos había ense-^ 
nado con sus geniales fierezas, á repeler hasta el anuncio 
de la intromisión agena en los asuntos domésticos. El 
año 1816, lo sorprende disputando, palmo á palmo, á la 
conquista portuguesa, el terreno que ella pisa; y su exis- 
tencia entera la dedica á sofrenar los avances absorven- 
tes de otro vecino igualmente infiel. Pero pronto se 
apartan de la memoria pública esos afanes instintivos. 
Los preliminares del Sitio y su desarrollo quedan carac- 
terizados por la ingerencia .rosista en los desagrados^ 
caseros, de un lado; y el apoyo de las intervenciones, del 
otro. Sin estudiarlas en sus bondades ó perjuicios, am- 
bas tutelas herían nuestra dignidad de pueblo libre. 

El cariño á la bandera, disponía lapidar esos procedi- 
mientos desdorosos. Permitir todos los delirios, antes de 
golpear la puerta del extranjero en demanda de socorro, 
de armas que se esgrimirán contra el hermano, de balas» 
suicidas. 

Para nuestra desgracia, los invasores de 1863, inte-^ 
rrumpen esa tradición, pidiendo escudo protector á unos 
y á otros. 

Esta ayuda contra nosotros mismos, esteriliza esfuer- 
zos sinceros, por lo pronto, y más tarde, nos obliga como 
lo ha dicho Carlos Guido Spano, á servir de vaquéanos 



á los aliados en su empresa contra el Paraguay, al cual 
nos vinculaban el propio interés y las simpatías que en 
todas partes ligan á los débiles. 

No se realizó es cierto, el vasto plan internacional de 
Berro, que quería la solidaridad defensiva del Paraguay, 
Corrientes, Entre-Bios y nuestro país, frente al poder 
colosal de la Argentina y del Imperio del Brasil; pero 
en cambio, las aguas que llegaban al estuario del riñon 
de la América, traian aumentado su volumen con la san- 
gre arterial de un pueblo moribundo; y en cambio, la 
protesta del polaco, en presencia de su patria despeda- 
zada y de sus hogares destruidos, tuvo repercusiones 
espantosas en el fondo de las selvas continentales; y en 
cambio, los uruguayos ratificaron su probada heroicidad, 
formando siempre de vanguardia en el peligro, aunque 
dando la espalda enceguecidos, á sus más vitales con- 
veniencias. 

A mi entender, son esas dos violaciones — que todavía 
purgamos, — las aristas principales de la improvisada 
situación. Pero es obra de verdad agregar, que también 
apareció en ese tiempo, la irregularidad en el manejo de 
los fondos públicos, base de los mayores desórdenes y 
atropellos. Además, la intransigencia fortalecida por los 
repiques de un éxito estruendoso, hundía un platillo bajo 
el peso de las charreteras y de apetitos recién desperta- 
dos, y dejaba vacío el otro, donde debiera estar inten- 
tando el equilibrio, la cordura de los directores y la 
clarovidencia de los capaces. De ahí, que sean tan te- 
mibles estas derrotas totales, cuando todavía el color de 
la divisa y nada más, salva ó condena. 

Sin embargo, aunque no se imagina, hubo quienes 



23 F»OFt LA. FATFtIA 

miraron con inquietud, tales excesos. Y fué el mismo 
señor general Flores, el sagaz paisano, quien así lo evi- 
denció. . 

Muchas veces he oido contar á mi padre, al hablar de 
aquellos tiempos y de aquellas cosas, que llamado él, ex- 
ministro del orden caído, á una conferencia amistosa 
por el Gobernador Provisorio, oyó de sus labios, después 
de rato de conversación expansiva, estas francas y elo- 
cuentes palabras: 

— Sí, doctor; es que mis correligionarios están creidos 
que la patria es una vaca lechera, con tantas tetas como 
bocas; y esto no puede ser. 

Esta expresión pintoresca, enaltece las cualidades ho- 
nestas y previsoras de quien las pronunciara. Si el potente 
caudillo pudiera levantarse en la actualidad de su tumba, 
conocería todo el brutal acierto de su apreciación, al 
saber que estamos endeudados por ciento cincuenta mi- 
llones, y que el pais gime en el desconsuelo. 

Sigamos adelante. Roto el fiel de la balanza, ¿qué 
queda? La conspiración, el estallido, la guerra civil. 

¡Es tan duro alejarse de las playas que nos vieron 
nacer; cuesta tanto conformarse con el oxígeno prestado 
de otros aires que no son los nuestros, y con las injus- 
ticias de un destino adverso! 

Desde la hora aciaga en que la legalidad murió, Ber- 
nardo Berro y con él una legión graneada, pugnó por 
provocar una reivindicación. 

El ministro de Giró, ahora jefe de partido, hombre de 
una chapa, intentaría en 1868 como en 1853, rehacer el 
pedestal de la ley. Pero esta vez, su vida sin estar 
puesta á precio, fué comprada con usura, por el puñal. 



r»01i LA. I^ATRIA X?í> 



Las narraciones cuando verídicas, figuran entre las 
fuentes mejores de información. Muchas veces, un giro 
de lenguaje, un apostrofe, reviste contornos de poema. 
Aun reconociendo su carácter pornográfico, ¿hay grito 
de rabia patriótica más fulgurante que la maldición de 
Cambronne? 

Pues, buscando material ilustrativo que sirva de pa- 
rénquima á estos párrafos, recojo ain vacilar, un episo- 
dio desconocido que da la talla moral y el quilate supe- 
rior del gran estadista. 

Sean generosas conmigo, las sagradas reminiscencias 
del hogar. En vísperas de partir el doctor Juan José de 
Herrera para su establecimiento de campo, fué llamado 
por el ex-presidente, su maestro y compañero, quien 
deseaba lo pusiera en contacto con el distinguido poeta 
chileno, don Guillermo Blest Gana. Así lo prometió el 
visitante. 

Luego, hablaron de política, y el dueño de casa esbozó 
los términos de la revolución en ciernes, abundando en 
cívico entusiasmo. 

El doctor Herrera, receloso del resultado, quiso en 
vano disuadir de sus propósitos al digno patricio, di- 
ciéndole al despedirse: 

— Tenga cuidado, don Bernardo; no se fie de ciertos 
elementos. 

•Miróle con tranquilidad su insigne interlocutor, y 
contestó: 

— Mi joven amigo, cuando al final de cada día me 
pregunto cuanto he hecho en contra de esta situación 
oprobiosa, y no encuentro nada, me acuesto disgustado 
de mi mismo. 



30 F»OFt L/V F»y\.TFtIA 

La estii*pe de Franklin! ¿No son estas palabras con- 
vencidas, una respuesta pertinente á las inquietudes es- 
crupulosas del general Flores? ¿No denotan ambas que 
los vencidos y vencedores déla víspera, comprendían 
ya la enormidad del desastre? 

Sí; es indudable que la tragedia del 19 de Febrero 
encontró á dos jefes de partido desengañados de la 
pureza de propósitos de sus correligionarios, el uno; de 
la reclamada cohesión principista, el otro. 

Flores, Jefe del Estado, sale á la calle apesar de 
los apremios en contrario de los suyos que adivinan un 
atentado; apesar del conocimiento que él mismo tiene 
de algo siniestro; y cierra la portezuela de su carruaje 
para morir asesinado. Berro, en plena luz meridiana, 
sabiéndose sospechado por sus opiniones radicales, se 
lanza también á la calle, empeñándose en empresa teme- 
raria, apesar de las reflexiones que se le dirigen y de 
la exigüidad de sus recursos imperfectos. Luego, ante 
la evidencia abrumadora del fracaso, cuando acredita 
la impasibilidad pública que deja á Julio Arrúe tomar el 
Fuerte con once compañeros, sin prestar auxilios á ese 
valiente de verdad; cuando comprende que si muchos 
piensan á la par suya, aparecen poquísimos capaces de 
imitarlo en el terreno de la acción, acepta resignado las 
crueldades de su mala estrella y camina tranquilo, im- 
perturbable, hacia el Cabildo, con la certidumbre de que 
sube la senda del Calvario. Y allí, antes de matarle, se 
le abofetea y se le insulta, nuevo Cristo de la honradez 
republicana. 



l^OI^l LA I^.\TF=tIA. ni 



La protesta armada de 1870 



Hace treinta años que la sangre de aquellos adversa- 
rios leales salpicó una página de nuestra historia, y hace 
treinta años justos que las energías reparadoras del 
Partido Nacional se aplican en forma armónica con los 
mandatos del patriotismo, frente á las prepotencias ya 
fatales del ])artido dominante. Y si la calificación des- 
embozada de los factores que integran nuestro dualismo 
político, trae para algunos perfume á antagonismos tra- 
dicionales y á viejas intransigencias de bandería, sólo 
diré por ahora, que dos tendencias opuestas se disputan 
desde entonces el gobierno del país. 

Desde el momento que creemos ser veraces, y ante 
lodo deseamos serlo, no nos mantendremos esquivos á 
la deducción: v el análisis concienzudo alcanzará á con- 
vertir en conclusión, la anterior premisa. Lo que resalta 
indiferente á todas luces. 

Mejor aún. Después de aquilatar merecimientos y 
responsabilidades inconfundibles, saltarán á la vista, los 
derechos hermosos que pueden ostentar estos ó aquellos, 
para conceptuarse herederos directos de una tradición 
cívica ilustre. 

A nuestro entender, con la desaparición violenta del 
dictador de 1865, se extingue el partido, á ratos glorioso, 
de la Defensa, y queda sólo una rama bastarda, recla- 
mando aquella legítima progenie, con la misma altanería 
de los hijos espúreos. Todavía subsiste la mistificación, 
y se explota el nombre de Suarez para endiosar á Idiarte 



S2 F»Ol< l.A RATFtI.V 



Borda y se despoja al ciudadano de sus libertades, en 
homenaje á una consecuencia manchada con el vino de 
todas las orgías y el baldón de todas las infamias. 

El partido blanco no escapa á esa caducidad. Ya el 
presidente Berro había decretado su exhumación en el 
campo de las ideas; y como las ideas, timón de las socie-^ 
dades, son las que gobiernan al mundo, nada de estraño 
será que aun perpetuándose el formulismo do antaño,, 
gracias á un empedernimiento ingenuo difícil de quebrar, 
— se empiece á recorrer una nueva trayectoria, más in- 
mediata al astro del progreso. 

Pudo quedar el apellido y hasta intacto el amueblado 
de la mansión señorial, pero con los descendientes, otros 
fueron los habitantes y otros los rumbos á seguir. 

En consecuencia, estrechando la ligazón de las cosas^ 
en aquellos viriles ensayos de reforma hallamos el 
arranque de los sucasos posteriores, sin omitir el movi- 
miento rei vindicador de 1897. 

El surco estaba pronto para recibir la semilla. No 
vaciló en depositarla con mano convencida, el solitario 
del Manga, y así echó sólidas raíces el árbol del nacio- 
nalismo, tan frondoso en la actualidad. 

Bien exigirían capítulo aparte en este libro, aconteci- 
mientos que caracterizan una época distinta de la 
anterior. 

En el nuevo período, los odios exclusivistas amainan 
velas porque el imperio de las pasiones que rentievan 
8u lozanía recibiendo caricias del incendio, está reñido 
con el desenvolvimiento de la razón pública. 

Se empieza á arrojar bálsamo y olvido sobre las arru- 
gas y cicatrices de los tiempos heroicos. 



Ya los estallidos revolucionarios responderán al su- 
premo anhelo de las angustias comunes; el color del 
distintivo de bando, se mirará más como un medio que 
como un fín; surgirá estable el pedestal de la fraterni- 
dad; y quemaría conciencias, un retazo de victoria obte- 
nido al precio de indignas aparcerías contraidas con el 
extranjero. 

Pasado el arrebato de las inmensas locuras, el cariño 
de madre rec ipera sus santas regalías: en adelante, nadie 
atreveráse á mirar más allá de nuestra divisoria en 
demanda de contingente bélico. 

Ni la efectividad de insultantes injusticias, ni todo el 
peso de duros opn»bios, justificará jamás, la asociación 
de intereses parciales, en detrimento de la insignia na- 
tiva. La palabra revancha, no tiene aplicación á las dife- 
rencias de familia. 

Pero las intolerancias musulmanas del partido guber- 
nista, sus latrocinios y despiltarros, volvieron á abrir el 
palenque sombrío. 

Cuando la mitad de un pueblo llora en la expatriación, 
es mentira declarar simplemente veleidosos tales éxodos. 

La voluntad del capricho no cambia el curso de los 
ríos; la sucesión de las mareas no la ordena el acaso; 
cuesta concebir borrascas sin el marco de un cielo enca- 
potado y de amenazantes agitaciones. 

¿Estaba habilitada para fundar esperanzas en el co- 
micio, la fracción ciudadana cuyo derecho á la vida tran- 
quila, dentro mismo del territorio por todos libertado en 

comunión de afanes, era discutido y por muchos con- 
testado? 

Febriciente ilusión hubiera sido pensar en el empuje 



34r F»OFt LA. F»ATFtI.-V 

enaltecedor de las propagandas y de los acentos tribuni- 
cios, cuando el hogat de los orientales se convertía en 
patrimonio de los más afortunados; cuando las protestas 
sonaban á gritos de sedición; cuando la espada, con su 
cortejo de terribles impudicias, empezaba á labrarse có- 
modo alveolo en las alturas del poder. 

Por eso, ningún espíritu imparcial podrá quitar justifi- 
cativos sobrados, á la reacción desesperada que encabezó 
en Marzo del 70, el benemérito soldado délas institucio- 
nes don Timoteo Aparicio, después de vagar errante años, 
por las fronteras de la patria, verdaderos fosos del cas- 
tillo rojo con los rastrillos siempre levantados para el 
adversario! 

Entonces flameó otra vez á las tempestades, el estan- 
darte de las grandes reivindicaciones, abatido por el 
avance indio de 1865. Lejos de mi pensamiento y más 
lejos todavía de la realidad á que referimos, la niebla 
lamentable del extravío tradicional. 

La nutrida colectividad alzada en armas por imposi- 
ción de las circunstancias, acosada por los dardos del 
rencor, convocó sus legiones con el clarin de las maña- 
nas redentoras. Los sables, condenados á no enmollecer 
en estos cuatro palmos de tierra americana, volvieron á 
la cintura de los combatientes pero para hendir á tajos 
los cimientos nacientes de la corrupción administrativa 
y política, sin averiguar el credo de los culpables. 

Un clamor inmenso, desconocido eiitre nosotros, por 
la intensidad de sus repercusiones, brotó simultáneo 
de todos los puntos del horizonte nacional. Y ese cla- 
mor de inflexiones parecidas á la voz del Sinai, era el 
reflejo de viriles é insoportables angustias, que desgra- 



F»OFl LA F»ATR,IA 3S 

ciadamente no fueron atendidas en horas de bonanza. 

El Partido Nacional exigió en aquella oportunidad lo 
mismo que reclamara en épocas posteriores y sin resul- 
tado, apesar de tratados solemnes y de compromisos 
jurados sobre el texto de los evangelios. 

Ello era la libertad de sufragio, como centro de una 
serie de derechos elementales é indiscutidos. 

Los atrios sirviendo de noble palQstra á los esfuerzos 
del pueblo y saneando ambiciones de legítimo predo- 
minio. 

Decía el general invasor en su proclama primera, ins- 
pirada por cerebros descollantes: 

«Consecuentes á estos principios, no venimos, no, á 
derrocar gobernantes por el simple hecho de que su 
divisa sea roja y la nuestra simbolice el color patrio, 
venimos á derrocarlos porque su presencia al frente de 
los destinos de la República es un insulto á las tradicio- 
nes nacionales, á la moral, á la dignidad, al buen sentido 
del pueblo; porque sus abusos, sus orgías, sus dilapida- 
ciones, sus atentados, han ultrapasado toda barrera y se 
han hecho intolerables al país entero. 

He ahí en concreto, lo que la propia prensa situa- 
cionista de Montevideo, viene increpando al bando 
liberticida.» 

Y agregaba más adelante: «sí, no venimos buscando 
lo quimérico, es decir, la fusión de los partidos, veni- 
mos proclamando la tolerancia, la consideración y el 
respeto á todos los ciudadanos.» 

No es necesario traer á colación, la célebre frase sha- 
kesperiana^ para saber aquilatar el valor específico de 
las palabras que son vehículo de felonía y de engaño 



dentro de las relaciones humanas; pero cuando ellas 
apellidan pasiones sinceras y sirven de envoltura á pro- 
pósitos probados, desaparece la razón de destararlas d 
capricho. 

Esos conceptos amplios, arrancados de un documenta 
vibrante como el entusiasmo que lo dictó, nunca sufrie- 
ron lesión al encarnarse en la práctica. La rúbrica hu- 
milde que iba á su pié, no valia un adarme menos al fina- 
lizar la campaña. 

Por otra parte, ellos se modelaron en el molde de 
ansiedades no amenguadas hasta la fecha. 

Causas diversas que actuaron con reiterada fatalidad, 
entorpecieron el triunfo del ejército popular. Los volun- 
tarios del 70, llegaron á saludar con la mirada, las 
torres gallardas de nuestra iglesia catedral, sin suponer 
nunca que el furor implacable de Goyo Suarez los es- 
peraba en la llanada del Sauce, para ahogar en sangre 
las ideas de humanidad y escribir con adiós un siniestro 
epitafio. 

La paz de Abril, que sancionó en teoría los términos 
del reto revolucionario, pues devolvió la plenitud de los 
derechos desgajados sentándose promesa estricta de 
convocar á la nación á comicios, cierra, ó mejor dicho, 
interrumpe, el período de la lucha armada. 

Para exhibir el calibre de las divergencias surgidas 
en el seno de la fracción dominante, debido á escrú- 
pulos mayores y menores con la usurpación, — con- 
viene recordar la actitud de sus adeptos hostiles al 
gobierno del General Batlle, una vez producido el alza- 
miento. Ellos, que antes conspiraban en plena capital, 
denostando contra el gobierno y sus irregularidades; 



F>OFl LA FATFtIA ST 

ellos, que se manifestaban indignados de los procede- 
res oficiales; que llegaron á merecer el destierro por 
estimular al choque bélico desde el pulpito autorizado 
de la prensa, olvidaron los agravios de la vispera, sus 
protestas de independencia, la crudeza de sus repulsiones 
á los poderes públicos, el día mismo en que la guerra fué 
un hecho tangible. Y, cosa más increible, en el centro 
de ese grupo fuerte, encontró bizarros adalides la si- 
tuación combatida. Ya sabía á purísima democracia, 
aquel gobierno despótico y absorvente; ya no procedían 
los reproches al mandatario; ahora, era delito de revolto- 
sos vulgares y atentado evidente contra el orden legal, 
la violencia, predicada á voz en cuello ayer. 

El interés de sociedad, apartó las piedras del camino 
y convenció á los más iracundos. Así se explica, que 
Caraballo en correspondencia amistosa con los generales 
Medina y Bastarrica, interrogado del intento en proyecto 
y asintiendo á él, no titubeara en ser su oficioso denun- 
ciador. Más tarde, favorecido con el perdón desganado 
del presidente, suscribe una proclama que es un triste 
desahogo y pelea en el Corralito. 

Esta defección de última hora, se repite invariable en 
ocasiones análogas y contribuye á definir el colorido es- 
pecial de la treintena sin alborada. 



TTna caída y la revolución Tricolor 



El partido Nacional, de idiosincracia conservadora y 
pacífica, se abrazó á la paz recién firmada, con el calor 
de esperanzas primaverales. 



S8 F>OR, L.A. F»AXFtT.V 

Jamás se había ofrecido una coyuntura tan brillante 
para marchar con acierto feliz, á la elaboración de se- 
ductores destinos. 

Sí, jamás, porque las diabólicas calaveradas que siguie- 
ron al infortunado pacto de Octubre, acumulando nuevo 
capital de experiencia, auguraban más sinceridad y calor 
en el cumplimiento del reciente acuerdo. 

Por segunda vez, aparecíamos pisando en terreno 
firme, y quedaba descorrido á nuestros ojos cansados de 
vivir abiertos en plena oscuridad, el escenario de pro- 
miseras evoluciones. 

Ese porvenir tuvo un preliminar propicio en las elec- 
ciones inmediatas, no tan completas quizá, como lo pre- 
tende el asenso vulgar, — aunque en conjunto muy acep- 
tables. 

En las Cámaras que se constituyeron, había una 
garantía de solidez, y si bien á ellas no era perfectamente 
aplicable el axioma político de Mirabeau, que quería 
encontrar en las asambleas legislativas una miniatura de 
la fisonomía del país, cabe reconocer que en su seno se 
agitaban con holgura, el honor y la austeridad cívica 
inteligente, 

Tan absoluto sometimiento de la comunidad en armas 
á los fallos de la razón tranquila, denota con fidelidad^ 
que no eran otros que esos, los ensueños de la Revo- 
lución. 

El machete de Latorre, afilado entre las sombras de 
la noche sobre la piedra de repetidos escándalos, cortó 
á flor del suelo las ilusiones sostenidas. 

Un puñado de ambiciones bastardas tirado á la cara 
de las gentes honradas, anunció la oscura hazaña; y las 



l^OFt LA. l^ATFtlA 30 

tropas acampadas en la Plaza de la Matiiz al amanecer 
del 15 de Enero, resolvieron dar por caducada la auto- 
ridad presidencial. 

¡Ah! los ecos del pasado y el fatalismo monstruoso de 
la herencia! 

La reproducción del atentado de 1853, estaba ú la 
vista, aumentada y corregida, aunque mejor afianzada 
por el poder ilimitado de las bayonetas y la conmixtión 
artera de elementos civiles, bastante astutos píira no dejar 
rastro documentado de su garra. Como en su primera 
edición, el motin era obra exclusiva de un sólo bando. 

La actitud del partido Nacional fué esta vez idéntica 
á otras, probando la esencia de su patriotismo. 

Giró procedía del Cerrito, se dirá, y su misma filiación 
le ganó adhesiones compactas, -en el desempeño de la 
primefa magistratura y después. Pero Ellauri no podia 
asimilarse á ese antecedente, perteneciendo por lo con- 
trario, á las filas más soberbiamente coloradas de su 
partido. 

Sin embargo, hasta la cubierta del buque que le sir- 
viera de refugio, llegaron brisas amigas del campo adver- 
sario, extraño en absoluto á las trágicas perfidias de esos 
momentos. Emisarios enviados desde el fondo del país, 
advirtieron al mandatario desposeido que el ejército na- 
cionalista, ya acampado en Jas inmediaciones de la Flo- 
rida, esperaba sus órdenes á fin de entrar en acción. 

¿Se abusaba de lo crítico de las circunstancias para 
hacer imposiciones? De ninguna manera. 

Los siete ú ocho mil soldados subordinados á Apari- 
cio, ofertaban gustosos su contingente á la legalidad, sin 
indagar mayormente el color de su cintillo; olvidando el 



40 F»OR. LA. PATr^IA. 

espíritu de alta intolerancia acreditado por el infeliz 
gobernante en una moderna práctica; y echando un puen- 
te de generosidades sobfe el viejo cisma. 

El país entero vislumbró una claridad que pudo ha- 
berse tornado en faro de salvación. Pero ni las lágrimas 
del mismisimo Julio Herrera y Obes, que no sé si ya 
entonces eran de cocodrilo; ni las solicitudes del paren- 
tesco; ni lí>s apremios de los amigos; ni la presión del 
deber mutilado, pudieron apartar de su inflexible propó- 
sito de alejamiento, al terco ciudadano. 

Su investidura quedaba en manos de conocidos ban- 
doleros. Era indispensable salvarla, pero e\ doctor Ellauri 
nunca soñó con servir de penacho orientador á las hues- 
tes populares. 

La tradición oral p(fne el argumento de su negativa, 
en una frase empapada en prevenciones tradicionales y 
de hiriente reminiscencia. 

No poco hizo en pro de la ansiada restauración, la 
fracción oprimida, apesar de carecer aun de ima direc- 
ción política sólidamente constituida. La defección del 
representante del orden, temeroso de perder girones de 
su proverbial egoismo en las zarzas punzantes que crecen 
siempre nutridas en el camino de la abnegación, selló 
con la impunidad, tantas bastardías y subv^ersiones. 

El prestigio deslumbrante de la alianza de partidos 
para ir contra los debeladores, hizo juzgar irresistible 
el empuje de la Revolución Tricolor. A ella concurrió 
en primera fila el Partido Nacional; y fué realmente pro- 
misor el hecho de formar agrupados todos los hombres 
bien intencionados del país, aunque dentro de la reac- 
ción, unos usaran la divisa confederada con el celeste 



F>OF<. LA F>A.TR.IA -41 

hacia arriba^ ó sacrificando al colorado el tamaño de las 
otras franjas simbólicas. 

Aquella espléndida cruzada debió de haber triunfado 
aunque tenía por delante enemigos temibles, poseedores 
de los recursos audaces de las aves de ra{)iña. Extendi- 
da la planta sangrienta^ avisera la mirada y pronto á 
entrar en ejercicio el pico corbo, señor de todas las es- 
cenas carniceras, ellos esperaron el desafío, sin ofusca- 
ción ni tironeos de conciencia. 

A un lado, el grito de familia; á otro lado, las mil 
reconvenciones justificadas de la nación. 

Lo indudable, lo que no podía discutirse porque sal- 
taba á la evidencia, era que el movimiento en prepara- 
ción amenazaba la perdurabilidad del festín baltasariano. 
Eso todo lo decía. Y la incansable hostilidad de La- 
torre al ejército del general Muniz, suda el odio de 
aquella gavilla para los reivindicadores de las libertades 
públicas. Quebradas y cuchillas cruzó siu detenerse un 
minute, el rebaño del pretorio; á su tránsito enloquecido, 
nada representaban las crecientes, ni los pasos difíciles, 
ni las marchas forzadas del antagonista, respetable en 
número y calidad. El acicate del peligro que corrían era 
poderoso, y el jefe gubernista recien sofrenó sus impa- 
ciencias activas en los lindes del departamento de 
Cerro Largo, donde se disolvió la brillantecolumna ciu- 
dadana. Ni los avances del opresor extranjero pudieron 
haber despertado tales arrebatos belicosos! 

Apurada resultó la ocasión. Sin embargo, otro mili-- 
tar nacionalista castigó las soeces altanerías motineras 
con el mal cuarto de hora de Perseverano. 

Estos reiterados contrastes nos empujaban al desfi- 



4« T*OFl LA. F»ATFIIA 

bramiento cívico. Empezó por atribuirse la culpa de- 
todo lo sucedido á las agrupaciones subsistentes y para 
desacreditarlas^ inicióse contra ellas una propaganda 
airada y sin control, menos atinada que procedente^ 
Hablóse de extinguir los partidos de cuño antiguo, por 
inservibles y malsanos. En el deseo nervioso de hacer- 
los desaparecer, hasta llegó á negarse su existencia^ 
cuando sucesos contemporáneos daban resaltante relieve 
á su vitalidad, y aún conmovían reciamente los corazo-- 
nes de jóvenes y de ancianos, las leyendas tibias de otros 
tiempos, murmuradas al oído por los acentos acaricia- 
dores del pasado. 

Por ejemplo, en el levantado documento que sirvió de 
fé de bautismo al movimiento de 1875, se hablaba de 
partidos en que <üestuvo dividida la Repúblicas sin 
recordar que las firmas netamente tradicionales puestas 
al pié del mismo, apuntaban el engaño, el sincero enga- 
ño en que se incurría. 

Pernicioso sistema de curar enfermedades, el de pre- 
tender desconocerlas. Recurso de leguleyos, el de ence- 
rrarse dentro de la exageración y de fantásticos anate- 
mas para borrar sendas que malas ó buenas, habían 
servido de riel al país en su «marcha ascendente, desde la 
emancipación. 

Pléyade luminosa la atacante, seducía por la encanta- 
dora belleza de sus programas. Pero su radicalismo 
ofensivo lastimó enamoramientos de canosa aureola y 
si bien la desmoralización entró á las filas de los parti- 
dos en pugna, no llegaron á cuajar con el prometido vi- 
gor, las enseñanzas esparcidas. 

¿Era prematuro este ensayo así caracterizado? Mucha 



POR, IvA. F»jVXR.IA 43 

pretensión sería afirmarlo^ pero lo cierto es, que un 
constitucionalismo paulatino, insinuante y práctico, se 
infiltraba en el espíritu público, desde largos años atrás 
por instrumento de nuestros primeros estadistas. 

Ni Giró, ni el general Garzón, ni Berro, ni don Joa- 
quín Suarez bosquejaron con intolerancias y brutales 
fanatismos^ su extensa foja de servicios. 



La jomada del Quebracho 



El Partido Nacional interrumpe su peligroso sopor, 
cuando suena de nuevo la voz de alistamiento. Como 
todas las fuerzas honestas del país, él siente infieles 
sus goznes después de una tan larga inmovilidad. Diez 
años de respiración difícil, de oscuridades despóticas, 
de acatamiento obligado al impeño de la tiranía, de 
espionaje, de asesinatos y de ignominia; diez años de 
sueño arrullado por el ruido de los hierros aprisiona- 
dores y el rechinar de las puertas carcelarias; diez años 
sin agitaciones colectivas, sin expansiones políticas, sin 
Parlamento y con Bastilla, debieron de hermanar nues- 
tra situación con la presidida por don Juan Manuel de 
Hozas en la Argentina, medio siglo atrás. 

Apesar del común desconcierto, no faltaron conscrip- 
tos. Tan lejos se llevaba el horror á la tradición que 
entonces mereció un rechazo la divisa gloriosa de 1875, 
como si la religión de esos preciosos recuerdos pudiera 
ser fuente de reminiscencias corrosivas. 



-44 F»OFl LA. F»ATI^IA 

A la veidad que fué reemplazada con brillo por la 
bandera patria. 

Por cuarta ó quinta vez, los nacionalistas prestan ner- 
vio, brazo y cerebro á la causa del derecho, entregando 
BUS mejores jefes, sus divisiones marciales y sus caudales, 
al movimiento revolucionario. En inmensa mayoría fi- 
guraban allí sus afiliados. 

La misma falta de actuación en nuestros debates polí- 
ticos, del general Arredondo, lo sindicó para ocupar la 
jefatura del ejército ciudadano. Aceptó este, pero decla- 
rando en acto previo, que asistía á la campaña some- 
tiendo á su calidad de oriental, sus definidas preferencias 
de partido y recabando el concurso del general Enrique 
Castro á la empresa, como garantía de coparticipación. 

El voto afirmativo de este veterano, fué seguido, des- 
pués de larga conferencia con don Máximo Santos, de 
una negativa empecinada, que sólo los apremios filiales 
pudieron suspender. 

Combinado el arranque, casi en ausencia de un con- 
tingente colorado, de importancia — todo se esperaba del 
general Castro que prometió traer decisivos recursos y 
adhesiones del norte del Rio Negro, — la expedición es- 
toica deslizóse silenciosa, hacia el rumbo convenido. 

A un paso de la patria, aparece sólo el representante 
colorado, anunciando que sus amigos esperan en las filas 
santistas la oportunidad de pronunciarse, y pidiendo 
para sí, y porque sí, el comando superior de las fuerzas, 
que ya á otro pertenecía por delegación expresa del 
Comité. 

Cuando el desprendimiento personal llega á límites 
determinados, se confunde con la debilidad; por eso, 



F»OFt LA I^ATÍ^IA -ir> 



vacilo en calificar de acto cuerdo la trasmisión que hizo 
de su autoridad el general Arredondo al imperativo soli- 
citante, revestida, de cualquier manera, con el ropaje 
sencillo de las más puras abnegaciones. 

Una vez en la tierra de nuestros padres, jamás apare- 
cieron los elementos ofrecidos. 

Metralla y escuadrones dispuestos á dar tantas cargas 
cuanto lo permitieran sus caballos, encontró á su frente 
en el Quebracho, la juventud florida. Únicamente el 
general Castro supo encontrar los amigos anunciados, 
pero para montar en buenos fletes y dirigirse á Entre- 
Rios, sin preocuparse de los compañeros vencidos, en 
esa hora, ni de explicar su extraña y comprometida con- 
ducta, más tarde. 

El alarmante anonadamiento engendrado por la negra 
injusticia de aquella derrota total, disipóse coíi el acuer- 
do político conocido por la CoiicilLactón, Iniciada esa 
gestión de concordia, se recabó respuesta al Partido 
Nacional, sobre la ruta que seguiría en adelante, y sus 
principales miembros contestaron con unánime entusias- 
mo, que abierto el escenario de las luchas cívicas, la 
briosa comunidad ocuparía su sitio en las contiendas 
pacíficas, á la sombra de una ley electoral correcta, con- 
fiando siempre en el poder de sus prestigios, para con- 
quistar posiciones. 

La delirante asamblea del circo San Martin, refrendó 
con viriles efusiones, tales conceptos. 

Entonces asistimos á un sacudimiento que alcanzó á 
contagiar los más apartados rincones del país. Así como 
las cajas de fierro volcaron en la plaza comercial, cientos 
de miles de pesos, guardados bajo siete llaves durante la 



-4e F»OFl LA. F»7VTR.IA 



época terrible, de idéntico modo, los corazones antes 
oprimidos y angustiados, lanzaron á los aires esperanzas, 
anhelos y enaltecedoras pasiones, ya casi prescritas, — 
cuando se propició el advenimiento de los buenos. 

Al calor de tan loables estímulos, produjese la organi- 
zación nacionalista de 1887, signo de ansiada actividad, 
que tuvo el éxito de una maravillosa resurrección. El 
adalid de los principios, castigado por el vendabal de 
repetidas desgracias y rudezas sin nombre, lucido en los 
dias de agonía y lucido en los minutos de victoria, cons- 
ciente de su vigor, reclamó puesto para concurrir á la 
magna elaboración. Olvidó las querellas de la víspera, 
las infidencias cometidas, las burlas y mistificaciones 
amontonadas. El porvenir engalonado con risueños ce- 
lajes, absorbía el pensamiento general; nuestra sociedad 
tan noble y habituada al perdón, corrió un tupido velo 
sobre los reproches de otrora. 

Pero el gobierno de Tajes que pudo ser origen de 
bienhechoras emulaciones, no rindió el saldo esperado de 
sólidos adelantos institucionales. La exaltación al mando 
supremo de Julio Herrera y Obes, vino á arrojar des- 
alientos renovados. Ya las sagradas ilusiones quedaban 
desfloradas otra vez. 

Interesados en recorrer el índice compendiado de la 
historia de nuestro partido, conviene detener la atención 
en las tentativas de ordenación que entonces se dibujan. 

Tanto más exijen estudio esos antecedentes, cuanto 
en ellos estriba el secreto de las posteriores robusteces 
nacionalistas. 

En efecto, nuestros hombres dirigentes concluyeron 
por penetrarse de la inutilidad de sus patrióticos impul- 



F»OI^ LA PAXl^lA 47 



SOS frente á las insidias de todas las jornadas. Hacia 
•cuatro lustros que el Partido Nacional colaboraba en 
las coaliciones libortadoras, abdicando su personalidad en 
liomenage á la grandeza de la causa, siendo pluma remi- 
de de alas agenas, — y no hacía mucho menos tiempo 
■que se venía jugando con sus varoniles confianzas. 

El medio de contrarrestar esas corrientes arrolladoras 
«consistía en darse una organización permanente, conso- 
lidada por disposiciones disciplinarias bien implantadas. 

Estaba próximo el momento de una aparición inde- 
pendiente y vigorosa. 

El Partido Nacional salía en hora oportuna de im 
marasmo que, á prolongarse por más tiempo, lo abocaba 
á una irremisible disolución, porque las máquinas que 
no funcionan se inutilizan y estorban. 

Era pues un deber intentar un supremo esfuerzo que 
decidiera de la suerte de" la colectividad. 

Al calor de estos ideales, surgió el plan de provocar 
una asamblea representativa.. Aquí corresponde recor- 
dar los nombres de los doctores Vicente Mongrell y 
Jacobo Z. Berra, de histórica estela el primero y de sana 
filiación el segundo, á quienes cupo el inmenso mérito 
de ser los iniciadores de la agradecida tarea, por inspi- 
ración de algunos correligionarios distinguidos de los 
departamentos de Salto y Paysandú. 

Empresa difícil la de reconstruir, aunque se cuente 
■con cimientos bien batidos, cuando no existe la garantía 
de ejercicios depuradores. Pero, no importa, triste ó 
venturoso el futuro, era indispensable preparar elemen- 
tos capaces de diseñarlo feliz en la circunstancia opor- 
tuna. 



x4kS F»Ori T .V F»ATÍ^T/V 



La constitución en Buenos Aires de un Directorio 
Provisorio, puso base auspiciosa al arranque. 

Lo componían ios siguientes ciudadanos: 

Ernesto de las Carreras, Darío Brito del Pino, Teo- 
doro Berro, Eustaquio Tomé, Aurelio Palacios, Joaquin 
Requena y García, Julio Arrúe, Ramón Artagaveytia, 
Vicente Ponce de León, Agustín de Vedia, Juan Ángel 
Golfarini, Vicente Mongrell, Eduardo A ce vedo Díaz^ 
Jacobo Z. Berra y Guillermo Melian Lafinur. 

Esta corporación integrada con tanto acierto, pronto 
recibió adhesiones multiplicadas de todos los extremos 
del país. Fué su presidente el abnegado patricio señor 
Ernesto de las Carreras, quien siempre puso su bolsillo 
y su nombre de timbre heroico, al servicio del bien pú- 
blico. 

El civismo despertaba. Con la urgencia del' caso, en- 
traron en agitaciones los núcleos partidarios. La más 
brillante reunión popular realizada, tuvo lugar en la 
capital de la República con asistencia de 5000 afiliados. 

Ya la consoladora recompensa de un éxito significati- 
vo, pre!míaba tan levantados afanes. 

El 20 de Julio de 1890, se reunía en Montevideo la 
Convención del Partido en cuyo seno tuvieron repre- 
sentantes todos los departamentos. 

Por vez primera, después de 1872, recuperaba la glo- 
riosa causa, su puesto de labor autonómica y consistente, 
y nuestra enseña desflocada por tantos huracanes, vol- 
vía á enarbolarse. 

Aquel alto cuerpo deliberante investido de poderes 
extraordinarios, procedió á la elección del primer Direc- 
torio, constituido más tarde, en la forma siguiente: 



Juan José de Herrera, Presidente; Martín Pérez, I.®"* 
Vice; Eemigio Castellanos, 2.® Vice; Miguel E. Grané, 
Tesorero; Duvimioso Terra y Andrés Lerena, Secreta- 
rios; Vocales: General Gervasio Burgueño, Federico 
Brito del Pino, Carlos Camusso, José G. Requena f 
García, Ventura P. Gotuzzo, Manuel E. Larravide. 



La Convención y el Directorio de 1890 



Tres cometidos importantísimos asignóle antes de di- 
solverse, la Convención de 1890, 1.®: convocar á los co- 
rreligionarios, dentro del término de un año, á una nueva 
Convención para reglar los derechos y deberes de todos 
«dentro de la misma organización permanente que nos 
queremos dar»; 2.^: exhortar al Directorio electo á que 
todas las decisiones que adoptase respecto á la política 
de coparticipación de la colectividad en el manejo de la 
cosa pública, se inspire en los acuerdos populares, te- 
niendo por base el reconocimiento de la autoridad de los 
partidos adversos, y entregar á su apreciación juiciosa, el 
diagnóstico de la lucha electoral próxima; 3.^: antes de 
clausurar sus sesiones, sancionó la Convención por una- 
nimidad de votos, el siguiente acuerdo, que insertamos 
en seguida, por consagrar dignos merecimientos y por ser 
breve: 

«Que antes de dar por terminada nuestra misión nos- 
otros, representantes en este acto del Partido Nacional, 
interpretando fielmente el sentimiento de los correligio- 
narios, dirigimos un voto de gracias por sus esfuerzos y 



so F»OFt LA. I^yS^TFlIA- 



desinterés patriótico, á los ^miembros del Directorio Pro- 
visorio que se organizó en Buenos Aires, cuyo cometido 
ha terminado; significando nuestro profundo dolor, por 
no haber sobrevivido á esta obra, uno de sus entusiastas 
promotores, el correligionario —hoy extinto — doctor Vi- 
cente Mongrell, que en compañía del digno y meritorio 
ciudadano doctor Jacobo Z. Berra, fueron sus perseve- 
rantes iniciadores.» 

Para encarar mejor los sucesos posteriores, es adecua- 
do definir la fisonomía del nuevo Gobierno. Apesar de 
las inauditas dilapidaciones del Banco Nacional y del 
desprecio por la opinión que ya había acreditado el . can- 
didato, sus actos de gobernante redoblaron el capital de 
escándalos. 

Meses de mando bastaron para pisotear los entusias- 
mos parciales; y al conjuro de su maquiavelismo surgió 
aquella indecente teoría de la influencia directrix; aque- 
lla confesión de astucias é incalificables artimañas vio- 
latorias del acto electoral. 

Julio Herrera, hizo registros cívicos á capricho; montó 
un engranaje odioso; importó electores del exterior, col- 
mando la medida de nuestras desvergüenzas. 

Las informaciones de la época, constatan que jamás 
fueron más audaces y mejor tejidos los fraudes labra- 
dos por la camarilla dominante, para sostener el fraude 
y por ende, herir de muerte al sufragio. 

En tales circunstancias, ¿pudo el Partido Nacional 
buscar otro derrotero distinto al de la abstención, tanto 
más cuanto que el espíritu general volvía al temible 
aplastamiento de las nostalgias sedentarias? 

Bajo ningún concepto. Doloroso recurso es verse en 



la dura obligación de repudiar, por estériles, las funcio- 
nes más salientes de la agitación social; pero era tal la 
evidencia del infame despojo realizado bajo la dirección 
habilidosa del ex-tripulante de la barca Puig, que la 
prensa toda, en sus diversos matices, aprobó el mani- 
fiesto nacionalista. 

Persistentes en su propaganda incansable y austera, 
nuestras autoridades superiores al finalizar aquel docu- 
mento y luego de exhibir al desnudo las úlceras putre- 
factas de aquel presente, decían: 

«Retírese, pues, á la sombra de su \deja bandera el 
Partido Nacional y mantenga fé en sus principios, sin 
dar asidero á acusaciones fundadas de dejarse colocar 
estultamente, en contradición con las aspiraciones de 
su crédito político. 

En consecuencia, demos hoy por no existente la cri- 
sis electoral que se trae á desenlace, y con la esperanza 
en tiempos menos impropicios, prosigamos con ánimo 
tranquilo en nuestros esfuerzos por la co?nplementaeión 
de los trabajos generales de 07'ganixación en que esta- 
mos, uno de cuyos benéficos resultados pudiera ser el 
de constituir algún día en cooperación con los demás 
centros de opinión nacional, el gran núcleo de volunta- 
des y designios de que ha menester la República para 
moralizar su existencia en la paz y en la legalidad, que 
la urna libre haga surgir de su seno purificado.» 

Esa actitud resuelta y aplaudida, salvó algo más que 
el honor. Ni el estrépito de indiscutibles fracasos, en el 
afán hacia la unión de los elementos honrados; ni las 
marejadas hostiles, alcanzaban á desvanecer el criterio 
tolerante y patrióticamente cordial del Partido Nació- 



5S I^OFt LA F»AXFtIA. 

nalista, atalaya del pueblo destacado junto al nido donde 
fermentan los furores vengativos. 

Por otra parte, el tim<5n obedecía á las orientacionea 
salvadoras de la brújula, y la costa nos esperaba, desde 
que apesar de las indiferencias flotantes y del común 
cansancio, perdiu*aba la incitación sazonada al estrecha- 
miento de filas. 

Imitando el ejemplo esquiliano, al tiempo se confiaba 
aquella obra magestuosa de integración, para que él la 
amamantara. No cabe elegir alianzas preferibles. 

La marcha combinada y precisa de nuestra colectivi- 
dad debió de provocar resistencias disgustantes de parte 
de las entidades desordenadas que se encuentran en 
todas las agrupaciones humanas. No poco había con- 
tribuido á fomentar tales inconvenientes la vida de 
éxtasis no interrumpido, decretada por la que se suponía 
aristocracia iluminada. 

Así pues, las prescindencias personales del Directo- 
rio, mortificaron hondamente idolatrías advenedizas, 
nacidas al amparo de las públicas calamidades, como el 
provecho del pecador á la sombra del delito, como el be- 
neficio del malvado explotando desgracias agobiadoras" 

Esa selección iniciada con tanto brío, trajo en efecto, 
como consecuencia inmediata, un pequeño cisma, má» 
aparente que real y más promisor que lamentable. 

¿Acaso los robles no se descascaran cuando entran en 
pleno crecimiento? 

Con el correr de los años, brotó en el nacionalismo 
una tendencia equívoca y perniciosa, que escondía su» 
planes tortuosos escudada con la máscara de un objeti- 
vo aterciopelado. 



Bajo la atrayente etiqueta de la concordia, pretestan- 
do anhelos de paz venturosa, se ocultaba un núcleo en- 
fermo, sometido á los mandatos del poder opresor, en 
homenaje á cierto posibilismo muy singular. Tan peli- 
groso remolino conmoviendo las aguas de un mar muer- 
to, produjo alguna confusión y, lo que fué peor, arrastró 
algunas víctimas. 

La profilaxia interna ordenaba reprobar duramente 
esos turbios manejos, .que los vicios no pueden encontrar 
disculpa en los vínculos de la sangre, aunque á menudo 
cuesta sacrificios hundir el bisturí en carne propia. 

Entendiéndolo así, amplió el Directorio sus anterio- 
res declaraciones, exponiendo que el Partido Nacional 
carecía de representación legítima en el Cuerpo Legis- 
lativo, apesar de sentarse allí algunos correligionarios, 
gracias á condescendencias relajantes aceptadas sin me- 
ditación. 

Fué valiente y ante todo, fué saludable aquella enér- 
gica actitud. 

Así quedaba contestada una de las solicitudes de la 
Convención. 

La referente á la preparación de un boceto de ley 
interna controladora de las agitaciones colectivas, reci- 
bió también respuesta apropiada. 

Ya el distinguido patriota doctor Mariano Pereyra 
Núñez, uno de los beneméritos de la reorganización de 
i 887, habia presentado al examen de sus correligionarios 
un proyecto en ese sentido, que aunque discutible en 
algunas partes de su articulado — minuciosas en dema- 
sía, — mereció caluroso aplauso por el móvil de evidente 
utilidad que encamaba. 



54 F>OFt LA. F»ATFtIA ! 

Encauzar las fuerzas dispersas dentro de un lecho 
madre de paredes amuralladas, para mantener límpidas 
en sn curso por el valle á las aguas deslizadas de la - ! 

montaña; allegar cera, con el objeto de obtener la pronta 
fabricación de un alvéolo digno de guardar el rico regalo 
de tantas mieles; poner coto á las invasiones mameluca» 
en el campo situacionista, delineando fronteras defini- 
das, — he ahí el propósito que guiaba á todos los espíritus 
pensadores de nuestra causa, empapados en la experien- 
cia de tantas embestidas estériles. 

A la consideración de la nueva Convención ofreció 
el Directorio un bosquejo, calcado en su cuerpo sobre el 
proyecto perteneciente al infatigable doctor Pereyra 
Núñez. 

El mismo centro cumplía con el último reclamo, ex- 
poniendo en el documento explicativo presentado á los 
señores convencionales, que no habia lugar á ampliacio- 
nes de texto progresista en el hermoso manifiesto de 
1872, programa del partido, emblemático de las más 
dilatadas y concienzudas aspiraciones. El color de 
aquellos ideales permanecía intacto. El polvo de las 
derrotas honradas no deslustra los escudos, ni destiñen 
los paños cuando ellos enjugan lágrimas de desespe- 
ración y de corage. 

Sin embargo, á fuer de encabezamiento del proyecto 
de Carta Orgánica — sancionado con pequeñas modifi- 
caciones de forma, — se redactó una exposición sencilla, 
esmaltada con comentarios de sociología política. 

Llevando en sus maletas consulares, ese sólido bagaje 
partidario, pudo el Directorio someter sus procederes al 



F»OI^ LA F»ATFtTA r>r> 



juicio de la Convención reunida en 1891, seguro de su 
labor. \ 

Con sobrado fundamento dijo en tal ocasión, para 
anunciar á renglón seguido la unión efectiva del Parti- 
do Nacional, que: 

«Veinticinco años de alejamiento del poder, otros 
tantos de hostilidades y persecuciones como ha sufrido 
nuestra colectividad, sin que haya bastado para hacer 
cesar la agresión, ni la palabra hablada ó escrita de nues- 
tros publicistas, ni la protesta armada de nuestros solda-i 
dos, ni la tolerancia ejercida por todos dentro de los 
límites de lo decoroso, son causas bastantes para produ- 
cir el descreimiento, la indisciplina, el relajamiento de 
los vínculos de partidarismo, la enervación del espíritu 
de cuerpo, cuando ese partido carece de autoridad diri- 
gente como carecía el nuestro, que lo alentara en la 
lucha contra la adversidad, por la prédica y práctica de 
la verdad y de la moral políticas, que al fin triunfan del 
error y de la corrupción.» 

• Gracias á Dios, el toque de llamada había sonado en 
oportunidad, y todo ya no era vano! 

La falange de los amores sacrosantos, surgía compacta 
á la lid, rejuvenecida por el descansado despertar de sus 
muchos ganglios. 

Cumplida la abstención y cumplida á maravilla, la 
ingerencia oficial en los comicios, entró el país á vegetar 
en una calma chicha antillana. El beso de hondas amar- 
guras envejece en uíia noche á las naturalezas más pró- 
vidas, agostando su lote de juventud; también sobre la 
frente de las naciones carcomidas por caries implacables 



se I^OR LA. PAXFtIA. • 

aparecen canas prematuras, cuyas raíces beben vida en 
la hez de inmensos sufrimientos. 

Eso pasaba entre nosotros, que bogábamos sin rumbo^ 
en el mar sin orillas de la desilusión. Algunos infelices 
que pretendieron encender una luz en aquella oprimente 
lobreguez, para encontrar la salida del antro, cayeron 
fulminados por la traición oscura, y el 11 de Octubre 
de 1891, fué otra espina agudísima clavada con furor en 
el alma lacerada del pueblo. • 

. Sólo la innata maldad de un talento detestable, pudo 
idear aquella escena, digna de la concepción sombría 
del tirano Rodríguez Francia, y preparar respuesta tan 
criminalmente odiosa, á la anhelante interrogación de 
un patriotismo volcánico. 

En 1893, caduca el primer Directorio, y el Congreso 
Elector lo reemplaza por otro, cuya presidencia cupo al 
batallador anciano doctor Jaime Estrázulas. 



Las agitaciones juveniles 



Ya vamos en rápido declive y pronto llegaremos á 
alcanzar el viril corolario de estas manifestaciones con- 
currentes, que será el tema de nuestro estudio detenido. 

Aunque todavía no lo hemos dicho, poco cuesta seña- 
lar la ausencia extraña de efervescencias jóvenes, tan 
indispensables á los debates democráticos, — en las diver- 
sas tentativas de consolidación dentro del nacionalismo. 

En efecto, imperiosa necesidad era su contingente de 
resueltos colores y contagiosos entusiasmos; pero, ¿qué 



F»0R. la PA.TFIIA. ST 

ocasión aprovechar para contribuir en esfera humilde^ á 
las tareas comunes? Ciertamente que no sobran coyun- 
turas de ejercicio cívico^ en donde no abundan las contro- 
versias del derecho. Sin embargo^ penetrado el elemento 
joven de su misión enaltecedora^ no titubeó en lanzarse 
á la tarea para abrir brecha á su modo^ y como mejor 
pudiera^ en el maldecido torreón; y una mañana, cuando 
empeñarse en afanes de índole política significaba insen- 
satez para la mayoría, aparecieron pegados en las esqui- 
nas principales de Montevideo llamativos carteles, por 
los cuales se invitaba á una conferencia de actualidad. 
Las puertas estaban abiertas para quienes quisieran 
escuchar palabras de oposición contra el orden de cosas 
imperante. 

No sé si titular girondina ó de inspiración profética, 
aquella atrevida convocatoria suscrita por un puñado de 
muchachos afiliados al Partido Nacional, escasos de 
fuste y desprovistos de pergaminos, que asaltaban sin 
mayor preámbulo, el famoso pulpito de las sagradas 
arengas patricias. 

Numeroso público llenó, más por curiosidad irónica 
que por deferencia, el local señalado para celebrar la 
asamblea; y esa noche, propagandistas improvisados con- 
siguieron caldear jcon explosiones de intensidad inusitada, 
el ambiente de aquella reunión provocada en absoluta 
orfandad de padrinazgos salvadores. 

Al siguiente día, no faltó órgano de la prensa seria 
que vituperara esas rebeldías al servilismo, iniciadas 
por quienes «apenas lucen ligero bozo.» 

¡A tal extremo de confusión nos había conducido la 
apatía! 



S8 F»OFt L^V F»ATr;.IA. 

Era mortificante descubrir las úlceras purulentas de 
la patria; era ofensivo evocar el contraste de otros hom- 
bres y de otros tiempos; era delito, anárquico delito^ 
suspirar por reivindicaciones viriles. 

La coyunda encallece y conduce á la costumbre de 
bajar el cuello hasta en la ausencia del yugo. 

Sin embargo, el propósito final de conmover el espí- 
ritu inerte de los correligionarios halló eco, y aquella 
primera Comisión de Conferencias .Nacionalistas, presi- 
dida con patriótica intuición por el digno doctor Rosalío 
Rodríguez, fué el molde fuerte donde se vaciaron bene- 
ficiosas fogosidades. Se adquirió el precioso hábito de 
arrebatar momentos á las diversiones de los días festi- 
vos para acercarse á los altares del viejo culto y depo- 
ner en ellos con alientos primaverales, votos renovados 
por la salud de la nación. 

El caudal de efusiones confundidas, iba ganando 
cuerpo; para darle estructura orgánica y auspiciosa, 
pensóse en la fundación de centros permanentes, verda- 
deros nudos combinados de un sistema nervioso en cre- 
cimiento. 

Club Defensa de Paysandú se denominó la primera 
institución de combate; pero diferencias de apreciación 
general, trajeron por resultado un retenimiento altamente 
provechoso. 

El núcleo compuesto de elementos universitarios que 
sostenía ideas más avanzadas y contaba con la adhesión 
de valiosas sanciones, trató de instalar una tribuna ex- 
traña á injustificables resabios. Así nació el club Ber- 
nardo P. Berro, bautizado con el nombre de ese atleta 
de la arena' cívica, como enseña de honor y de pureza, 



siendo su presidente pro\'isorio Arturo Ramos Suaxez, 
todo un carácter y todo un corazón, capaz de llegar en 
el. ejercicio de su apostolado, como lo probó después, á 
los extremos del martirio. 

Don Manuel R. Alonso, un correligionario de tanta 
sinceridad como fibra, presidió la primer Comisión Di- 
rectiva. 

Con quinientos asociados abrió sus puertas la nueva 
casa de ilustres comuniones, en Mayo de 1894, y las 
fibras más íntimas de quienes pertenecen á la generación 
de entonces se extremecen recordando las distintas faces 
de aquel positivo triunfo inaugural. 

Ya en esa oportunidad, se dio importancia al raudal 
que brotaba de briosas energías, y tuvieron ellas aplauso 
consagrado, por voz del Presidente del Directorio, quien 
dijo en un párrafo de su discurso, que: «Si el partido de 
principios á que pertenecemos cuenta para sostenerlos y 
llevarlos á la práctica con la juventud sensata y reflexi- 
va, tiene asegurado el porvenir»; agregando á renglón 
seguido, estas expresivas palabras, reflejo de sentidas 
tolerancias: 

«Para que esto- sea una verdad que debemos practi- 
car indefectiblemente, — olvidémonos del pasado por 
luengo tiempo, njantengamos bien alto el dictado de pa- 
triotas antes que partidistas, — y repitamos siempre: — el 
Partido Nacional no tiene más divisa que la de sus 
principios. » 

Tales declaraciones arrojadas en el seno de una 
asamblea numerosísima, ¿no denuncian el carácter amplio 
de las contiendas á venir? ¿No quitaban su razón de ser 
á los ataques constitucionalistas que sólo perduran con 



eO JPOR. LA. F»AXFIIA 

el anatema trágico á odios y rencores, ya borrados por el 
sedimento de grandes enseñanzas? 

Ya estábamos en el principio del gobierno desgracia- 
do del desgraciado Juan Idiarte Borda, heredero sin 
beneficio de inventario, de la administración anterior, 
siniestra como la cabeza de Medusa. 



La proclamación de Tajes 



Pero antes de apreciar el coronamiento de la evolu- 
ción ciudadana, conviene dirigir un vistazo sobre la 
vergonzante comedia de Marzo y sus preliminares, en 
los cuales tuvo honrosa y fugaz intervención el Partido 
Nacional. 

Ni la atmósfera dominante de emanaciones deletéreas, 
ni la índole bastarda del pseudo Cuerpo Legislativo, 
permitían al país abrigar esperanzas totales en la lucha 
presidencial á iniciarse. 

Con todo, dentro de la muy estrecha relatividad de 
lo existente, aparecía viable alguna candidatura, hecha 
buena por el negro contraste de otras, inferiores en ca- 
lidad. Además, la generosidad popular, empeñándose 
mucho, alcanzaba á conceder algún título atendible al 
general don Máximo Tajes. 

Las cascadas de alegría, de oro y de galopantes pros- 
peridades de J 889, habían desaparecido, es cierto, pero 
todavía hería los oidos el latido vertiginoso de aquellos 
dias babilónicos. 

Tajes, sólo fué testigo impasible de aquel desenvolvi- 



F»Or-t LA. F>AT1^IA «I 



miento gigantesco, pero cuantas veces, sin ser en litera- 
tura, se ce nf unde el continente con el contenido! 

Su personalidad mediocre, alzóse como pendón de 
última hora, á falta de mejores horizontes, y la simpatía 
anónima le rodeó, con la desesperación del náufrago que 
busca punto de apoyo hasta en la debilidad de un junco. 
A las olas privadas del placer de cerrar su carrera ro- 
dando juguetonas por el plano amigo de las playas, queda 
el pobre consuelo de levantar á lo alto sus espumas para 
tocar siquiera, las calvicies rocosas. 

La fortuna rendía sus favores más primorosos á los 
pies del inepto personaje. 

Para exhibir el músculo de las afecciones de que dis- 
frutaba, provocaron sus adeptos en la capital y en cam- 
paña, la recolección de firmas. 

Nuestros correligionarios fueron solicitados en tal sen- 
tido. 

Era inevitable tomar una resolución, tanto más cuanto 
que el señor Eafael Zipitria, en nombre de algunos com- 
pañeros caracterizados del departamento de la Florida, 
demandaba inspiraciones á la autoridad suprema. 

Penetrados los admiradores del proclamado, de los 
entorpecimientos sórios que podía aparejar á su empresa 
la pasivilidad del nacionalismo, sumiso á sus deberes 
disciplinarios, juzgaron apropiado enviar una delegación 
ante el Directorio, á fin de combinar un acuerdo. 

Presentando como credencial una carta del general 
Tajes y por consiguiente, disponiendo de su cabg,! anuen- 
cia, se pusieron al habla con aquella corporación, los 
señores, doctor Domingo Mendilaharzu y don Jacobo 
A. Várela. 



es 3POFI J^A. F»yVXFiIA. 

Expuestos los importantes móviles de este ac3rca- 
miento^ el Directorio Nacionalista designó á dos de sus 
miembros, los doctores José Romeu y Juan José de He- 
rrera, para recabar del propio candidato, una ratifica- 
ción, por supuesto verbal, á las protestas amistosas de 
sus representantes en aquel asunto. 

Así lo hicieron ellos, encontrando en el general Tajes 
la más calurosa decisión en sentido favorable á los inte- 
reses públicos. 

Declaró además, aquel ciudadano, que aceptaba con 
profundo júbilo el concurso de nuestra comunidad, con- 
vencido de su respetable fuerza y deseoso de gobernar 
con la ayuda de todas las fracciones. 

Y, ¿qué pedía para sí, en cambio de la púrpura que 
contribuía á echar sobre hombres adversarios, el Partido 
Nacional? ¿Posiciones descollantes, seguridades de pre- 
dominio impuesto por las preferencias gubernistas, car- 
teras ministeriales, galones para sus fíeles veteranos, á 
cuyo respecto no rige la ley del ascenso, bancas legisla- 
tivas, cercenamiento al poderío colorado? 

No señor; mucho de eso estuvo en aptitud de exigir, 
sin ofender el pudor de la moral. Pero esa vez, como 
otras muchas, prefirió exhibirse en el juego de su envi- 
diable austeridad, pidiendo administración honesta y la 
libertad electoral, que resume todos los matices legítimos 
en todos los credos republicanos. 

Aceptó Tajes sorprendido y alborozado, una ayuda 
cedida en . condiciones tan humildes y meritorias; y pro- 
metió solemnemente, hacerse digno de sus comitentes. 

En seguida, la intransigencia roja,^ muy cautelosa y 
sensible cuando se vislumbran relámpagos de obligada 



r>oi^ LA r>ATmA 



ori 



coparticipación, entró en alarmas colosales. Prometer 
garantías en el coraicio, al partido desheredado durante 
treinta años de las míís primarias regalías, importaba 
una defección, un error, un perjuicio inferido á la inte- 
gridad de la firma social! 

Cuando los partidos identifican su desarrollo con el 
de la economía nacional, y convierten el erario en es- 
ponja de convites y jaranas sin fin, indudablemente que 
es mucho pedir, abogar por el resguardo de las institu- 
ciones contando con la adquiescencia de los usufruc- 
tuarios. 

Ccn razón de círculo, sintieron espasmos de espanto, 

hasta los últimos vasos del sistema; pero con razón de 
familia, pudo llorar indignado el país entero una nueva, 
defección frente á las trincheras y ya izada la insignia 
cuando el general Tajes, olvidándola palabra empeñada,^ 
los compromisos contraídos con su conciencia y los es-' 
critos por él firmados semanas antes, dio á la prensa 
un manifiesto infidente, por el cual hacía abjuración 
de sus ideales de concordia, en homenaje á las bajas 
pasiones del coloradismo bullanguero, y declaraba que 
la adhesión noble de los nacionalistas valía, á lo sumo, 
tanto como la del comercio! 

No exageramos; esa frase desleal le pertenece. 

El Directorio contestó como debía, á la miserable per- 
fidia del candidato, volviendo atrás de su proclamación 

sincera. 

Esta patriótica jornada pacífica, nos arrancaba otro 
gajo de üusiones- de impuestas ilusiones,- pero añadía 
otra gloriosa cicatriz al largo índice. 

Siempr e pugnando por servir de modestos lazarillos 



O-í F»Ort LA IPAXFtlA 



colaborando en triunfos ágenos *en testimonio de santa 
cordialidad; y siempre ajados de manera aleve! 

La gestión que hemos relatado, tiene rastro de fran- 
cos documentos que no indagamos á mayor abunda- 
miento, con el objeto de no recargar estas páginas. 



Miarte Borda— « El Nacional 



» 



Lo que vino después, constituye una veta de ignomi- 
nia, demasiado dolorosa para analizaría sin mojar en 
justas cóleras los puntos de la pluma. ' 

¿Quién baja voluntariamente de las cumbres para 
apagar su sed en los pantanos? 

Pasemos con la vista caída bajo esas horcas candínas 
levantadas por el candombe, mientras la patria llenaba, 
¡os aires con sus grandiosos clamores, más elocuente y 
bella en su agonía, como los ruiseñores de la Tesalia, 
que cantan mejor sus penas y mejor protestan, cuando 
la brutalidad humana deja vacías sus órbitas. 

El Partido Nacional puso candente marca de conde- 
nación á tanto oprobio. 

Desj)ues de la bota del tirano vino la fusta del letrado, 

Ahora, era lógica esperar la supremacía de un adve- 
nedizo dentro mismo de la carcoma. 

Idiarte Borda f uó un pobre diablo que sólo conoció 
los frenos de su terquedad vizcaína y las expansiones 
de su vanidad de improvisado. En su torpeza, exigió la 
abdicación de la altivez nativa en las antesalas de su 
casa; y quiso fundar una nueva alcurnia que lo recono- 



ciera caballero; y amasar una fortuna que lo igualara á 
nuestros potentados de herencia; y hacer una grotesca 
mezcla de burguesía y de aristocracia; y trasplantar á la 
capital, apetitos selváticos; y convertir á la República en 
feudo de sus secuaces, tan hambrientos de poder y des- 
pilfarro como él. 

Muy parecido á Juárez Celman, aunque actuando en 
plano pequeño, también el huracán de una revolución 
popular concluiría con su gobierno, aventando el recuer- 
do de su paso por la escena. 

Desbordada la fuente de los atentados, sólo restaba 
prepararse á la ofensiva. 

La propaganda periodística, es el ariete que engendró 
el siglo para castigar despotismos. Al partido Nacional, . 
después de la inolvidable Democracia^ iluminada en sus 
columnas editoriales por talentos de acero, le había fal- 
tado esa poderosa palanca. 

En época muy reciente, el impulso generoso del dis- 
tinguido joven ciudadano Luis Ponce de León, puso los ,, 
primeros pañales á un órgano de actualidad que se llamó 
El Nacional y quedó confiado más tarde, á la dirección 
infatigable de Laurq V. Rodríguez y Eduardo B. Anaya, 
dos enamorados de la lucha. 

Pero nadie desconocía que la ardua empresa de fus- 
tigar desórdenes orgánicos y producir el despertamiento 
en las fuerzas vivas de un partido vencido por la arbi- 
trariedad, requería cualidades excepcionales y el presti- 
gio de una reputación meridiana. 

Entonces, empezó á sonar el nombre del doctor Eduar- 
do Acevedo Díaz, personalidad saliente dentro y fuera 
de su causa, que acababa d^ recibir inusitadas alabanzas 



t3e F»OR, LA. l^AXFtlA 

por SU labor literaria, desde los más apartados puntos 
del continente sud-americano.. 

Aclamada la desigaación, todos pusieron el hombro 
á la obra, con entera conciencia de realizar un acto 
.de verdadera importancia. Al efecto, la juventud na- 
cionalista condensó sus aspiraciones en un corto ma- 
nifiesto que apareció suscrito por novecientas firmas. 

Imperturbables en el propósito de acreditar á vuelta 
de cada acoatecimlenta político, el cariz conciliador y 
liberal de nuestras agitaciones, entresacamos el siguiente 
párrafo de esa producción: 

«Tiempo há que se viene clamando en sentido de una 
resurrección damosrática cabil, y la hora de la hermosa 
prueba ha llegado. 

La juventud del Partido Nacional, ha testimoniado 
repetidas veces, que anhela esa resurrección; que ha 
pugnado, que pugna y pugnará por precipitarla, y siem- 
pre por intermedio de EL Nacional, su órgano en la 
prensa, ha tenido ocasión de expresarlo, refiriéndose á 
los esfuerzos loables de la juventud colorada indepen- 
diente, dirigidos en sentido de labrar su emancipación 
absoluta de la influencia oficial. » 

Y todavía no faltará censor que divise alientos de 
odios tradicionales en estas e xpresiones! 

Era innegable que el doctor Acevedo Diaz poseía con- 
diciones para desempeñar el brillante papel que los 
sucesos le asignaban y fundir el esfuerzo aliado de los 
Directorios y de la juventud. 

Escritor deslumbrante, que dispone de un estilo que 
corta como los chasquidos del látigo; naturaleza fuerte, 
pronta á afrontar duros embates; corazón resuelto y con- 



í 
I 



vencido^ hasta el mismo sabor extrañamente romántico 
de su personalidad, contribuía á señalarlo para apóstol 
de la cruzada en sus pulsaciones finales^ las más deci* 
sivas sin género de duda. 

El rumbo de la propaganda quedó confiado á su acier- 
to, y el 18 de Julio de 1895, se rompió un fuego granea- 
do contra las corrupciones de la situación, que duró 
quince meses, sin paréntesis de un día. 

El poder ensoberbecido, hizo burla del austero empe- 
ño. Desatada locura pretender concluir con un elefante 
hincándole el diente en las carnosidades insensibles de 
sus cimientos rugosos! 

Rira mieux qui rira le dcrnier, pudo decir el senti- 
miento público argentino, contestando al generador del 
juarismo, cuando contemplando este detrás de una per- 
siana, el desfile de los afiliados á la Unión Cívica, por 
la calle Florida, hizo sangrienta mofa de aquellos bendi- 
tos entusiasmos, encendidos por Alem, el de la pera 
blanca y el de alma para. Rira mieux qui rira le der^ 
nier, pudo repetir el sentimiento público oriental, cuando 
Borda enorgullecido de su poderío funambulesco, feste- 
jaba con ironías, los valientes esfuerzos populares. 

Los estampidos revolucionarios, aquí y allá, informan 
de la eficacia de ese fatídico emplazamiento, con fechas 
que graban imperecederas memorias. 

Los acentos viriles y apasionados de ISl Nacional 
llenan solos, una página de nuestro civismo. Ellos vi- 
nieron á retemplar la acción general; á detener desercio- 
nes é infundir ánimo, en momentos realmente terribles 
para la sociedad oriental, cuando una marea viciosa 
sellaba con barro todas las esferas. 



es F>OR, LA. PATFtlA. 

Aquella campaña flagelante, tuvo por lema, la guerra 
sin cuartel á las tremendas subversiones de la época^ 
fueren las que fueren y vinieren de donde vinieren. Si 
radicadas dentro de la comunidad, nada decretaba su 
persistencia impune; si agenas á ella, idéntico motivo para 
Cruzarlas con el castigo. 

La hoja de publicidad á que referimos, no tardó en 
ser el heraldo de los intereses humildes frente á las pre- 
potencias encumbradas. 

Cuantos infelices, esclavizados en los cuerpos de lí- 
nea, recuperaron su libertad, gracias á reiteradas y con- 
cretas denuncias! Cuántos derechos vilmente pisoteados 
volvieron por sus fueros al amparo de una acción perio- 
dística que iba ganando rápido terreno, al punto de mo- 
lestar la calma oficial! 

Llegó á anunciarse un plan de severas represiones á 
los diarios, pero tanta temeridad no se cumplió. 

Sí, se preparó un recurso perverso de anonadamiento 
legal, pretendiendo el ministerio sentar en el banco de lo» 
acusados, á el diario del pueblo, porque apuntó sin vaci- 
laciones la venta reglamentada de grados militares, con 
sus oficinas establecidas en la Casa de Gobierno. 

El hecho era positivamente cierto, pero encarado baja 
la monstruosa faz jurídica que siguió la parte actora, hu- 
biera borrado sin remedio, hasta la huella de la protesta.. 
La rectitud invariable como magistrado, del fiscal doc- 
tor Victoriano Martínez, frustró aquella combinación 
inquisitorial contra la libertad de pensamiento. 

No hubo número de El Nacioiial, donde no aparecie- 
ran acusaciones gravísimas sobre malversación de fon- 



F»OFt LA. PA.TFIIA. QB 

dos, despojos beduinos hechos á la hacienda, y otras 
tristes inmoralidades. 

Con especialidad indignó al presidente, una exposición 
insertada en sus columnas, suscrita por el cónsul inglés, 
-caballero Grenfell, y dirigida al Ministro de Relaciones 
Exteriores de su país. 

El referido funcionario, hasta cuyo espíritu no podian 
alcanzar las pasiones del medio ambiente, condenaba sin 
economía de dureza, los notorios robos nacidos al calor 
de las estufas de desinfección del lazareto; la exhorbi- 
tancia interesada de los impuestos, y el derroche dudoso 
de los dineros. 

- ¿En qué se han invertido esas cantidades? pregun- 
taba después de acumular datos asustadores, y respondía 
con flema británica: — «Lo único que sin vacilación po- 
demos certificar, es que ni una décima parte de ellas ha 
£Ído empleada en beneficio del país.» 

Son inútiles los comentarios. Hasta Europ a llegaba 
noticia circunstanciada de nuestros vergonzosos des- 
órdenes. 

Esa faz aislada de las cosas ¿no justificaba plenamen- 
te el movimiento revolucionario? 

Hasta en las filas coloradas filtró el descontento por 
tales latrocinios, no faltando orador acalorado que pre- 
tendiera Tiegar á su partido la paternidad del escándalo. 

Equivocada manera de eludir responsabilidades la de 
labrar la historia al paladar de parte interesada. 

La actividad tribunicia se imponía, como sólido com- 
plemento alas incitaciones de la prensa. 



TO F>OFt LA. r>ATnTA. 



Los clubs nacionalistas 



El club Bernardo P. Berro dio el edificante ejemplo, 
seguido luego, por otros centros análogos de brío gene- 
roso; y en noches de evocación consoladora, los doctores 
Eduardo Acevedo Diaz, Arturo Berro, Luis Santiago 
Botana, Mariano Pereyra Nuñez, Guillermo Melián La- 
finur, Pedro Echevarría y otros, como representantes del 
Estado Mayor partidario, impresionaron á centenares de 
oyentes ávidos, contando las tiernas cuitas y desgracias 
que afligían á la madre común. 

Una banda lisa juvenil y compacta, estimulaba por 
su lado á la acción. 

El segundo año de dominación bordista, se cierra con 
el descubrimiento de manejos irregulares en el despacho 
de un proyecto de fabricación de paños, presentado por 
un tal Buhigas al estudio del remedo de Cuerpo Legisla- 
tivo existente. Tratábase de un negocio pingüe, de cuya 
aprobación dependía el enriquecimiento galopante de 
varios asociados. 

Pues El Día, caracterizado órgano independiente, 
dijo saber de pseudo legisladores, cuyo voto en favor del 
mencionado asunto fuera objeto de una compra moneta- 
ria y con recibo á la vista. 

Apesar de la corrupción corriente, fácil es imaginar 
el efecto desastroso que produjo en la opinión este nuevo 
síntoma de podredumbre, desconocido en nuestros ana- 
les parlamentarios, aun durante los peores períodos. 

La Cámara Jhizo un simulacro de investigación con 



F»OFt LA. F»A.TR.IA TI 



respecto á la denuncia^ pero apesar de tener á mano 
papeles altamente significativos, todo quedó entre som- 
bras. 

Hacer otra cosa, hubiera importado intentar la demo- 
lición del edificio oavillero. Aquella gran masonería, 
llena de vicios, tenía su alfabeto misterioso para orien- 
tarse y socorrerse, en el fondo de las tinieblas. 

En consecuencia, absolución total tuvieron los encau- 
sados, de sus jueces naturales; pero de manera distinta 
falló la conciencia pública. 

No se crea que la judicatura escapaba del todo á la 
critica imparcial. Contaba y cuenta el poder judiciarío 
con dignísimos miembros; sin embargo, algunos de sus 
resortes resultaron enfermos, cuando el asesinato del 
malgrado correligionario Tomás E. Butler puso en ejer- 
cicio la actividad de la justicia criminal. 

Flaca, coja y hasta sospechosa, apareció esa impor- 
tante rama en la prosecución de aquella celebérrima 
pesquisa, á cuyo alrededor flotan singulares negruras y 
caben comentarios políticos comprometedores para algu- 
nos personajes y de tremendo descrédito para la balanza 
de la ley. 

Estábamos en plena invasión de escorias. 

Los clubs partidarios, constituyeron otro factor de 
eficiente ayuda. 

Sería enojoso, detenerse en la fundación de cada uno 
para describir las mil manifestaciones de patriotismo á 
que dieron lugar esas importantes fiestas de promisores 
consorcios. 

Conmovida la opinión nacionalista por la pertinacia 
del esfuerzo, á mediados de 1896 cruzaba el territorio 



de la RepúbUca una brillante red de centros disciplina- 
dos y de nutrido desarrollo. 

Mejor que nuestras apreciaciones, lo dice la nómina 
siguiente de esos focos, partes integrantes de un nuevo 
haz romano, clubs: Bernardo P. Berro y Defensa de Pay- 
sandúf en Montevideo; General José Gervasio Artigas, 
en el Paso del Molino; Basilio Estomba, Reducto; 2 de 
Enero, Cordón; General Liícns Pirix, Tres Cruces; 
Francisco Lecocq, Pantanoso; Tomás Bargueño, Pando; 
Coronel Ignacio Mena, Tala; Aparicio-Párraga, Florida; 
General Basilio Mnñoz, Durazno; General Juan Anto- 
nio Lavalleja, Minas; Teniente Coronel Jiuin Rosas, Ta- 
cuarí; General Aíanuel Oribe, Trinidad; General Diego 
Lamas, Salto; Coronel Piriz, Soriano; Santiago Botana, 
Sarandí del Yí; Coronel Dionisio Coronel, Cerro-Largo; 
Manuel Oribe, Treinta y Tres; Juan Antonio Lavallya, 
Las Piedras; Coronel Leonardo Olivera, San Carlos; 
Juan D. Jackson, Maldonado; Agustín de Vedia, Arti- 
gas; Coronel Fra^icisco Castro, séptima sección de Flori- 
da; Coronel José María Morales, décima, sección de Cerro- 
Largo; Coronel Rafael D. Rodriguex, San Josó; Doctor 
Pantaleón Perex^ Unión; Coronel Juan Pedro Salva- 
ñach, Leandro Gómez y Bernardino Olid, Montevideo; 
Juan Majiuel Braga, Santa Clara de Olimar; Coman- 
dante Vázquez, San Ramón; Puente-Barrera, San Gre- 
gorio; Treinta y Tres, Concordia; Laiidelino Cortés, In- 
dependencia; Coronel Daniel Carrasco, quinta sección del 
Durazno. 

Todas esas inauguraciones, fueron preludios de pam- 
pero; pero donde la nota del delirio regenerador vibró 



F»OFl LA F»ATFIIA TS 

más hondamente^ fué en las asambleas de Florida^ Minas 
y San José. 

El 14 de Mayo, 26 del mismo y 6 de Setiembre, fe- 
chas respectivas, aquellas ciudades presenciaron un es- 
pectáculo nunca visto, de actividad ciudadana, de alegría, 
de grandes efusiones corporativas. 

Bajo la enramada de todos los ranchos, había atado 
su caballo, la buena nueva; en todos los pagos tuvo 
sonoridades épicas el tambor de llamada; el deber que 
resurgía esplendoroso, la fidelidad á la causa, las exi- 
gencias fatales del momento histórico, las desesperacio- 
nes adustas, como el ceño de la tormenta, de un pueblo 
ofendido en lo más íntimo de su ser, todo coj^tribuia á 
exaltar el corazón de nuestros paisanos que empezaron á 
montar sus preciados pingos ' y á vestir sus mejores 
prendas, para responder con lujo á la cita del partido. 

Así alcanzamos á saludar el desfile correcto de elás- 
ticas columnas de caballería, hermanadas á entusiastas 
infanterías de chambergo. Hasta la edad olvidaba sus 
achaques para confundirse en aquella salida de sol con 
las generaciones recientes. 

Mil novecientos hombres formaron en la ciudad de 
la Declaratoria de Agosto; dos mil trescientos en la 
originaria de Lavalleja, extraviada como esperanza per- 
dida entre ásperas serranías; seis mil en San José la 
heroica. 

Lástima indiscutible que las pobrezas franciscanas de 
la revolución más simpática que haya estallado entre 
nosotros, privara de rol guerrero á esas hábiles huestes, 
dispuestas á repetir las cargas legendarias y á sacrificar- 
lo todo en holocausto á varonües preferencias! 



No se desvanece en el variado archivo de mis re- 
cuerdos, la figura de un manifestante ochentón, vetera- 
no de las lides clásicas, quien concurrió á la asamblea 
maragata llevando por ayudante á un biznieto de quince 
años. Ahi estaba vivo el símbolo levantado del movi- 
miento que se produjo. La niñez buscando báculo en la 
ancianidad gloriosa; el jazmin de la tierra envolviendo 
con sus gajos y cautivando con su perfume al coronillo 
añoso; la alianza de dos estaciones del año; el contraste 
de dos robusteces diferentes y complementarias; los aires 
caldeados de la línea ecuatorial y las corrientes frías de 
las zonas polares, encontrándose para confundirse y 
hacer posibles las elaboraciones tranquilas de los climas 
templados, sus supremas armonías, sus perfecciones, sus 
bonanzas delicadas y sus gallardos arrebatos. 

Pero, sin que ello importe en lo mínimo, inmolar los 
fueros de lo justo ni escribir poesía histórica, se impo- 
ne hablar del resaltante amor patrio de las damas uru- 
guayas, contribuyentes poderosas y desinteresadas de 
todos los momentos. 

A ellas, al hogar, á las austeras fascinaciones femeni- 
nas, cuánto no debe el Partido Nacionalista, que tuvo 
en cada niña la estampa de un arcángel; irresistibles 
preconizadoras de sus valimentos en muchas vírgenes; 
y en cada madre una ilustre aliada, que ponia plegarias 
y ardientes votos en los labios cristianos de los hijos! 

Cuando penetrando en el laberinto de sucesos más 
avanzados, conozcan nuestros lectores los trabajos y 
preciosas abnegaciones de las mujeres orientales, de las 
distinguidas que recolectaban fondos para la empresa, 
enseñando virilidad á los hombres; y de las modestas. 



F>OR. LA PA.TR.IA '7 o 

que enviaban ropas de sus padres, hermanos y esposos á 
los pobres revolucionarios desnudos, entonces comparti- 
rán el calor de estos elogios sinceros. 

Hasta ahora, sólo las vemos llenando el espíritu con 
fragancias de flor de guayabo; tejer banderas de nueve 
franjas, que nunca pudieron ser arriadas; animar las fies- 
tas de la causa, con el tono claro de las ilusiones. 



Los colorados independientes 



Tanta algazara sentida, el esplendor de tantos éxitos 
ruidosos, concluyó por detener la atención de Borda, 
quien apesar de su absoluta miopía intelectual, alcanzaba 
á vislumbrar en todo ese cúmulo de derivaciones, la 
sombra de un futuro estorbo. El instinto de la propia 
conservación y el egoísmo del tartufo, descubrieron á su 
inteligencia de musaraña, algo que pertenecía al radio 
explorador de la sagacidad. 

Aquellos triunfos positivos, desesperaron al señor de 
la decadencia, y esto afligió como era consiguiente, á los 
dioses subalternos de la bastarda cosmogonía. 

Véase el recurso de que echaron mano para borrar la 
afrenta proveniente de los resueltos vagidos de la 
opinión. 

El señor Antonio Pan, jefe político del departamento 
de Canelones, ideó ofrecer al presidente una inmensa 
romería con etiqueta cÍNdca, preparada á golpes de re- 
benque y de amenaza, que había de eclipsar el brillo 
expontáneo como linfa de manantial, de las reuniones 



Ttí F>OFt LA. F»ATFtIA. 

nacionalistas, con el brillo mercenario como regalo de 
esclavo, de las reaniones oficiales. 

Borda aceptó gozoso la original zalamería del inferior, 
quien puso en conmoción todas las chacras y todos los 
vecindarios, para amontonar gente, mucha gente, por 
voluntad ó por fuerza, á la vista del mandatario. 

La sei*enata imperial se efectuó con estupendo resul- 
tado, á juicio de los pordioseros políticos, pues no falta- 
ron ni adoraciones bizantinas, ni agasajos, ni vivas estre- 
pitosos; comprados los unos, como los halagos de la 
ramera, obtenidos los otros, al precio de inmorales arre- 
glos y exigencias. 

Pero lo más inicuo de aquella algarabia de circo ro- 
mano, consiste en el sitio elegido para realizarla. Fué 
sobre el campo enlutado del Sauce, donde cada terrón 
conoce el fúnebre sabor de la sangre humana, que el 
delegado Pan dio cita á sus invitados. Allí, precisamente 
en el centro de la siniestra planicie, cuyas tinieblas 
deben ser terribles todavía; cuyas yerbas brotan mustias; 
cuyo cielo es pedazo de una lápida; cuyo horizonte sirve 
de límite á un cementerio, donde duermen cientos de 
hermanos; cuyo nombre tiene ecos de tumba y estre- 
mecimientos de bárbara agonía, se instaló la mesa del 
banquete luculiano y retozaron infames apetitos. ¿No 
tiene cabida esa escena, en la página de los castigos de 
la Divina Comedia? 

El ejemplo más que cortés del jefe político de Ca- 
nalones, lo imitaron de inmediato sus colegas de Florida 
y Durazno. Estábamos en plena época de ovaciones 
populares á nuestro ilustre «Restaurador de las Leyes.» 

La coloración unificada del arco iris concurren á 



formarla los más encontrados matices. Así pues, no sali- 
mos de la cuestión y por lo contrario, volvemos á sus 
entrañas, analizando el estado de los ánimos, dentro de 
las demás fracciones. 

El partido adverso, culpable de tantas complicidades 
por su debilidad silenciosa frente á los atropellos del 
poder, comprendió que las gangrenas de la situación 
dominante iban en camino de invadir toda su naturaleza. 

Para combatir tales avances nació el club Rivera^ de 
filiación neta é independiente, uno de cuyos defectos de 
origen estuvo seguramente, en el carácter exclusivo y 
exageradamente tradicionalista de sus actividades. Al 
amparo de ese centro, congregóse una reducida aunque 
honesta falange, estría aislada, que intentó hostilizar á 
Idiarte Borda. 

Recogiendo la enseñanza democrática vertida por 
nuestra comunidad, empezaron los colorados radicales á 
instalar nuevos clubs patrióticos. Pero para ellos, la lucha 
én esas condiciones, á lo menos, resultaba en extremo 
difícil, pues los desiguales prestigios de la autoridad 
obtienen sin mayor trastorno la victoria, dentro de filas 
donde pocos, poquísimos, no reciben la vida prestada de 
las arcas nacionales. 

La simpática iniciativa plegó sus alas cuando las 
deserciones menudearon. Entre el gobierno y su partido, 
casi todos se quedaron con el primero, padre de abun- 
dantes primicias. Ni se corren las noches consecutivas, 
de claro en claro, tirando la salud en la puerta de los 
prostíbulos, ni quedan integras las colectividades, des- 
pués de seis lustros de descalabro, derroche y gula. 

Pero los elementos bien intencionados del coloradis- 



mo salvaron girones de responsabilidad, con expansio- 
nes públicas acreedoras á elogio. 

A fin de no ser tachados de vehementes é injustos en 
estas consideraciones, copiamos á continuación, un ex- 
presivo párrafo de la renuncia presentada á sus compa- 
ñeros de tai*ea, por los doctores José Pedro Massera, 
Saturnino Camps, y Joaquín de Salterain, aburridos de 
fígiurar en escaramuzas sin plan ni objeto: 

«De decepción en amargura y de deserción en apo- 
camiento y cobardía, hemos llegado á la casi termina- 
ción de nuestro mandato sin que después de haber 
llamado á todas las puertas y apelado á todos los medios 
honestos, hayamos podido congregar á todos los hom- 
bres que por su notoria significación, todavía conservan 
alguna autoridad ó algún prestigio para ante sus correli- 
gionarios independientes y para ante el país.» 

Si para los hombres de primera fila del partido colo- 
rado independiente el momento no ha llegado, y si es 
preciso esperar á que el gobiefrno manifieste sus opinio- 
nes, para nosotros, ciudadanos de la clase del pueblo, la 
hora ha sonado enque cada cual asuma la responsabilidad 
de sus actos como partidaiio, y siga el rumbo que su 
conciencia le marque.» 

Son tres unidades salientes del elemento reaccionario, 
las que lanzan estas pesadas acusaciones que tan mal 
parada dejan la moralidad cívica de los primaces colo- 
rados. 

En cuanto á los constitucionalistas, ellos ya dormita- 
ban en la posteridad. Sin embargo, no por ser fragmen- 
taria, su oposición valía menos. 

Sólo quedaba en la brecha el Partido Nacional, con- 



POR. LA F»A.TFIIA T© 

densado y fuerte. Es cierto que algunos de sus afiliados 
íueron á incrustarse entre los enemigos de los intereses 
públicos y prestaron acatamiento servil á Borda, sir- 
viendo sus caprichos desde bancas sin origen; pero no es 
menos exacto, que la masa de la comunidad, castigó con 
unánime protesta esa verdadera deserción, de unos po- 
<jos, confundiéndolos en su anatema á las hechuras del 
poder. Ellos enseñaron el camino de la traición al general 
Muniz; ellos hostilizaron de todos modos, la formidable 
elaboración; ellos tendieron una mano hacia el campo del 
vicio y otra á sus correligionarios de la víspera. 

No tiene perdón la conducta doblemente infiel de 
«sos chambelanes de la opresión, que abdicaron en el 
supremo, sus energías ciudadanas, mientras aquel tuvo 
prebendas y puestos que brindar, para abandonarlo cuan- 
do cayera en desgracia, y- pedir con lujo cómico ubicación 
de primera línea en los grupos revolucionarios, cuando 
los desheredados de siete meses, cavaron la fosa del 
sistema podrido que ellos prestigiaran. 

Uno de esos hombres con dos caras y sin una digni- 
dad, el representante menos maduro y más talentoso de 
la cofradía, sólo quiso ver «restaurados agravios tradi- 
cionales» en la proyectada empresa; es verdáíi que 
entonces, el auge de Borda era incontrastable. Pero 
-cuando tocó á Saravia y á Lamas ocupar la parte supe- 
rior de la mágica rueda, cuántos inciensos epistolares no 
les dirigió, cuan encariñado se revelaba con sus amigos, 
el aprovechado retoño colectivista! 

Apesar de barreras y de empalizadas, nada detendrá 
ya el empuje airado, ni alcanzará á desfibrar el músculo; 
enardecido por gracia de prolongado y hábil masaje. 



8 o F>OFt LA F»ATF11A. 



Los desórdenes económicos 



Antes de apreciar en términos finales estos prolegó- 
menos definitivos, y antes de bajar la bandera que resol- 
verá la temeraria partida, queremos recoger algunas ci- 
fras numéricas y observaciones demostrativas del estado 
precario de nuestras finanzas. 

Pulsemos los latidos del cáncer, en uno de los mo- 
mentos más agudos. 

El malhadado Banco Nacional, cuyas cajas repletas 
un día, quedaron barridas en una noche, encabeza la 
lista de los desvergonzados despojos. Esta institución 
de crédito que ligó á su bancarrota sus mayores lozanías, 
costó al país cuatro millones redondos. 

En 1890, cuando Julio Herrera y Obes inicia su 
mandato presidencial, obtuvo de los mercados londo- 
nenses nueve millones al interés del 6 por ciento, que 
tomaron un rumbo desconocido aunque imaginado. 

Nuestra deuda era entonces de $ 78.884,450, enorme 
gravamen para un pueblo virgen y reducido. El crack 
no se hizo esperar; los capitales se retrajeron; la con- 
fianza abrazada á ilusiones lejanas, quedó perdida en el 
fondo de aquella gran caja de Pandora; y en la imposi- 
bilidad material de ocurrir de nuevo al extranjero, vino 
el arreglo con el agua al cuello, — entre el gobierno y 
sus acreedores, cuyo resultado fué la creación de la 
actual Consolidada, que asciende á $ 90.561,950, con 
alguna rebaja en la cuota del interés. 

Ahora, sin detenernos en las múltiples emisiones in- 



IPOl^ LA T=»ATRIA * Bl 



ternas, provocadas con fines distintos, mencionaremos 
en el año 1893, el empréstito brasilero de tres millones, 
y un déficit en el pago de los presupuestos, que va en 
aumento, de monto ignorado para el público. 

¿A qué afán han respondido estos empréstitos abru- 
madores? ¿Con qué título bastante saneado por su mag- 
nitud y conveniencia, se vende por tiempo indefinido el 
porvenir de la República? ¿Para mejorar nuestros cami- 
nos, para construir el puerto de Montevideo, para saldar 
obligaciones imperativas, ó poner fundamento á nuestro 
dominio industrial 6 agrícola? 

Para todo, menos para eso. Sólo determinadas indivi- 
dualidades, á partir de los directores de los destinos 
públicos, han usufructuado esos negociados. El país no 
conoce un beneficio trascendental procedente de tales 
cumbres de oro, pues las líneas ferroviarias y demás 
empresas de común importancia, han surgido descansan- 
do sobre el pedestal de capitales ingleses particulares. 

¿Qué intent<5 el gobierno cuyo proceso hacemos y el 
anterior, para atender á sus compromisos y saciar sus 
apetitos? Contestamos. Erigir lo arbitrario en patrón 
económico. 

Falsos aforos aduaneros, torcieron sin obedecer á plan, 
valiosísimas corrientes del comercio exterior. 

El indigno asunto de las cuarentenas, que fundó la 
riqueza de muchos comanditarios, produjo la más des- 
consoladora disminución en las entradas marítimas y 
hasta desvió la ruta de los trasatlánticos. 

Los impuestos recrudecieron. 

En una palabra, el hambre de dinero llevó á huronear 



8« F»OR. LA F»A.XR.IA 

en todas las fuentes de recursos, para enturbiarlas con 
manejos oscuros y audaces despojos. 

La revolución vino en hora providencial para detener 
este desbarajuste multiforme, que entregaba al martillo 
de remate las más preciosas joyas de la patria: honesti- 
dad, pureza, valor. 

Reanudando el juicio político, tropezamos con sínto- 
mas de desequilibrio imputables al período agónico. 

Varios miembros del titulado Parlamento, renuncian 
en forma hiriente su mandato, declarándose convencidos 
de la esterilidad de sus esfuerzos personales en pro de 
una evolución saludable. 

Entre ellos, resalta don Eduardo Flores, de pintores- 
ca oratoria aunque de sólida dialéctica, quien apostrofa 
valientemente al oficialismo haciéndose merecedor de 
reiteradas adhesiones. 

Además, el espionaje adquirió proporciones increíbles. 
La casa del primer magistrado era el crisol negro 
donde se fundían los mil chismes, calumnias y dela- 
ciones de los émulos de Javert. 

Luego, sin respetar inviolables regalías, los hijos de 
las campañas sufrieron el peso de una nueva fatalidad. 
Ciudadano hábil para el servicio de las armas, era im- 
provisado en soldado, apesar de estar el país en plena 
paz. Así volvióse á presenciar el triste espectáculo de 
las emigraciones en columna, de las fugas obligadas, de 
los viejos ostracismos. 



r>OFL LA ¥>ATF11A. 8S 



El desaliento popular 



Las circunstancias no solo permitían, pero exigían 
una protesta candente. Por encima de todas las cabezas, 
por encima de cintillos y divergencias parciales, estaba 
la certeza de un reto corrompido y la necesidad de una 
resuelta cauterización. 

Pero, si visibles eran las aspiraciones públicas, ellas 
carecían del abundante engarce metálico requerido por 
empresas de aliento tan remarcable. 

Las ilusiones reaccionarias habían recibido un recio 
golpe con la rota del Quebracho. Fué aquello un súbito 
aquilón que arrancó del paño del cielo uruguayo, los ce- 
lajes de una espléndida mañana. 

Porqué se creyó infalible ese brioso empuje que tuvo 
sus renombrados generales, su personal científico, sus 
importantísimos contingentes y sus racimos de pesos; 
porqué apesar de tan poderosa coraza, fué él impotente 
contra las falanges del tirano, nadie juzgaba racional, 
diez años después, otro intento de análoga índole aun- 
que distinto, por carecer de generales, de dinero, de va- 
liosos concursos militares, y ser engendrado por un sólo 
partido. 

He ahí especificada, una de las proyecciones penosas 
de los acontecimientos de 1886. Aquel fracaso inespe- 
rado, aquella desgracia de una revolución vencida en 
siete días, que preparada en largos meses iluminó en 
un domingo memorable el horizonte de la patria, para 
quedar deshecha al domingo siguiente, sin dejar siquiera 



8 1: F»OFt L.V F»ATni.V 



la estela fugaz de un meteoro, y sólo el recuerdo de 
algui tas víctimas ilustres, pesó. en adelante sobre loa 
espíritus más enérgicos, con el poder de un argumento- 
lie vantable. 

Los niños de entonces, recordamos bien, que los ciu- 
dadanos de corazón que presidieron la santa obra de. la 
protesta armada, sintieron empañados sus ojos por lá-, 
grimas amargas, cuando la increíble noticia del desastre 
tuvo consagración; por lágrimas que no provenían de 
culpable debilidad, como las de Boabdil frente á Gra- 
nada en manos del enemigo; por lágrimas de fuego que 
significaban las desesperaciones del derecho ofendido y 
atado, frente á las soberbias triunfales del vicio impe- 
rante. 

El sombrío laurel que Tajes nunca hubiera sabido 
ganar, pero que colocó sobre sus sienes la anarquía ad- 
versaria, hizo inmenso mal á la causa del pueblo, puea 
refrendó un abrumador sofisma: era inútil todo cálculo^ 
siempre pertenecería al gobierno — como se acababa de 
demostrar, — el paso de vencedor. 

Y el pernicioso engaño fué ganando terreno con el 
correr del tiempo, y sembró desconciertos fatales, y que- 
bró las esperanzas de muchos, y condujo á nuestra socie- 
dad á la alternativa de pactar transacciones sin nombre 
con los propietarios de la cosa pública, ó dejarse llevar 
como un camalote, por el capricho de los sucesos, hasta 
que el acaso mismo pusiera término á ese movimienta 
sin brújula y sin voluntad, en el fondo tranquilo de 
algún remanso. 

Así, bajo la aceptación de una legalidad muy conven- 
cional, se deslizan las administraciones irregulares, bru- 



POR. LA r>ATFtIA. 8o 

talmente orgullosas de su incontrastable poderío. Así, 
don Máximo Tajes, después de jugar con lo^ anhelos 
populares con la frialdad del gato que manosea un 
ratonzuelo, nos entrega á los brazos de Mesalina de 
Julio Herrera, obligando á sus amigos del Cuerpo Le- 
gislativo á votar por él. Así, Julio Herrera humilla fue- 
ros y pisotea dignidades, y con su alianza á los motine- 
Tos dá acceso al templo á todos los mercaderes, y 
combina masacres sin ejemplo. Así, caemos en las 
garras de Borda, última expresión de la decadencia, 
quien á su vez pensaba en confiarnos á la custodia de 
algún vil asociado. 

Sin embargo, cuando la enunciación de tanto delito 
sin castigo, de tanta reincidencia sin atenuantes, impo- 
nía el reconocimiento de la condición servil en que 
vegetábamos, subía á los labios del íiuditorio, esta frase 
cruel: 

— ¿Pero quién puede con los batallones? Atrás los 
lirismos! Después del Quebracho, nada cabe hacer. 

Cuatro cuerpos de inf anteria y otros tantos de caba- 
llería y unas docenas de cañones tal vez sin servidores 
ni cureñas, nos hablan puesto el pié en el pecho y aho- 
gaban hasta los menores latidos de un corazón prover- 
bialmente robusto. . , 

Cinco á seis mil soldados mercenarios, constituidos en 
sostenedores de un grupo reconocido de hombres sin 
conciencia, mantenían bajo el yugo á una nacionalidad 
de fantásticas fierezas, terrible para quemar la mano 
del insultador extranjero, y mansa, débil, dócil, para 
recibir las afrentas caseras! 

La carambola del 31 de Marzo, no tenía apelación. 



Era realmente alarmante el porvenir que preparaba el 
afíanzamiento de esa desdorosa pasividad. La resisten- 
cia á tales somnolencias, no recuerda el mérito menor 
de la propaganda del doctor Acevedo Díaz, ni la reite- 
rada pulverización del tremendo sofisma, en los campos 
de batalla, no compone uno de los frutos menos vigo- 
rosos de la última jornada. 

Pues, tomando en debida cuenta ese persistente aba- 
timiento, se explica el hecho singular de que la nueva 
cruzada, tan favorecida por las simpatías generales, no 
dispusiera de elementos en abundancia, ni contara con 
probabilidades de éxito, á juicio de los más. 

Esta notoria disparidad, trajo alguna diferencia entre 
quienes prestaban inspiración á la prensa nacionalista y 
los directores del Partido; aunque en el fondo nadie dis- 
cutía el método violento á seguir. 

Las impaciencias de una prédica lealmente apasio- 
nada, que con la vista fija en el ideal deslumbrante 
no aceptaba dilaciones, fundó una lamentable desar- 
monía. 

El Directorio presidido por el digno correligionario 
doctor Martin Berinduague, deseoso de colaborar al 
propósito final, de manera práctica, tuvo la feliz inicia- 
tiva de los Bonos, emitidos para poner cimiento inamo- 
vible á los proyectos de futuro. Ese expediente prometía 
fecundos resultados; pero era ya tan alto el diapasón 
de los artículos de diario y de las manifestaciones tri- 
bunicias, que muchos vieron un estorbo en lo que en- 
cerraba una sabia pre\nsión concomitante. 

El calor de aquellos momentos álgidos, llevó á la 
desaprobación del plausible plan de recursos combinado 



F»OFt LA F»AXR.I>V 8T 

por las autoridades superiores. Tal actitud fué un error, 
bajo todos conceptos. 

No existía motivo para dudar del sano patriotismo 
de quienes dieron á la causa con su adhesión sincera el 
contingente de inapreciables títulos. Por lo demás, 
abrir hostilidades contra el Directorio, esmaltado de 
prestigios y valiosas subordinaciones, importaba un 
trastorno grave. 

Tan indiscutido era el valimiento de aquella corpo- 
ración, que más tarde] fué indispensable . su ayuda para 
colorar el magno empeño. 



La Junta de Guerra 



A todo esto, algunos elementos nacionalistas se agi- 
taban en Buenos Aires, la ciudad generosa donde siem- 
pre encontraron hospitalidad nuestros hermanos. 

Pero si el momento se presentaba singularmente pro- 
picio, no ocurría lo mismo con el espíritu de los contri- 
buyentes de capital. 

Pocos meses atrás, habia recibido rotunda negativa, 
egoista repulsa, una obertura de reacción violenta bos- 
quejada á algunos elementos conservadores por el Di- 
rectorio que presidía el doctor José Luis Baena. 

Sin embargo, nada detendría el apasionado suceso, 
porque los torrentes que descienden de la altura sólo 
admiten á fuer de dique, los grandes desahogos del 
estuario. 

Impulsado por un grupo de amigos, tocó el doctor 



88 F»OR. L.'V F^ATniA. 

— ■■■ . ■■■■ _■ ■■■■ - ■-- I, ■ — , ■ I— - I . . I— - ■■ ^» 

Jacobo Z. Berra al doctor Eustaquio Tomé y al coro- 
nel Julio Arrúe, sin obtener mayores alientos del pri- 
mero^ partidario con todo, de la protesta armada, y 
escuchando una profunda negativa del segundo, consi- 
derado en ese entóuces, el principal de nuestros jefes 
militares. 

Nadie quería contribuir y era de imperiosa necesidad 
echarse á la mar con velas 6 sin ellas. 

Esta vez, como en ocasión anterior, vendría del lito- 
ral nativo el chispazo generador del incendio, el ger- 
men anhelado, el socorro decisivo, impuesto por un 
patriotismo viril pero mendicante. 

Los señores Antonio Paseyro y Dionisio Viera, ofre- 
cieron el concurso oficial de los correligionarios más 
acaudalados de los departamentos de Soriano y Río 
Negro, siempre que se formara en Buenos Aires un 
centro directivo resueltamente embarcado en la empresa 
revolucionaria. 

Al efecto, vertían en las flamantes cajas la suma de 
diez mil pesos oro. 

Ya no se vaciló. Si apesar de reconocer el perfecto 
fundamento cívico del movimiento, más aún, la urgencia 
exigida por el decoro nacional de realizarlo, todos ó casi 
todos los hombres representativos, eludian el fiero com- 
promiso, invadidos por justas desilusiones, los unos, 
dominados por flaquezas evidentes, los otros, divididos 
estos, desconfiados aquellos, — sólo restaba ocupar la 
vanguardia á los entusiastas. 

Fué prestando acatamiento á un deber que se diseña- 
ba penoso, que algunos nacionalistas radicados en la 



F»OFt LA. F»AXFIIA. 8© 



márgea argentina, integraron la primera Junta de Gue- 
rra, -piedra angular de la campaña libertadora. 

La componían: el doctor Juan Ángel Golfarini, como 
presidente; Duvimioso Terra, vice; Jacobo Z. Berra, te- 
sorero; Eduardo Acevedo Diaz y Carlos María Morales 
secretarios. 

Esta corporación, instalada en la tarde del ? de Se- 
tiembre de 1896, tiene ganada una página de elogios 
puros. Porque sus miembros sólo conocieron en su pa- 
triótico desempeño reiteradas desazones, vehemencias 
agrias, molestias de todo género, hostilidades y contras- 
tes, que aumentarían la intensidad de sus afanes bien 
piloteados, como el agua aumenta en ciertos casos el ca- 
lor de los tizones. 

Aquella labor de todos los días y de todos los minu- 
tos, aquel esfuerzo desproporcionado, aquella acción 
imperfecta que realzábalos prestigios de una propaganda 
santa, posee los atractivos supremos de las verdaderas 
abnegaciones democráticas. 

Nosotros sabemos que entre esos distinguidos amigos, 
no faltó alguno que hipotecara sus bienes y comprome- 
tiera su estabilidad financiera y robara tiempo á sus 
tareas profesionales, para darlo todo al deslumbrador 
ensueño de liberación, que ceñía la f renta marchita de 
una patria á la cual sólo deben el dolor de un aleja- 
miento desesperante nuestros pobres hermanos emi- 
grados. 

El doctor Golfarini, hijo del departamento de Canelo- 
nes, hizo sus estudios de medicina en la capital bonae- 
rense. Presentó su verdadera y magnífica tesis, disputando 
víctimas á la muerte en los esteros sin frontera del Pa- 



raguay, pues concHriió como representante de la ciencia^ 
á la guerra de 1865. 

Por eso, ostenta en la actualidad los galones de co- 
ronel. 

Cuando estalla el movimiento de 1870, Golfarini 
sacrifica su fortuna en holocausto á la causa de sus ca- 
riños invariables. Pone algo más que su corazón en toda& 
las tentativas posteriores de restauración depuradora,^ 
hasta que en 1896 lo arrancan de su silencio justos 
anhelos de ser tátil al país. 

A él le correspondió elegir la sala y los instrumentos 
clínicos para operar y salvar á una enferma querida y 
desgraciada. 

Con entera conciencia de su misión acepta el pesada 
lote; y de noche y de mafiana y de tarde, siempre estuvo 
pronto .el doctor Golfarini por diez meses consecutivos, 
á anteponer á todos los deberes del hogar, á todas las 
íntimas satisfacciones de la vida tranquila, los disgustos 
sin fin y las exigencias sin dilatoria, de una aspiración 
austera. 

Tuvo él un digno colega en el doctor Berra, incansa- 
ble obrero y batallador ciudadano, que participó con 
notorio desinterés de los duros conflictos. Guardian de 
una tesorería sin tesoro, solicitado por mU apremios 
crueles, agregó este nuevo brillo á su nombre, con el 
ejemplar manejo que hizo de dineros preciosos, porque 
cada moneda representaba un sacrificio. 

Era el doctor Morales, el más joven de los resueltos 
asociados. Sin ninguna actuación política posee quizá 
por eso mismo, una pureza de ideales y de procederes 



F»OR. LA PATRIA ei 

que encanta y que han concluido por sindicarlo aun 
dentro de la nutrida sociabilidad porteña. 

Discípulo de la Facultad de Matemáticas de Buenos 
Aires, fué el primero que ganara en el Río de la Plata 
el alto título de doctor en ciencias exactas. Su distin- 
guida inteligencia lo llevó á ocupar en el extranjero los 
más importantes puestos á que presta acceso la inge- 
niería. 

Su virtud cívica es orgánica. Alistado en el naciona- 
lismo desde niño lo acompañó en sus alternativas, y ni 
el sedimento neutralizador de una luenga ausencia, ni los 
favores relevantes de un medio donde las demostracio- 
nes honrosas lo abruman, han podido desviar su espíri- 
tu del camino de la patria, 

Para afianzar su felicidad, hizo cuanto humanamente 
le fué dado en la última empresa; y esta afirmación dice 
todo y dice mucho. 

Del doctor Acevedo Díaz ya hemos hablado; por lo 
demás, sus méritos eran visibles. Del doctor Terra, ha- 
cemos luego una silueta al caso. 

Con la cantidad de | 1,564.58 cts. oro, remitidos de 
Soriano y Río Negro, se bautizó la caja revolucionaria. 
Después llegaron remesas del Durazno y de la ciudad 
de Montevideo, que figuró en calidad mezquina. 

Un detalle curioso. La primera donación hecha en 
Buenos Aires, que importaba rail pesos papel, partió de 
un comerciante español de la calle Victoria, en home- 
nage, según propia declaración, á una simpatía espon- 
tánea hacia la patria chica y hacia sus antecedentes 
grandes. 



&2 F»OFt LA. F»ATFtIA 



Los hermanos Saravia 



Estábamos abocados á la triste prueba. Hasta el go- 
bierno' de la época alcanzaba ese conocimiento. Sus emi- 
sarios en el exterior, sus espías de ambas fronteras, su 
cautelosa vigilancia ejercida sin descanso, le permitían 
apreciar la inminencia de la convulsión en ciernes. 

Una de las responsabilidades más concretas que ago- 
bian la memoria de Idiarte Borda y de sus adláteres en 
el usufructo del poder, la constituye ese reposo felino 
con que ellos siguieron el desarrollo de los sucesos, bus- 
cando sin impresionarse los hilvanes de la trama revo- 
lucionaria para aplastar á quienes la tegían. 

No les importó evitar al país el espectáculo sangrien- 
ro de una guerra fratricida. 

No quisieron atender los lamentos y clamores de la 
nación entera, que pedia, pide y pedirá paz, mucha paz, 
pero á la sombra bienhechora de las instituciones en la 
plenitud de su ejercicio. 

No prestaron atención á las voces rumorosas, á las 
solicitudes justiciél^as de la familia oriental, á las exi- 
gencias de la opinión, cuyas orientaciones honestas no 
se perdían en aquel caos; y borrachos de altanería, con- 
fiados ciegamente en su ejército integrado por unidades 
sin alma, ellos tiraron el guante á la borrasca ... y es- 
peraron. 

¡Cuan poco hubiera costado evitar el amargo trance! 
El Partido Nacional ¿acaso se lanzaba á la lucha para 
obtener por espíritu de secta el imperio de una fracción; 






IPO^^ L.v r»ATi^iA 03 

ó para quebrar el predominio colorado en tributo á 
los fanatismos del pasado; ó para inscribir un capítulo 
de gloria cívica en el libro de hierro de nuestras heroi- 
cidades nativas, sin equilibrar ese saldo melancólico 
con la seguridad de una preciosa compensación? 

Nó. Fué un ímpetu anónimo, que yo llamaría pro- 
videncial si creyera en intervenciones divinas, el que 
colocó á nuestra colectividad en la palestra. Fué una 
marejada de pundonor, la que encendió el fuego inextin- 
guible. Fué el pueblo, con sus pasiones austeras, quien 
decretó el duelo. Fué su voluntad sin tacha y soberana, 
la que levantó la protesta. Fueron sus muchedumbres, 
enardecidas por el calor doble de muchas vergüenzas y 
opresiones soportadas en silencio, las que votaron el 
grandioso intento, alzando en hombros á los oradores 
de la redención y estimulando á los caudillos de la 
libertad, prontos con el caballo de la rienda y el pié 
en el estribo. 

Hoy como ayer, sólo se pedía honradez administrativa 
y comicios libres. 

Pero en vez de encauzar por medio de concesio- 
nes patrióticas el torrente que se perfilaba, el gobierno 
de la época agregó nuevo caudal á las indignaciones 
ciudadanas arreciando en sus escandalosas dilapidacio- 
nes y excesos. 

Faltaban semanas para las elecciones de representan- 
tes y ya había aparecido en los diarios, la lista total de 
los agraciados. Ya no quedaba ni la apariencia del 
decoro. El antifaz cae cuando la impunidad rompe los 
frenos morales. 

La ocasión estaba señalada. 



0-4: POR, l^A. F»ATFtIA. 

¿Qué mejor coyuntura para lanzarse á la reconquista 
del derecho? 

Ninguna bandera vale más que la que simboliza la 
reivindicación del sufragio. 

Sin embargo^ el Partido Nacional no se encontraba 
preparado para entrar en liza. 

Treinta y tantos años de derrota, llevan cierto des- 
orden á las filas, empalidecen el brillo acerado de los 
ideales y dejan muchos claros y vacíos difíciles de 
llenar. 

Pero de cualquier manera, hubiera 6 no hubiera ele- 
mentos, el sacudimiento vendría. La doctrina evangélica 
no puede rezar con los pueblos altivos ni con los hom- 
bres de honor. ¿Quién no castiga un bofetón en la me- 
jiUa? 

En efecto, el 25 de Noviembre se supo en Montevideo 
con indecible sorpresa, que acababa de alzarse en armas 
casi en el centro de la República ya militarizada, don 
Aparicio Saravia en compañía de su hermano Antonio 
Floricio, alias, Chiquito^ y seguido por algunos centena- 
res de paisanos, en su casi totalidad desprovistos de re- 
cursos de guerra. 

Nadie dudó que se trataba de una sublime lociu'a, 
cuya audacia infinita sabría castigar el afilado sable de 
los escuadrones bordistas. 

Idéntica apreciación flotaba en todas las esferas. Ya 
estaba cerrado el período de los levantamientos á lanza; 
ya había caducado la supremacía de los caudillos; ya los 
gobiernos eran invencibles. 

Por lo demás, ¿de dónde salía aquel rebelde de som- 



brero blando y poncho campero, general improvisado de 
un movimiento estrafalario? 

Quizá no lo sabían las clases burguesas de la capital> 
aquellas personas que se agitan en esta inmensa colme- 
na sin conocer otro camino que el de sus tareas, ni hori- 
zonte más alto que el tapete de su escritorio; pero para 
quienes reciben alguna vez los ecos de la rica campaña 
y siguieron las faces trágicas de la revolución riogran- 
dense, poseia talla propia el iufatigabie guerrillero que 
ya atraia sobre sí, envidias y nacientes admiraciones. 

Aparicio Saravia, hijo de una opulenta familia del 
departamento de Cerro-Largo, fuerte hacendado y de 
reputación personal altamente favorable, no era un 
inédito. 

Vio la luz del día en 1855, allá en el arroyo Cordo- 
bés. Cuando estalla la revolución del 70, sigue á su her- 
mano Gumersindo, que con todo de ser también muy 
joven se alista en el movimiento. 

La Tricolor lo vuelve á contar en sus filas, y en 1886, 
ya padre de numerosa prole, abandona de nuevo sus 
ocupaciones para prestar el contingente de su brazo leal, 
á la causa del bien. Poco antes, había figurado con brillo 
propio, en las rebeldías que conmovieron la situación en 
la vecina provincia brasilera, de donde era oriundo su 
padre que estuvo siempre afiliado al partido colorado. 

No ocurre eso con sus hijos, incorporados en su ma- 
yoría al Partido Nacional. 

El temperamento guerrero de los hermanos Saravia es 
tan avasallador cuanto descollantes sus condiciones mi- 
litares. 

El primero de ellos, fué en todos sentidos, aquel bravo 



Gumersindo, cuyas hazañas reseñadas han producido 
estupor en todas partes donde se conocen las peripecias 
de la encarnizada revolución de Rio Grande. Sus atrevi- 
dos movimientos frente á columnas cerradas de infante- 
ría de línea, sus originales combinaciones para burlar al 
enemigo, sus traviesas estratajemas, sus clásicos alardes 
de valor, su pertinacia sin variantes, bastarían para dar 
imperecedero lustre á su nombre, que murmuran todos 
los ríos y arroyos de una zona dilatada que él recorrió 
de extremo á extremo durante dos años, si títulos todavía 
más extraordinarios no redondearan su posteridad legen- 
daria. 

La cruzada, nunca realizada antes por fuerzas arma- 
das, á la provincia del Paraná, á través de selvas vír- 
genes y por regiones exuberantes hasta para el peligro 
y las calamidades, asombró al mundo americano y atrajo 
sobre el glorioso caudillo la atención exterior. Esa ope- 
ración se considera una de las más penosas y temera- 
rarias que se hayan efectuado en el continente. Gu- 
mersindo fué el alma de esa abrumadora campaña; y 
Gumersindo que sabía aquilatar el valimiento de los 
hombres, eligió para jefe de su vanguardia, puesto el 
más difícil de desempeñar, á su hermano Aparicio. 

Expresamente hizo un viaje hasta la casa paterna 
para traerlo á su lado. 



r>OR. LA F>A.TR.IA. ©T 



Las proezas de Aparicio 



Muchas veces he oído contar á nuestro querido gene- 
ral, esa página vibrante y decisiva de su suerte. 

Cuando llegó Gumersindo, todos los hermanos, obe- 
dientes á la índole de su idiosincracia, quisieron volver 
con él al teatro de la guerra; pero ninguno más empe- 
ñoso que Aparicio. 

Ninguna preferencia reveló en ese cónclave- presi- 
dido por el noble Chiquito, el primer general de la 
familia. Pero luego que se retiraron algunos de sus 
hermanos de vinculación colorada, expuso Gumersindo 
que él tomaba parte en el drama riograndense sin per- 
der de vista el ensueño acariciado desde su niñez y 
consistente en la liberación de la tierra oriental de sus 
soberbios opresores. Consecuente con esos ideales se- 
cretos, preparaba elementos para invadir más tarde el 
país; pero ya le era necesaria la ayuda de Aparicio, á 
quien convenia adquirir prestigio y exhibirse capaz de 
empresas airadas para volver con capital propio al seno 
de los suyos. 

Chiquito, religiosamente escuchado, aprobó el viril 
proyecto, y una madrugada salieron de la vieja estancia, 
ginetes en buenos caballos, aquellos dos hombres que 
pronto llenarían con episodios romancescos, ñna cam- 
paña de más de doscientas leguas de largo. 

Desde ese día, ellos fueron compañeros inseparables. 
Juntos pasearon triunfantes sus tropas por un escenario 
nuevo y singularmente animado; juntos aspiraron brisas 



©8 F>OFt LA. F»ATF<.IvV 

de gloria; y juntos los encontraba siempre su valor en 
los sitios de pelea, donde conservar la vida es un mila- 
gro. Sólo la muerte interrumpió aquella alianza. La 
desaparición de Gumersindo, fué melladura de resulta- 
dos fatales, hecha en el filo de la causa revolucionaria. 

Los dos hermanos eran puño y hoja de una espada 
toledana. De general el uno, y de jefe de vanguardia el 
otro, ningún adversario resistía el empuje de la embes- 
tida. Con la caída del primero, quedó incompleta aque- 
lla arista formidable. 

Aparicio Saravia nunca habla de esos sucesos que 
tienen por obligado marco la personalidad saliente del 
hermano perdido; pero á algunos de sus fieles he oído 
narrar aquella escena, verdadera encrucijada del dolor. 

Después de muchos pequeños encuentros, los federa- 
les se vieron en la necesidad ineludible de trabar com- 
bate con los republicanos, inmensamente superiores en 
número. 

El general riograndense que dirigía la acción, obser- 
vando que su gente remolineaba ordenó al hermano, el 
hombre de los grandes momentos, — que atacara en 
columna. 

Aparicio, cuyo único defecto — brillante defecto — 
consiste á juicio del doctor Dourado, notable escritor 
brasilero é historiador de aquella guerra, en su gallarda 
impaciencia para entrar en liza y exponer la vida, cum- 
plió con heroica bizarría su cometido, arrollando á punta 
de lanza á las fuerzas adversarias que se retiraron des- 
pavoridas. 

El había resuelto la victoria; pero Quando vuelve al 
campo dejando á su espalda muchos muertos y heridos 



F»OFl LA. PAXH.IA. ©0 

de aquella carga bravia, encuentra á Gumersindo en las 
últimas extremidades. Una bala perdida le habia atra- 
vesado el pecho. 

Ni el reciente triunfo, ni mil batallas ganadas, paga- 
ban la desaparición de aquella existencia imponderable. 

Gumersindo era un atleta que resumía en sí, todos 
los prestigios, méritos y epopeyas de la revolución. 

Apesar del éxito obtenido, era tan crítica en aquella 
jornada la condición de los federales que esa noche la 
pasaron en movimiento. 

Gumersindo ya moribundo, iba sobre un lecho impro- 
visado conducido por cuatro negros veteranos. Cono- 
ciendo que su fin se aproximaba, mandó llamar á Apa- 
ricio y le confió el mando supremo de las fuerzas, 
recomendándole incansable vigilancia, antes de despe- 
dirse de él para siempre. 

El coronel de la víspera nombrado general en horas 
de espantosa angustia, salió sollozando de allí, pero el 
cumplimiento de sus nuevos deberes exigía serenidad de 
espíritu, y cuando secó sus ojos humedecidos, con el 
dorso de su mano tostada, fué para arrancar por horas 
de su corazón aquella inconsolable amargura. 

La muerte de Gumersindo Saravia se ocultó cuida- 
dosamente hasta cuando fué posible, para evitar funes- 
tos desalientos. Por lo que refiere á Aparicio, marchó 
toda esa noche á la cabeza de sus valientes soldados, 
indagando avisor las profundas tinieblas que lo rodea- 
ban, impartiendo órdenes y recibiendo informaciones 
precisas, mientras en la retaguardia venía escoltada la 
camilla donde reposaban los restos mortales de su her- 
mano, convertida ya en caja funeraria. 



400 F»OFt LA T>ATFtIA 

Cuando amaneció, los voluntarios federales podían 
agradecer al general Aparicio aclamado, su salvación. 

Desde entonces, él sólo mantiene el fuego de la insu- 
rrección. Sus atrevidas escaramuzas, sus rapidísimas 
marchas y contra marchas que ya exteriorizan la fiso- 
nomía militar original del gran caudillo, ponen de relieve 
el positivo valimiento del nuevo jefe, y el consenso de 
tropas extrañas lo rodea con el mismo cariño de que 
gozara su inolvidable antecesor. 

A salto de mata anduvo Aparicio Saravia durante 
meses, sin ser jamás sorprendido ni derrotado y aterro- 
rizando al enemigo con sus audacias. 

En la frontera se relata con verdadera emoción, un 
hecho brillante que fué fruto de una hábil treta suya, 
presenciada por muchos vecinos. 

Es la Cerrillada un nudo de cuchillas existente sobre 
la línea divisoria, frente al Paso de Guaviyú, el parage 
de donde durante la revolución última fué desalojado el 
coronel Nemesio Escobar. 

Aparicio, rudamente perseguido por los republicanos 
en cantidad muy superior, acentúa las apariencias de su 
desastre, retirándose casi en fuga hacia la frontera orien- 
tal, como si buscara salvación en el territorio extraño. 
Esto estimula el entusiasmo de sus confiados persegui- 
dores, soldados de infantería casi en totalidad. El afán 
de la victqjia los muerde y , para consumar la obra em- 
pezada, apuran su paso, estiran la columna, rompen la 
unidad de las filas y en desorden avanzan tras aquel 
enemigo tan temido. 

Saravia que ha previsto ese engolosinamiento, conti- 
núa imperturbable su retirada al paso, aunque va bien 



POFt LA PATFtIA. lOl 

montado; pero cuando ya parece arrojado al país vecino, 
cuando el desarme lo espera á pocas cuadras de distan- 
cia, ordena vuelta caras, dá ejemplo de entereza arries- 
gándose el primero con su famosa lanza en ristre, y un 
triunfo completo recompensa su astucia y su decisión. 
De aquellos cazadores pocos salvaron. Ese día las ban- 
derolas federales quedaron teñidas en sangre y el pres- 
tigio de Sarjivia adquirió colorido mágico. 

El destino querría que un lustro después, luchando 
por la libertad de su patria, dejara escrita en Guaviyú, 
sitio inmediato á la Cerrillada, otra hazaña gemela de la 
que narramos. 

Hecha la paz de manera honrosa, Saravia huyendo de 
los agasajos de la popularidad, vuelve á su estancia para 
dedicarse al cuidado de sus intereses casi abandonados; 
pero dominado por el insigne ideal que fascina su inte- 
ligencia, ofrece antes al Directorio del Partido, el con- 
curso de su persona. El, está siempre pronto á cumplir 
con su deber. 

Estos cuatro rasgos permitirán formar concepto sobre 
el ciudadano que tan ruidosamente empieza á figurar en 
Noviembre, hasta tanto tengamos ocasión de desmenuzar 
su interesante personalidad en el curso de estas páginas. 
Su silueta pide párrafo especial; el campamento por 
marco, el graficismo de pinceladas sin afectación y un 
collar de expresiones suyas que recogeremos más ade- 
lante, alrededor de los fogones revolucionarios. 

Hemos avanzado estos antecedentes ignorados exten- 
diéndonos en un aparte demasiado amplio, para desva- 
necer equivocaciones y acreditar desde luego, que el 



±02 F»OFt LA- F»ATrLTA. 

geDcral Saravia no era ni un aventurero, ni un advene- 
dizo, ni un cabecilla de disensiones vulgares, cuando 
entró á actuar entre los suyos. 

Antes de reanudar nuestra tesis, queremos testimoniar 
que no escribimos novela al insistir sobre la obsesión 
redentora de Saravia. En un viaje que hizo á Bueno» 
Aires, el mismo Chiqíito nos contaba que desde mucha- 
cho, su hermano insistía en decir que: «si el Partido 
Nacional tuvo una vez un jefe llamado Aparicio, el 
tiempo llenaría con otro Aparicio el vacío dejado por 
aquél.» 

Al hablar así, por supuesto que la alusión á él sólo 
rozaba. 

Esa singular intuición lo condujo á ejercitarse desde 
Criatura en el manejo de las armas que posee á ma- 
ravilla. 

Volviendo á la primitiva senda, diremos, que ner- 
vioso ante las desgracias públicas y sabiéndole capaz 
de hacer grandes cosas, resuelve Saravia, bajar á Mon- 
tevideo para cambiar opiniones con sus amigos po- 
líticos. Era entonces poco conocido en la capital, donde 
todavía no se palpaba el alto quilate de sus merecimien- 
tos. Por otra parte, hombrs de carácter humilde y 
modesto, de pocas palabras y sin aspavien1t)s, sus decla- 
raciones belicosas fueron recibidas hasta con cierta 
desconfianza. ¿Quién descubría la encarnadura de un 
héroe, bajo aquella piel curtida por los soles aunque 
cuidada? ¿Quién adivinaba zozobras y extraordinarios 
alientos, en aquella sonrisa que juguetea permanente en 
sus labios? ¿Quién sospechaba un general, en aquel buen 
paisano, que había vivido haciendo tropa de ganado? 



I^OR, LA. F»^TFtl/V IOS 

Y^ aún en el mejor de los casos^ faltaban elementos. 

Aparicio retomó pensativo á su pago. La empresa 
redentora lo encantaba de cualquier modo; su pecho ar- 
día; hasta en sueños, columbraba las alternativas de la 
campaña santa. 

Insinuaciones amistosas que recibió de Montevideo, 
marcaron rumbo decisivo á su resolución. Ya nada ni 
nadie lo detendría. 

¿Quiénes eran los improvisados auxiliares del abnega- 
do patriota que todo lo ofrecía en holocausto á su ban- 
dera^ y cuales los medios que le presentaban á la vista? 

Alguna vez oí conversar á Saravia sobre este punto 
negro de la invasión de Noviembre que á tantas pre- 
sunciones torcidas á dado pié, y son tan crudas la& 
responsabUidades que arrancan de su exposición honra- 
da é insospechable que prefiero callar nombres. 

Lo cierto es que se le prometió eficaz ayuda, una 
vez en actitud agresiva; que emisarios autorizados lle- 
garon hasta su morada diciéndole que el decoro de la 
causa exigía un levantamiento guerrero antes de que se 
consumara la farsa inicua de las elecciones; que se le 
garantió la efectividad de un impulso simultáneo en la 
ciudad, con poderosas ramificaciones en otros lugares 
del país; que se daba como un hecho el apoderaraiento 
de la escuadrilla surta en el puerto y la destrucción de 
las vías férreas. 

Y, como hasta aquel corazón de una pieza, nutrido 
con las afecciones depuradas de un medio ambiente 
sano, no alcanzaba ni la sombra de posibles exageracio- 
nes, Aparicio provocó de acuerdo con Chiquito^ una 
reunión de compañeros, y así, sin armas, sin bagajes, sin 



10-4 F>OR. LA. PAXFtlA. 

plan^ sin esperanza sólida de obtener protección, se 
internó resueltamente, burló á Barrióla, esquivó á Mu- 
niz, j recien sofrenó sus ardores cuando al llegar á 
Sarandí del Yí adquiere la persuación de que lo han 
engañado. Cuando espera encontrar apoyo y corre tras 
una promesa seductora, se encuentra sólo en la cancha, 
víctima de incalificables infidencias. 



El levantamiento de Noviembre 



Merece ser recordada esta odisea veloz, comparable 
sólo á la efímera conquista de las Misiones por el gene- 
ral Rivera si la encaramos apreciando en primer térmi- 
no, el singular atrevimiento que presidió á su consu- 
mación. 

El 25 de Octubre comunicaba el Jefe de Fronteras á 
don Juan Idiarte Borda, que Aparicio Saravia acompa- 
ñado de unos pocos fieles que se decían vecinos del 
Cordobés, habia solicitado permiso para seguir rumbo á 
su estancia, abandonando por ese hecho, el escenario 
riograndense. 

Se le habia permitido que así lo hiciera con seis hom- 
bres más. 

Esta internación pacífica alejaba á juicio de la gene- 
ralidad, la perspectiva de un alzamiento, pues no faltó 
quien afirmara que el ex-general federalista habia pen- 
sado invadir nuestro país, al frente de aquellas tropas 
veteranas. 



F>OFl LA F»A.TFIIA IOS 

El mismo gobierno de la época pareció participar de 
estas ideas. 

Pero, otra era necesariamente la opinión de quienes 
tuvieron oportunidad de comprender el carácter pertinaz 
de sus ensueños rebeldes. 

Aparicio hubiera invadido sin vacilar en pié de 
guerra, pero las circunstancias no dieron vuelo á sus 
propósitos acariciados. El mismo Gumersindo, riogran- 
dense de nacimiento pero oriental de corazón, soñó 
alguna vez con esta empresa centelleante, al punto de 
que si el bravo coronel Daniel Carrasco, su brazo dere- 
cho, no perece de manera tan extraña cuanto inopinada, 
él adelanta en el tiempo la temeraria correría de No- 
viembre. 

Pero la situación caldeada del medio, vino á imponer, 
sobre todas las objeciones obligadas, el calor de irresis- 
tibles enardecimientos. 

Los clubs nacionalistas estaban en su apogeo y la 
fundación de uno que se llamó Gumersindo Saravia, en 
la Cuchilla del Comercio, dio coyuntura á delirantes 
ovaciones. Fué esta la vez primera en que Aparicio se 
exhibió ciudadano de sólido prestigio dentro de su país. 

Atraídos por su invitación, más de mil hombres lo 
rodearon en determinado día. Un entusiasmo expontánoo 
y sincero como el sano patriotismo que lo encendía, un- 
gió aqueUa fiesta de significativas fi-aternidades donde 
una muchedumbre ágil y belicosa bautizara con el título 
de general, al jefe ya encontrado de la cruzada en pro- 
yecto. 

Con esta resuelta escaramuza quedaba abierto de nue- 
vo, el dominio de las inquietudes hondas. 



dOe F»OFl LA. F»AXFUA. 

El instinto público adivinaba la tormenta, cuyos fun- 
damentos pronto saltaban á la vista sin necesidad de 
largos análisis retrospectivos. 

Los valores bursátiles cayeron en una decidida baja. 

Vino á dar razón plena á los vaticiaios alarmantes, un 
telegrama-circular trasmitido con toda prisa, como te- 
miendo que no llegara á tiempo, por el Directorio del 
Partido Nacional. Decía así: 

Señor Presidente de la Comisión Departamental Na- 
cionalista de Cerro-Largo, don Doroteo Navarrete. — 
Rumores circulantes de próxima conmoción del país 
por elementos que invocan indebidamente la representa- 
ción del Partido Nacional, obligan al Directorio á con- 
denar todo movimiento anárquico estimulando á las 
Comisiones Departamentales para que lo desautoricen y 
comuniquen rápidamente á los correligionarios caracte- 
rizados del departamento, la enunciada decisión. — No- 
viembre 23 de 1896.- Martin Berinduague, presidente. 
Ángel J. Moratorio, secretario. 

La palabra rápidamente que de ex-profeso subraya- 
mos, vertida en ese lacónico documento, denota una 
urgencia premiosa que hasta parece juzgarse ineficaz. 
Y en efecto, á los dos días se producía la invasión. 

En cuanto á la clave para descifrarlo, la tendremos á 
mano sabiendo que á última hora llegó á oidos del Di- 
rectorio, autoridad superior del partido y por ende res- 
ponsable de su marcha política, — la inminencia de un 
estallido para cuyo auxilio con nada serio se contaba. 

Un dilema terrible se presentó á nuestra representa- 
ción oficial: ó estimulaba el intento que sabía paupérri- 
mo de recursos, y en esté caso, se hacía solidaria de 



probables y sangrientos desastres, ó lo condenaba no 
siéndole posible evitado, para quitarle proyecciones 
lamentables, y en este otro caso, echaba sobre sí, agrias 
y vehementes inculpaciones. 

Procediendo con verdadera cordura y recto criterio, 
optó el Directorio por lo segundo, pero desgraciada- 
mente sin mayor resultado. 

Ya que no los correligionarios, movidos por nobles 
impaciencias que no fueron del todo inútiles, los suce- 
sos, prestarían reiterada ratificación á sus procederes 
descubiertos. 

El levantamiento era un hecho desde antes de cono- 
cerse en la capital. 

Los campos de los Saravia abarcan una dilatada 
extensión y en ellos menudeaban los grupos de revo- 
lucionarios. 

En la tarde del 23, Aparicio ordenó á una veintena 
de voluntarios, que se concentraran esa misma noche 
en la estancia de Chiquito. Después de recibir algu- 
nas armas seguirían de allí rumbo determinado, en la 
seguridad de ser alcanzados al siguiente día por su 
geneíal. 

A las diez estaban en el punto de cita, confundidos 
con unos cincuenta hombres que allí los esperaban. 

Por todo bagaje guerrero tenían ellos seis carabi- 
nas Winchester, á las que &e agregaron dos lanzas por 
soldado, á fin de habilitar á los amigos que se pre- 
sentaran en los primeros momentos. 

Así pues, un grupito de treinta salió en dirección al 
Rio Negro, esa misma noche. Marcharon sin detenerse 



IOS T>OFt LA. PATRIA. 

tiempo mayor hasta llegar al Paso de Pereira á las 
cinco de la mañana. 

En la tarde del nuevo día se incorporaba, como lo 
había prometido, el general Saravia. 

Este, manifestó serle de sumo interés dirigirse hacia 
el norte y en consecuencia, pasaron tranquilamente en 
la balsa de servicio los cincuenta rebeldes, pues ya 
alcanzaban á ese número. 

Al amanecer del 25, pisaba esta partida la octava 
sección del departamento de Tacuarembó. Había avan- 
zado más de doce leguas. 

Allí supo Aparicio que una reunión que con pretextos 
partidarios debía celebrarse en esa fecha en su estable- 
cimiento de campo de La Coronilla, había sido prohibida 
por la autoridad, penetrada de justificadas desconfianzas» 

Aquí surgía su primer trastorno. El contingente es- 
perado de hombres, armas y hasta municiones, se eva- 
poraba. Para disimular su disgusto, decidió atacar á la 
fuerza policial del punto compuesta de veinte guardias 
civiles. 

Una carga furiosa puso en dispersión al adversario 
que fué llevado en derrota hasta el Paso de las Toscas 
de Caraguatá. Tres recados, cuatro carabinas y una 
bandera, tomó Aparicio en este primer encuentro al 
frente ahora de cien lanceros y veinte tiradores con es- 
casa dotación de tiros. 

Aunque las cosas se presentaban desfavorables, el Ge- 
neral no era hombre ni de dos palabras, ni de dos reso- 
luciones. Por eso, nada extraña verlo embarcarse sin 
exhibir la menor indecisión, en una empresa descabellada 
y proclamar en cuatro conceptos ingeniosos y vivos á 



r>OFt LA F»ATR:TA lO© 

SUS improvisados subalternos. Don Sergio Muñoz, la 
ninfa Egeria de este turbulento Telémaco, se encarg<S 
de leer un escrito recibido con frenéticas aclamaciones, 
donde se diseñaba con poco gasto de literatura, el mo- 
tivo y el fín del viril ensayo. 

Esto sucedía al caer la tarde del 25 de Noviembre, 
que señala una fecha memorable cuyos aniversarios no 
pueden tener olvido. El sagaz caudillo puso entonces 
encabezamiento luminoso á una nueva página que lle- 
nan preliminares de santa resurrección. 

Después de estar en movimiento durante toda la 
noche, la mañana lo sorprendió á Aparicio en resuelta 
contramarcha y por las inmediaciones del Paso de 
Pereira. 

Recibió la incorporación importante del coronel 
Ensebio Carrasco, quien le presentaba 125 hombres en 
su casi totalidad desarmados. 

Este patriota de largo prestigio, se habia sublevado 
en la Capilla de Farruco, departamento del I'^urazno, ya 
de acuerdo con los Saravia. De allí siguió marcha ha- 
cia el pueblo de San Gregorio, cuya policía puso en 
completa dispersión apoderándose de algunas armas. 
Habia vadeado el Río Negro por el Paso de Polanco. 



Chiquito en acción 



A todo esto, el valiente Chiquito se levantaba el 25 
cumpliendo una parte de las instrucciones recibidas de 
su hermano. En la otra parte de esas disposiciones, se le 



dio F»OFt LA F»ATFtIA 

ordeGiaba apoderarse de la comisaría de su sección, 
apresar al general Miiniz, é incorporarse después á la 
altura del Paso de Pereira. 

Con éxito completo se realizó aquella operación de 
guerra, siendo apresados el mayor Ángel Muniz y el 
coronel Juan Aguiar. 

Distinto resultado tuvo la proyectada sorpresa al 
general Justino Muniz. Este, ducho y abundante en 
inextinguibles recelos, habia volado del nido ó sea de la 
casa que habita su yerno un señor Zabala. 

Tiempo después, he tenido oportunidad de visitar 
aquel edificio, verdadera mole de material alzada á la 
orilla del camino que conduce de Nico Pérez á Meló. 
Su exterior es el de una fortaleza, y contribuyen princi- 
palmente á acentuar este aspecto, los torreones de corte 
feudal que dominan las esquinas. En la planta extrema 
del edificio que es de madera, funciona un negocio de 
almacén y ferretería. Troneras bien dispuestas y un 
patio cerrado por paredes sólidas y altas, hacen de esta 
morada una excelente posición defensiva. 

Chiquito destacó una partida compuesta de quince 
hombres con orden de rodear la casa, quedando él con 
el resto de la gente á la espectativa. 

Esta primera fuerza fué recibida como enemiga, y 
cuando su jefe, de apellido Sosa, exclamó sofrenando 
su caballo junto al portón: «Somos personas de paz!» una 
descarga bien dirigida fué la respuesta dada, quedando 
muerto el mencionado y herido el soldado Pedro Fran- 
cia, hijo. 

Esta alevosía indignó á los de la partida que voltearon 
la puerta y conquistaron la sala de despacho, mientras 



r>OFt L.-V F»ATR.IA 111 

los agredidos se concentraban en las habitaciones de la 
familia. 

Conceptuando odioso todo ataque en estas condiciones, 
se retiró el grupo revolucionario^ cometiéndose el hecho 
criminal^ }K>r parte de alguno^ 6 casual — que no lo sabe- 
mos á ciencia cierta,— de originar un principio de incen* 
dio que pronto dominó un ángulo del edificio. 

Lo que son las fatalidades! I Vecisainente en el torreón 
correspondiente, refugio sin salida ni respiradero, se 
había escondido un pobre niño de doce años de edad, 
hijo menor del general Muniz. 

Tan ignorada ei-a esta circunstancia que cuando se 
alejaron los asaltantes y notada la desaparición del mu- 
chacho, sus deudos la* atribuyeron á un acto vengativo: 
¡los revolucionarios lo habían llevado prisionero! 

Preferible hubiera sido esta engañosa esperanza que 
pronto se desvaneció. El hijo del caudillo gubernista 
había perecido sin que nadie lo sospechara, asfixiado en 
su escondite que fué su perdición. 

Nos detenemos en el examen de este tristísimo suceso 
que tantos perjuicios posteriores preparó, para poner en 
evidencia que no fué un propósito de bestial rencor, el 
que ocasionó esta desgracia perfectamente casual. 

Chiquito condenó el primero, tan lamentable suceso. 
Por lo demás, quien haya conocido á este honesto paisa- 
no, idolatrado de sus vecinos gracias á su pureza de pro- 
cederes, comisario modelo del paraje durante diez años, 
puede abrigar la seguridad plena de que jamás pudo 
caber tal infamia en el espíritu de aquel hombre leal y 
generoso. 

Además, el hecho de retirarse sin aprehender á loa 



F*AXRIA 



ordenaba apoderarse de la comisaría de su sección, 
apresar al general Muuiz, é íacorporaree después á la 
altara del Paso de Perara. 

Con éxito completo se realiza aquella operacióa de 
guen-a, siendo apresados el mayor Ángel Mudíz y el 
coronel Juan Aguiar. 

Distinto resultado tuvo la proyectada sorpresa al 
general Justino Muniz. Este, ducho y abundante ea 
inextinguibles recelos, habia volado del nido <5 sea de la 
casa que habita su yerno un señor Zabala. 

Tiempo después, he tenido oportunidad de visitar 
aquel edificio, verdadera mole de material alzada £ la 
orilla del camino que conduce de Nico Pérez á Meló. 
Su exterior es el de una fortaleza, y contribuyen princi- 
palmente á aceatuar este aspecto, los torreones de corte 
feudal que dominan las esquinas. En la planta extrema 
ik'l Ldifii'io qiiL' es du luiídi.'i'ii, t'uiiciuiia im Dfgocio de 
almacén y ferretería. Troneras bien dispuestas y un 
patio cerrado por paredes sólidas y altas, hacen de esta 
morada una excelente posición defensiva, 

Oiiqnito destac(5 una pai-tida compuesta de quince 
Ikombrcs con orden de rodear la casa, quedando él con 
el resto de la gente á la espectativa. 

Esta primera fuerza fu6 recibida como encoiiga, y 
cuando su jefe, de apellido Sosa, exclamó sofrenando 
8U caballo junto al portón: ^iSomoS p 
descarga bien dirigida fué la r 
muerto el mencionado y herid<J*j 
cia, hijo. 

Esta alevosía indi^tfftndola parlüliiM'i" 
la puerta y eonquí 




r 



los agredidos se conceatralMU *a _;» 

familia. 

Conceptuando odioso todn aii^. j» t. 
se retiró el grupo revolución ari'. v n^ 
crimina], por parte de alguno, í »s>ííü 
mos Á ciencia cierta,- de orív--_i- m -„ 
dio que i>ronto dominó un iu-^.^, i,-; 

Lo que son las fatatidadtti! I'-^:,»-.-.. 
correspondiente, refugio ñu kí-wa ., 
había escondido un pobre ni,',,-, i^ j,, 
hijo menor del general Kfuníz. 

Tan ignorada era esta cir':Tiii.t;,r,i.i, 
alejaron los asaltantes y Dotada .a i..si 
chacho, sus deudos la atríbiijirr.in .í ,n 
¡los revolucionarios lo habían itp-.-.,íi(i .,. 

Preferible hubiera sido wta ■'u<r;.r,„^. 
pronto se desvaneció. El hün ,if,( .^„, 
había perecido sin que nadie Ik ^n-nf"' 
su escondite que fué su perr|ii;j,;n 

Kos detenemos en el eximen .je ,.»,.. 
que tantos perjuicios poBttriiirM mr 
evidencia que no fué un[)nipAi|fn,,fl 
que ocasionó esta ¿e^ram pírf,Msm.^,. 

Chiquito condenó el prioM^ . 
Por lo demás, quien haya eoiMri*, , ^7" 
no, idolatrado de svis ve^í 
cedercs, coiilÍs;ii'Í(j im,,],. 
puede abrigar Ja stgu.-.,; 
caber tal iiifambí r^.. ■ 






1 «pnJK-i 



114 F>OI^ LA PAXr-.TA. 



familia Saravia estaba dignamente representada por dos 
hijos de Aparicio, dos de Chiquito y uno de Gumer- 
sindo. 



Toma del Sarandi del Ti 



Siempre internándose en el país, como si de la capi- 
tal se esperara algún rayo de luz orientadora, tan ne- 
cesario, prosiguióse de tarde la marcha tomando el 
camino de la cuchilla que deslinda las vertientes del 
Rio Negro y del Yí. 

La madrugada del 29 sorprendió á los revolucio- 
narios en las puntas del arroyo Malbarajá. Una pa- 
rada regular era indispensable para dar descanso á los 
nuevos soldados y obtener más incorporaciones. Estas 
menudeaban aunque sin traer armas. 

El dia 29, de elecciones en todo el país — así se 
bautizan los mayores atentados comiciales, — fué dedi- 
cado á la organización de que tanto necesitaban los 
elementos del general Aparicio. Poco ó nada podía 
hacerse en el término irrisorio de un día, tanto más 
cuanto que sin dotación de armas, ninguna fuerza po- 
see el carácter de tal. 

Se imponía un golpe de mano para hacerse de al- 
gunos pertrechos. Estando cercano el pueblito de Sa- 
randi del Yí, centro mediterráneo de alguna signi- 
ficación comercial, se pensó en tomarlo á pesar de 
estar resguardado por una columnita gubernista. 

Seducido por esa empresa, Aparicio dominaba las 



r>OFl LA. PATRIA. IIS 

inmediaciones de este villorio en las primeras horas 
del lunes 30. Ya se había adelantado á la cabeza de 
150 hombres su cuñado Benito Viramonte, quien tu- 
vo la buena suerte de interponerse entre la locali- 
dad amenazada y un capitán Fidel Lacuesta de filia- 
<5ión gubernista, quien saliera con sesenta hombres á 
realizar una exploración precaucional. Lacuesta, sepa- 
rado de su protección, se retiró apuradamente campo 
afuera, sin ser perseguido. 

Además, unos cien hombres al mando del comisa- 
rio defendían el pueblo. A una descaiga de fusile- 
ría que hicieron sobre los suyos, contestó el gene- 
ral Saravia, avanzando él solo sobre los enemigos 
acantonados en algunas azoteas estratégicas, y dicién- 
doles que estaba en condición de efectuar un asalto 
ventajoso, pero que sus tropas respetarían á los venci- 
dos si se entregaban; de lo contrario, se vería en el 
lamentable compromiso de presentar pelea. 

La intervención de una comisión de señoras, prestó 
nuevo calor á esta declaración. Convencidos de la inu- 
tilidad de su resistencia se entregaron los atrincherados. 

No ha faltado quien afirme que solo lo hicieron así, 
bajo la garantía que de sus vidas hizo una comisión de 
extranjeros. Esto es incierto; el general Aparicio, em- 
peñó su palabra y esto importaba sagrado acuerdo para 
quien sabe cumplirla al pié de la letra, como lo sabe 
hacer él. 

Así pues, los bordistas quedaron en plena libertad, 
después de entregar á los revolucionarios, 25 carabinas 
con doscientos tiros, ocho sables con su correspondiente 
correaje y una bandera. 



lie r>OR, LA. PAXFtIA. 

Concurso bélico tan nimio no merecía la pena ni de 
ser mencionado y defraudaba otra vez, generosas espe- 
ranzas. 

El entusiasmo delirante del vecÍTidario disimuló por 
el momento lo crítico de las circunstancias. Las da- 
mas del Sarandí aclamaron á los libertadores, mu-^ 
chos jóvenes se les agregaron y unánimes fervores 
patrióticos compensaron las duras penurias acumuladas 
en pocos días. 

Pero el general ^^ Aparicio no es hombre de sacrificar 
la elasticidad de sus movimientos y el éxito de sus pro- 
yectos, al interés de las ovaciones. Siendo la una de la 
tarde cortó el hilo de tan sinceras alegrías emprendien- 
do marcha hacia el sur. 

Ya empezaba á ver claro; ya empezaba el desencan- 
to á bordar una realidad cruel. 

En Jefecto, los informes recogidos de personas al 
corriente del desarrollo de los acontecimientos últimos,, 
permitían saber, por lo menos, que el grito libertador del 
Coronilla no habia tenido las esperadas y prometidas 
repercusiones. 

Ahora, puesto en la palestra, resultaba que el único 
sublevado era Aparicio. 

Es indudable que el caudillo nacionalista sufrió una 
intensa desilusión al penetrarse de tan áspera verdad. 
Ni Montevideo estaba conmovido, ni la escuadra per- 
tenecía á la rebelión, ni recursos de especie alguna 
le llegaban. 

Sarávia quedaba abandonado por una defección co- 
barde y sin atenuante, de última hora, en el centra 
del país y casi sin salida. 



Fracasada la empresa^ perdida la probabilidad de 
un auxilio poderoso^ engañada su buena fé^ sólo le 
restaba ocultar el desaliento que lo reclamaba con in- 
sistencia^ y buscar una salvación casi problemática. 

Ya el regimiento de caballería número 4 avanza- 
ba por el noroeste, abajo de la Cajjilla de Farruco, 
el general Muniz descendía por el este, y el coronel 
Alcoba buscaba incorporación con el primero de los 
citados, acercándose con procedencia del sur. La per- 
manencia en Sarandí, centro de un movimiento de 
concentración simultáneo, era harto peligrosa. 

Sabiendo que de Montevideo había salido un tren 
conduciendo armas por la vía Nico Pórez, y sabiendo 
al coronel Manuel Alcoba el más débil de sus ene- 
migos, Saravia acreditando de nuevo su instintiva ca- 
pacidad militar, embistió hacia el sur para intentar 
la detención del convoy en viaje y batir á aquel jefe 
bordista. 



Alcoba— Barrióla —Muniz 



Es Alcoba un buen paisano que lleva los galones 
como llevaría las insignias sacerdotales: sin darse cuen- 
ta de lo que se trata. De poco brío pero poseedor de 
condiciones personales apreciables, fué improvisado ca- 
pitán de línea en 1876; á los diez años justos, as- 
cendió ó lo ascendieron á sargento mayor, y en 1894 
á su actual graduación. 

Las travesuras guerrilleras de Saravia preparabaa 



118 F»OF<. LA. F>ATFIIA 

deslucida resonancia, pero al fin resonancia, al mencio- 
nado. 

A poco de abandonar el pueblo del Sarandí que 
nada tardó en ocupar la vanguardia de Barrióla, tuvo 
noticia el general revolucionario de la aproximación 
de una columna, alrededor de 300 hombres, con di- 
visa colorada. Era la gente de Alcoba. 

Inmediatamente eligió doscientos lanceros á cuyo 
frente coronó una loma, mientras el resto de la fuerza 
quedaba en protección disimulada por la altura. 

Alcoba detuvo entonces su avance y pus«> principio al 
fuego causando de entrada, dos bajas al enemigo; pero 
Aparicio cuyo valor no conoce la paciencia, comprendió 
que en esa forma la lucha se presentaba inaceptable y 
lanzando el primero, su caballo á la carrera, dio la voz 
magnética, de: ¡á la carga, muchachos! 

Aquello fué un huracán. En un instante los persegui- 
dores se convirtieron en perseguidos, produciéndose un 
resuelto desbande. Dos horas duró esta hostilidad encar- 
nizada teniendo Alcoba, que á poco más cae prisionero, 
ocho muertos y muchos heridos. 

A las cinco hace alto Saravia para organizar sus filas 
y proseguir luego marcha rumbo á Mansevillagra, para 
acampar á dos leguas de la estación ferroviaria de ese 
nombre. 

El calor de estratagemas inteligentes había madurado 
en un día, dos pequeñas victorias. 

En la capital produjo honda impresión su conoci- 
miento. El mundo oficial se alarmó ante las audacias 
afortunadas del caudillo nacionalista, y en consecuencia, 
decidióse el envío inmediato de parte del batallón 2,° de 



F»OFt LA r>ATF<,IA. 119 

Cazadores con destino á la ciudad de Florida, mientras 
el ministro de la Guerra preparaba su salida aparatosa 
á campaña. 

En las primeras horas del día 1.® de Diciembre, des- 
tacó Aparicio una vanguardia con orden de levantar los 
rieles al norte del arroyo Mansevillagra y de detener al 
tren esperado. 

El permanecería donde estaba, con el grueso de la 
columna, en previsión de cualquier ataque inopinado. 

A las once de la mañana pasó el tren que traía pro- 
cedencia de Nico Pérez siendo registrado concienzuda- 
mente sin ningún resultado práctico. Luego se cometió 
la ligereza de dejarlo seguir viaje y por supuesto que 
desde ese momento fué vana esperanza aguardar el con- 
voy de la capital. En efecto, ya en marcha, fué detenido 
presumiendo el golpe preparado. 

Este último fracaso acentuaba el colorido de las 
perspectivas oscuras. El enredo no admitía otro arreglo 
que una retirada ya difícil y peligrosísima. 

Así lo alcanzó en seguida Saravia, quien sin perder 
de vista los rieles, volvió la cara hacia el norte. 

Ese día los revolucionarios habian estado á treinta 
y cinco leguas de Montevideo, en el goce de una com- 
pleta impunidad. 

También ese día recrudecieron las zozobras bordistas. 
Sus temores vergonzosos prestaron fundamento al odioso 
decreto restrictivo de la libertad de la prensa. 

En el Ínterin, el coronel Alcoba que siguiera con 
rumbo á Illescas después de su desastre, trataba de 
reorganizar su gente. Sabido esto por Aparicio, apuró 



±20 r>OFt I^iV PAXFtIA 

la marcha alcanzándolo al caer la tarde en el camino de 
Nico Pérez. 

Esta vez fué vencedora la vanguardia mandada por 
Chiquito, quien desbarató al enemigo persiguiéndolo con 
verdadero éxito en un trayecto de dos leguas. 

Alcoba tenía motivos suficientes para conservar me- 
moria de este ensayo. 

Chiquito f engolosinado con su feliz operación, se había 
apartado larga distancia de los compañeros y esto fué 
un grave perjuicio. 

En su ausencia, el 4.® de caballería alcanzó á las fuer- 
zas del general que no tenían armas de infantería. Todos 
los tiradores los había llevado Chiquito. 

Cuando Barrióla se informó con precisión en el Sa- 
randí del estado precario de los sublevados, soñó con los 
laureles de una fácil victoria y sin esperar al coronel 
Zoilo Pereira, quien con un núcleo de milicias buscaba 
su incorporación, se puso en seguimiento de los revolu- 
cionarios. 

Ni aún disponiendo de tan inusitados favores y ven- 
tajas sabría preparar un triunfo don Juan M. Barrióla. 
Sus capacidades no sobrepasaban en nada á las de Al- 
coba. 

Empujado por vientos de inesperada y olímpica ayu- 
da, abandonó cierto día su condición de empleado público 
para sentar plaza en un cuerpo de línea. 

Queda todo dicho en lo que respecta á la seriedad de 
su carrera, haciendo constar que según el Escalafón, fué 
alférez el 12 de Febrero de 1886 y teniente coronel efec- 
tivo el 3 de Marzo de 1896. Sin exhibir un sólido me- 
recimiento ni realizar el menor acto militar distinguido, 



POR. LA F»ATFIIA. ISl 



€n el curso de diez años ganó para su kepi los seis galo- 
nes del coronelato, pues de nuevo se le ascendió entonces. 

Soldado virgen, á Saravia le correspondería bautizar 
una tan alta cuanto descolorida gerarquía militar. Te- 
mible padrino de pila dio la suerte al jefe del 4.** 

Barrióla contuvo sus entusiasmos bélicos al aproxi- 
marse al enemigo. El 3 acampó en las puntas del arro- 
yo Sauce. 

Al día siguiente, desprendió guerrillas sobre las fuer- 
zas nacionalistas ya en decisiva pero tranquila reti- 
rada. 

La situación era crítica. Chiquito estaba muy lejos 
con sus mejores elementos, y su hermano juzgó del 
caso salir en su procura mientras los coroneles Ovie- 
do y Carrasco y el comandante Antonio Mena con- 
tenian el avance adversario. Los hombres desarmados, 
que constituían la mayoría absoluta, marchaban á van- 
guardia cuidando las caballadas. 

El caso pudo haber sido desesperado, pero el re- 
poso airado de los jefes evitó un posible contraste. 
Amagando cargas aquí, echando pie á tierra más allá, 
apurando la marcha en los cuesta abajos, simulando 
ofensivas de mucho exterior en los parajes altos, se 
mantuvo la desamparada fracción. 

Con todo, aquello no podía prolongarse. Sin dis- 
poner de armas, hasta preparar una retirada importa 
un gravísimo problema. De ahí que se destacara un 
chasque para el general en demanda de protección. 

Ya habían caído algunos leales compañeros. La más 
lamentable de las pérdidas sufridas fué la del deno- 
dado de verdad capitán Clavijo, quien desafiaba im- 



±22 POR. X^A. PATFtIA. 

pávido á las balas enemigas ofreciéndoles el blanca 
magnífico de un amplio poncho celeste. 

Atento al llamado de sus amigos, reaparece Sara- 
via y se empeña en jugar el todo por el todo, en 
una de sus formidables cargas á lanza. Pero Barrio- 
la que parece adivinar el viril proyecto, suspende la» 
hostilidades, y los revolucionarios llegan sin trastor- 
no hasta la estación lilescas. 

Allí hacen alto por bi eves instantes. Mientras Apari- 
cio obtiene noticias de los empleados del ferrocarril 
sobre la suerte de su hermano, que ignora, reanudan sa 
platónica persecución los gubernistas. Manda á esa 
tropa, ciento cincuenta hombres, el segundo de Barrio- 
la, un mayor Rodríguez, pues aquel viene en la reta- 
guardia con el resto. 

Pero al oscurecer cesó el avance acampando todo el 
regimiento. 

Los Sara via, ya reunidos, detuvieron su marcha á 
dos leguas de distancia. 

Apesar de las aplastadoras agitaciones del día no- 
pensaron en tomar largo descanso los hermanos rebel- 
des. Estaban ellos de acuerdo para llevar esa misma 
noche un furioso ataque contra el 4.**. Tan atrevido 
plan hubiera fundado un éxito, porque las sorpresas sod 
siempre fatales, y costado también mucha sangre, pero 
una alarma injustificada producida en esas circunstancias,, 
trajo por consecuencia, la disparada desastrosa de las 
caballadas. 

Mucha gente se desgranó con este motivo. Al acla- 
rar el día, los revolucionarios recien pudieron rehacer 
sus elementos. El ataque proyectado había perdido su 



POR. LA F»ATFtIA ±2S 

oportunidad, pues era necesario esquivar cuanto antes 
la presencia del general Muniz, quien obedeciendo las 
órdenes de Borda, bajaba al sur con rumbo al ce- 
rro Chato. 

Entonces, para facilitar la retirada, quedó acorda- 
do dividir la columna revolucionaria en dos trozos^ 
uno mandado por Aparicio, y otro por Chiquito, quien 
seguiría á regular trecho la rastrillada del anterior. 

A las ocho de la mañana del 2, pasaron los nacio- 
nalistas por el pueblo de Nico Pérez. En sus inme- 
diaciones acamparon. A la tarde continuaron su mar- 
cha apartándose definitivamente ambos grupos. 

Aparicio dirigióse hacia sus pagos del Cordobés; pero 
ya era difícil evadirse. Muniz y Gutiérrez con sus mil 
hombres bien armados y municionados, le cerraban su 
vanguardia. 

Saravia tiroteado por el enemigo, volvió caras con 
rumbo al cerro Chato. Su indomable valentía contuvo en 
esta ocasión y castigó con aleccionadora rudeza, á los 
guerrilleros de Muniz que creían estar abocados á una 
facilísima victoria. El sargento Gregorio Sosa del 3.®, que 
mucho arriesgó, fué lanceado á la vista de sus compa- 
ñeros. 

Esto ocurría el 3. En la noche, Aparicio que iba des- 
menuzando su fuerza, se internó en las ásperas quebra- 
das de Treinta y Tres llevando un grupo reducidísimo 
de compañeros. En las puntas del arroyo Las Pavas, ha- 
bía disuelto su columna después de proclamarla. 

Barrióla no habia pasado para adelante de Nico Pérez. 

Por lo que respecta á Chiquito, durmió tranquilamente 
el 2, internado en las sierras de Sosa. El 3 por la 



1S4 r>OFt LA I=»ATR.1A. 

madrugada siguió tras Aparicio, sabiendo en el ca- 
mino por algunos dispersos, lo ocurrido con aquel. 

Entonces modificó su rumbo dirigiéndose al Yí por 
la cuchilla que separa á los arroyos Monzón y Va- 
lentín. En la noche disolvió su gente. 

Aparicio Saravia cerró con una hazaña final su le- 
vantamiento. A pocas leguas de la frontera salió á 
cortarle el paso una fuerza gubernista de 300 hom- 
bres, mandada por -el coronel Jiorba. El general, domi- 
nado })or un negro fastidio, lo cargó á lanza sin 
hacer previo cálculo de probabilidades, y fué tan 
arrollador su empuje, que lo llevó por delante desde 
el arroyito de la Lechiguana hasta el Brasil, internán- 
dolo, quieras que no quieras, cinco leguas en el país 
vecino. 

La línea divisoria la habían pasado por Aceguá. Fué 
tan real este famoso hecho de armas, que la guar- 
dia brasilera no pudiendo impedirlo, empezó á hacer 
disparos sobre los perseguidores, siendo herido en ta- 
les circunstancias el bravo comandante Antonio Mena. 

He ahí resumida, la increíble aventura de Noviembre. 



Besultancias y preliminares 



En un principio, se creyó que el alzamiento había res- 
pondido á gestiones de la Junta de Guerra constituida 
en la otra orilla, pero justo es reconocer que tanto ésta 
como el Directorio, eran ágenos á tal operación, huérfana 
de todo. 



Este paseo triunfal de Apaiicio por los departamentos 
centrales; esta ráfaga de patriotismo que cruzó al galope 
corto frente á los servidores del gobierno, atónitos en 
presencia de tanta decisión, tuvo eficaces proyecciones. 

Había ocurrido algo inesperado. 

Un puñado de guapos extraño á las ventajas disci- 
plinarias, golpeó audazmente en el hombro á la clase 
militar supuesta invencible, y la clase militar, á la cual 
se esperaba ver herguida y adusta reprimiendo de ma- 
nera terrible el avance, apenas pudo incoi'porarse azora- 
da y pusilánime, para presenciar la dura mofa que de sus 
títulos se hacía. 

U71 vecino alzado, como se denomina el mismo Sara- 
via, quebró en quince dias de correria, — destrozando 
amenazadores núcleos policiales, conteniendo con revól- 
vers á fuer de armas largas, y tijeras de esquilar embas- 
tadas en cañas tacuaras, á aquellas caballerías vírgenes 
y con prestigio prestado, — el deprimente aserto de los 
tiempos lúgubres, 

Pai'a lo sucesivo, un ciudadano valía por lo menos, 
más que un instrumento adornado con kepi y vistosa 
chaquetilla. 

Estaba roto el encanto. Aprovechando la comparación 
sagaz de un paisano, compañero en posteriores penurias, 
digo, que la fuerza del gobierno, gastada por todos los 
vicios, era asimilable al poder ofensivo de las víboras de 
la cruz privadas de sus dientes. 

Sólo quedaba el fermento de rabias enconadas pero 
impotentes. En adelante, cualquiera pisaría en la cola á 
la terrible yarará, cuya boca maligna al abrirse en acti- 



tud reDCorosa, mostraría una lengüeta flechada de aspec- 
to desagradable y nada más. 

El papel desairado que acababa de cortar su ejército, 
molestó al mandatario y á sus secuaces. Lo sucedido no 
tenia nombre y daba fundamento á graves alarmas y 
desazones. 

Entonces, para asegurar mejor la guardia del edi- 
ficio social, recrudecieron las arbitrariedades. La es- 
coba galoneada barrió hacia los cuarteles á la gene- 
ración en aptitud de servir; y así quedó convertido 
el país en un inmenso campamento, bajo la resonada 
dirección estratégica de un Ministro de la Guerca á 
quien las crónicas palaciegas atribuían condiciones so- 
bresalientes. 

Era este, el general don Juan José Díaz, cuya foja 
de servicios sería brillante como pocas, si fuera po- 
sible confundir en un mismo montaje valimientos con- 
tradictorios. 

El franco cambio de frente del coronel Chilabert 
en tiempo de Rozas, que encuentra merecidas atenua- 
ciones históricas, porque tuvo notorias causales, fué 
motivo bastante para que aquel soldado tan infortu- 
nado cuanto valiente, muriera fusilado por la espalda 
después de Monte-Caseros. 

Al general Díaz, jefe gubernista después de 1865, 
debe mortificarle el recuerdo de las ruinas gloriosas . . • 

La situación desequilibrada en que se vivía, trajo 
como consecuencia inmediata, una emigración en masa 
hondamente perjudicial y tristemente sugestiva. 

La costa argentina, desde Buenos Aires hasta Ca- 
seros, y la vecindad brasilera, desde Uruguayana has- 



la Yaguarón, eran el refugio de numerosos grupos ex- 
patriados, pobres y sin esperanza, atentos, sin embar- 
co á la consigna. 

Según ya lo expusimos, dislocado ol aparato de la 
legalidad, Idiarte Borda obtuvo de sus nuevas cámaras 
nombradas en pleno estado de sitio, una ley contra la 
libertad de la prensa, que tuvo siniestros visos despó- 
ticos y sofocó las palpitaciones del pensamiento na- 
cional que durante ocho meses llevaría grillete. 

Esta condición intolerable, obligó á clausurar las 
oficinas de El Na^donal, órgano del partido perse- 
guido, al cual cabe el inextinguible honor de haber 
sido vocero sin tibiezas ni desalientos, de los idea- 
les públicos. 

Al desaparecer de la arena aquel representante ge- 
nuino del nacionalismo enardecido, dejaba ancho ras- 
tro de luz y simpática memoria. 

Aquel primer trueno de Noviembre, puso en vibra- 
ción todo el orgaaismo nacional, y hasta las filas del 
partido dominante se conmovieron de manera atrayente. 

Nada cuesta y mucho conviene señalar la actitud 
entonces hostil á los usurpadores, de muchos de sus 
afiliados, para compararla con la adhesión resuelta de 
futuro. 

Por boca del respetable doctor Blanco, uno de los 
equivocados del constitucionalismo, dijo el núcleo Ha - 
mado independiente de la referida comunidad, todo lo 
agrio y duro pero exacto, que merecía aquel grotesco 
aparato gubernativo. 

Los abrumadores considerandos de la pieza procesal, 
se condensaban 6n el famoso dilema de Gambeta, apli- 



±23 F»OFt LA. F»ATFII^V 

cado certeramente á nuestros asuntos: «Someterse <5 
dimitir. » 

En armonía con el carácter radical y avanzado de 
tales declaraciones que envolvían promesa segura de 
airadas inquietudes, fué la actitud del coloradismo 
disidente, mientras no brillaron las llamaradas revolu- 
cionarias. Borda era una indignidad; Borda desahucia- 
ba ú su causa; Borda significaba una ignominia; su 
permanencia en el mando importaba un insulto inferido 
á la familia oriental; los intereses bastardos de Borda 
no podian confundirse con los intereses de la colectivi- 
dad, ofendida con ese presente griego; hacer la guerra á 
su gobierno, plagado de corrupciones, entrañaba realizar 
obra de bendición. 

Así se clamaba en las esquinas, por los paladines del 
honor rojo; así se reiteró en la sesión nerviosa del 
teatro Cibils; así hablaban los emancipados de su in- 
fluencia enferma. 

. Formaron parte principal de esa fracción, don Tomás 
Gomensoro, don Máximo Tajes, don Eduardo Vázquez, 
don Salvador Tajes, don José Ladislao Terra, y otros. 

Sin embargo, pronto olvidan ellos sus protestas inde- 
pendientes. Cuando el Partido Nacional se lanza á la 
reivindicación de los derechos proscritos, esos mismos 
señores rodean al magistrado denostado de ayer, sin 
exigir condiciones; y así, los generales enemigos del sis- 
tema hasta pocos minutos antes, salen á campaña reca- 
mados de galones y con largo séquito de oficialidad, 
para barrer hasta la sombra de los atrevidos invasores 
que pretendían derrocar el dominio de treinta años, 
mientras muchos civiles, prestan acatamiento al jefe de 



la indigna facción, y don Tomás Gomensoro, cuya 
talla política tanto exageró la condescendencia popular^ 
espera en su retiro de eterna viudez presidencial la 
sanción del pacto de Setiembre, del patriótico pacto de 
Setiembre, comprado con muchas derrotas á la fuerza de 
línea, — para confesar que, á su juicio, se ha dado dema- 
siado á los nacionalistas, á los cenicientos de siempre. 

Y califica de peligrosa concesión, hecha por lo monos 
á la mitad de los hermanos, seis jefaturas ganadas á filo 
de sable y una reforma electoral que á todos beneficia!! 

¡Monstruosa subversión! 

En ningún país sud-americano se registra el caso letal 
de una persistencia tan absorbente en la altura. £,ozas 
gobernó por largas décadas á su nación; pero en cambio 
la crítica histórica cenceptúa ese ejemplo de eterniza- 
miento en el mando, como una infame aberración. 

Pues entre nosotros, cuando á los seis lustros de en. 
gaño, mistificación y acumulados contrastes, empuña un 
partido las armas para reconquistar sus fueros, encuen- 
tra que sus peores enemigos salen de los grupos que 
desde la tnbuna, desde el diario, desde el club, apostro- 
faban horas antes al crimen ensoberbecido. 

Y á estas deserciones negras como la traición, se las 
titula actos de consecuencia corporativa! 



El Comité de Guerra 



Imposible era retardar el pasaje revolucionario. La 
situación no admitía prórroga. En el orden moral, esta- 



ban apuradas todas las violaciones; en el orden material, 
el amor á la patria obligaba á concluir de una vez con 
dilaciones y agudas ansiedades que roían el nervio de 
nuestra prosperidad. 

Apesar de ello, siendo tan reconocidamente justa la 
cruzada iniciada por el Partido Nacional, los viriles en- 
tusiasmos decaían en presencia de las dificultades opues- 
tas por las personas de dinero. 

No hubo opulencia que no se solicitara, ni empeño que 
no se corriera, para recoger radicales negativas. Sobre 
el egoismo, como sobre los cristales de hielo, todo se 
desliza. 

Fogosos propagandistas que resultaban á última hora, 
hostiles á las tentativas violentas de regeneración; ricos 
de notoriedad, que negaban todo menos acongojadoras 
miserias; gratuitos censores, trabas innumerables, escasez 
absoluta de contingentes monetarios, mezquinas preven- 
ciones, descubrió en su pesada labor el Comité Revolu- 
cionario. 

Benemérita pues, fué su indecible activddad frente á 
tantas cobardías cívicas; benemérita su perseverante ten- 
sión y levantada conducta; beneméritos sus sacrificios 
hasta ahora desconocidos, sus esfuerzos y sus apasiona- 
mientos sinceros. 

A esa distinguida corporación corresponde un sólido 
lote de gloria. Porque debe saberse que á ella y sólo á 
ella, pertenece el lanzamiento de la revolución más po- 
bre es cierto, pero que más beneficios ha producido ya, 
á nuestra democracia. 

Las cifras hablarán con incomparable elocuencia. 

La primitiva Junta de Guerra, de cuya instalación ya 



nos hemos ocupado, había recolectado hasta el 4 de Fe- 
brero de 1897, fecha en que se fusionó con los miembros 
del Directorio venidos de Montevideo bajo la denomi- 
nación de «Comité de Guerra del Partido Nacional»,— 
la cantidad de $ 20.601,65 centavos, oro sellado argen- 
tino y $ 9.171,85 centavos papel curso legal de la misma 
nación. 

Hasta disolverse aquella Comisión el 12 de Agos- 
to de 1897, al fin -del movimiento había agregado 
$ 73.126,02 centavos, de ta primera clase mencionada, 
y $ 31.043,88 centavos de la segunda. 

Con ese poco dinero que reducido á moneda oriental 
alcanza á ^ 100,324.18 centesimos, se elaboró la patrió- 
tica borrasca, se atendió á su desarrollo á doscientas 
leguas de distancia, se prepararon expediciones, se 
combinaron empresas navales heroicas, se burló la vi- 
gilancia bordista, se llevó, en una palabra, oxígeno á 
muchas células del pulmón. 

Al finalizar esta obra, un resumen que haremos de 
la cautelosa inversión de fondos realizada por el Co- 
mité, no constituirá el menor de sus galardones y des- 
nudará el fondo de sus increíbles proezas económicas. 

Recordemos desde ya, que la revolución del Que- 
bracho costó alrededor de un millón de pesos. 

Con esa exhibición á tiempo de datos numéricos, acom- 
pañada de algunos comentarios al caso, contestaremos 
en forma holgada á los reproches sin fundamento y 
autoridad, de quienes nada hicieron y mucho criti- 
caron. 

Desmenucemos de pasada un puñado de raquíticas 
imputaciones, acreditando con informaciones que arranca 



13« FOI^ LA PAXFtIA 

mos á los Kbros de tesorería . del Comité, cuidado- 
samente llevados por el digno doctor Berra, estas 
verdades cuyo conocimiento ya no puede ser incon- 
veniente. 

El 15 de Marzo, ó sea diez días después de pro- 
ducida la invasión, obraban en caja $ 24.78 centési- 
mos oro, y $ 553.56 centavos papel argentino. 

Y nadie brindaba la ayuda de un peso, y faltaban 
armas, y no había municiones. 

Por la integración del Comité á que hemos hecho 
referencia, quedó este así compuesto: doctores Eusta- 
quio Tomé y Juan José de Herrera, presidentes ho- 
norarios; doctor Juan Ángel Golfarini, presidente; doc- 
tor Duvimioso Terra, vice; doctores Carlos María 
Morales y Ángel J. Moratorio, secretarios; doctor Es- 
colástico Imas, doctor Luis Santiago Botana, don Ven- 
tura P. Gotuzzo y don Leandro Gómez, vocales. 

El imperio de estrechísimos lazos de sangre, nos 
impide hacer la apreciación de la Junta así refundi- 
da. Sólo podemos decir que este agregado sellaba la 
alianza fructífera con los elementos de Montevideo. 

El 4 de Febrero, el doctor Herrera entregaba á la 
tesorería la cantidad de $ 3216 oro, remitidos por el 
Directorio cuya acción caducó desde esa fecha, pues 
aquellos de sus miembros que lo quisieron aumenta- 
ron el número de vocales de la Junta. 

Ya el 7 de Diciembre habían ingresado en caja 
$ 10.609,32 centesimos oro, procedentes de un resto de 
dinero é intereses, que desde la revolución del Quebracho 
se conservaba depositado en el Banco de Londres y Río 
de la Plata de Buenos Aires, bajo la salvaguardia de va- 



I»OFt LA. F»ATR.IA. ISS 

rios correligionarios honorables. Mediante activas ges- 
tiones, se obtuvo su entrega. 

Sin embargo, se continuaba tropezando con resisten- 
cias manifiestas. 

Desie un principio, los señores Arrúe, Ramón Arta- 
gaveytia v Carlos Rodríguez Larreta rehusaron su con- 
tingente, reclamado para prestar apoyo á la iniciativa 
por determinados elementos conservadores, atados á vi- 
tuperables desconfianzas. 

Después, ya lanzado el movimiento, alguno de esos 
conciudadanos puso decididamente el hombro; pero la 
oportunidad determina la importancia de las acciones en 
los debates políticos, y esa aproximación tardía, apenas 
alcanzó á disimular el colorido de graves errores. 

Uno de los muchos males que deparó aquella negativa, 
filé el apartamiento del coronel Guillermo García, respe- 
tado jefe del sur. 

Este veterano había comprometido su concurso y 
hasta aceptado una distinguida designación militar, pero 
aragestiones calificables lo llevaron á desistir, en forma 
inocua, de su imperativo acuerdo. Y no fué este el único 
perjuicio que engendró una saña acreedora á fuertes 
censuras. 



liOS jefes nacionalistas 



A raíz de la intentona del general Saravia, el Comité 
trató de enviar hasta él un emisario, á fin de conocer 



134 I^OI^ LA. T^AJTFUA. 

los' propósitos del caudillo y vincularlo á las tareas de 
la otra margen. 

Fué designado para cumplir esa delicada misión, el 
joven Luis Pastoriza, de relevantes condiciones, — quien 
la desempeñó á entera satisfacción cruzando el país 
desde el puerto de Conchillas hasta la frontera. En la 
caña de una bota ocultaba las importantes comunicacio- 
nes. Pastoriza encontró al personaje que buscaba en los 
alrededores de Bagé, entregado en cuerpo y alma á los 
preparativos de reivindicación armada. 

Saravia contestó valido del mismo intermediario, 
quien hizo su regreso por vía Río Grande, — manifes- 
tándose en un todo de acuerdo con el plan propuesto. 

Mientras tanto, se iniciaba la composición de grupos, 
eligiendo como zona más desahogada la costa del litoral. 

La disciplina expontánea que fundan idénticos en- 
cariñamientos con el ideal, dio pronta vitalidad á frac- 
ciones selectas de emigrados. Se vivia conspirando, á la 
vista de las ciudades uruguayas. 

Esta organización que nunca se creyó temprana, fué 
confiada á la atención del señor Luis Mongrell, hijo de 
Paysandú, quien disfrutaba de antiguas vinculaciones 
muy de tenerse en cuenta. 

A ella concurrieron dos personas apreciables, nues- 
tro compatriota el señor Bernardo Larriera que con- 
tribuyó por todos los medios imaginables á formalizar 
el afán, y nuestro malogrado amigo el señor Ramón 
Lista, que hasta el concurso de su esfuerzo personal 
quiso ofrecer á la causa revolucionaria, sin soñar ja- 
más que su destino trágico lo llamaba al fondo mis- 
terioso de las selvas salteñas. 



F>OR. LA F^AXFIIA. i 3o 

Destruida la congruencia de los trabajos por la' sa- 
cudida de Noviembre, hasta se pensó en precipitar 
los acontecimientos preparando un asalto á la ciu- 
dad de Paysandú guarnecida por el batallón de ca- 
zadores número 2. Para el amanecer del 6 de Enero, 
día de Reyes, quedó acordado el audaz ensayo. 

Posesionados los nacionalistas de Paysandú y rota 
la unidad de un cuerpo de línea, el gobierno reci- 
biría un recio golpe y Saravia quedaba habilitado 
para reclinarse sobre el Uruguay como sobre un am- 
plio balcón, en demanda de recursos. Pero luego que 
se supo el término de la intentona, el proyecto no 
tuvo objeto práctico. 

Sin embargo, la amenaza de un choque continuó 
cerniéndose sobre el precitado cuerpo de infantería, 
cuyo jefe decia públicamente que en vez de fusiles 
iba á pedir rebenques de gruesa sotera para escar- 
mentar á tanto muchacho loco. 

¡Caprichos de la suerte! Tres meses después, esa al- 
tanería quedaba enterrada á la orilla de un arroyo 
desde entonces famoso . . . 

Por esos días empezó á tocarse á los veteranos 
de la causa que se hallaban á la espectativa é igno- 
rantes de todo dentro del país. 

Al efecto, el Comité envió palabras de aliento á los 
amigos de la capital maragata aprovechando como co- 
misionado á quien estas líneas escribe. 

Por intermedio del señor Alberto Lerena, inteligente 
colaborador, se provocó una reducida reunión con el 
mayor sigUo. Esbozado el magno asunto nadie le escati- 
mó simpatías y se resolvió tocar á los comandantes 



Cicerón Marín, Pedro Bastarrica y Ramón Batista, en 
el deseo de engrosar las adhesiones locales. Además, se 
remitieron por el mismo conducto á la caja revolucio- 
naría, quinientos pesos redondos, pertenecientes al club 
Coronel Rafael D, Rodrigicex. También cambiáronse 
opiniones sobre la incontestable conveniencia que habia 
en explorar al comandante José F. González, caudillo 
reputado del departamento de Flores. 

A su paso por Montevideo, recibió el emisarío, ofre- 
cimiento expontáneo por parte del joven correligionario 
don Héctor Bosch del Marco, íntimamente ligado á aquel 
jefe, para dar ese paso. 

Puesta tan segura oferta en conocimiento del Comité, 
Be utilizó de inmediato. 

Poco después el consecuente comandante González se 
colocaba por nota, á las órdenes de aquella autoridad. 

El departamento de Minas también respondió á la 
cita. En representación del coronel Celestino Corbo y 
del comandante Juan José Muñoz, llegó á Buenos Aires 
en demanda de instrucciones, el fiel compañero Arturo 
Ramos Suárez. 

De la Florida llegaron buenas noticias; el comandante 
Miguel Aldama movería allí á los correligionarios. En 
Treinta y Tres, el comandante Bernardo Berro se suble- 
varía con las policías. 

En Canelones, el comandante Celestino Alonso espe- 
raba momento oportuno. En Soriano, el comandante 
Díaz Olivera no perdía el hilo. 

En Tacuarembó, el coronel Gabríel Orgaz Pampi- 
Uón de acuerdo con su paríente don José María Pam- 
pillón, aguardaba el llamado. 



F»OR. LA PATRIA dST 

Algo semejante ocurría con el comandante Lidoro Pe- 
reira, en el Durazno; con el comandante Segundo Mar- 
tínez; en Tacuarembó, y con muchos otros amigos de 
fibra bien adobada, todavía poco conocidos, que resulta- 
rían luego distinguidísimos coadyuvantes. 

Pero había dos concursos que era indispensable obte- 
ner. Se juzgaba tan arrastrador en el sur el prestigio de 
les coroneles José Saura y José María Pampillón, que 
se les vl<5 de los primeros para incorporarlos. 

El valiente coronel Saura aunque enfermo y achacoso, 
entró de lleno en la empresa, recibiendo algunas peque- 
ñas sumas de dinero para ir adquiriendo los elementos 
exigidos. 

El coronel Pampillón también se enroló. 

Ambos pidieron algimos centenares de fusiles que 
nunca fué posible facilitarles. 

Atendiendo á un pedido urgente del general Saravia, el 
Comité compró trescientos remingtons que en compañía 
de ochenta mil tiros siguieron viaje río Uruguay arriba. 
La ayuda esencial de un entusiasta argentino, el señor 
Dermidio Latorre, hizo factible esa conducción burlando 
las inquisiciones del espionaje regimentado; y desde 
Uruguayana continuaron marcha aquellas pocas armas, 
de las cuales correspondería una tercera parte con sus 
municiones, al comandante Juan Francisco Mena, quien 
preparaba fuerzas en Río Grande, por las inmediaciones 
de San Juan Bautista. 

Ese socorro miniaturesco llegó mutilado á su destino 
y en la víspera de invadir. 

Con cierta anterioridad, había estado en Buenos Aires 
enviado por su hermano Aparicio, Chiquito Saravia en 



138 POR. LA F>ATRIA 

compañía del mayor Basilio Muñoz y de su cuñado Be- 
nito Viramonte. 

Los tres, jefes de la primera pasada. 

Entonces conocí á aquel patriota sin dobleces ni temo- 
res, de mirada ingenua y sonrisa de niño, pronto á gastar 
benevolencias con los demás y rigideces espartanas con- 
sigo mismo. 

Dejemos su presentación para más adelante, cuando 
busca la muerte en los campos del Arbolito atacando á 
lanza cuadros compactos de infantería. 

Recuerdo sí, que el primer día del año 1897 nos 
sorprendió departiendo en animado corro con el de- 
nodado jefe, y bebiendo uua copa de manzanilla á la 
salud tan comprometida de la patria. 

Fué esta la vez última que vi al más querido de 
los Saravia. 

La proximidad del brioso estallido reclamaba la or- 
ganización rápida de los elementos dispersos en la 
capital bonaerense. 

Era difícil realizar esa tarea dentro de la ciudad^ 
pues fuera de no permitirlo su índole, estaba en ce- 
loso pié la policía secreta de Idiarte Borda dirigida 
con innegable habilidad por el doctor Ernesto Frías, 
su ministro en la Argentina. 

Ante tal apuro, se pensó en utilizar las solitarias 
islas del Paraná. Después de una inspección oportuna 
eligióse la del Ceibal, situada en la boca del Guazú^ 
ya de alta notoriedad histórica que aumentaría esta 
nueva preferencia. 

En efecto, allí estuvieron escondidos antes de su 
desembarque en la Agraciada, los inmortales Treinta 



F>OFl LA. F»AXFtIA 

7 , ' , ■■ — » ■ ■ —■ —^ !■—- . — ^ ■ -!■■■■ ■■ 1.1 ■ ■«■■I. ■!■■ ~ I-. ■■■■ l__^_I M . 'I -\ 

y Tres; y entre aquella naturaleza boscosa 
ranada pasaron largas semanas muchos reyoi 
nos en espera del Quebracho. 

La primera gente salió para aquel destino en . 
nocturno el 16 de Enero. Estaba compuesta en tíu 
mayoría, por muchachos montevideanos, algunos estu- 
diantes, algunos tipógrafos, obreros y muchos emplea- 
dos. Todos llevaban prontas sus prendas; y todos iban 
radiantes de ilusiones generosas y de varonil deci- 
sión. 

A este plantel sucedieron distintos contingentes has- 
ta alcanzar á cuatrocientos los voluntarios del Cei- 
bal. El comandante Ramón Martirena condujo á aquel 
paraje á sus soldados; lo mismo hicieron el mayor Es- 
teban Fernández, el coronel José Núñez, el coman- 
dante Justo González, organizador y jefe del batallón 
Emilio Saña, el comandante Mario Basuldo, el co- 
mandante Rafael A. Pons, el señor Antonio Paseyro 
el mayor Barbosa y otros. 



José Nuñez 



El comando superior de esta columna que formaría la 
segunda división del Ejército Nacional, habia sido 
entregado al coronel José Núñez. 

¿Quién era él? Un arrojado, decían todos; un hombre 
capaz de las empresas más temerarias; un individuo 
aparente para tomar participación en acontecimientos 
atrevidos que requerían mucha audacia y energía 



> F»OFt LA. PAXniA. 

Ciertamente que no había necesidad de interrogar 
fantásticos antecedentes para hallar abono eficaz á esos 
asertos. 

El coronel Núfiez, de cincuenta años más 6 ménos^ 
vio la luz del día en territorio oriental. Las turbulen- 
cias de nuestra política enconada obligaron á sus padres 
á buscar tranquilidad en el exterior. En consecuencia, 
pasaron á radicarse en la vecina provincia de Corrien- 
tes donde encontró abierto escenario el temperamento 
ardiente de José Núñez. 

Sus indiscutibles condiciones de caudillo pronto reto- 
ñaron fuertes en aquella sociabilidad hermana pero bas- 
tante rudimentaria, á la cual quedó ingertado por volun- 
tad de las desgracias nativas. 

El joven oriental no podia pasar desapercibido en un 
medio agitado donde el supremo embate de la fuerza 
dirimía todas las discordias. 

Hombre sin profundos escrúpulos morales pero de 
verdadera médula, su actuación avanzada no se hizo 
esperar. Así lo vemos militando en cuanto levanta- 
miento puso en trepidación á las planicies del Alto 
Uruguay. Su fama cruzó llanos y bañados; j la memo- 
ria de sus resueltas severidades rodeó con viñeta propia 
á este extranjero, constituido en arbitro de la paz interna 
de una provincia. 

Núñez en el curso de esas diferencias de partido, no 
preguntó muchas veces, de qué lado estaba la razón del 
derecho. Organizado para la lucha, sin vacilar ante las 
desigualdades del choque incruento, sin contar el núme- 
ro de sus adversarios, ni tomar en juicio los saldos 
desfavorables que á otros amedrentan, él embistió 



F>OFt LA F»ATFIIA. 141 

siempre con el coraje ciego del toro bravio, que pone 
toda su confianza en el poder de la robusta cornamenta. 

Hecho para los grandes pugUatos, quizá descubría 
placenteras emociones en las peripecias del combate, 
como la gaviota que vuela airosa entre la tormenta, y el 
marino que gusta mecerse entre cielo y tierra, en eterno 
duelo con la muerte traidora. 

De ímpetus propios, Nuñez empezaba por arriesgar su 
vida en las empresas que afrontaba, imponiéndose á los 
subalternos por su bárbara impavidez ante el peligro. 
Desprovisto del precioso lastre que señala rumbo recto á 
los hombres de niñez regular y aparta bajíos de la ruta, 
él nunca titubeó en sus propósitos, aún cuando sus más 
íntimos afectos estuvieran á pique de crugir bajo el peso 
de hondas adversidades. 

Por eso corre al asalto de la ciudad de Corrientes en 
pleno medio día; y sabiendo que tiene diez probabilida- 
des de éxito contra noventa de fracaso, sabiendo que 
aquella hazaña sólo podrá escribirla con mucha sangre, se 
hace acompañar de su único hijo varón, que peleando 
muere á su lado. 

Para un padre de constitución tan musculosa, ese crudo 
dolor sólo representaba un bofetón veleidoso déla suerte. 

Volcado el cubilete los dados se combinaron mal de 
la misma manera que pudieron haberse combinado bien. 
La ironía de lo desconocido bisectriz inmutable de las 
cosas! 

En José Nuñez había aptitudes sobresalientes que 
fnictificaron de manera calificable, porque el ambiente 
en que le tocó agitarse fué defectuoso. Hasta las mejores 
semülas se esterilizan en un surco ingrato. Hijo de sus 



obras, fué una piedra que adquirió facetas rebotando por 
escarpadas laderas, sin divisar el fanal que enciende el 
deber austero. Otros, aprenden á resolver el duro pro- 
blema de la existencia estudiando su teoría en el espejo 
sin tacha de los libros, encerrados entre cristales como 
plantas de invernáculo; á Nuñez le cupo en lote ser el 
reverso deja medalla y formar su personalidad á golpes 
de pasión, que muchas veces dejan irritantes moretones, 
— como formó su poderoso renombre á golpes de sable. 

Talvez produzcan estrañeza estas consideraciones de- 
finidas, dictadas por los impulsos de una sinceridad re- 
posada y recogidos en el trato de aquel jefe. 

Seguramente que no intentamos preparar en esta for- 
ma atenuaciones de futuro, pues bien pudo descender al 
rol de un desertor vulgar, culpable de alta traición, 
quien se portó como un verdadero valiente en la ba- 
talla de Tres Arboles. 

Con frecuencia, nuestra idiosincracia efervescente 
nos conduce á enamorarnos de los extremos, como si 
entre los amores cenagosos y los encariñamientos apos- 
tólicos no tuvieran cabida amables placideces inter- 
mediarias. 

Domina entre nosotros el prurito de enaltecer ó de- 
primir con el mismo grado de calor, como si las cum- 
bres tuvieran único escalón en los precipicios. 

El virtuoso de hoy puede ser el corrompido de ma- 
ñana; y este cambio de frente sólo podrá malograr 
una reputación, nunca quitar méritos anteriores. 

Benavidez, uno de los héroes que contribuyó al .gri- 
to de Asensio, de gigantescas sonoridades libertadoras 
murió años después en la batalla de Salta, pero dan- 



F»OR. LA F»ATFtIA. 14S 

do la espalda á sus épicos entusiasmos^ en el seno de 
las filas realistas. 

Apesar de ese extendido borrón, Benavidez tiene 
bien ganada una página ^n el cuaderno de nuestra le- 
yenda patria. 

Mucho hablan por ahí de Núñez muchos que ja- 
más le vieron. Como decimos, en el curso de esta ex- 
posición pondremos posiblemente su nombre en la pi- 
cota y también alcanzaremos á prodigarle merecidos 
elogios en determinadas circunstancias, pero desde ya 
labramos nuestra emancipación de exageraciones mez- 
quinas, reconociendo al coronel Núñez una inteligen- 
cia brillante y bastante nutrida, un cultivado espíri- 
tu militar, una perspicacia extraordinaria, agregada á 
dotes de fortaleza y energía sin muelles. 

Así pues, encarado bajo el concepto de su ante- 
rior conducta, Núñez carecía de títulos, que le sobra- 
ban como hombre de empuje. 

Aunque pequeño de estatura, momentos de conver- 
sación con él bastaban para comprender que no era 
una vulgaridad. De físico pobre, delgado y anguloso, 
en sus grandes ojos pardos, que tenían brillazones 
magnéticas, se concentraba la actividad nerviosa de 
aquel organismo inquieto. Hablaba á su interlocutor 
con la lengua tanto como con sus miradas inquisi- 
doras. Cuando clavaba la vista era difícil sostenerla. 
Sólo he encontrado potencia parecida á la de aque- 
llas visuales rápidas, cortantes, envolventes, en per- 
petua interrogación y desconfianza, en los ojos del 
coronel Lorenzo Latorre, que también poseen singular 
elocuencia. Y tal vez no sea éste el único punto de 



Í4S FOFl LA F>AXI^IA 

obras, fué una piedra que adquirió facetas rebotando por 
escarpadas laderas, sin divisar el fanal que enciende el 
deber austero. Otros, aprenden á resolver el duro pro- 
blema de la existencia estudiando su teoría en el espejo 
sin tacha de Jos libros, encerrados entre cristales como 
plantas de invernáculo; á Nuñez le cupo en lote ser el 
reverso deja medalla y formar su personalidad á golpes 
de pasión, que muchas veces dejan irritantes moretones, 
— como formó su poderoso renombre á golpes de sable. 

Talvez produzcan estrañeza estas consideraciones de- 
finidas, dictadas por los impulsos de una sinceridad re- 
posada y recogidos en el trato de aquel jefe. 

Seguramente que no intentamos preparar en esta for- 
ma atenuaciones de futuro, pues bien pudo descender al 
rol de un desertor vulgar, culpable de alta traición, 
quien se portó como un verdadero valiente en la ba- 
talla de Tres Arboles. 

Con frecuencia, nuestra idiosincracia efervescente 
nos conduce á enamorarnos de los extremos, como si 
entre los amores cenagosos y los encariñamientos apos- 
tólicos no tuvieran cabida amables placideces inter- 
mediarias. 

Domina entre nosotros el prurito de enaltecer ó de- 
primir con el mismo grado de calor, como si las cum- 
bres tuvieran único escalón en los precipicios. 

El virtuoso de hoy puede ser el corrompido de ma- 
ñana; y este cambio de frente sólo podrá malograr 
una reputación, nunca quitar méritos anteriores. 

Benavidez, uno de los héroes que contribuyó al ,gri- 
to de Asensio, de gigantescas sonoridades libertadoras^ 
murió años después en la batalla de Salta, pero dan- 



do la espalda á sus épicos entusiasmos^ en el seno de 
las filas realistas. 

Apesar de ese extendido borrón, Benavidez tiene 
bien ganada una página «n el cuaderno de nuestra le- 
yenda patria. 

Mucho hablan por ahí de Núñez muchos que ja- 
más le vieron. Como decimos, en el curso de esta ex- 
posición pondremos posiblemente su nombre en la pi- 
cota y también alcanzaremos á prodigarle merecidos 
elogios en determinadas circunstancias, pero desde ya 
labramos nuestra emancipación de exageraciones mez- 
quinas, reconociendo al coronel Núñez una inteligen- 
cia brillante y bastante nutrida, un cultivado espíri- 
tu militar, una perspicacia extraordinaria, agregada á 
dotes de fortaleza y energía sin muelles. 

Así pues, encarado bajo el concepto de su ante- 
rior conducta, Núñez carecía de títulos, que le sobra- 
ban como hombre de empuje. 

Aunque pequeño de estatura, momentos de conver- 
sación con él bastaban para comprender que no era 
una vulgaridad. De físico pobre, delgado y anguloso, 
en sus grandes ojos pardos, que tenían brillazones 
magnéticas, se concentraba la actividad nerviosa de 
aquel organismo inquieto. Hablaba á su interlocutor 
con la lengua tanto como con sus miradas inquisi- 
doras. Cuando clavaba la vista era difícil sostenerla. 
Sólo he encontrado potencia parecida á la de aque- 
llas visuales rápidas, cortantes, envolventes, en per- 
petua interrogación y desconfianza, en los ojos del 
coronel Lorenzo Latorre, que también poseen singular 
elocuencia. Y tal vez no sea éste el único punto de 



44fcJ 3POR. LA F>ATFIIA 

Vuelto á la Argentina se incorpora á su ejército, y 
la patriótica sacudida del Parque encuentra el 26 de 
Julio á Lamas peleando por restaurar las libertades 
agenas^ después de haber sido de los organizadores 
del plan militar. 

Seis años corren y ellos bastan para colorar de ma- 
nera descollante su nombre valioso. En 1896 el ge- 
neral Alberto Capdevila, el más joven y el más re- 
putado de los jefes argentinos^ que ocupaba á la sa- 
zón el elevado puesto de Jefe de Estado Mayor, lo 
elije como secretario] en circunstancias de acentuarse 
las alarmas con respecto á Chile. 

Allí aparece Lamas en todo el juego de su capa- 
cidad, colaborando en forma brillante á la consolida- 
ción de un ejército numeroso donde no faltan oficiales 
preparados. 

Su proyecto de movilización mereció caluroso aplau- 
so de su entendido superior; y aquellas celebradas 
maniobras de 1896, por él combinadas sobre la mesa 
de trabajo, tuvieron espléndida sanción sobre el terreno. 

Luego abandona esa actividad oficinista que tanto lo 
seducía, é interrumpe sus relaciones con los libros y con 
la ciencia, que tanto lo entusiasman, sumiso á los man- 
datos de su conciencia de acero. 

Los dolores de la patria hirieron siempre su corazón 
bien templado, y desde el seno de las pampas, perdido 
allá en el territorio chaqueño disputando al salvaje su 
guarida en nombre de la civilización, como desde la ca- 
pital bonaerense, eje de incandescentes sibaritismos, si- 
guió con ansiedad instintiva la marcha angustiosa de 
nuestros asuntos. 



F»OFt LA. F»AXFtIA. l-^T 

Ni los atractivos eléctricos de la holgura tranquila, ni 
tm egoismo muy concebible en quien jamás recibió honra 
-de los suyos, pudieron entibiar su intenso amor á la tie- 
xra de sus mayores. 

Incorporemos á la anterior exposición, otros de sus 
merecimientos de soldado. 

Lamas tomó parte en las operaciones que contra los 
indios del Chaco Austral, emprendió en 1884 la 1.* com- 
pañía del 1.®' batallón de infantería de Marina. 

Esta expedición duró desde el 12 de Enero de 1884 
hasta el 22 de Diciembre de 1885, fecha en la cual se 
verificó la ocupación militar de la línea del Bermejo por 
las fuerzas que mandaba en jefe, el general de brigada 
don Benjamin Victorica. 

Se halló el 18 de Diciembre de 1884 en el combate 
que contra las tribus del cacique José Petizo libró el te- 
Biente coronel José Pedro Reynoso; el 7 de Abril figuró 
entre las tropas que á las órdenes de Simón Espeleta, 
sorprendieron la toldería del cacique Juan Antonio; y el 
12 de Mayo de 1885, atacó y destruyó la toldería del 
cacique Grouché. 

En este combate tomaron parte, una fracción del re- 
gimiento de Marina y un destacamento del 6.*^ regimiento 
de caballería. 

Fué ascendido á subteniente el 1.® de Mayo de 1882; 
á teniente 2.° el 5 de Mayo de 1885; á teniente 1.° el 4 
de Octubre de 1887; á capitán el 7 de Enero de 1890; á 
mayor el 26 de Marzo de 1895. 

Ahí queda sintetizada la linda foja de servicios del 
coronel á secas, como lo designa el cariño respetuoso de 



448 3r»OFt LA. F»AXFIIA. 

todos los que hemos tenido la satisfacción de servir á 
sus órdenes. 

Pero por encima de esos envidiables merecimientos^ 
yo admiro el justo equilibrio de su integridad moral. 

El coronel Lamas pertenece á una especie de hom- 
bres que ya se extingue, corrida por los halagos refina- 
dos de la época. 

Es un estoico en toda la extensión de la palabra; un 
voluntario del deber; un perpetuo iluminado. Cuando su 
raciocinio matemático llega á sentar un postulado, no 
existe poder humano capaz de apartarlo de la línea de 
procederes que él mismo se ha trazado. 

Así lo tenemos paseando su gloriosa manquera por 
nuestra línea fronteriza durante tres meses, sufriendo 
dolores cuya intensidad sólo pueden apreciar quienes 
vivieron á su lado, sin aceptar ni aun la proposición de 
una cortísima visita reclamada por su salud, al territorio 
vecino, no queriendo prestar base á posibles desalientos 
y flaquezas. 

Y no es atribuible á las virtudes exactas de la disci- 
plina de clase, esa lógica invariable de conducta. Bajo 
el exterior en ^apariencia adusto de Diego Lamas, palpi- 
ta im espíritu tierno y un organismo accesible á todos 
los grandes latidos del ideal. 

Era precisamente el jefe más apropiado para sofre- 
nar los avances ambiciosos de Núñez, cuyo fusilamiento 
no hubiera vacilado en ordenar á haber sido decisivo. 

Después de la victoria de Tres Arboles que le con- 
quistaba un capítulo de la gratitud pública, aparece tan 
reservado é indiferente como jantes de ganar ese lauro 
para sus sienes. Sólo le oí entonces expresarse con tono 



de censura de la guerra; y maldecir á quienes la provo- 
can, mientras recorría con mirada tiiste aquel teatro de 
desolación. 

Al día siguiente, dictó de prisa una magnífica pro- 
clama, en la cual daba títulos á todos, sin guardar un 
puñado para sí. Él, que había guarnecido el paso en 
compañía de sus ayudantes! 

En Cerros Blancos, cuando todo pudo perderse, creyó 
que le llegaba la hora del sacrificio y ascendió sonriente 
y jugando con su latiguillo la alta loma, para exponerse 
mejor al plomo enemigo. Y cuando lo hirieron, como él 
lo esperaba y lo quería, sólo supo dar un; ¡Viva la 
patria! 

Una tarde, cuando cruzábamos como inmensa ser- 
piente las pintorescas sierras de Cerro Largo, llenas de 
grutas y admirables caprichos naturales, exclamaba con 
la fijación de un anacoreta, en presencia de un paisage 
sugestivo: ¡Quien me diera vivir ahí! Y se trataba de 
im modesto rancho engarzado en las últimas estribacio- 
nes de la cumbre, entre piedras y ribazos! 

Cuando el alejamiento de la división Núñez aceptaba 
sin odios ni debilidad, aquella gran infamia que no le 
era dable evitar, y nos decía al despedirse: — deje no 
más; alguna bala bordista pondrá fin á todo esto. 

En La Cruz, asiste impasible al desarme, á la dis- 
persión de sus soldados, que se reparten en todas di- 
recciones como los rayos- solares — ellos también son 
heraldos de luz! — y recien cuando suena á retaguardia 
el galope de las caballerías abiertas en abanico, se tira 
de su montura y da rienda suelta por un minuto á sus 



puras afecciones, llorando sin disimulo aquella obligada 
separación. 

Momentos antes, él, héroe en todos los combates, con 
Silueta de mártir en todas las ocasiones duras, escribe el 
borrador de una despedida que tiene la rara fragancia 
de la modestia verdadera; y semanas después, cuando 
sus compañeros de armas de la otra orilla lo colman 
de inusitados honores y elogios; cuando puede sentirse 
orgulloso y aceptar para si algún poco de mérito, se 
levanta para brindar por su insigne amigo Aparicio Sa- 
ravia, á quien qo quiere privar de un átomo de justa» 
glorias que él compartió. 

Por eso digo, que los hombres de la talla del coronel 
no abundan. 

Y esa extraordinaria perfección de sentimientos; ese 
altruismo espartano, se encierra sin una grieta, sin una 
falla, ni signo negro, dentro de un físico joven donde 
podrían vivir prósperas muchas pasiones. 

El coronel Lamas no gusta de las muchedumbres. La 
popularidad lo ahoga. 

Cumplido el deber, detesta todo lo que pueda retar- 
dar el punto final de ordenanza. 

Hay en su fisonomía dulzuras varoniles que la ma- 
yoría no alcanza á descifrar, quizás sea porque no las 
prodiga. 

El Partido Nacional, que se aprestaba para com- 
batir reiterados oprobios; para poner dique al sistema 
de los compadrazgos y moralizar á la nación, no pu- 
do fijar su preferencia en persona más apropiada. El 
destino no pudo deparar mejor hermano de labor al 



POR LA F»ATl^IiV 151 

general Aparicio Saravia, otro abnegado tan digno aun- 
que de estirpe jovial. 

Trabé conocimiento con el coronel Lamas, en el se- 
no de la Comisión de Guerra del Comité, compuesta 
por él y los doctores Qolfarini, Morales y Terra, ac- 
tuando Octavio Ramos Suárez y yo como secretarios. 

Ya de entrada tuve oportunidad de pulsar la índole 
acrisolada de sus enterezas. 

Ramos Suárez, mi digno compañero de tareas, es- 
taba inhabilitado para concurrir al movimiento, por 
padecer de grave afección al corazón. No pasaba cosa 
semejante con quien estas reminiscencias hilvana, mo- 
cetón de contextura á prueba de ataques. 

Así pues, era natural que procediera de distinto 
modo. 

Para no colocarse en situación difícil con respecto 
á mi padre, pugnaban algunos de los señores nom- 
brados por disuadirme de mi natural empeño. 

Yo me resistía categóricamente. 

El coronel no tomaba parte en el afectuoso debate. 
Por fin, viendo mi terquedad se me encara y me dice: 

— ¿Usted quiere ir á la revolución? 

— Sí, señor, le contesto algo confuso. 

—¿Usted se da cuenta del paso que va á dar y 
de las responsabilidades en que incurre? 

— Sí, señor, vuelvo á repetirle sin saber á donde iba. 

— Pues bien, amigo, dice cerrando aquella franca 
interpelación, hace perfectamente de obrar así. La 
condición de nuestro país es una vergüenza para to- 
dos los orientales, y todos los orientales aptos para 



15S! r*OFt LA. r>Axr;i/v 



el servicio de las armas^ estamos obligados á cargar 
«a rémington en su desagravio. 



El plan de campaña 



Después de conocer estos rasgos propios que dan el 
temple de un carácter ¿puede extrañarse que Diego 
Lamas ingresara á las filas revolucionarias sin restric- 
ciones ni exigencias, ni previo reclamo de inventario? 

Y así fué en efectividad. Dias antes de firmarse la 
paz, cuando ya el pasado tocaba con sus flecos la guerra 
que concluía, preguntaba yo con cierta curiosidad á 
nuestro querido jefe, como era que habia aceptado 
puesto en la campaña, y si él viera probabilidades me- 
dianas de triunfo en su desarrollo, al desenvainar su 
espada de militar concienzudo. 

Sonriendo nos contó entonces en pocas palabras, la 
historia de aquello. 

El soñaba desde largo tiempo con una marejada cívica 
capaz de devolver la salud á la patria esquümada. 

Así lo manifestó al Comité, cuando algunos de sus 
miembros lo interrogara confidencialmente. Nunca se 
negaría á acompañar á los cruzados de la honradez 
política. 

Ya podía disponerse de su persona. Pero la invasión 
inesperada de Saravia apresuró los acontecimientos. 

No bien — habla Lamas — leí en los diarios la noticia 
de aquella audacia, comprendí que allí estaba el caudi- 
llo indispensable. Inmediatamente estuve en casa del 



I^OR, LA PATRIA 15S 

doctor Berra á renovar mi concurso y á exponer que, á 
mi juicio, era necesario ayudar á toda costa al improvi- 
sado general. 

La fugacidad del despertamiento de Noviembre no 
dio tiempo para nada. Sin embargo, la Junta me incor- 
poró de lleno á sus actividades y empezó por requerir- 
me un plan de campaña. 

Solicité de ella una nómina de los elementos dispo- 
nibles y obtuve por distintos y autorizados conductos, 
un estado de las fuerzas del gobierno de Idiarte Borda. 

El paralelo era realmente asustador. Con algunos 
centenares de fusües, escasas municiones y ayudas pro- 
blemáticas, se iba á desafiar en su propia casa á un 
poder formidable en proporción, abundante de pertre- 
chos y en aptitud de movilizar veinte y cinco mil 
soldados. 

El saldo resultaba adverso á pesar de los mejores 
empeños. 

Con todo, después de exponerlo así y cuando se me 
preguntó si mi actitud sería armónica con el informe 
desfavorable que prestaba, repliqué que de ninguna 
manera. 

Vencedor ó vencido, siempre rendiría frutos fecun- 
dos un esfuerzo ciudadano aunque se tratara de una 
locura. 

No hubo más que hablar. 

Desde ese entonces, el coronel Lamas dedicó sus 
noches y sus días á la santa elaboración. ¡El, acostum- 
brado á parar regimientos y regimientos, en posesión 
de todos los lujos de la ciencia müitar, sólo disponía 



154 F>OF^ LA. F»AXFtIA. 

de un núcleo reducidísimo de soldados harapientos para 
oponer al crimen! 

Así pues, ni Lamas ni Núñez vacüaron ante las 
desventajas del intento. 

¡Pero, cuan opuestos motivos empujaban á un mis- 
mo sacrificio á estos dos hombres que jamás hubieran 
creído encontrarse siguiendo idéntica senda! 

Núñez sentía en el fondo de su alma el torcedor 
de las pasiones violentas; Lamas, estraño á esas tem- 
pestades, obraba por inspiración de su conciencia; Nú- 
ñez entraba en escena instigado por el acicate de lar- 
gas ambiciones personales; Lamas cumplía con el de- 
ber por el deber mismo; Núñez saltaba á la costa 
oriental buscando favores que había perdido en la Ar- 
gentina; Lamas cambiaba una posición brillante y ga- 
nada en legítima forma, por rudos azares y penurias; 
el uno fué más por convicción que por arrebato; el 
otro hizo lo mismo, más por arrebato que por con- 
vicción. 

Finalmente el mayor Lamas expuso su plan de opera- 
ciones, sin desperdiciar concursos ni detalles. 

Veamos cual era. 

En oportunidad simultánea, debían invadir las diver- 
sas fracciones revolucionarias prontas, que se reducían á 
tres. La del Uruguay, cuyo comando pertenecería al co- 
ronel Julio Várela Gómez; la del norte, encabezada por 
el general Aparicio Saravia; y la del sur, compuesta de 
la división Nuñez^y otros contingentes. Invadiría la pri- 
mera, por las barrancas que existen para abajo de la 
ciudad de Paysandú, comprometiéndose á estar de cual- 
quier modo en el Paso de Yapeyú sobre el Eío Negro, el 



F»OFl LA r>ATFtlA. 15S 

12 de Marzo; haría lo mismo la segunda^ por las inme- 
diaciones de Aceguá siguiendo rumbo directamente al 
Paso de los Toros, punto de concentración general; en 
cuanto á la última, desembarcaría en el puerto del Sauce 
para recibir la incorporación de las fuerzas alzadas en 
los departamentos de Flores y San José, que se agitarían 
con algún adelanto para llegar á tiempo, — siguiendo 
luego marcha hacia el Paso del Navarro del Río Negro 
y en caso indispensable hasta Yapeyú, buscando á la 
segunda. 

Así engrosada, se daría la mano con la primera, en el 
sitio indicado, es decir, en el riñon de la República y 
dominando una zona estratégica. 

Los amigos de los departamentos restantes, podían 
agregarse obedeciendo á las inspiraciones del momento 
y teniendo presente cuanto incomodan los itinerarios 
impuestos sin previa consulta con los interesados. 

Los setecientos infantes que debió traer Nuñez, seis- 
cientos de la expedición del litoral y mil, por lo bajo, que 
se atribuían á Saravia, constituían ya un núcleo fuerte 
de cerca de dos mil quinientos hombres. 

La realidad nos demostrará con insistente crudeza, la 
benevolencia que presidió á estos cálculos. 

Baste por ahora exponer que la revolución jamás al- 
canzó á tener ni mil hombres armados á fusil. En Cerros 
Blancos, la batalla donde presentó mayor número de 
fuerzas — dos mil cuatrocientos soldados — sólo hubo no- 
vecientos veinte tiradores, según lo acreditan á la evi- 
dencia los libros del Estado Mayor. 

La proyectada concentración de los diferentes totales 
en el Paso de los Toros, envolvía una promisora ventaja. 



4 se r>OFt LA PAXFtliV 



Hasta la seguridad de Montevideo quedaba en suspen- 
so. Luego conoceremos los graves trastornos y fatalida- 
des que obstaron á su realización. 



El general de la revolución 



En cuanto al mando en jefe de la cruzada, Aparicio 
Saravia no lo pedía para sí. Más aún, solicitó del Co- 
mité que lo aliviara de ese pesado rol, puesto que no 
faltaban excelentes reemplazantes. 

En consecuencia, se exploró el ánimo del general José 
Miguel Arredondo, veterano de famosos galones y 
braviu'a. 

Aunque de edad bastante avanzada, no replicó con 
una negativa el abnegado patriota del Quebracho. 

Todavía quemaba su memoria el recuerdo de aquella 
traición y por encima de la ropa se le adivinaba el 
anhelo de desvirtuar falsas imputaciones lanzándose á 
un nuevo sacudimiento. Pero mediaron dificultades 
insubsanables y su nombre fué eliminado de entre los 
candidatos. 

Quedaba el coronel Julio Morosini, incontrastable jefe 
de regimiento, que cuando la revolución radical de la 
provincia de Santa Fé habia tomado, sable en mano, la 
ciudad del Rosario defendida por colonos suizos y 
natiu*ales. 

Morosini tampoco se mostró adverso á la honrosa 
insinuación; pero peticionó de entrada, una sólida base 
con servicio de cañones y demás. 



F>OFt LA F»ATR.IA. IST 

Este requirimiento imposible de satisfacer^ también lo 
apartaba de la empresa. 

Entonces se impuso la personalidad de Aparicio Sa- 
ravia. Ningún miembro del Comité habia cambiado dos 
palabras con él; pero á les hombres de positiva valía 
se les conoce por el carácter superior de sus acciones. 

La pasada de Noviembre, tuvo la rapidez esquiva de 
un meteoro; con todo, ella bastó para llenar de clarida- 
des breves un cielo encapotado y acumular merecidas 
admiraciones sobre la cabeza altiva de su iniciador. 

El nombramiento de Saravia fué uno de los acuer- 
dos más sabios y acertados del Comité. El mayor 
Lamas con el grado de coronel, ocuparía á su lado 
el importante puesto de Jefe de Estado Mayor y 
marcharía hasta incorporarse al grupo principal, con 
la infantería del coronel Núñez, bajo sus órdenes co- 
mo era del caso. 

Ya en el desempeño de su cometido, partió para 
el Uruguay el coronel Lamas, con el fin de informar- 
se directamente del estado de la expedición del lito- 
ral, que dividida en varios trozos para no despertar 
sospechas, esperaba la consigna. 

De allí volvió bien impresionado. Había trescientos 
fusiles, trescientas lanzas alemanas y abundante mu- 
nición. 

Siempre se tuvo ciega fé en esta columna, cuña de 
hierro que rompería por un flanco la organización del 
gobierno. Por lo demás, se trataba del contingente 
más caro en todos sentidos. Hacía cuatro meses que 
el Comité se desvivía por abastecer de elementos bé- 



4S8 I^OFt LA. F»AXFIIA. 

lieos á esta fuerza, desgranada más tarde por vientos 
de discordia. 

También visitó á los recluidos de la isla del Cei- 
bal, patriotas ejemplares, que ya antes de pasar su- 
frían indecibles calamidades, enterrados en aquellos lu- 
nares de tierra enmarañados y anegadizos. 

Favorable impresión mereció ese plantel colocado 
en pié de severa disciplina, gracias á los esfuerzos del 
coronel Núñez en primer término, y del querido co- 
mandante Pons después. La isla era un verdadero 
cuartel. 

Ya estaban prontos á entrar en ejercicio las inva- 
siones preparadas por el Comité. De los afanes del 
general Saravia sólo se sabía por referencias dema- 
siado optimistas, que en los alrededores de la ciudad 
de Bagé agitaba su prestigio. De cualquier manerar 
sucediera lo que sucediera, él no faltaría al llamado 
supremo, y esto bastaba. Los asuntos de la frontera 
terrestre corrían de su cuenta exclusiva. 



Las fuerzas del gobierno 



Recontado ya el capital en hombres, de la revolución 
en ciernes, muy cercenado, volvemos á repetirlo, cuando 
sonó la hora de formarlo sobre el terreno, — echemos una 
vista rápida sobre los elementos de que disponía el 
gobierno de Idiarte Borda, para oponer á los heraldos dé 
la libertad. 

Este otro saldo no puede molestar desde que sirve 



F»OR, LA. FAXFIIA lo© 

para establecer una comparación necesaria. Por otra 
parte, como en el curso de la campaña tropezaremos con 
todos los jefes de cuerpo del gobierno y alcanzaremos á 
divisar la silueta imponente de catorce generales, no 
incomoda adelantar las presentaciones de estilo. 

Ya antes lo expusimos. La República era un dilatado 
campamento al abrirse el año 1897. A no estar en ante- 
cedentes del duelo que se perfilaba, hubiérase imaginado 
que el país se aprestaba á tremendas colisiones interna- 
cionales. 

La leva, husmeando hasta los más apartados rincones, 
había hacinado en los centros urbanos, centenares dé 
servidores á la fuerza. 

Parecía imposible morder con alguna probabilidad de 
éxito en aquella sólida coraza humana. 

Estaba destacado en Paysandú, el batallón de infan- 
tería número 2, al mando del coronel Ricardo Flores. 
El número 1 de la misma arma, á las órdenes del coronel 
Cipriano Abreu, el número 3 á las del coronel Sixto Ro- 
dríguez y el número 4 á las del coronel Pedro Etcheve- 
rry, esperaban en Montevideo donde acababan de orga- 
nizarse el batallón de Marina, mandado por el coronel 
Lope Bolani, el Urbano, por el comandante Gervasio 
Galarza, el Guardia de Cárceles, por el coronel Gumer- 
sindo Aguiar y el Presidente, por el coronel Crístóbal 
Ferreira. Cada uno de estos cuerpos contaba arríba de 
cuatrocientas plazas. 

El regimiento de caballería número 1 á las órdenes 
del coronel Juan Pedro Beltrand, prestaba guarnición en 
el Arapey, dominando el vérticQ noroeste; el número 2, 
á las del coronel Pablo Galarza, apostado en la confinen- 



íleo POFt LA PAXFllA 

cia del Eío Negro y del Uruguay vigilaba el lado infe- 
rior asomado sobre esa graciosa azotea que ae llama 
Mercedes; el numero 3, á las del coronel Julio Gutiérrez, 
mantenía su cuidado sobre la línea del Yaguaron y ea- 
beceraa del Rio Negro; el número 4, á las dtl corouel 
Juan M. Barrióla, ñuctuaba entre el Durazno y Trinidad 
en situación volante. 

Estas fuerzas no eran menores en número que las 
infanterian. 

La Artillería Ligera mandada por el coronel Adolfo 
H. Pérez, la Artillería de Plaza, por et coronel Zetidn 
de Tezanos, y un flamante plantel de igual arma dota- 
do de cañones Bange y Canet, que pulverizarían hasta 
la sombra de los rebeldes según el órgano oficial, por 
el mayor Sebastian Buquet, aguardaban la oportunidad 
de entrar en luego. 

Como «i esta exuberancia guerrera no fuera bastante 
para aplastar entregada á hábil dirección, cualquier 
asomo de protesta, se mihtarizó á todas las pohciaa de 
todos los departamentos, que agregadas á las Compa- 
ñías Urbanas reforzadas y á las divisiones improvisadas 
por los tenientes bordistas, daban en cada zona de 
esas un promedio de setecientos guardias tutcio?iales. 

Simienioe á estas cifras las cantidades parciales que 
an-oja el servicio de las costas y la dotación de la es- 
cuadrilla, y nada cuesta tocar un término final de 
veinte mil hiimbres repartidos en espectatdva estraté- 
gica dentro de un territorio diminuto. 

Para cerrar liasta el último intersticio de peligro por 
las vías Aúnales, la m-mada iiiicional bajólas órdenes 
iumediatas del coronel Franldin Bayley que enarbolara 



POR, LA 



la insignia almirante en la caBonera General Rivera, 
instauró una vigilancia constante investigando noche fC 
noche, con la ayuda de potentes focos eléctricos, la 
extensión alborotada de nuestros grandes ríos. 

Integraban esa fnerza navál, las cañoneras General 
Artigas y Snarex mandadas respectivamente por los 
comandantes E,íseo y Bomero; y una flotilla de trans- 
portes, antiguos algunos, improvisados otros, entre los 
cuales recordamos al Tangarupá, Chapicuy, Fran- 
cisco Vidielta, Vigilante, Saiuie, Rayo, Lavalleja y 
Zufriategui. 



Un ejército pretoriano 



Nos es sensible vemos en la obligación de exhibir 
así, ampuloso y ridículo, al ejército oriental de mar 
y tierra. Pero fuera de que la veniad histórica lo 
reclama, quizás sea conveniente descubrir la condi- 
ción degenerada de quienes deformaran de manera ini- 
cua su brillante ministerio, convirtiéndose de altivos 
guardianes de la ley, en mansos inatrumentos de la 
usurpación. 

Por lo demás, el ejército fnij cómplice conociente é 
interesado de todas las perversiones píiblicLts. Ligacl'^ 
por el cordón umbilical de \'ie¡i.it- rcrinxados ,i' ' 
rrupción reinante y herediuLi, el niiiiifio (^ 
tigio rodó por el fango cu Iíí jiocíi' 
ciertamente que no eontribiijcruii ií 
menes sin testigos pero con ü^ent 



■ fOI^ LA. F-AXFtlA 



las dianas con música; la concurrencia mercenaria á 
los atrios de mascarada; y en tiempos mj(s recientes, 
escenas tan lúgubres y aleves como la masacre de la 
Unión. 

Siempre sirvió de espaldar á las más reprobadas 
violaciones, confinidiendo lastimosamente los deberes 
sin sombra de la disciplina, con el sometimiento sin 
protesta, lí la coyunda del despotismo civil. 

Esa negativa pertinaz á la honrada información po- 
lítica; ese homenaje absoluto á la autoridad mal 6 
bien amasada; ese asentimiento á los escarnios con- 
sumados, á pretexto do salvar ilesa la estabilidad mi- 
litar, importa un ai^nmento enfermo, cojo y sofístico 
que bríuda pié Á las p^res abdicaciones y quiebra 
todas las cer\'ices. 

Si para ad<|iiínr pros-puridad oii el ejercicio de una 
carrera ó ¡(rofcsiúii, se impoue dcscoiiiponer los ele- 
mentales mandatos de la voz* moral y apuntalar igno- 
Eiias, y ofrecer acatamiento ií lo corrupto, y disi- 
üdio lí las punilcDcias 6 infei'ir burla á las 
del ¡jntiiotismo, reverenciadas en lo íntimo, 
el jefe no mira, maldita sea tal profesión ó 
■'0 pai'a redituar honores, desgarra y prosti- 
■ce l<js sagrados cariñqp de la conciencia. 
Bueno está que en las lides ásperas de 
dan algún poco las seductoras con- 
'vidad teórica, encerradas dentro 
lidaJos de terciopelo 
biienii está que el ca- 
iiüicio (i<'írCuento alamor- 
: bueno está que 




F>OFt LA. PATFIIA ±&S 

impulsiones de moderación y de común interés, decre- 
ten á menudo medias tintas donde el criterio artístico 
independiente de reatos, hubiera puesto colores acen- 
tuados; pero de ahí á abjurar de la consecuencia, á 
convertir la fidelidad en esclavitud, á romper la pa- 
tente de ciudadano, á sacrificarlo todo por el unifor- 
me, hay uu abismo de insondable profundidad. 

Eso fué lo que no quiso entender la mayoría de 
la oficialidad gubernista. Por lo contrario, en vez de 
envainar la espada, yo sé de jóvenes galoneados, ins- 
truidos y capaces, que han lamentado no haber salido 
á campaña para obtener ascensos; sin recordar que 
los laureles ganados al precio de una guerra entre 
hermanos nunca tienen lozanía, y ellos son doblemente 
repudiables, pertenecen á lo oscuro, cuando sirven de 
atributo á los más fuertes, á los más airados y á los 
desposeídos del derecho. 

Desde un año antes de producirse el sacudimiento, 
nadie discutía que el decoro del país reclamaba vien- 
tos de borrasca. Era sangriento el espectáculo de aquel 
comercio infame con las imágenes del templo. Nada 
atenuaba tantas depravaciones. 

Entonces, toda la prensa, toda la opinión honesta, 
todos los espíritus equilibrados, aprobaban la reacción. 

Sólo se decía en su contra: — No es posible ^ • *- 
far. Las palmas del martirio nos pertenecen poi 
lancólica tradición. 

El ejército, único pedestal y pedestal conciente de la 
causa corruptora que contaba con ejemplares de distingo 
color político, sonrió sin economizar altanería, al cono- 
cer los preliminares redentores. La bota de hierro 



M 



ie-4 POFt LA. r>ATFtlA 

estropearía el nuevo ensayo. Y cuando un puñado • de 
desesperados entró al suelo nativo evocando sombras 
augustas^ cayeron en montón sobre ellos, con la saña 
impía del chimango. 

He leído alguna carta insolente de algún jefe, que 
pedía publicidad para su promesa de aventar á los infe- 
Kces revolucionarios; y sé que en su avidez de concluir- 
los, marcharon ese y otros, jornadas que parecerían 
imposibles si no constaran en Diarios de campaña. El 
2.® de Cazadores ni comió, ni descansó, ni paró hasta 
alcanzar al enemigo, creído muy inferior en número, 
según declaración propia. 

¡Oh, la severa lección de Tres Arboles, cuanto bien 
no hizo y hará! 

Tampoco olvido que cuando el desigual choque de 
Cerros Blancos, en circunstancias de ser uno contra 
tres; de creérsenos ahogados por el número; de estar 
aprisionados como una nuez entre los dientes de una 
tenaza, se nos crucificaba á tiros, á los gritos de: / Viva 
Miarte Borda! ¡MueraJí los blancos sarnosos! Ese era 
el coro puesto al trueno de los cañones! 

Aléjense de mi recuerdo esas reminiscencias ingratas. 

Aquellos insultos hirieron más que los oídos las fan- 
tasías del ideal. 

Desde que la justicia del empuje no admitía contro- 
versia, ¿porqué motivo fueron en su contra quienes así 
podían y debían comprenderlo? 

Si costaba mucho imitar el ejemplo sin tacha de 
aquel caballeresco coronel Francisco Borges, que soli- 
citaba su baja del ejército argentino hoy, para darse 
mañana de alta en las filas cívicas, ¿porqué no elimi- 



narse de la lacha activa^ antes de ir á favor de la 
impopularidad y del crimen? 

No inspiran estos párrafos brisas de rancio secta- 
rismo. Para probarlo casi no necesitaríamos exponer 
que á nuestro humilde juicio y aun considerándolos co- 
laboradores en afanes de desquicio institucional^ mu* 
cho más valen los caudillos de las guerras pasadas, 
con sus odios sentidos, amores de trapo, y bárbaras 
pasiones, que los sostenedores interesados y sin en- 
tusiasmo de estos últimos gobiernos. 

Como quiera que se les juzgue — y yo lo hago con 
ssveridad, — eran hombres sinceros y convencidos los 
soldados de Coquimbo, de las Cañas, del Sauce y Ma- 
nantiales. 

Todavía el partidismo clásico con todos sus capri- 
chos intolerantes, germinaba vigoroso. 

Pero no puede decirse lo mismo de los que vinie- 
ron después. Encabezada por Tajes, toda la clase mi- 
litar peleó ufana y contenta en el Quebracho contra 
toda la clase civil. ¡Allí, ni el pretexto del ataque tra- 
dicional cabía! 

Pasan dos lustros, y esa clase militar mantenida 
cdn los impuestos que paga el pueblo, vuelve á alis- 
tarse llena de alegría, á pesar d^ reconocer intolera- 
ble y podrida la situación que afianza. 

Ningún calor expontáneo; ningún afecto recio; nin- 
gún deber, la conduce á ese extremo. Sólo la ambi- 
ción de fundar de cualquier manera, títulos, muchos 
títulos, interrumpe en forma sacrilega el sueño de la 
espada. 

Esta amarga censura que bocetamos de frente, va 



lee F»ort la. f>axr,ia 

dirigida muy en especial, á los ex-alumnos de la Es- 
cuela Militar, á los jóvenes que aprendieron en sus 
bancas honradas, ciencia, co rdura y pundonor. 

Son tan pocos los de entre ellos que piensan con la 
alta corrección ciudadana de mi distinguido condiscí- 
pulo el teniente Vicente Magallanes, y que saben sobre- 
poner á la divisa de partido la amplia divisa de la 
consecuencia cívica! 

Ojalá concurra en alg(» la exhibición desairada que 
apegándonos á lo cierto, haremos en estas páginas, de 
un ejército mercenario que con su incondicionalismo 
perdió la regalía de llamarse Nacional, — para prestar 
estribo á reflexiones tranquilas y preparar la desapari- 
ción del funesto cisma que separa á los civiles de los 
militares! 

Caigan las aberraciones y perezcan las soberbias de 
cuartel, para ser reemplazadas por la alianza del poder 
y del derecho, que hará siempre factible el arraigo de 
las libertades. 

El interés malsano de comandita antepuesto á las 
supremas exigencias del equilibrio social, había decre- 
tado el estrañamiento de toda gestión pública, de los 
afiliados á un partido que iban traspasando á sus des- 
cendientes el monstruoso anatema. 

A los nacionalistas no les estaba permitido votar, ni 
prestar culto á sus convicciones, ni soñar con una polí- 
tica amplia de coparticipación. 

La patria de los orientales convertida en patrimonio 
exclusivo de una fracción, degeneraba en feudo donde 
la soberanía era un estorbo. 

Con azotes, castigaban los comisarios y jueces de paz 



POR. LA. F>ATRIA ler 



el uso legítimo de golillas simbólicas é inocentes; con 
pronta nremisión á los cuarteles, la protesta de la debili- 
dad abrumada; con iras que prometían persecuciones y 
hostilidades, las discordancias con el humillante criterio 
oficial 

Era admisible la eternización de tales cacicazgos? 
Los últimos cuadros estadísticos de la Argentina, apre- 
ciaban en ochenta mil el número de compatriotas radi- 
cados en aquel territorio. Cifra ésta que representa 
otros tantos factores de trabajo perdidos, que arrastra- 
ron con su alejamiento hogares aquí formados, para 
engarzarlos en medio más propicio. 

Treinta años de persistencia en el mando habian 
relajado materialmente las energías de una colectividad 
que en sus buenos tiempos pudo tener enterezas. Treinta 
años de dominio á diario más absorbente, ofrecían á los 
pueblos americanos el espectáculo degradante de una 
nación en plena gleba. 

Este solo argumento fundaría el estoico alarde, si. no 
hubiera existido además el de la subversión en todas 
las esferas gubernamentales. La vida de las sociedades 
es un compuesto variado de movimiento, de actividad 
y de luz. Hasta las aguas estancadas merecen el ca- 
lificado de aguas muertas, y ellas no alcanzan á con- 
fundirse con ningún organismo. 

Por eso resalta hermosa y depurada la actitud del 
Partido Nacional, que no preguntó cuantos eran los dis- 
puestos al sacrificio, ni adelantó cálculo de probabili- 
dades, ni quiso pensar en la loca temeridad de su im- 
pulso. 
Su moral política imponía el estallido á fin de sal- 



les P>OFl, LA F»ATr:i.v 

var el honor de la insignia; y allá fueron legionos des- 
amparadas á castigar el delito de quienes implantaran 
hábitos de toldería en las costumbres de una naciona- 
lidad robusta. 

La guerra salta á la vista como el recurso que si- 
gue á los contrastes irremediables. Se la proclama y 
exige cuando sólo las fulguraciones tempestuosas pue- 
den abrir claridades en una bóveda cerrada. El la- 
brador suele quemar la extensión de sus campos^ como 
única manera de estirpar yerbas bastardas cuyas ce- 
nizas preparan un fuerte abono, ¿y acaso la eficacia 
de este procedimiento no tiene parentescos atendibles 
en otros escalones de elaboración? 



El manifiesto del Comité 



Y véase la situación desesperada del Comité de 
Guerra. Apesar de las simpatías evidentes con que el 
espíiitu público de ambas orillas acompañaba los pre- 
parativos del pronunciamiento, le era en extremo difícil 
combinarlo con la urgencia del caso. 

Ya en otro lugar, nos hemos ocupado con algún 
detalle, de las dificultades monetarias que en aquella 
actualidad honrosa estorbaron la acción enérgica del 
Comité. 

A tales contratiempos, se agregaban algunos no menos 
serios. Fuera de que la comunicación con los amigos 
del territorio oriental se hacía ya difícil, debido á la 
tirante vigilancia del gobierno de Montevideo, nada 



F»ort LA. r*.VTr^i-V ic3D 



bueno brindaban las alternativas adversas ó favorables 
del gobierno de Buenos Aires, 

Demasiada ha sido la bidla hecha alrededor del con- 
curso prestado por las distintas autoridades del pueblo 
vecino. Si la masa de la nación hermana testimonió en 
todas formas á la revolución^ el afecto que le merecían 
sus idealeS; es indudable que los hombres encargados 
del poder, poquísimo hicieron en homenaje á las estre- 
chas vinculaciones de la virtud politica que ata á am- 
bas sociedades, á idénticas alegrías é idénticos dolores. 

En párrafos más detenidos, estudiaremos el carácter 
singular de tal conducta. Por ahora, baste decir que el 
puñado de emigrados escondido en el centro de las 
islas del Paraná, fué desbaratado varias veces por or- 
den superior; pero en atenuación de semejante aspereza, 
debemos declarar que la insistencia porfiada y precisa 
del ministro Frías, instrumento sin arrugas de Borda, 
obligó á más de una hostilidad deplorable. 

Los últimos contingentes de tropa sólo pudieron sa- 
lir de la capital federal en columnas nocturnas. 

Esquivando ataques, apartando escollos y venciendo 
obstáculos, se abrfo el mes de Marzo, el mes de las 
reivindicaciones populares. Faltaban los toques finales, 
aunque todo denunciaba la proximidad del arrebato. 

Entonces hubo de modificarse el plan de campa- 
ña acordado incorporando la expedición del Uruguay 
á la del sur. De esa manera, mil infantes en cifra 
redonda, habrían pisado el suelo oprimido. 

El carácter problemático de esta conjunción de frac- 
ciones que exigía arranque simultáneo para rendir el 



fruto esperado, inclinó al desistimiento de ese pro- 
pósito. 

La razón apuntada poseía fuerza. Sin embargcá 
haberse procedido así, las fuerzas invasoras en vez 
de astillarse en condiciones funestas, habrían integra- 
do un total irresistible. 

Estando tan avanzada la tarea era llegado el mo- 
mento de proceder á la preparación de un manifiesto 
dirigido al país cuyo destino se iba á modificar, ex- 
poniendo el motivo inmediato de la revolución y las 
causas mediatas de orden político, moral y financiero, 
que le otorgaban sólidos antecedentes. 

Bastaba con dar forma de ramillete á la enuncia- 
ción de las profundas y notorias irregularidades do- 
minantes. 

Va á continuación el mencionado documento, cuyo 
texto apareció en la prensa bonaerense, después de 
producirse la invasión: 

EL COMrrÉ REVOLUCIONARIO DEL PARTIDO NACIONAL, 

AL PAÍS 

«El Partido Nacional, con su tranquila decisión cívi- 
ca de siempre y en consonancia con sus antecedentes, 
sus programas y su significación como elemento esen- 
cial de la nacionalidad oriental, se resuelve á aceptar 
su puesto de combate en el nuevo intento armado, ya 
indeclinable, á que es provocado por el poder opresor 
que domina en Montevideo, ultrajante para todos, y 
entra al escenario público, alta la frente, en demanda 



F»OR LA PAXFtIA i TI 

de correcciones radicales en la desgraciada actualidad 
política y financiera de la República. 

«En tan solemnes momentos^ y á fin de que no sean 
calumniados los móviles que lo impulsan^ sentimos la 
necesidad, en nombre de aquel partido, de hacer algunas 
declaraciones que entre amigos y adversarios de causa 
determinen con exactitud la índole y las proyecciones de 
la lucha que se inicia, no obstante que la historia de 
nuestra agrupación política, desde que se constituyó en 
suelo oriental una nación independiente y soberana, es 
garantía efectiva de que al asumir rol belijerante, cede 
tan solo á los dictados del deber patriótico y á impulsos 
eminentemente nacionales en la amplia política de 
conciliación que encarna, y en la honradez administra- 
tiva más severa y más ejemplar que atestiguan sus 
anales. 

«Siendo esto solo cierto, lo experimentado y lo que 
la historia ya consagra en favor del Partido Nacional, 
pudiera, con todo, suponerse en tiempos de moral polí- 
tica tan olvidada como los actuales, que en las filas de 
ese partido predominan hoy, merced á sus tantos moti- 
vos de agravio, sentimientos exclusivistas y rencores 
partidistas, opuestos al funcionamiento libre y por todos 
compartido del gobierno institucional que anhela la 
nación. 

«De ahí el motivo de esta exposición; de ahí la con- 
veniencia pública de fijar con toda la claridad posible 
los rumores y los objetivos del movimiento de opinión y 
de fuerza que agita al país; de fijar también la actitud 
en que se presenta el Partido Nacional ante las otras 
fracciones políticas que, en la medida de su importancia 



17^ FOR, LA. PATR.IA 

relativa, componen con él la entidad pueblo; de ahí la 
necesidad de exponer juicio sobre el grado de impor- 
tancia que atribuye el mismo partido al elemento con- 
servador y esencialmente productor del país; de mani- 
festar cuáles las bases que anhela cimentar cada vez más 
con el fin de concurrir á que se mantengan amistosas y 
progresivas y útiles las relaciones internacionales tanto 
con la Europa como con la América; de proclamar con 
toda claridad cuál es el enemigo que se apresta á com- 
batir sin tregua ni descanso, como exigencia que le 
está impuesta por los principios de su programa, en 
busca de la felicidad de la República. 

«Sin propósito de revivir recriminaciones del pasado, 
puédese ya afirmar con serenidad de juicio, que el 
partido adversario del Nacional vino de mala manera al 
poder y que de peor manera se mantiene en él. 

«No justificará nunca la historia el hecho de su atar 
que contra el gobierno constitucional de 1860, porque 
el derecho extremo de la revolución solo es permitido 
á los pueblos ejercerlo cuando el poder público no res- 
peta la libertad política consagrada en la ley y cuando 
falta, sin frenos legales^ que lo detengan, á sus deberes 
como poder administrador, malversando el tesoro públi- 
co que el pueblo crea y sustenta para que le garantan 
sus derechos y se robustezca la iniciativa individual 
en sus múltiples manifestaciones, á objeto de que sea 
siempre su resultante el progreso, en la acepción más 
amplia y más armónica con la civilización. 

«Sólo en ese caso extremo la revolución en un de- 
recho como le imponen hoy las circunstancias, y huelga 
decir que el gobierno presidido por el virtuoso ciuda- 



I 
1 

«' 



F»Ol^ LA F»A.XF<,IA lYS 



daño don Bernardo Prudencio Berro, siempre respe- 
tuoso para con la ley y cuya honradez en la adminis- 
tración pública se ha hecho proverbial entre propios 
y entre extraños, no dio pretexto siquiera para jus- 
tificar tales extremos. 

«El partido dominante de aquella época á nuestros 
días, no sólo vino así de esa manera al poder, sino que 
lo conserva con usurpación, porque una colectividad 
política sólo puede alcanzarlo legítimamente y afian- 
zarse en él cuando usa de elementos propios con raí- 
gamcn popular, demostrando en la lucha cívica que 
constituye mayoría; y ese partido no ha sabido con- 
servar vinculaciones sólidas en el país, desprestigiado 
por sus repetidos desaciertos. 

«Esto se prueba con hechos indiscutibles; lo dice 
sin discrepancia alguna, la opinión pública, expresada 
por la prensa nacional y extranjera, y lo han esta- 
blecido con toda la vehemencia de una convicción 
profunda, desde el diario y desde la tribuna parla- 
mentaria, hasta los propios hombres del partido domi- 
nante, — aquellos en quienes no ha hecho presa la 
coirupción que degrada y el incondicionalismo que 
envilece^ aquellos para quienes primero están las exi- 
gencias del decoro nacional que el predominio parti- 
dista, cuando éste sólo .se obtiene mediante el sacri- 
ficio extremo de las instituciones juradas. 

«Durante ese predominio que ya lleva más de treinta 
años, la república, salvo momentos fugaces, ha sufri- 
do todas las amarguras de que puede ser pasible una 
nación independiente. 

«Ha visto suplantados sus métodos de política cul- 



dT-4: F»OFt l^.A. F>ATFIIA 

ta y adelantada por retrocesos más condenables en 
manos, como han estado sus destinos, de la ignoran- 
cia y de la perversidad; ha visto conculcadas sus ins- 
tituciones con los retrocesos hacia épocas de barbarie; 
y maltratados sus hijos descollantes, hasta el extremo 
de que hayan caído muchos de ellos heridos por la 
bala traidora 6 el puñal del asesino. 

«Más todavía: la República ha presenciado y pre- 
sencia la malversación de las rentas públicas en to- 
das sus formas; el aumento de su deuda en más de 
ciento treinta millones de pesos, y la depresión ver- 
gonzosa de su crédito. 

«Pudiera, por tales razones, creerse que el Partido 
Nacional, cuyas aspiraciones é ideales se identifican 
con los de la nación, se levantara hoy en armas para 
vengar las afrentas recibidas. No; otro es, y más ele- 
vado, y más trascendental su propósito. 

«El deja al publicista la ingrata pero saludable tarea 
de hacer, para que sirva de escarmiento, la historia 
de ese periodo sombrío; la de procesar ante la civili- 
zación política americana á aquellos que durante ese 
periodo han contrariado los designios de ésta, á aque- 
llos que han falseado los dogmas republicanos y cons- 
pirado contra el gobierno institucional. 

«El Partido Nacional, consecuente con sus princi- 
pios y su conducta, pone de lado en la hora presen- 
te ese pasado, animado de espíritu de tolerancia fra- 
ternal y sincero, para sólo pensar en el porvenir. Se 
iergue vigoroso en el presente, porque defiende una 
causa santa, pero sin odios ni rencores, ni siquiera 
contra las camarillas personales que pretende debelar. 



No viene á esgrimir sus armas contra los hombres 
tan solo porque lleven esta ó aquella divisa, que bien 
poco ó nada significan en el terreno de la ciencia y 
de los principios de buen gobierno; sino que viene á 
luchar contra el sistema de dominio opresor creado por 
una colectividad ya incapaz, confiada como está á la 
dirección de esplotadores pervertidos, colectividad que 
parecería existente tan solo para la suplantación de 
la libertad política y de la regularidad administrativa 
por la voluntad arbitraria é insolente, y por los cálcu- 
los deshonestamente interesados de camarillas rapaces. 

«Ese sistema negatorio de nuestras leyes, ofensivo 
á nuestro decoro y que estenúa á la República ce- 
gándole sus fuentes de riqueza, que hace obscuro é 
incierto su porvenir, que la empequeñece ante las de- 
más naciones civilizadas, ese sistema es por tal causa 
el enemigo irreconciliable del Partido Nacional; con- 
tra él se arma para combatirlo sin tregua y sin va- 
cilaciones, hasta en sus últimos atrincheramientos. 

«Y ha de vencerlo, porque hasta por acción del tiem- 
po, la fracción política que domina tan sólo para la es- 
poliación está imposibilitada para regir los destinos 
nacionales, siendo lo que son los progresos de la ra- 
zón pública. 

«Y lo ha de vencer á ese régimen de gobierno; pri- 
mero, en los campos de batalla, porque es de esperar 
que el ejército de línea, único apoyo de esos círculos 
personales que nos afrentan á todos, al fin se ha de con- 
vencer de que sirviendo intereses de camarillas oligár- 
quicas y corrompidas se degrada y no sirve otra con- 
veniencia ni llena otro rol que el de pretorianismo. 



dTe F»Ol^ l-A. F>ATR,1A 



«. 



Después lo vencerá en torno de la urna comicial 
por la consagración, que habrá reivindicado, del su- 
fragio libre, á fin de que el pueblo en sus diversos 
componentes ejerza sin trabas su legítima «soberanía, 
pues ya es tiempo de que gobernantes y gobernados, 
sometiéndose sinceramente al imperio de las institucio- 
nes, desempeñen sus grandes cometidos: éstos creando 
la autoridad pública, y aquéllos ejerciéndola tan solo 
en cuanto sea necesario para garantir el derecho de 
todos. 

«Se irá más lejos todavia para la realización de tal 
propósito eminentemente nacional y republicano. Con- 
curriendo á la efectividad del gobierno del pueblo por 
el pueblo, se ha de propender á que también el extran- 
jero tenga la participación posible en las gestiones de 
la cosa pública; pues no es justo, ni práotico, ni polí- 
tico, mantener como elemento extraño, indiferente y 
pasivo ante las evoluciones de nuestra vida institucio- 
nal, al productor y consumidor, agentes de riqueza 
incorporados á nuestro progreso por su inteligencia, 
por sus trabajos y sus capitales. 

Urge, pues, darle voz y voto por lo pronto en la 
dirección del Municipio, en el gobierno de la comuna 
que es el primer paso hacia el gobierno de la nación. 

«En cuanto á las relaciones internacionales, nada 
tiene que decir el Partido Nacional como promesa de 
futuro, pues su conducta en el pasado es la mejor 
prenda de que será siempre un factor decidido para 
fomentar el intercambio comercial con los mercados de 
Europa y para propender á consolidar en la América 



F»OFt LA F»ATFtIA iTT 

hermana la confraternidad y solidaridad entre los pue- 
blos que comparten su dominio. 

«Tales son, suscintamente expresados, la índole, los 
propósitos y las proyecciones de esta lucha que se ini- 
cia. El pueblo nacional y extranjero ha de decir si el 
triunfo de nuestra causa se impone en bien de los más 
vitales intereses de la República, que nació al mundo 
de las naciones al fulgor de combates hercúleos, de 
abnegados sacrificios, y que hoy contempla, derruido 
por el poder central, el augusto edificio de sus institu- 
ciones democráticas; convertir en acto legal la doctrina 
atentatoria á la soberanía nacional de permitir á los 
gobiernos á título de influencia directriz, desviar el 
fallo de la opinión en el sufragio, — teoría maquiavélica 
que destruye en su base el sistema republicano, hacienda 
irrisoria la renovación de los poderes públicos que 
jamás ante la ciencia política constituirán autoridad 
legítima, y si mera usurpación de funciones, en tanto 
no emanen directamente del libre ejercicio del voto 
popular. 

«La Constitución del Estado declara á los que así 
infringen tales principios, reos de lesa nación, sean ellos 
simples particulares ó funcionarios públicos, y desde 
hace sendos lustros, los gobiernos de la República están 
en nuestro escenario político en abierta rebelión contra 
nuestra magna carta, contra las leyes que rigen el or- 
den político y social. El Estado para tales mandata- 
rios, no es una identidad destinada á realizar el bien 
común, á respetar el derecho de todos y cada uno de 
los asociados, á no violar ningún precepto legal y á no 
dejar sin sanción el delito. Es por el contrario, xin 



patrimonio exclusivo del más audaz^ que en alas de 
eapríchosa aventura, escala el poder público, para dege- 
nerarlo hasta hacer de él un centro de opresión y 
absolutismo. 

Así, vemos hoy, como en administraciones anterio- 
res, al actual gobernante sustituyendo la patria de todos 
los orientales por un feudo de su dominio, en donde 
no impera más ley 6 regla de acción que su persona- 
lismo; que elimina la seguridad individual arrancando 
del seno de los hogares á digno*? ciudadanos para se- 
cuestrarlos en los cuarteles; que permite el degüello 
de nuestros correligionarios como medio de aminorar 
las filas que le son contrarias; que suprime el meeting, 
palanca eficiente del progreso moderno en política, por- 
que ve en el ejercicio del derecho de asociación, fuer- 
zas morales, corrientes de opinión que protestan contra 
sus actos ilegales y nefarios. 

«El país, repetimos, no quiere más gobiernos que 
sean electores de asambleas, que permitan al poder 
central violar la Constitución impunemente. Cansada 
está la nación de soportar directores que no estable- 
cen equilibrio entre las rentas y gastos públicos; de- 
sea la República supresión de impuestos indebidos que 
no ^alelven al seno del pueblo en forma de servicios 
reales; cesación de los empréstitos como un medio con- 
tinuo de vida, pues ellos no constituyen en el pre- 
sente y porvenir sino un legado esencialmente one- 
roso que una generación deja á otra; concluir para 
siempre con estupendos negociados de coima usuraria, 
frecuentes en esta administración, cada vez que se trata 
de realizar una obra pública, y que perjudican moral 



POR. LA. P>AXFtIA l'T© 

7 materialmente al Estado en el propio movimiento 
económico de la circulación de la riqueza. 

«Para el Partido Nacional, en el momento histórico 
por el cual atraviesa la patria, son esto sus ideales 
más levantados, y por ellos, que son los de la misma 
libertad política y económica, va á combatir el go- 
bierno absoluto que hoy deprime á la nación. 

¡Orientales! ¡Hermanos en nuestro santo evangelio 
republicano! ¡Id á aumentar las filas de este movimiento 
viril de opinión, pues que él lleva en su seno la fuerza 
redentora del derecho y de la honradez administrativa 
que, — una vez germine en el poder público sin restric- 
ciones odiosas, ni ambiciones de facción, — hará la fe- 
licidad de los orientales sin distinción de filiación po- 
lítica, bajo la éjida de nuestra constitución y nuestras 
leyes! 

«¡Id, correligionarios á robustecer la acción común 
de una asociación cívica que ha resistido al naufra- 
gio de las instituciones, en pugna con los gobiernos 
de fuerza, y que se conserva á través del tiempo den- 
tro de la pureza no desmentida de sus ideales, y te- 
ned en cuenta que el que cae en esta lucha contra 
la opresión, no muere; la posteridad conservará su 
nombre en el libro de oro destinado en cada pueblo 
á la historia de lo heroico y de lo justo! 

Marzo de 1897. 

Eustaquio Tomé, Juan José de Herrera, 
Presidentes honorarios.— Ji^an Ángel 
Oolfarini, Presidente. — Duvimioso 
Terra f Secretario.» 



480 POFt LA F»ATF11A 



Apreciando ese documento 



Esta exposición de motivos pudo tener un desarrolla 
más vigoroso. Quizá no le sobra el nervio y el colo- 
rido vibrante que caracteriza á las producciones de so. 
f ndole. Pero nadie discutirá el espíritu valiente y patrió- 
tico que presidió á su redacción. En un país como el 
nuestro^ tan castigado por reiteradas burlal literarias, 
por brillantes promesas desmentidas en la práctica, poco 
puede preocupar la forma cuando en el fondo, en la> 
esencia de los pensamientos^ estriba la capacidad de sa 
signiEicado. 

Algún distinguido cronista ha encontrado inconve- 
niente el resuelto proceso que del partido dominante se 
hace en el manifiesto del Comité^ como si viera en tal 
actitud, un obstáculo á la colaboración redentora en; 
alianza con los colorados. 

Pensamos de manera muy diferente. En parte para 
responder con éxito á ese argumento gastado, nos he- 
mos detenido en el análisis de los repetidos esfuerzos 
coaligados contra situaciones deprimentes y deprimi- 
das. La historia de nuestras grandes calamidades con- 
temporáneas, nos convence de la esterilidad de la ac- 
ción aunada, deslumbradora en el terreno de la espe- 
culación científica. 

La revolución tricolor que reunió en potente haz 
á los ciudadanos dignos, fué un completo fracaso. Ni 
siquiera pudo conseguirse el uso de la divisa del mo- 



mentó con una combinaci<5n de colores ajustada á 
igualdad. 

Entonces^ el cuerpo del movimiento lo puso el Par- 
tido Nacional con abn^ación fuera de controversia. 

La revoluci<5n del Quebracho importó una segun- 
da edición de aquella derrota dolorosa, aumentada y 
corregida en sentido antagónico al de la buena causa. 

Días antes de invadir^ los colorados revolucionarios 
hicieron depender la concurrencia del general don En- 
rique Castro de la proclamación de una candidatura 
presidencial roja, para después del triunfo. 

Antes del choque ya se pensaba en los despojos. 
. Pues bien, ni una última concesión en ese rumbo 
alcanzó á borrar roncas anarquías; y sin necesidad de 
ocurrir en demanda de opiniones decisivas, todos sa- 
bemos que el sentimiento público explica el desastre 
de 1886 por los criminales manejos de la intriga 
partidista. 

El único esfuerzo violento que pudo conmover has- 
ta nuestros días el pedestal de los malos gobiernos, 
fué la cruzada del general Timoteo Aparicio, la más 
desheredada y escasa de elementos, y la más fecunda 
para el bien general. 

Es esa la única vez en que los voluntarios com- 
batientes han figurado por mulares; y es esa la única 
vez en que los opresores han rendido acatamiento, 
aunque mediano, á las aspiraciones honestas. 

De consiguiente, ni bajo la faz de la conveniencia 
material seduce esa fusión, imposible por otra parte 

Si; imposible. En efecto, ante los riesgos de una 
pérdida del predominio, desaparecen las veleidades brio- 



18« F»OR. LA r>ATI=;iA. 

sas de la colectividad dominante. Todo tiene acepta- 
ción menos la probabilidad remota de sentirse aparta- 
dos de la altura^ cuya propiedad consideran legitimada 
por el ejercicio de una posesión no interrumpida. 

Y como para entrar de lleno en la senda legal, se 
requiere demoler el edificio oscuro que han levantado 
tantas degradaciones acumuladas; y como esa inmola- 
ción puede traer aparejado el sacrificio de los intereseé 
de un partido sibarita, pegado á los altos puestos, son 
pocos aquellos de entre sus afiliados, que acompañan 
con el alma las justas ansiedades redentoras. 

El coloradismo de la actualidad, más utilitario que 
real, más explotador de las pasiones viejas que celoso 
de su partido, moriría irremisiblemente el día en que 
se regulara la marcha de los acontecimientos y fueran 
las urnas electorales el fiel de nuestra suerte. Como 
aquellos pompeyanos convertidos en ceniza por la ac- 
ción candente de la lava, que se reducen á im puñado 
de residuos al contacto del aire leve, así desaparecería 
el predominio colorado al contacto de la legalidad. 

Si no mediara de antemano la certeza plena de que 
los adversarios no entienden de estallidos populares, 
ni formalizan sus asertos independientes cuando esperan 
agitaciones nacionalistas, estaríamos en actitud de reco- 
ger una demostración cabal durante la guerra recién 
concluida. 

Antes de producirse la revolución, estaban concordes 
ellos en la indignidad del gobierno. Hasta la tribuna 
de los clubs subieron acentos condenatorios para el 
magistrado impuro. Más de un orador sostuvo con 
bíblicos pudores, que Idiarte Borda usurpaba su título 



F»OFt LA ¥>A.'rF^lA 183 

de partidario. Quien tan mal gobernaba no podía decirse 
colorado. 

Sin embargo, corren los meses, los escándalos y nego- 
ciados oficíales se multiplican, el país entero maldice á 
la mala hechura de tirano que nos veja, y á vuelta de 
página, los magnates del grupo radical terminan por 
rodear al maldecido presidente de la víspera. 

¿A qué se debe tan incalificable evolución? Pues á 
nada. Los nacionalistas han triunfado en Tres Arboles; 
algunos juzgan vacilante la prosperidad de la fracción 
realista y, en homenage á tanto interés, se olvidan tan- 
tas injurias y protestas. 

En seguida encuentran colocación lucida muchos gi- 
rondinos del Teatro Cibils. Máximo Tajes, orgánica- 
mente candombero, se embarca muy orondo en repre- 
sentación diplomática de Borda junto al gobierno 
arg entino; Eduardo Vázquez, que habla pestes de su 
superior el Presidente de la República, toma el man- 
do de un ejército en actividad, para hacer papelones; 
Salvador Tajes le acompaña satisfecho porque, usando 
de sus palabras, «ahí está en acecho, la fiera sangui- 
naria» (al expresarse así, refiere á los nacionalistas); 
Luis Eduardo Pérez ocupa el Ministerio de la Guerra; 
y estimulando á esos jefes está el aplauso casi uná- 
nime de la muchedumbre partidista; de centenares de 
empleados que temen; de centenares de oficiales á 
medias; de contratistas, de negociantes y de empresarios 
afortunados. 

Cuando los partidos llegan á deformarse tanto ¿es 
lógico demandarles ayuda y ofrecerles puesto en las 
filas? 



184 F»OFl LA F»A.TF^IA 

La revolución no fué obra de un momento. Bastan- 
te tiempo se concedió á los usufructuarios del poder, 
para realizar el supremo anhelo; pero todo no pasó 
de fantásticos amagos. 

Montada ya por el Partido Nacional la máquina 
guerrera, aparecieron oficiosos mediadores brindando 
cuatro ó cinco posiciones encumbradas, como si aquel 
empuje impersonal fuera el resultado de apetitos in- 
dividuales. 

En cuanto al enjuiciamiento de la dominación co- 
lorada, hecho en el manifiesto sin visos de rencor 
anacrónico pero con mucha verdad, no puede inco- 
modar. 

Ese grave blasón lo ha conquistado en franca liza, 
la colectividad que hiere de manera fundamental los 
sagrados principios republicanos apoderándose per ceter^ 
mim del mando. 

Si hace treinta años que vivimos apartados de la 
órbita institucional, si estamos en condición dislocada, 
si carecemos de derechos, si no conocemos las virtu- 
des del sufragio, si arrastramos vergüenzas, si crece- 
mos en constante pupilaje, si todos los orientales no 
son iguales ante la ley ¿por qué quitar la triste pater- 
nidad de todo eso á quien corresponde? 

¿Acaso son menos legítimos los hijos de contextura 
enfermiza que los de fisco sostenido? 

¿Acaso no han sido genuinamente partidarios los 
pésimos gobiernos que hemos soportado desde hace 
seis lustros? 

A buen seguro, que la menor regalía que asiste al 



T>On LA F»A.TR.IA 18o 

nacionalismo consiste en imputar á los culpables sus 
gniesas faltas. 

Echando mano en las ocasiones solemnes de concep- 
tos nebulosos que pueden tomarse de filo 6 de lomo, al 
paladar del lector, no se funda esa pregonada concor- 
dia que todos buscamos. A nada conducen tales debili- 
dades, porque ellas tienen base de mentira, y la mentira 
siempre fructifica mal. 

Alguna crítica ha nacido tambiéu alrededor de las 
declaraciones internacionales que se hacen de pasada 
en el manifiesto. 

No hubo candidez en tocar ese tópico. 

Nuestro país está oprimido por dos vecindades peli- 
grosas. Muchas de sus desgracias parten de la inter- 
vención extraña en las disputas caseras. 

Así pues, fué acto de sabiduría política salvar hasta 
la sombra de preferentes vinculaciones exteriores, diri- 
giendo conceptos de simultaneidad amistosa, á las nacio- 
nes hermanas del continente. 

Por lo demás, á quienes solicitan perfección abso- 
luta de detalles en cualquier empresa poKtica, contes- 
temos que el mejor programa de la revolución lo es- 
cribieron sus soldados en los campos de batalla y en 
la actividad constante de siete meses, ordenada como 
ninguna. 

La efectividad del respeto al vencido, la acreditó 
con lujo de nobleza el ejército invasor en todos los 
momentos: sobreponiéndose á las exaltaciones victo- 
riosas en la jornada de Tres Arboles, para dar de be- 
ber al caído, curar al herido é insistir en el perdón 
de la injuria recibida; su culto á la ley lo evidenció 



de manera ejemplar, poniendo fuera de su amparo á 
cuatro de sus afiliados, culpables de asesinato y robo;- 
su reverencia á los intereses generales, la comprueban 
testimonios imparciales que brotan de cualquier punta 
por donde pasaran sus huestes; la sinceridad de sus 
viriles afanes no reclama argumento concreto para lu- 
cir radiante, pues cada día de campaña importa nue- 
vos homenajes depuestos á los pies de la nación. 

Y el rechazo de las proposiciones de paz de Ace- 
guá, denigrantes para la altivez democrática, seguido 
de aquella extraordinaria travesía hacia el sur, por en- 
tre una red de bayonetas, demuestra que sólo se lu- 
chaba por el honor de todos; y el aplauso indiscutido 
al pacto de Setiembre, en circunstancias de hallarse 
fuerte y brillante como nunca la invasión, sanciona 
en forma benemérita, las renovadas purezas de un in- 
menso empuje que no desmereció de un elogio ni en 
la agonía fructuosa de sus latidos finales. 

De ahí que juzguemos más elocuente que la más 
acicalada proclama, esa serie de espléndidos atributos. 

¿Recogerá todavía acusaciones entre tantas virtudes 
positivas, algún crítico con pujos de Aristarco? 

Pudiera ocurrir; pero, ¿cuándo es irreprochable una 
escritura ante los ojos turbios de los ramplones? ¿Cuán- 
do no falta á su texto una sílaba ó no sobra una coma? 



F»OR, LA PATRIA IST 



Lamas y sus compañeros 



Para la madrugada del 4 de Marzo estaba ñjado el 
pasaje de los revolucionarios. Así se comunicó á los 
varios jefes del interior que* se hallaban en la combina- 
ción. Pero dificultades imsuperables de última hora, 
obligaron á postergar aquel acontecimiento, hasta el 5. 

Grandes trastornos hubo de aparejar esta corta dila- 
ción que no alcanzó á ser comunicada á quienes debie- 
ran conocerla. Entre ellos, el bravo comandante José F. 
González, de Trinidad. 

¡Bingidares coincidencias! El primer movimiento ne- 
tamente nacionalista, después de veinte y siete años de 
esperanzas malogradas, se lanzaba en la misma fecha 
que el del 1870, en situación tan desamparada como 
aquel y bajo el patrocinio mUitar de otro Aparicio. 

Tocamos el momento de dirigir nuestra atención á 
lod varios trozos de fuerzas prontas para la invasión, 
dispuesto, uno, en la frontera del Brasil; en la costa del 
Uruguay, otro; y en la ciudad de Buenos Aires, el ter- 
cero. Debido á ocurrencias sino del todo inesperadas 
por lo menos arbitrarias, veremos luego que este último 
se desgaja en dos grupos desiguales á las órdenes del 
coronel Núñez, el más numeroso, y del coronel Lamas, 
el segundo. 

Siendo la ubicuidad imposible, prestaremos atención 
ima por una, á las distintas columnas revolucionarias, para 
describir su desarrollo en la hora de la fuerte prueba y 



188 t»OFt i^A. Fratría. 

acompañarlas en sus peripecias hasta el momento del 
derrumbe ó de la incorporación acordada. 

Así pues, procediendo en forma regular, empezaremos 
nuestro relato tomando la expedición del coronel La- 
mas en el puerto de Buenos Aires, siguiéndola hasta el 
Sauce y de allí en su cruzada hasta el paso de Yapeyú 
del Bío Negro, donde debía 'encontrarse á mediados, de 
Marzo con la gente encabezada por don Luis Mongrell 
y don Julio Várela Gómez. 

En seguida nos ocuparemos de ese grupo, de sus 
correrías y fracasos, observándolo en su rastro fugaz 
hasta que se interna en el territorio de Bío Grande, 
por las inmediaciones de la Cuchilla Negra. 

Luego daríamos su tumo al general Aparicio Sa- 
ravia, quién después de invadir por las cabeceras del 
Bío Negro y de internarse en el departamento de 
Treinta y Tres, vuelve hacia el norte para operar 
contra Justino Muniz; pero preferimos abrir con esa 
interesante narración que cierra la batalla del Arbolito, 
el segundo tomito de esta obra. 

Finalmente, nos corresponde narrar el pasaje de la 
expedición á las órdenes del coronel Núñez, su in- 
creíble éxito y su marcha hasta realizar su conjun- 
ción con el coronel Lamas, en el mismo paso de Na- 
varro del Bío Negro. 

Después de colocadas estas piezas en la posición 
debida, sólo restará seguirlas en su odisea. 

En la tarde del 4 de Marzo, llegaban á la costa 
del Biachuelo, por la altura de la Boca, las pocas 
personas que se embarcarían bajo el mando del coro- 
nel Diego Lamas, nombrado Jefe de Estado Mayor 



POFl LA. PATRIA 4 8© 

*del ejército revolucionario, y por consecuencia, supe- 
rior jerárquico del coronel Núfiez, jefe de la segunda 
división. 

Estaba acordado que á las 2 de la mañana del 
5, se encontrarían en Punta Lara, los invasores de la 
isla del Ceibal cuyo conjunto se calculaba en seis-> 
cientos hombres, y los procedentes de la capital fe- 
deral, que fueron sólo veintidós, por capricho de los 
sucesos. 

Eran ellos: el doctor Duvimioso Terra, el coronel Die- 
go Lamas; sargentos mayores Luis Navarro, cubano de 
origen, quién se embarcaba en la dura empresa con- 
vencido de que por la libertad se pelea bien bajo to- 
dos los cielos y en todos los climas, — y Manuel D. 
Rodríguez, maragato de famosa raza, un valiente que 
ignoraba las perplegidades del peligro; teniente coro- 
nel Pedro Carpi, ex-oficial de línea y jefe entonces 
del batallón de infantería número 5, denominado «Trein- 
ta y Tres»; teniente coronel Isabelino Canaveris, uno 
de los muchos sobrevivientes de la campaña de 1870) 
capitanes Luis Pastoriza, Juan Loforte, Vicente Mar- 
tínez; ayudantes mayores Alberto A. Suárez y Luis 
Alberto de Herrera; tenientes Francisco Vaz Terra, 
José María Cabrera, Faustino Badía, José G. Ferrei- 
ra, Manuel Rosas, Ernesto Oliva; subteniente Martín 
Franco; clarín Luis Froenel, sargentos Juan Loaces, 
Emilio Pérez y Carlos] Froenel. 



leo F»OFl LA. F»ATFIIA. 



Duvimioso Terra 



Ya en esta oportunidad entra á desempeñar rol cul- 
minante, un ciudadano ligado desde años atrás á la ela- 
boración de la pujante protesta. 

Nos referimos al doctor Terra, cuyos poderes otor- 
gados por el Comité que le consagra su representante 
civil en campaña, recuerdan al través de los tiempos, 
aquella investidura conferida por la Junta de Mayo al 
doctor Juan José Passo junto á la expedición militar 
del Alto Perú inmortalizada en Suipacha, imitativa á 
su vez, del cometido controlador asignado por la Con- 
vención á alguno de sus miembros, al lado de los gene- 
rales republicanos. 

Corta aunque resonada era entonces la foja cívica del 
Delegado. Apesar de rayar en los cuarenta y cinco 
años, el doctor Terra habia puesto base á su personali- 
dad en los dos últimos lustros. 

Los vertiginosos acontecimientos que precedieron á 
la Conciliación de Noviembre, lo encuentran dictando 
con evidente tranquilidad y ciencia, la cátedra de De- 
recho Civü en los claustros universitarios. 

Hasta él pareció no llegar ni siquiera el reflejo de 
dramáticos enardecimientos. Nadie hubiera sospechado 
en aquel profesor embebido en divagaciones jurídicas, 
al conspirador recalcitrante de épocas posteriores. 

Sin embargo, su exterior enjuto y frió como una 
conclusión matemática, denunciaba la existencia de un 



F»OFt LA F>A.TFtIA 101 

carácter firme cuyas energías inéditas^ él mismo talvez 
ignoraba. 

El doctor Terra no era una vulgaridad. Parco en 
palabras; de expresión sobria, pero correcta; más apega- 
do á lo práctico que á las especulaciones principistas; 
entroncado por origen á la raza brasileña, poseía en el 
fondo pasiones vehementes que entraron en brusca 
ebullición, cuando la preferencia del general Tajes lo 
condujo á figurar en su gobierno ocupando la cartera de 
Justicia. 

Este llamado importante, abrió horizontes acaricia- 
dores á sus aspiraciones que no eran cortas. 

Si Julio Herrera y Obes no hubiera estorbado tan 
encarnizadamente su actuación ministerial, el doctor 
Terra habría traído al alcance de la mano alguno de sus 
extendidos ensueños, pero el rival era poderoso, y el 
bonete rojo subido con que vistió aquel sus inicuas 
travesuras, obraba como invulnerable escudo. 

En 1889 vióse obligado el doctor Terra á abandonar 
su cartera. Esta derrota privó al doctor Herrera de un 
contrincante molesto que se iniciaba con habilidad en 
las aventuras palaciegas, pero en cambio, una enemistad 
jurada dibujó la süueta de un enemigo irreconciliable. 

Las humillacioues, sobre todo en política, difícilmente 
se olvidan. Así, no es de extrañar que el 11 de Octu- 
bre de 1891, el ministro convertido en ciudadano, inten- 
tara derrocar al colega de la víspera convertido en 
presidente. 

Fué aquella maquinación una loca temeridad, acree- 
dora á crítica antes y después de realizarse; pero es 
indudable que la infame treta urdida por Julio Herrera 



d0S POFt LA. F»AXFllA. 

para castigarla, reduce á su menor término la ligereza 
de los conjurados, y ocupa toda esa fecha con las som- 
bras de un crimen odioso. 

El doctor Terra, iniciador del fracasado propósito 
no perdió la vida en aquella empresa descabellada, 
á pesar de que no hizo empeño por conservarla. 

Una vez decretada la amnistía, salió de la cárcel 
para emigrar á Buenos Aires, más dispuesto y enco- 
nado que nunca. 

Desde 1892 hasta la actualidad que estudiamos, se 
agita sin cesar persiguiendo el persistente ideal. Com- 
bina por su cuenta y riesgo planes fantásticos, y co- 
mo sabía elegir á los hombres asoció á sus proyectos 
audaces al errante coronel Núñez. 

De acuerdo prepararon un plan de ataque á Mon- 
tevideo, para herir de manera instantánea al poder 
corrompido, plan que más impresiona por la férrea de- 
cisión que atestigua en sus progenitores, que por el 
cimiento de sensatez que pudiera poseer. 

Como era suponible no pudo cumplirse lo proyecta- 
do, pero desde ese momento quedan ligados estos dos 
conspiradores, tesoneros sin violentar sus tendencias. 

Al doctor Terra no le disgustaba contar con un 
brazo tan nervudo como el coronel Núñez; éste, aun- 
que reacio á la condición de simple instrumento de 
inspiraciones agenas, comprendía que identidades se- 
cretas y dominadoras lo acercaban á aquel nuevo ami- 
go, y por eso, sin perder de vista sus propios hala- 
gos, no vaciló en aparecer como elemento sometido. 

El interés de futuro vinculó á dos personas de 
idiosincracia diferente. 



POFt LA F»AXFtIA. ±&3 

Cuando suena la hora del ataque^ el doctor Terra 
no titubea en apartarse del seno de su familia y en 
exponer su existencia^ aprestándose á correr todas las 
inclemencias del tiempo y del destino en compañía de 
los expedicionarios. Sus dilatadas credenciales de De- 
legado, aceptadas con fruición, le prometen el consuelo 
de satisf aciones ya maduras. 

Las instrucciones del Delegado 

Véase el texto de esos poderes: 
Partido Nacional. — Comité de Guerra. — Buenos Aires. 

En la ciudad de Buenos Aires á los tres dias del 
mes de Marzo del año mil ochocientos noventa y siete 
reunidos los miembros del Comité Revolucionario en 
sesión plena bajo la presidencia del doctor don Juan A. 
Golfarini con el objeto especial de acordar el pliego 
de instrucciones á que debe subordinar sus actos el 
representante en campaña del Comité en quien este dele- 
ga sus facultades, doctor don Duvimioso Terra, se 
acordó: 

1.** El doctor Terra pasará al territorio Oriental en 
desempeño de su cometido con la División N.** 2 que 
invadirá bajo el comando militar del señor coronel don 
José Núñez. 

2.** El Delegado actuará con uno ó más secretarios 
cuya designación queda librada á su buen criterio de- 
biendo preferir en igualdad de condiciones, á los secre- 
tarios del comandante ó jefe y de los comandantes de 
división. 



404 F»OFt I^A I^AXFIIA 

3.** Son atribuciones del Representante del Comité: 

A, Conferir durante la revolución los cargos civiles 
que juzgue necesarios para la garantía de los habitantes 
y mejor administración de las rentas públicas. 

B, Conferir los cargos militares á propuestas del jefe 
que corresponda, es decir, del coronel por orden del 
general en jefe y de teniente coronel abajo á propuesta 
del Estado Mayor General. 

C Intervenir como autoridad superior en la adopción 
de toda aplicación de pena de carácter grave que sea 
requerida por la disciplina, orden y moralidad del Ejér- 
cito. Estas penas se aplicarán con arreglo á la ordenanza 
por indicación del jefe militar correspondiente. Si este 
desconociese tal deber, el Delegado tomará la iniciativa 
y previas las formalidades del caso, se aplicará la pena 
que corresponda al delincuente. Cuando el que se haya* 
hecho acreedor á una pena lo sea el comandante en jefe 
del Ejército, el Delegado pedirá instrucciones especiales 
al Comité siempre que sea posible, pero si imposible co- 
municarse y el caso revistiese gravedad, someterá á Con- 
sejo de Guerra al delincuente encargando del comando 
al jefe del Estado Mayor General. 

D. Adoptará todas las medidas que crea necesarias 
para el mejor desarrollo del movimiento revolucionario 
6 para alcanzar su objeto, según las bases del progra- 
ma del Partido Nacional y los propósitos expresados en 
el manifiesto del Comité. 

E* Hacer corregir severamente cualquier falta ó de- 
lito que se cometa y que pueda menoscabar la auto- 
ridad que inviste. 

i. Prescribir á los comandantes militares que el 



POR, LA. F>AXRIA. 1©S 

adversario vencido no debe ser considerado como ene- 
migo y que por lo tanto, el prisionero de guerra es dig- 
no de toda consideración. 

O. Debe así mismo esforzarse por que los efectos de 
la guerra repercutan en la menos proporción posible 
sobre los habitantes pacíficos de la República conside- 
rados en sus personas y bienes. 

4.** Son deberes del Delegado relativamente: 

A. Informarle de cuanto ocurra de interés público en 
el Ejército. 

B. Consultarle para la adopción de toda resolución de 
carácter grave ya se refiera á la política, al Ejército ó 
á la recolección é inversión de fondos. 

5.0 Someterse á las resoluciones del Comité. 

Para que la consulta á que se refiere en el artículo 
anterior, sea obligatoria, es necesario que no medie im- 
posibilidad racional de comunicación ó de tiempo. 

6.® Siempre que el Delegado se halle en condiciones 
de actuar en una división del Ejército ó desde que este 
se constituya por la reunión de las diversas divisiones, 
los secretarios de los jefes militares pierden toda atribu- 
ción directiva. 

7.0 El Delegado cesará en sus funciones en caso de 
imposibilidad física ó moral, ó siempre que así lo resuel- 
va el Comité pleno por dos terceras partes de votos. 

Eustaquio Tomé — Juan José de Herrera — 
Juan Ángel Oolfarini — Carlos María Mo- 
rales — Leandro Gómez — Escolástico Imm 
— Luis Santiago Botana — José O. Requería 
y García — Ángel J. Moratoria — Juan A, 
Smith. 



doe F»OFl LA F»A.TFIIA 

S " ' L ■ ■ — , . , — I ■ ■ I ■■■■ — - '"* ' ■ ■ -— ¿ . - - ■ . - - ■ ■ ■ - , ^i^^ 

Buenos Aires, Marzo 3 de 1897. 

Señor doctor Duvimioso Terra, representante del Co- 
mité Revolucionario en el Ejército Nacional en 
campaña. 

Señor comisionado: 

Con sujeción á resolución de este Comité vá usted á 
representarlo en el ejército popular que abre ya sus ope- 
raciones decisivas contra el gobierno usurpador de Mon- 
tevideo, por cuanto éste encarna el sistema ó régimen 
negatorio en absoluto de la soberanía nacional y porfía 
en ser refractario á toda noción de honradez en la admi- 
nistración pública, haciendo imposible al país los goce& 
anexos á su cultura y la civilización. 

Penetrado como está usted de las ideas y aspiraciones 
de este Comité en armonía unas y otras, con las de la 
fracción que se levanta en armas contra el poder opresor, 
se limita en este pliego á recomendarle que en toda oca- 
sión se esfuerce por ser de ellos intérprete fiel, en el seno 
de los elementos nacionalistas en armas, en sentido aná- 
logo al que sirve de base al manifiesto revolucionaria 
lanzado al país con motivo del movimiento y como pro- 
mesa de futuro, si lograse éxito en la campaña que se 
inicia. 

Apenas precisará este Comité ima especial recomen- 
dación y es la de que, en caso alguno, deje usted de 
esforzarse porque la idea política que nos guía, no se 
desvirtúe ó desnaturalice haciéndola servir, por la intriga 
6 la anarquía á fines otros, que los absolutamente imper- 
sonales y tan de interés nacional como el que nos preo- 
cupa. 



POR. LA PATFILA. IST 

A un lado personas^ á un lado camarillas^ para no ver 
sino el interés de la comunidad nacional^ — á un lado 
aspiraciones de círculo^ y que todos se subordinen^ sin 
cálculos mezquinos^ al interés patriótico primordial que 
es el de colocar al país en situación de crear en toda 
libertad^ el régimen institucional de que hoy carece. 

Espera este Comité que no le será á usted difícil con- 
seguir el objeto, con la prudencia y la claridad de vistas 
que nos es grato reconocer entre las dotes de su carácter, 
debiendo con todo, recomendar á su discreción, que en 
toda emergencia que pueda interesar fundamentalmente 
á la empresa revolucionaria, y principalmente si ella se 
conexionara con tratos con el adversario ó sus adeptos, 
(nunca iniciables por usted) no proceda usted sino ad^ 
referendum para ante este Comité, el cual se reserva 
para tales casos, la integridad de las facultades que 
inviste. 

Sírvale así mismo de advertencia que este Comité, 
teniendo muy en cuenta las capacidades militares y el 
criterio político del señor coronel Lamas, jefe de Estado 
Mayor de nuestro ejército, se permite indicarle que en 
dicho coronel Lamas, siempre que ello sea posible, po- 
dría usted encontrar á un cooperante que merece toda la 
confianza de este Comité. 

Para mejor determinar su cometido, en sesión de la 
fecha, se ha resuelto formular un pliego de instrucciones 
especiales, según resulta del acta que original le adjunto. 

Con tal motivo saludan á usted con toda su conside- 
ración y amistosos sentimientos. — Juan José de Herrera, 
presidente honorario. — Juan Ángel Oolfarini, presi- 
dente. 



498 t*OFl LA. r»ATFlIiV 

Este documento reproduce en conceptos sobrios^ 
enaltecedoras declaraciones anteriores y señala al De- 
legado la ruta política que debe seguir. 

Merece llamarse la atención^ como sobre un temor 
clarovidente, hacia esa protesta en favor de la intimi- 
dad que se quiere fomentar entre el Delegado y el Jefe 
de Estado Mayor. Desgraciadamente ese anhelo nau- 
fragó. 

Mucho se ha escrito censurando aquellas instruccio- 
nes. Nos parece que carece de justicia ese comentariado. 

Las atribuciones extraordinarias conferidas al doctor 
Terra tenian su expUcación. 

Fuera de que sus procederes estaban sujetos al severo 
control de la Junta; y fuera de que su amplitud podía 
restringirse en cualquier momento, es del caso recor- 
dar que el desastre de movimientos revolucionarios 
anteriores, á causa exclusiva de gravísimas divergencias 
surgidas entre los jefes militares, reclamaba la creación 
de un freno autorizado que evitara el choque de precio- 
sas energías y fundara, en el terreno de operaciones, la 
obediencia de la espada al poder civil. 

Este anhelo de alta moralidad mucho argumenta en 
favor del patriotismo del Comité. 

Si se entra en el dominio de los reproches,- ninguna 
imputación puede dirigirse contra una entidad política 
que confió en el tino y en la mesura de sü represen- 
tante, hasta entonces acreditada. 

¿No cumplió más tarde este con las esperanzas en él 
depositadas? Los sucesos lo dirán sin- pasión mezquina. 

Sea como fuere, las responsabilidades nacidas á ciento 
cincuenta leguas del sitio de incubación rebelde, no 
retroceden tanto para buscar encarnadura cierta. 



r>OR. LA. F>ATFtI.V 109 



A bordo del «Leonor» 



Para conducir al grupo anteriormente descompuesto 
en hombres, al punto de reunión con la columna de la 
isla del Ceibal, el Comité habia contratado al precio de 
siete mil pesos moneda de curso legal argentina, un 
vapor de bastante capacidad, llamado el W^tllheim, que 
seguiría luego viaje hasta desembarcar la gente en la 
costal oriental, con armamento, municiones y recados. 

En garantía del riesgo que pudiera correr esa nave 
de ser echada á pique 6 tomada por el gobierno de 
Borda, se depositó la suma de nueve mil pesos oro 
argentino, en poder de los señores Gardella y C,*, 
agentes de la compañía de navegación «La Veloce.» 

Este fuerte compromiso dejó al Comité sin los fondos 
siquiera indispensables para mover las fuerzas de la 
referida columna y las dispuestas en la provincia de 
Entre Eíos. 

Fué en circunstancias tan afligentes, que los doctores 
Eustaquio Tomé y Jacobo Z. Berra obtuvieron del Ban- 
co de la Nación Argentina, la cantidad de quince mil 
pesos curso legal, figurando como girante el primero de 
los citados y como aceptante el segundo. 

Vale la pena arrancar del silencio estos expresivos 
datos que exhiben al desnudo la situación desesperante 
del tesoro revolucionario y los levantados merecimien- 
tos de quienes, en gu imponderable amor á la causa, no 
vacilaron en extremar verdaderos sacrificios. 



«OO POR. LA PATFllA. 

Horas de indecible inquietud precedieron al embarque 
del coronel Lamas y demás compañeros. 

Para burlar la estricta vigilancia marítima^ se había 
recomendado el mayor disimulo. Todos debían ocurrir 
al punto de la patriótica cita por distinto rumbo^ sin ha- 
cer ostentación de pertrechos bélicos y aparentando no 
conocerse. 

Apesar de esos reiterados apremios, recuerdo que uno 
de los amigos se presentó en los muelles, esgrimiendo 
una descomunal lanza envuelta en papel de diarios. En- 
tonces nos produjo profunda ira aquella imperdonable 
indiscreción; ahora, la acaricio con espíritu risueño, seña- 
lándola como el primer eslabón cómico de una serie sin 
término después. 

¡Qué largos se deslizaron esos minutos de enervante 
espectativa! Desde las doce no probábamos bocado, y ya 
el sol hundía su disco rojizo en los lindes occideiitales 
del horizonte, como si llamara al reposo á esa población 
hirviénte y heterogénea de la Boca. 

En plena ciudad empezábamos á sentir los crueles sae- 
tazos del hambre. Este aprendizaje de privaciones sería 
seguramente más largo de lo que era dado imaginar. 

Urdidos por nuestros estómagos jóvenes que no sus- 
pendían hostilidades, entramos en una de las tantas pa- 
naderías de la ribera, para comprar algún alimento. 

Cuando quisimos abonar su importe, se rechazó nues- 
tro dinero, exclamando el dueño: — Líbreme Dios de re- 
cibir pago de quienes van á jugar sus vidas por la libertad 
de su país. Llev^ense ustedes mi pan y xnis mejores deseos 
de éxito.» 



POR. LA F»ATFIÍA «Oí 

Aqael digno hombre de trabajo había adivinado nues- 
tros propósitos. 

Esa adhesión^ humilde pero significativa^ abonaba la 
inmensa popularidad de la cruzada en el extranjero. 
Ciertamente que no violenta rememorar tales rasgos de 
nobleza criolla. 

Vino á interrumpir por breves momentos el curso de 
nuestFas ansiedades^ la llegada del Leotwry vaporcito del 
tráfico que debía conducirnos á Punta Lara, siendo 
acompañado por el Ernestina R que remolcaría al 

Este último buque iba á ser ocupado por el numeroso 
contingente de la isla^ que se trasbordaría de una gran 
chata traida por otro vaporcito el Albiótiy desde la boca 
del Guazú, 

La combinación era algo complicada para desarrollar- 
se con la exacta unidad de tiempo que exigía el drama 
en cuyos prolegómenos nos encontrábamos. 

Una vez abordo del Leonor y todos respiramos con 
holgura. Ya nada nos apartaria de la anhelada ruta; 
ya quedaban rotos por la brutalidad de un alejamiento 
inexorable, los santos vínculos de la familia, los impe- 
riosos reclamos del hogar, los mandatos sin excusa de 
dulces sentimiento s; ya, aun no queriéndolo, nos sepa- 
raba de los nuestros una faja de agua imposible de sal- 
var. Nadie ignoraba que alguno de los expedicionarios 
no volvería á aspirar aquellos aires, ni á retratar aque- 
llos paisages cariñosos de la banda hermana, en el fondo 
de su retina. 

Hubo sobre la cubierta del Leonor quien celebró 
desposorios con la muerte. 



202 IROTt l^A. F»AXF11A 

El vaporcito apartado varias cuadras de la orilla con 
sus luces apagadas y teniendo atada en el palo de popa 
la orden de guardar absoluto silencio, esperó sin resul- 
tado la incorporación del Willheim. 

Fueron mortales aquellas horas. Aun sin estar al 
cabo detallado del plan en pié, comprendimos pronto 
que alguna dificultad seria detenia su realización. 

El coronel Lamas, frió y taciturno, se paseaba in- 
quieto por los costados de la pequeña cubierta, sin 
poder disimular su creciente impaciencia. 

¿A qué respondía ese retardo que pudo sernos fatal? 
No lo sabemos con entera certeza. Eran las diez de la 
noche y todavía estábamos fondeados en el mismo 
sitio. Las circunstancias no permitían dilatorias; de 
cualquier modo, el deber nos llamaba río adentro. 

Las amargas cavilaciones á que prestaba fundamento 
este principio de fracaso, fueron cortadas por el ruido 
que producían unos remos al batir las dormidas aguas. 
Todos nos inclinamos nerviosos sobre la borda, con la 
secreta intuición de que en el bote que se aproximaba 
venia la clave del enigma. 

Apenas atracó junto al Leofwr la diminuta embarca- 
ción, saltó sobre cubierta el doctor Carlos María Mora- 
les entrando en animada conversación con el coronel 
Lamas. 

Sucedía que apesar del religioso compromiso con- 
traído, el patrón del Willheim no pensaba en cumplir 
con su palabra. Aquel vapor estaba con los fuegos 
apagados. 

Los momentos eran preciosos. Quizá ya aguardaban 
en el Plata los emigrados de la isla, y quizá ya nuestros 



T>OFt LA. r>A.TFlIA 20& 

valerosos paisanos de San José y Flores habían acam- 
pado á nuestra espera en los médanos. 

Inmediatamente salió en dirección á tierra el doctor 
Morales en busca del patrón cuya infidelidad^ sin ate- 
nuaciones^ podia atribuirse tanto al precio de una trai- 
ción como á temores rastreros de negociante. 

Al poco rato volvió con él. Una vez abordo, el refe- 
rido sujeto que resultó llamarse Bonemort, caía dentro 
de la jurisdicción de la ley revolucionaria dispuesta á 
castigar sin lástimas, el delito que se perfilaba. 

Bonemort que talvez creyó estar soñando al encon- 
trarse secuestrado y en peligro inminente, á pocas varas 
de la costa, ñié puesto preso, con centinela de vista, 
en la pequeña cámara del Leonor. Habia orden de 
inutilizarlo al primer conato sospechoso. Aquel infeliz 
hombre, sobre cuya cabeza flotaron con tan justificado 
motivo nuestras cóleras, fué pues, el primer prisionero 
de la revolución. 

Nunca he visto una fisonomía más iluminada que la 
suya por el miedo. 

Bajo la sincera amenaza de pagar con la vida un 
posible contraste originado por su incalificable conduc- 
ta, Bonemort escribió tembloroso un papel dirigido al 
patrón del Ernestina R. Por él se le ordenaba ponerse 
en condiciones de emprender marcha en seguida. 

Talvez este subalterno imaginó los dolorosos apuros 
de su jefe, pues muy pronto vimos acercarse á la embar- 
cación mencionada. 

A la visita inesperada del doctor Morales se debió 
esta soldadura salvadora. Si él no nos socorre aquella 
noche con sus preciosas é importantes informaciones, la 



;e04 r>OR. LA. F>ATFiIA 

mañana nos hubiera sorprendido inactivos. Y según 
declaración del mismo doctor Morales, si volvió á la 
Boca después de despedirse de nosotros, fué solo por 
impulso de una inexplicable corazonada. 

El destino prefiriendo, como siempre, los detalles para 
esquineros! 



A bordo del «Ernestina B» 



Recién á las once, con un atraso sensible de tres horas 
tomamos el rumbo trazado, yendo en punta el Leonor y 
y muy cerca, sometido á vigilancia desconfiada, el 
Ernestina R. que remolcaba afanoso al patacho W¿- 
llheimy buque pesado y de pobre navegar. 

Pronto se perdieron en las lejanías de la costa, las 
luces que forman durante la noche diadema sobre la 
frente soberbia de Buenos Aires, sobre la frente de la 
ciudad donde conocimos tantos insomnios hijos de una 
fiebre infinita; donde vivimos días que nos parecieron 
siglos, en perpetua adoración de ideales azules; donde 
brotaron ardientes las promesas de redención; donde 
actuaron todas las energías reivindicadoras de los orien- 
tales desinteresados; donde palpamos afabilidades y ter- 
nuras que alcanzaron á disimular sagradas ausencias; 
donde los hogares guardan un asiento para los hermanos 
perseguidos; donde dejaba vinculaciones más fuertes 
que el olvido, y un padre achacoso, sumido en desespe- 
raciones indecibles! 

Si á la espalda dormian ya muchas afecciones, aparta- 



POFt LA. ¥>A^'rFtlA SOS 

das de la mente por incómodas y abrumadoras cuando 
el porvenir se presenta oscuro, en cambio hacia adelan- 
te teníamos la inmensidad del Plata, ese río como mar, 
cuyas olas embravecidas latigueaban las tablazones, 
denunciando próximas borrascas que serían de variada 
índole. 

Ya en el canal la improvisada flota, se desencadenó 
un enconado viento Sudeste que entorpecía la marcha 
de los buquecitos, barridos por el agua en toda la ex- 
tensión de su cubierta. 

Estábamos en evidentes preliminares de una de esas 
tormentas repetidas con frecuencia en 'el estuario. 

A las tres de la mañana, llegamos á Punta Lara, 
donde se efectuaría la concentración final; pero la 
nave con la fuerza del coronel Núñez, no se divisaba. 
En su busca salió un vaporcito mientras se procedía al 
trasbordo de las municiones que acondicionadas en 
doscientos cajones, á razón de mil tiros por cada uno, 
hablan llegado con anterioridad en otro barco. 

Hasta las cuatro se pasó en esta operación y á la 
espera del cuerpo de la expedición invasora. 

Nada se veía. ¿Qué era del caso hacer en ocasión tan 
solemne? 

El coronel comprendió que las vacilaciones sobraban 
cuando las leyes del honor militar exigían cumplir con 
los sublevados del interior del país, costase lo que cos- 
tase; asi fué, que nadie extrañó verle acercarse al Dele- 
gado para decirle sin mayor preámbulo pero con noble 
sinceridad: 

— Doctor Terra, usted ha llenado su deber como re- 
presentante del Comité revolucionario, conduciendo es- 



;80« F»OR, LA PATFtIA. 

ta expedición en la fonna que mejor le ha sido po- 
sible^ pero yo como soldado y jefe de la división que 
vamos á formar, pienso invadir con mi gente; de cual- 
quier modo, usted puede retirarse perfectamente. 

— Si es cierto que he terminado mi misión como 
representante del Comité, replicó el aludido, no he cum- 
plido aun como ciudadano, mi coronel, y pido un puesto 
en sus filas, aunque no se me escapa la arriesgadísima 
empresa que usted acomete, y el peligro á que se ex- 
pone, comprometiendo un combate con estos pocos mu- 
chachos que nos acompañan. 

Un efusivo apretón de manos, cerró este elevado 
diálogo. 

Yo no sabría decir cual de los dos interlocutores, 
merece más alabanza en aquel instante de epopeya, si 
quien pide sólo para sí los embates de un cercano in- 
fortunio, ó quien pudiendo eludir terribles azares, pre- 
fiere abrazarse á sus compañeros que marchan al sa- 
crificio seguro. 

Seguramente que fué este el minuto brillante del 
doctor Terra en su corta jornada de revolucionario. 

En cuanto al coronel Lamas, primogénito del honor' 
puede contarlo como una de las tantas cumbres que 
señalan la huella pura de su carrera. 
. Desde ese momento estaban de más el WiUheim y 
uno de los yaporcitos. Veintidós desesperados, media 
docena de tripulantes y un prisionero — Bonemort — ca- 
bían con entera comodidad en cualquier barco. 

Pero, como la marcha del Ernestina JR era más 
veloz que la del Leonor, resolvió el coronel Lamas uti- 
lizarlo para la cruzada. 



F»OR. LA I^AXFIIA 20r 



Para evitar choques Bangrientos^ se le hizo señal al 
Ernestina R de que se acercase al Leonory y cuando 
ambas embarcaciones estuvieron apareadas^ saltó abordo 
del primero, revólver en mano, el mayor Rodríguez con 
cuatro oficiales, obteniendo la inmediata sumisión del 
patrón y marineros. 

Poco más hubo que hacer una vez amontonadas sobre 
la estrecha cubierta del Ernestina R las municiones, 
«soasas armas y pertrechos en disponibilidad. 

Por ahí he leído que además venian abordo trescien- 
tos fusiles, según unos, mil, según otros. 

Las dos cifras son exageradísimas. Solo traíamos cin- 
cuenta y tres armas largas, entre remingtons y carabi- 
nas; ni una más, ni una menos. 

El documento por el que se imponía al Comité de la 
inesperada dirección de los sucesos, fué entregado al 
patrón del Leonor, para que lo hiciera llegar cuanto 
antes á su destino; así también como una comunicación 
urgente para el jefe de la columna de las islas. 

Decían así: 

«A bordo del Leonor, Marzo 5 de 1897 — Señor co- 
ronel don José Núñez. — A su bordo: Siendo imposible 
esperar por más tiempo la incorporación de las fuer- 
zas á su mando, pues corremos riesgo manifiesto de 
que sean apresadas las armas en nuestro poder, y lo 
que es más, que faltemos al compromiso de honor que 
hemos contraído con los amigos que nos esperan en 
el puerto del Sauce, el señor coronel Lamas, jefe mi- 
litar de esta expedición, ha resuelto, con los bravos 
que lo acompañan, cumplir con su deber, á cuyo la- 
do he pedido mi puesto como ciudadano. 



20& I=»OFt LA PATniA. 



« 



Usando de las facultades extraordinarias que invisto 
como representante del Comité, ordeno á V. S. que 
así que llegue al punto en que debiéramos encontrar- 
nos, tome rumbo al puerto del Sauce con la gente 
y armamento que conduce y busque la incorporación 
de esta fuerza. 

«Dios guarde á V. 8. — Duvimioso Terra, Delegado.» 

«A bordo del Leonor, Marzo 5 de 1897. — Señor 
Presidente del Comité de Guerra: Son las 5 de la ma- 
ñana y la expedición á cargo del coronel Núñez no 
se ha incorporado á ésta. 

«El señor coronel don Diego Lamas me pidió una 
conferencia para tomar la resolución del caso, y ante 
el dilema de correr el grave riesgo de ser apresados y 
faltar por lo tanto, al compromiso contraído, ó hacer 
la tentativa de llegar al puerto del Sauce con los 
pocos ciudadanos que nos acompañan, no hemos va- 
cilado, y desde ya le garanto al señor Presidente que 
sabremos cumplir con nuestro deber. 

«Dios guarde á S. E. por muchos años. — Duvimio- 
so Terra, Delegado. 

Párrafos cortos y mucho nervio. 

Por si acaso la no concurrencia de la infantería 
era debida á trastornos explicables, se dispuso que el 
Leonor hiciera servicio de crucero en Punta Lara hasta 
las diez del nuevo día. 

* 

Era esta una postdata del compañerismo. 



F»OFt LA. I=»ATFiIA 20& 



Combate con el «Vlgrilante» 



Empezaba á clarear cuando el coronel Lamas dijo 
dirigiéndose al Lungo, encargado del timón y de quien 
lu^o DOS ocuparemos: 

— Ponga la proa al Sauce. 

Ta estaba lanzado el reto á la escuadrilla bordista^ á 
la desgracia, á las delaciones no difíciles y á una alta- 
nería que hasta entonces nunca conociera cicatrices. 

Navegábamos achatados entre el cielo que ya nos 
parecía más hermoso aunque de rostro inseguro, y una 
masa de agua sin límites aparentes, que aumentaba en 
sus incómodas agitaciones. 

Pocos escapaban al mareo. 

El Ernestina R, de nombre ya famoso, era un bar- 
quito viejo y de marcha lenta; agregúese á eso la gruesa 
caiga tirada en desorden sobre su hinchado lomo de 
maderas, y se tendrá el porqué de aquel avance fati- 
goso que nos irrita. 

La máquina puesta á su más alta presión roncaba 
lastimera, agobiada por tantas resistencias. 

Así se comprende que siendo relativamente reducida 
la distancia que nos separaba del Sauce, tardáramos 
tanto en divisarlo. 

Nuestro capitán era el Ltíngo, cuyos servicios resul- 
taron invalorables. Se trataba de un correntino criado 
desde su infancia entre jarcias y aparejos, que saltaba 
al^re sobre la cubierta de un buque, como los pes- 
cados dentro del agua. 



2±0 r>OFt I^A F»ATFIIA. 

De valor sin costras, dueño de una de esas volunta- 
des que ignoran el grito del instinto, y capaz de sentir 
afectos á prueba de fuego, el Lungo desempeña rol 
culminante en esta empresa. Semanas después, tropeza- 
. remos con él al describir aquel heroico episodio de la 
Artigas. 

A todo esto, el anteojo que pasando de mano en 
mano recorría la ondulada extensión, se detuvo en un 
punto blanco que se diseñaba distante, embutido entre 
las olas espumosas. 

El color de aquel casco fundaba una certeza absoluta. 
Teníamos á la vista una nave de guerra del gobierno 
aborrecido. 

No habia tiempo que perder. Todos nos dispusimos 
al avío eligiendo armas y ejercitándonos con nervioso 
apuro en su cierre. Más de uno, nunca disparara antes 
un tiro. 

El coronel Lamas, orgulloso de su condición, reem- 
plazó el sombrero blando de paisano que cubriera hasta 
ese momento su cabeza; por un kepí de género blan- 
co con una pequeña insignia celeste y de ordenanza 
al frente. Como el penacho histórico de Enrique IV, 
ese kepí nos señalaría durante siete meses consecuti- 
vos, el camino del deber y de los mayores estoicismos. 
Los demás revolucionarios ceñimos á nuestros som- 
breros de anchas alas, el distintivo del caso. Era esta 
la vez primera que lucíamos divisa casi todos los allí 
reunidos. 

Recuerdo que al prenderla pensé que no infería ofensa 
á mis definidas ideas de tolerancia y de hostilidad á 
rancios y perjudiciales tradicionalismos. Vi en ella y 



POFt LA. PATFilA Sli 

continúo viendo, un medio iñás que un fin. Por otra 
parte, ningún odio encendió dentro de mi pecho ese 
trapo cuyo colorido añejo, políticamente considerado, 
quedaba borrado con el prestigio de la inscripción so- 
bre él bordada: «Por la patria». Esa fué, en todo tiem- 
po, la bandera genuina de la revolución. 

Condens^db ya el peligro, se confinó á la bodega 
á los marineros, que eran italianos puros, y también 
al patrón, quien de cualquier modo purgaría su falta 
corriendo la misma suerte que nosotros. 
. De sobre el castillete y de otros parajes visibles 
se quitaron los bultos sospechosos á fin de intentar, 
eludir audazmente la desconfianza adversaria. 

Sin embargo, como esto parecía imposible, se im- 
provisó un resguardo con cajones y bolsas que con- 
tenían aperos y con-eajes, dispuestos en semicírculo so- 
bre la popa. 

Tres grupos iguales casi en número, defenderían los 
distintos sitios del ^vaporcito. El de la proa, á las ór- 
denes del mayor Rodríguez; el del centro, bajo el man- 
do del mayor Navarro; y el de la popa, confiado á 
la discreción del doctor Terra. 

El coronel Lamas de pie en el entrepuente en com- 
pañía del capitán Pastoriza, impartía órdenes y esta- 
ba al habla con el Ltingo, quien tenía puesta la ma- 
no en la caña del timón. 

Tirados sobre el piso y prontas las armas á la espera 
de la voz superior, sólo oíamos afuera los chasquidos de 
las aguas mugidoras que después de calarnos hasta los 
huesos, volvían á su cauce como pesarosas de no arras- 
tramos consigo. 



2±2 I=»OFt LA I=»AXF11A. 

Nada podíamos ver Bn esta situación, pero el Lungo, 
excelente vigía, facilitaba noticias. La nave enemiga ve- 
nía hacia nosotros y nosotros, para ahorrarle fatigas^ 
Íbamos hacia ella. 

Pronto estuvimos al habla, y el eco estridente de un 
silbido agudo que signiñcaba orden de detenernos, de- 
nunció que estábamos descubiertos. 

Un prolongado: ¡viva la patria! y una descarga ceirada 
de fusilería, sirvieron de rápida respuesta. 

Nadie dejó de hacer fuego. 

A bordo del barco enemigo que resultó ser el Vigir- 
lantCf en disponibilidad de dos ametralladoras y con 
dotación de guerra, se adivinaba la mayor confusión. 

Vueltos en sí de su sorpresa, los atacantes iniciaron 
un débil tiroteo que ninguna baja nos hizo, buscando á 
la vez nuestro flanco para utilizar con ventaja sus ame- 
tralladoras. 

Pero el Lungo obediente al coronel, presentaba siem- 
pre la proa. El Vigilante recorría un círculo alrededor • 
del Ernestina R que realizando una evolución hábil y 
violenta dentro de un espacio limitado, parecía en peligro 
de zozobrar. 

A no poder evitar la andanada que hubiera ofendida 
nuestra quilla colocándonos en estado extremo, se habia 
resuelto partir por el tambor, de un golpe dé proa, la 
obra muerta del vaporcito adversario. 

Incrustado el Ernestina R en El Vigilante, solo^ 
restaba á ambos naufragar abrazados, y á sus tripula- 
ciones, dormir confundidas teniendo por sepultura el 
fondo irregular del gran río. 

La actitud tímida del Vigilante evitó esta catástrofe.. 



r>OFl LA r>ATFlIA SIS 

Luego de husmear con apetito la presa^ se retiró de la 
«scena, convencido de que se requería perder mucho 
para ganar algo. 

Trabajo nos c'ostó penetrarnos de esa halagüeña 
realidad. 

Parecia increíble que se desperdiciara una ocasión 
tan tentadora de atacarnos. A fin de cuentas y apesar 
de la firme defensiva^ se trataba de una cascara de 
nuez frente á un buque de guerra- gallardo y herguido, 
en condiciones sobresalientes para estf>rbarnos el rumbo^ 
en el peor de los casos. 

Pero seguramente que no lo juzgó así el jefe del Fí- 
gilante que nos dio sin despedirse la popa para desapa- 
recer llevando al amo con la noticia de nuestro pasaje 
la prueba más acabada de su irrecusable cobardía. 



En tierra oriental 



Al breve rato, divisamos la costa oriental que se 
empinaba blanquecina á la distanci^,, vestida con el 
encaje de brumas perezosas. 

Era la tierra de nuestros mayores. 

El ejemplo de acrisoladas virtudes, la memoria de 
* clásicas abnegaciones, cuanto de digno y brillante os- 
tentan las tradiciones del civismo, se agolpaba en el 
corazón como para infundir bríos más intensos al nue- 
vo reto lanzado en defensa de las libertades comunes. 

¡Y eran tan diminutas las energías del audaz empu- 
je; tan despareja la justa decretada! 



S14 Ir»OFl LA F'A.TFLIA. 

La luz del sol al besar la frente de los campos y 
el cristal de los ríos, recordó el 5 de Marzo una fe- 
cha ya dos veces histórica. 

En efecto, justo veinte y siete años atrás, invadía 
el país por la costa del Uruguay, sin elementos ni 
plan, el general don Timoteo Aparicio, que traía por 
brújula la orientación de su deber descarnado. Sólo ^ 
cuarenta y tres hombres decididos le acompañaban en 
este hermoso esfuerzo. 

La casualidad quiso que precisamente en un ani- 
versario de aquel suceso, se repitiera una escena se- 
mejante; pero en vez de cuarenta y cuatro eran vein- 
tidós en esta circunstancia, los desafiantes del poder 
opresor, cuyas fuerzas en ese largo interregno se ha- 
bían aumentado, porque los árboles malignos crecen á 
l¿r par de las vejetaciones sanas. 

Eran las nueve y cuarenta minutos de la mañana 
cuando pisamos tierra; por consiguiente, nosotros fui- 
mos los primeros invasores, pues el general Saravia 
entró al país recién á las cuatro de la tarde. 

Pero antes de atracar al muelle del Sauce, ya nues- 
tro espíritu estaba en tierra firme, y sirviendo de ve- 
hículo á grandes cariños, volaba de sierra en sierra 
hasta los parajes donde suponíamos habría germinado 
la semilla de la insurrección, y donde actuaban ami- 
gos de la infancia. 

Pocas cuadras antes de entrar al puerto, cuya ex- 
tensión la rodean médanos caprichosos y movedizos 
dispuestos en anfiteatro, percibimos gente que corría 
de aquí para allá, como si estuviera entregada á apres- 
tos extraordinarios. Creímos fueran enemigos, pues 




F>OFl LA PAXFIIA. 2 ley 

nuestra situación continuaba siendo en extremo preca- 
ria, con las furias del río y del bordismo completamente 

desencadenadas ya. 

Mareados como nos encontrábamos, vencidos por el 
hambre y por el cansaucio, estorbados por una marejada 
de temporal, con media docena de individuos resueltos 
que nos tirotearan desde el muelle, nuestra perdición 
hubiera sido irremisible. Pero sólo se tratada de los 
operarios del ferrocarril al Rosario, que empujados por 
la curiosidad venían á presenciar el atrevido desembar- 
co. En cuanto á la policía local, se puso en f úga. Pisa- 
baDios suelo conquistado. 

En adelante no podría decirse con propiedad, -que 
todo el país obedecía á las imposiciones del mandón. 

En seguida de salir de á bordo envió el coronel Lamas 
al mayor Rodríguez á detener una locomotora que partía- 
conduciendo á algunas personas. Así se hizo, quedando 
en disposición de ser utilizada. 

Las primeras palabras de los invasores se condensa- 
ron en una interrogación, ¿dónde estaban las divisiones 
de San José y Flores, cuyo concurso tanto requeríamos? 
Se nos dieron noticias bastante tranquilizadoras. En la 
tarde anterior había llegado á las inmediaciones, una 
gruesa columna de caballería que se decía mandada por 
el comandante José F. González. Acampó allí mismo 
quedando como á la espera de algo hasta las diez de la 
mañana del siguiente día, y emprendiendo marcha de 
retirada á esa hora. 

Inmediatamente nuestro jefe hizo subir al mayor Ro- 
dríguez á la locomotora pronta, junto con varios compa- 



^le F»OFl LA. F»AXFIIA 

ñeros armados^ con orden de seguir la vía hasta recoger 

informes seguros de aquellos amigos. 

Rodríguez, hombre aparente por su imperturbable 

reposo para realizar esta incierta averiguación, se apo- 
deró de la máquina rewólver en mano, resumiendo su 

consigna al encargado de la misma, en estas palabras 
incisivas: — Usted responde de nosotros y esta arma res- 
ponde de usted. 

Ningún argumento supeiaria* á éste. Así, pues^ el 
monstruo de hierro se deslizó veloz internándose en el 
país. • 

Al llegar al arroyo del Minuano, tuvieron noticias los 
investigadores de que allí cerca habia hecho alto en la 
estancia del general Díaz, la fuerza del comandante 
González. Se envió un chasque comunicándole la agra- 
dable nueva de nuestro arribo y pidiéndole retrogradara 
hacia el Sauce. 

La afortunada comisión retornó al punto de partida 
para trasmitir lo ocurrido al coronel Lamas. 

En el Ínterin este no descansaba. Después de colo- 
car una guardia en un promontorio cercano con orden 
de observar atentamente la inmensidad del río, por 
donde se esperaba viniera, como pasó, socorro guber- 
nista para el desairado Vigilante, — hizo bajar al muelle 
los cajones de municiones y pertrechos y disponerlos 
sobre zorras apropiadas de uso del ferrocarril. 

Para nada entró el atropellamíento en estas activida- 
des bélicas. 

Insistimos en tal observación para acreditar de ma- 
nera irrefutable que si abordo del Ernestina R quedó 
una tercera parte por lo menos de nuestros tiros, ello 



F»OFt LA. F»-^VTR.1A. «IT 



fué debido á inesperadas ocurrencias de género científico. 

Durante el tiroteo mantenido momentos antes, pudo 
comprobarse que muchas cápsulas fallaban por inservi- 

Mes. Fué esto un inquietante tropiezo. 

Ahora bien, con el propósito práctico de volverlos al 
vendedor, evitando así al ahorcado Comité, estériles 
^•ogaciones, dispuso el coronel dejarlos abordo del va- 
porcito que nos condujera y que estuvo en actitud de 
burlar la persecución de la escuadrilla, á no ser la tor- 
peza de sus tripulantes. Dominados por el terror, ellos 
perdieron una preciosa y exigida flexibilidad. Así se 
explica que horas después de nuestro alejamiento, caigan 
inermes en poder del enemigo, con las municiones aban- 
donadas gracias á una sensata premeditación. 

¡Todavía permanecían amarrados al muelle cuando se 
les capturó! 

En conocimiento el coronel de la proximidad de Gon- 
zález, improvisó un convoy con las zorras cargadas, 
encaramándonos los expedicionarios sobre el montón de 
cajones. A las tres de la tarde, sin que nadie nos inco- 
modara, y seguidos por la simpatía del pequeño vecin- 
dario, salimos del Sauce. 

Era el nuestro, un pintoresco tren expreso. No podía 
reclamarse mayor éxito. Recién cuando las volutas de 
humo de nuestra locomotora anunciaban á los atónitos 
espectadores la rápida internación de aquel puñado de 
viajeros, alcanzamos á distinguir en los límites visuales 
del horizonte, las arboladuras de tres buques, enemigos 
con toda certeza. Así era. Luego supimos que aquellas 
naves — cañoneras del gobierno, — traían á su bordo al 
recamado ministro de la Guerra con numeroso Estado 



2i& F»OFl LA FAXFtIA. 

Mayor, doscientos hombres del batallón número 3 de 
Cazadores, cincuenta plazas de la Artillería Ligera, dos 
cañones de montaña y cuatro ametralladoras. 

Apesar de la pequeña delantera que llevábamos, el 
general Diaz pudo haber desembarcado en el mismo 
puerto del Sauce é iniciado en seguida nuestra persecu- 
ción, con la seguridad de alcanzamos, pues esa noche 
acampamos á su espera, á tres leguas de la costa. Para 
atenuar su conducta pusilánime, se menciona la violencia 
de un temporal que recién vino á desatarse en la noche 
de su aproximación. Antes de suceder esto, pudo el ad- 
versario realizar su arribada sin el menor tropiezo. La 
verdad pura es que ya aparecía en escena la crasa inuti- 
lidad de los jefes gubernístas, rodeados de atributos 
legendarios, gracias á un consenso generalizado y des- 
provisto de justificativos. 

Cuando el tren que conducía á los expedicionarios del 
Ernestina R anduviera algún regular trecho y al bajar 
la pendiente de un suave declive, coronaron la cuchilla 
cercana algunos ginetes tendidos en guerrilla. 

Su actitud espectaute no contribuyó á formalizar nues- 
tras esperanzas de creerlos compañeros. 

¿Quiénes eran? ¿Serían avanzadas enemigas ó explo- 
radores lanzados por correligionarios prudentes? Pronto 
saldríamos de dudas. 

Preparadas las armas para afrontar cualquier even- 
to, avanzó con lentitud la locomotora, mientras algu- 
nos de nosotros agitábamos los pañuelos, con el de- 
seo de deslindar posiciones. 

¡Estas señales fueron contestadas de idéntico modo! 
AI acercarse el grupo nuestro y el grupo de ellos, me- 



m 

nudearon esos mensajes de cordialidad, hasta que ya 
á distancia de pocas cuadras, un estentóreo ¡viva la 
patria! seguido de aclamaciones al Partido Nacional y 
á sus caudillos, selló la impresión venturosa. 

En esos instantes, un flujo de emociones desconoci- 
das anudó mi garganta velándome la voz. Sin dete- 
ner el andar de sus caballos, tiraron los ginetes las 
riendas para abrazarse con viril pasión á los recién 
llegados, á quienes desde ese momento les ayudarían á. 
soportar rudas desazones. Vi entonces verter lágrimas 
que expresaban gozo, ternura, sinceridad, todo menos 
odio, á algunos hombres cuyos rostros curtidos tenían 
marco de plateada melena. Nuestros paisanos, nues- 
tros generosos paisanos, los desamparados de la suer- 
te, los primeros en la guerra y los últimos en la paz, los 
atletas del esfuerzo recio, los herederos directos y sin 
bastardías de las virtudes camperas escondidas entre los 
zarzales de nuestros montes naturales como la violeta 
entre los yuyos, lloraban de alegría ante la perspec- 
tiva redentora, sin pasar recuento á sus desgracias, 
ni pedir venia á sus intereses para rezar este fervien- 
te rosario por la salud tan comprometida de la patria. 



José González— Su levantamiento 



Ya en íntimo consorcio, nos presentamos ante la 
columna que nos esperaba, compuesta de treinta infantes 
de la Compañía Urbana de Trinidad, á las órdenes del 
capitán Francisco Solano Alvarez, cuatrocientos seis hi- 



}Q20 F»OI=^ I^A. F»ATR.1A 

jos del departamento de Flores fusionados con esos 
á las órdenes del comandante González, cien de San. 
José á las del comandante don Cicerón Marín, y otros 
cien del mismo departamento, á las del comandante 
dcm Ramón Batista. 

El primero de los citados mandaba en jefe esas fuer- 
zas que ascendían á ochocientos cincuenta hombres, 
regularmente armados y municionados, excepción he- 
cha de los pocos infantes en poder de una buena do- 
tación de tiros. 

Apesardel júbilo que todos demostraban por nuestra 
incorporación, nada difícil era acreditar la sorpresa 
ocasionada por el contraste patente que existia entre el 
número real de los invasores con procedencia de Buenos 
Aires y el número prometido. 

En efecto, las comunicaciones enviadas desde allí, 
aseguraban que una columna de ochocientos soldados 
bien dispuestos, se daria la mano en el Sauce con los 
camaradas del interior, cuyo total se calculaba con 
acierto en una cantidad semejante. 
. Con ese filo para empezar, podían cortarse muchos 
nudos. 

Pero en vez de producirse las cosas en la forma feliz 
acordada, se retardaba en un día y sin previo aviso á 
los interesados el desembarco, para cumplirlo luego en 
forma aventurera y mutilada. 

Cabia explicación al reproche implícito que se adivi- 
naba, antes de conocer los fatales trastornos de nuestro 
pasage. 

Después de abrazar á los jefes nombrados que recien 
conocia, procedió el coronel Lamas á exponerles los 



distintos episodios de nuestra via criicis. Con orgidlo 
pudo relatar esas insistentes contrariedades que hacian 
más resaltante el mérito de su cumplimiento, costare lo 
que costare, á la palabra empeñada. No todo se habia 
perdido en esta injusta borrasca. 

Así lo comprendieron sus leales oyentes que segura- 
mente se sintieron atraídos por el imán sin aparato de 
su sencilla exposición. 

Sin embargo, el desengaño era cruel. 

Para aminorar la intensidad de juicios helados y 
convencido por otra parte de lo cierto de la informa- 
ción, el coronel Lamas juzgando á los demás tan fuer- 
tes como él para domeñar las circunstancias, aseguró 
á quienes lo escuchaban que, aun dando por elimi- 
nada la expedición del coronel Núñez, lo cual era pe- 
car de pesimismo, en breve hallaríamos en el Paso 
de Yapeyú del río Negro, á las fuerzas del Uruguay 
con excelente armamento. 

Al oir este aserto, uno de sus interlocutores, el co- 
ronel González, le preguntó sonriendo: 

— Coronel ¿y usted ha visto á esos revolucionarios 
de que habla? 

— Si, señor, replicó con entera fé y sin faltar á la 
verdad, el Jefe de Estado Mayor. 

— Pues si es así me callo, pero... no tengo mu- 
cha confianza en ese contingente. 

Admirable rasgo de sagacidad que retrata de cuer- 
po entero á aquel valiente. Sin estar informado de 
los sucesos; sin saber cuales serían los directores de la 
invasión del litoral, su instinto suspicaz, burilado por 



222 F»OFt LA. PATniA. 

la experiencia, le hacía presentir un fracaso que no 
tardó en producirse. 

Así es aquel soldado ciudadano que en la actuali- 
dad luce en el seno de las filas cívicas presillas de 
coronel cosidas con puntadas de heroismo. 

José F. González nacido en el primitivo departa- 
mento de San José, posee una brillantísima foja de 
servicios, que él nunca recuerda. 

Veterano de la patria, es uno de los pocos sobre- 
vivientes militares de aquella generación templada en 
luchas fabulosas, cuando se peleaba cuerpo á cuerpo 
en satánicos entreveros; cuando las lanzas ignoraban 
el descanso, y se escribían hazañas llenando de un 
golpe páginas gloriosas con hechos extraordinarios co- 
mo aquel inolvidable de los hermanos chandes y hijos 
de los mismos pagos donde él surgiera. 

En 1865 sienta plaza en los escuadrones; de la di- 
visión San José, de pregonados empujes, que mandaba 
el coronel Rodríguez, buen padrino para un soldado. 

En esa condición asiste á los diversos combates 
que se libran al sur de la República, en defensa de 
las instituciones agredidas. La campaña de 1870 lo 
encuentra oficial. Ed la batalla de Manantiales toma 
el mando de su división por haber muerto quienes 
tenían prelación sobre él para ocupar ese puesto, entre 
ellos su único hermano. 

Cuando en 1875 las energías del pueblo esclavizado 
despiertan, el grito de llamada lo sorprende convertido 
en jefe de reputación hecha. No asistió á la derrota del 
Quebracho por no llegar á tiempo — ¡fué tan precipitado, 
aquel maldito golpe! — pero alcanzó á llenar las costas 



del Río Negro con los ócos de sus correrías desafiantes. 

Cuando relámpagos precursores de tormenta iluminan 
nuestro territorio en 1897, nadie discute la ineludible 
necesidad de apuntalar la empresa en las regiones del 
suroeste con el nombre del comandante González, en- 
tonces retirado en su estancia del arroyo Porongos. 

Allí penetra una misión oficial de la Junta de Guerra, 
que ya hemos mencionado. Antes de consultarlo se sabe 
cual será su respuesta. Nunca aquel brazo flaqueó en los 
casos decisivos. 

Por eso, apesar de su gran obesidad que casi lo priva 
de montar á caballo, y de carecer de recursos, y de haber 
palpado en su vida tantos desalientos, y de abrigar in- 
vencibles desconfianzas sobre el éxito final, no vaciló en 
requerir el estribo y en solicitar órdenes. 

Entonces se le dice que para el 4 de Marzo á.las 
6 a. m. debe hallarse para protejer un desembarco en el 
puerto del Sauce, á sesenta leguas de distancia. 

Nada más averigua. Ayudado por su segundo, hombre 
de su estirpe, Cayetano Gutiérrez, recorre sin ser sentido 
el departamento de Flores, donde hasta debajo de las 
piedras crece su prestigio. 

•Durante muchas noches cruza las soledades de la 
campaña para dejar en cada rancho el eléctrico contagio. 
Ninguno pregunta. José González es el convocante y una 
mozada fornida que se ha criado oyendo narrar sus auda- 
cias y que lo ha visto siempre consecuente á su bandera, 
se compromete á seguirlo. 

Ahora, esbocemos su levantamiento. 

En las instrucciones recibidas se le expone que el día 
3 á las 12 p. m. debe concurrir al paso de los Troncos 



SS4 F^OR. L/L F»ATFtlA 

del Rosario, donde lo esperan con sus fuerzas los coro- 
neles José Saura, José María Pampillón y comandante 
Cicerón Marín. En consecuencia, el 2 desprende Gon- 
zález chasques en todas direcciones ordenando á sus 
oficiales de confianza, Cayetano Gutiérrez, Ramón Oli- 
vera, Miguel Cortinas, Manuel Durante, Juan S. Garat, 
Fidel Lacuesta, José P. Perrer y José Lugo, que se pre- 
sentaran en el pueblo de Trinidad esa misma noche, 
acompañados de los ciudadanos dispuestos á enrolarse 
en el movimiento revolucionario. 

A esta altura de los acontecimientos, entra en el se- 
creto redentor el capitán Francisco Solano Alvarez, 
abnegado correligionario y jefe de la Compañía Urba- 
na local, quién desde tiempo atrás estaba dominado 
por la recia idea. Sólo espera el estallido para ple- 
garse. 

"Obedeciendo al viril llamado, al oscurecer del 2 
se reúnen en la capital del departamento, grupos de 
patriotas que traen la adhesión entusiasta de todos los 
vecindarios, y forman sumados, un núcleo de 386 
hombres, más 110 al mando de Cayetano Gutiérrez, 
quien estuvo de guardia sobre la costa del arroyo 
Maciel hasta el momento de la marcha, en observa- 
ción del regimiento de caballería número 4 destacado 
en el Durazno. 

El 3 á las 3 a. m. movió el comandante Gonzolez 
su brillante división tomando rumbos al Sauce, mien- 
tras en Trinidad se festejaba con un improvisado bai- 
le, aquel favorable suceso. 

Recién á las 11 1/2 detuvo su marcha en campos 



* 

9 



• 



de Cachón, distantea 50 kilómetros del punto de par- 
tida. 

Beiniciada la jornada después de una hora de des- 
canso; llegó al paso de los Troncos á las 12 de esa 
noche, permaneciendo allí hasta las 3 de la mañana > 
en espera de las fuerzas prometidas que no concu- 
rrieron. 

El rompimiento de este primer eslabón no apartó 
á González de su atrevido compromiso. Asi, pues, con- 
tinuó avanzando hacia el sur yendo á detener aquel 
prolongadísimo trote largo, en las playas del río de la 
Plata. 

Allí tampoco halló amigos. Su situación empezaba 
á destacarse singularmente sombría. Engolfado entre 
arenales, cerrada su retaguardia por legiones enemigas 
ya en su acecho, ¿qué podría hacer solo y creyéndose 
abandonado? 

Las auras de la mañana al refrescar su frente afie- 
brada por el desencanto, y la conciencia de sus pre- 
miosas responsabilidades, le ayudarían á buscar una so- 
lución que nadie veía. Mientras tanto, era indispensable 
acampar para ofrecer descanso á aquella gente resuel- 
ta, que había caminado dos días y dos noches sin 
parar ni comer, recorriendo 225 kilómetros! 

Sobre el mismo puerto durmió aquella columna mor- 
dida por rabiosas desesperaciones, que compraba á ese 
precio, un puesto de preferencia en la historia de la 
revolución. Se esperaba un ataque; pero la noche pasd 
sin novedad. 

El día 5 amaneció sin que el anteojo delatara nada^ 
Para González que no estaba al corriente de la pos- 



tergación de última hora, se había cumplido con creces el 
compromiso. Completamente desorientado y maldicien- 
do quizá el fuego de sus amores partidistas, . volvió 1^ 
espalda á la costa siendo las 10 a. m. 

Tomó dirección á las puntas del arroyo Grande. Si 
no encontraba á Lamas en el extremo sur buscaría á 
Saravia en el extremo norte; pero cuando habia avan- 
zado unos 15 kilómetros y acababa de acampar en la 
estancia del Ministro de la Guerra, recibe aviso de 
que se veían caballerías por el lado Este. Las hace 
descubrir y resulta que se trata del bravo coronel Marín 
quien se le incorporaba con 200 hombres más ó menos. 

Casi simultáneamente aparece un chasque quien trae 
la noticia del desembarco del Sauce. 

Unidos entonces los dos caudillos, se dirigen al en- 
cuentro del coronel Lamas y á él se juntan dos leguas 
á retaguardia. 



Cicerón Marín. — Los maragatos 



Resta explicar la tardanza en concurrir al punto de 
cita de los correligionarios maragatos, y el antecedente 
de su actitud. 

El departamento de San José habia sido en todo 
tiempo, cuna de las más hermosas fidelidades naciona- 
listas. De la decisión de sus hijos nada puede dudarse 
sabiendo que quien los llevaba al- combate era el coro- 
nel Rafael Rodríguez, uno de esos representantes sin 
tacha de la virtud nativa. De sus mujeres, cuenta la 



F^OFt LA. F»ATFIIA «ST 



memoria popular que cuando el injusto fusilamiento de 
aquel niño con entrañas de leon^ llamado Albarenque, 
cuyo pecho cribaron las balas aleves en castigo de una 
indomable valentía, ellas escoltaron en corporación hasta 
el campo santo el cuerpo del glorioso inocente. 

No habia hombres en el pueblo para hacerle guardia 
de honor porque todos estaban en el ejército revolucio- 
nario; pero las damas supieron disimular esas tristes 
ausencias; y benditas unciones femeninas fueron el 
mejor epitafio puesto á una tumba sin lápida. Aquella 
increible energía impuso al adversario. 

El llorado fallecimiento del jefe sin reproche, sembró 
algún desconcierto en los afectos locales. Hay heren- 
cias muy pesadas. Para cargar las insignias huérfanas 
de apoyo, se necesitaba exhibir títulos de hierro. 

El interés de los politiqueros quiso discernir creden- 
ciales de jefe de la famosa división San José á entidades 
advenedizas, batidas con el plomo de las letras de mol- 
de, demasiado benevolentes, y sin recabar anuencia de 
una respetable soberania guerrera. Pero en tierra de 
guapezas no se decretan valimientos. 

Cuando el momento se presentó de definirse, solo 
asintieron á la invitación recibida para una patriada, 
ios comandantes Cicerón Marin, Pedro Bastarrica y 
Ramón Batista, tres inspirados. 

Reunidos en consejo con otros oficiales antiguos, en- 
tregaron el mando superior de los escuadrones maraga- 
tos al primero de los citados. 

No estuvo errada esa elección. Cicerón Marin era un 
guerrillero de renombre que enrolado desde niño en las 
milicias, habia salpicado su juventud inquieta con bri. 



ñ23 F»OFl LA F»Axr;iA. 

liantes arrogancias. Baste decir en su abono^ que el 
otro general Aparicio que sabia calar como ninguno á 
sus subalternos, le dispensaba especial preferencia, 

Marín aceptó sin titubear la distinción con que se le 
obsequiaba, y la aceptó para honrarla. Fué de los pri- 
meros en tomar las armas y de los últimos en dejarlas. 
Durante siete meses que tuvieron muchos lapsos oscuros^ 
lo vimos marchando á la cabeza de su resistente divi- 
sión. Al fin de la campaña, entraba entre delirantes 
manifestaciones de agasajo, al pueblo natal. Era el 
mismo de antes. Solo* que traía más copos de nieve en 
8u canosa cabellera y culminada su alta reputación. 

Comprometidos él y sus amigos á colaborar en la ardua 
empresa, repartieron su gente por montes y sierras. Lo» 
recursos escaseaban tanto que apenas se alcanzó á ob- 
tener fusiles para la mitad. Hasta con tijeras de esqui- 
lar enastadas en cañas tacuaras, á fuer de lanzas, se 
levantaron muchos. Parecía que el destino extremaba 
estas angustiosas estrecheces é imperfecciones, para 
poner en mayor evidencia la esterilidad de las infatua- 
ciones gubernamentales. 

De acuerdo con una acción combinada, recibe el 
comandante Marín de la Junta, en idéntica forma y 
fecha que el comandante González de Plores, la consig- 
na de encontrarse el 3 á medio día, en el paso de los 
Troncos. Con el objeto de dar cumplida realidad á esa 
disposición, trasmite órdenes parciales á sus compañeros 
los comandantes Batista y Bastarrica, quienes al oscu- 
recer del 2 se lanzan á la rebelión á la cabeza de 75 
hombres y toman rumbo á la sierra de Mal Abrigo> 



donde los aguarda el núcleo de los elementos departa- 
mentales. 

Al amanecer llegan á las proximidades de la comi- 
saría 5.% donde averiguan por dos prisioneros, que el 
comisario, señor Acevedo, estaba allí con 40 hombres, 
en vísperas de recibir un armamento de la ciudad. 

Entonces resuelven atacar á la policía, y lo hacen pro- 
duciendo absoluta dispersión en las fuerzas enemigas y 
tomándoles seis prisioneros,^pertrechos y aperos. Luego 
continúan su avance, incorporándose el 3 á la noche, á 
la columna del comandante Marín, quien los espera en 
en Isla Mala al mando de 225 ciudadanos. 

En ese punto recibió el citado, ima nueva comunica- 
ción por la cual se le advertía que el desembarco del 
Sauce, había sufrido un retraso de veinticuatro horas. 

En consecuencia, así se explica que concurriera á fu- 
sionarse con González recién un día después; y porque 
este último jefe que no tuvo noticia de la postergación 
mencionada, |se creyera víctima de imperdonables en- 
gaños. 

Esta variación postuma hecha al plan primitivo, pudo 
haber ocasionado sensibles entorpecimientos. Si debido 
á causas fortuitas, no se detienen algo más de lo estipu- 
lado los meritorios comprometidos del interior, la expe- 
dición Lamas habría estado expuesta á un fracaso muy 
probable, aislada entre médanos y con el avispero albo- 
rotado al frente. 



;8SO f OR. LA. fratría. 



Saura y Pampillón 



Agreguemos á estas divagaciones, indispensables para 
reflejar la fisonomía completa de los sucesos, párrafos 
cortos pero de interés, que esclarezcan la no concurrencia 

al movimiento de los coroneles Saura y Pampillón, bas- 
tante oscura para la generalidad. 

Como antes lo hemos expuesto, estos dos jefes esta- 
ban categóricamente comprometidos á levantarse en 
armas cuando sonara la ocasión. 

Emisarios formales de ambos, llegaron hasta Buenos 
Aires para ponerse al habla con el Comité. 

Tan ratificada era su patriótica complicidad, que 
pronto se les buscó rol saliente, aceptado por los fa- 
vorecidos: el coronel Pampillón mandaría las milicias 
de los departamentos de San José, Flores y Montevi- 
deo, y el coronel Saura las de Florida y Canelones. En 
tal sentido, se les dirigió nota por conducto reservadí- 
simo, que ellos recibieron. 

Para coordinar mejor el esfuerzo ciudadano, el Co- 
mité Be interesó en obtener la adhesión escrita de los 
jefes nacionalistas importantes de esas zonas, á la jefa- 
tura müitar de aquellos señalados caudillos. 

Al efecto, disponiendo de la correspondiente autori- 
zación, el señor Alberto Lerena se dirijió por carta el 
17 de Febrero, al comandante José González, diciéndole 
en uno de sus párrafos, textualmente lo que sigue: «2.°, 
Que se sirva igualmente autorizarnos para entendernos 
con el coronel Pampillón, recibiendo sus órdenes. 



POR. LA. F»A.T1^IA sai 



Pedimos con urgencia esa respuesta, porque hay la 
necesidad de vernos, sin pérdida de tiempo, con el co- 
ronel Pampillón.» 

Procediendo con su noble desinterés de siempre, 
contestaba el interrogado en la misma fecha, de este 
tenor según carta original que tenemos á la vista: 

«^Con respecto al segundo punto, queda usted amplia- 
mente facultado para ver en mi nombre á mi amigo el 
coronel Pampillón, á quien le manifestará que de acuer- 
do con sus observaciones, quedo desde ya á sus órdenes. 
Y usted encargado de trasmitirme éstas á la mayor 
brevedad.» 

Documentamos este punto de pesquisa histórica para 
evitarnos enojosos comentarios. 

El señor Lerena teniendo en su poder esa y otras 
credenciales de significación, se apresuró á celebrar 
una conferencia con Pampillón. 

Este había bajado de su estancia á la capital. Allí 
pudo encontrarlo, después de muchas dificultades, el 
delegado departamental, quien lo notó poco entusias- 
ta aunque reconociendo el compromiso contraído. 

Estaba acordado que el coronel Pampillón se fu- 
sionaría á los demás planteles revolucionarios — fuer- 
zas de González, Marín, etc.— en el citado paso de 
los Troncos. 

El gobierno de la época que empezaba á entrar en 
sospechas, solicitó explicaciones de Pampillón, perso- 
nalmente interrogado por Idiaiiie Borda. 

Ahí se exhibía la mejor denuncia de tales apren- 
siones. Pero Pampillón no quiso creer en probables 
estorbos desechando porfiado, insistentes observacio' 



S3S F»Oi=l LA. PATRIA 



nes. Así, nadie experimentó extrañeza cuando se le supo 
reducido á prisión dos días antes de la cruzada. 

El gaucho temerario que burlara en sus barbas al 
mismo Máximo Santos; quien se destaca por sus orgáni- 
cas desconfianzas y astucias, fué mansamente tomado 
por los agentes bordistas. 

Destino bien poco resaltante, por cierto. 

Aunque el coronel Saura estaba atado á compromisos 
también imperativos, otra era su situación. Precisamente 
en los momentos álgidos, una grave enfermedad lo pos- 
tró apesar de sus rectos deseos. En la cama, donde 
yacía doblado por intensos dolores físicos, lo sorprendió 
la orden de bajar á Montevideo, emanada del gobierno. 

Ningún otro temperamento pudo adoptar el querido 
veterano, no teniendo otro remedio que reconocerse 
prisionero. 

Diremos ahora, que la ausencia de estos jefes hizo 
mucho mal á la revolución, la cual en gran parte debido 
á esa causa de desorientaciones locales, no adquirió el 
impulso esperado que pudo ser decisivo en un prin- 
cipio. 



Mis apuntes de la campaña 



Reanudando nuestra narración en su hilo principal, 
vemos que el coronel Lamas á pesar de los mil tras- 
tomos producidos, al breve rato de desembarcar tenía 
una cantidad redonda de setecientos hombres á su 
disposición. 



F»OFl LA F»AXR.I/V SS3 

Ciertamente que nuestro Jefe de Estado Mayor no 
esperaba ese resultado al alejarse de punta Lara ha- 
cía la costa oriental; llevando el espíritu tan agitado 
por ansiedades. 

El autor de este libro 6 folleto, tuvo la feliz ocu- 
rrencia de llevar consigo durante la campaña^ una car- 
tera de apuntes donde han quedado exprimidas to- 
das sus impresiones, las buenas como las malas. 

Apenas acampaba el ejército, ya estaba yo á la pes- 
ca de un lápiz, artículo difícil de obtener entre sol- 
dados, y robando momentos al cansancio y á aquel 
apetito devorador de entonces que nunca he vuelto á 
conocer, bocetaba en cuatro rasgos, ese día de marcha. 

Muchas veces el pobre caballo al cual tocara caer 
en estas manos de maturrango, hubo de esperar in- 
justamente enfrenado, á que mis garabatos quedaran 
concluidos. 

Así s<51o se concibe que haya llenado, casi sin que- 
rerlo, pues la concisión fué siempre mi pauta, cinco 
libretas, compradas: en Buenos Aires, una; de proce- 
dencia brasileña, otra; obtenida en el Salto, la tercera; 
rielada en Aceguá; la cuarta — por un vecino capaz 
de sentir con nosotros los dolores cruentos — con en- 
cargo expreso de abrirla relatando aquella victoria sin 
luces y traída del sur la última, para cerrar con loa 
ecos de la paz; aquella larga odisea, cuyo trajicismo 
no alcanza á comprender la generalidad. 

Pues esos apuntes repartían el capital de mis cariños 
con las cartas, con las poquísimas cartas que recibí de 
los míos y que iluminaron con brillazones de faro las 



ÍS34 F»OFi LA Fratría 

encrucijadas de mi suerte, amansando las tormentas de 
un corazón que vivía dentro de un estuche de espinas. 

Muchas semanas pasé sin tener un centesimo en el 
bolsillo, ausencia ésta que constituye una fuente de inex- 
tinguibles calamidades. Sin dinero se pasa mal en todas 
partes, pero en ninguna se pasa peor que en los campa- 
mentos. Sin metálico á mano, naufragan todos las pers- 
pectivas gastronómicas, el dominio de los caprichos se 
reduce de manera insoportable y hasta cuesta conseguir 
un caballo. 

¡Un caballo! Sólo quien haya sido voluntario puede 
apreciar la importancia de esta última adquisición. Sólo 
quien haya presenciado el desfile de los suyos teniendo 
la montura en el suelo, y palpado su alejamiento, impo- 
tente para seguirlos, está en aptitud de aquilatar el cali- 
bre de esa ventaja. 

Pero mis libretas, iguales por lo sucias y borroneadas 
á las de cualquier servicio doméstico, nunca abandona- 
ron mis bolsillos. Eran la paloma blanca de aquellas 
verdaderas alforjas con todas las variedades en su seno 
del arca bíblica. 

Conmigo durmieron sin intervalo de una noche; con- 
migo han rebotado por toda la superficie de la Repú- 
blica; conmigo corrieron peripecias multiformes. 

En aquella noche terrible de Cerros Blancos, cuando 
un cortinado de agua parecía cerrar la marcha de las 
cabalgaduras, acobardadas por este nuevo diluvio, y 
apesar de ponchos y encerados sentíamos mojado nues- 
tro pecho y espaldas, convertidos en graciosas vertien- 
tes, mi preocupación constante era salvar de la catas- 



trofe á mis compañeras que recién estaban en su 
infancia. 

En ocasión tan ruda, marchaba apareado á un pobre 
médico brasilero de extendida calvicie y con barba blanca 
de apóstol^ que después caería en el cumplimiento de su 
deber augusto. Este amigo^ el doctor Fleuris, andarie- 
go y veterano, llevaba guardados sus cuatro remedios 
locos en el entreforro de su coginillo, cortado al efecto 
por la parte inferior. 

Allí, en tan seguro botiquín, iban de reserva el ácido 
fénico, vendas y otras armas para mí desconocidas, con 
que pelean á la muerte los hombres de ciencia. 

¡Cuanto envidié aquel refugio indio! ¡Tan bien lo hu- 
bieran pasado en esa faltriquera de burda solapa, mis 
protegidas! 

Tiempo después, sufrí algún serio percance anfibio, 
allá por el norte, en un arroyo llamado el Mata Perros 
por el vecindario y el Mata cristianos, por nosotros. Al 
salir de aquel torrente atrevido, cuyo fondo pedregoso 
creo que besé en esas circunstancias, me palpaba los 
bolsillos interiores ya inundados, en busca de las famo- 
sas libretas. 

Y á mi llegada á nuestro querido Montevideo, cuando 
se colmaban los ensueños de muchos meses, y recibían 
consuelo las fiebres imaginativas de muchos insomnios, 
y estrechaba entre mis brazos á mis padres y á mis 
hermanos que lloraban de alegría, dediqué algún movi- 
miento, algún rayo de recuerdo, á las amigas invaria- 
bles que desde ese instante cesaban en su misión. 

Vuelto á mi estado de civil, experimenté sensaciones 
únicas, olvidando por algún tiempo todo lo que podía 



«se F»OFt LA. FAXFUA. 

volverme al cautiverio de reminiscencias vertiginosas, 
que todavía me abrumaban con la intensidad de un 
colorido joven. Así dormitó mi memoria, agobiada hasta 
la víspera por el toque de clarines y por acongojadores 
sucesos. 

De aquel remanso cariñoso saldría luego expontá- 
nea, para seouir la corriente ya menos impetuosa, y 
poner rumbo á mis anotaciones, y hojear las páginas 
de un archivo que yo solo entiendo. 

De consiguiente, á mis humildes libretas pertene- 
cerá la paternidad de los capítulos sucesivos. 

Ya el periodista señor Pellicer, aprovechó algunos 
retazos matizados de reflexiones imprudentes en la 
época de su publicación, apesar de mis solicitudes en 
contrario y de compromiso contraído; y ya entonces, se 
apreciaron verídicos aquellos reflejos. 

Deseoso de confundir mi exposición con la equidad^ 
pido ahora apoyo noticioso y descriptivo á esas mule- 
tas que pueden disfrutar de algún interés histórico. 

Las primeras palabras son las que valen en todos 
los hechos moldeados por la pasión humana, cuando 
el cálculo no ha usurpado su puesto al sentimiento y 
se hilvanan los asertos con hilos de sinceridad. De la 
misma manera que se conoce á los hombres en las 
horas de peligro, cuando todos echan á un lado por 
incómodo, el antifaz de los asaltos sociales, y el ím- 
petu interno rompe espantado con los convencionalis- 
mos aprendidos en toda una vida. 

Y como, lo declaro lleno de satisfacción, no tro- 
piezo releyendo el curso de mis impresiones escritas 
sobre la carona, con desahogos partidistas, ni rastros 



de odio, ni imputaciones encegecidas, aprovecho gus- 
toso este pequeño y original archivo para jalonear 
mi narración. 

Por supuesto que en el afán de ser exacto, no llegaré 
á sacrificar la forma al fondo. Algunos retoques se im- 
ponen, pues los blocks nada valdrían sin el pulimento 
del buril. 

Además, debo de completar algunos cuadritos que 
apenas había esbozado; vestir imagines fugaces; hacer el 
retrato de muchos camaradas meritorios, de valientes y 
denodados jefes, cuya mención cabe en toda su talla 
después de terminado el desigual esfuerzo, cuando en el 
recuento final, se les encuentra ocupando contentos 
aunque semi-desnudos, el puesto de todos los momentos. 

También en mis apuntes, tienen brevísimo espacio los 
grandes choques. 

De Tres Arboles por ejemplo, poco hablan ellos 
¿Por qué? Puedo responder que para avivar ciertos re- 
cuerdos siempre en actividad, cimbradores como el 
propio destino y confundidos con entrañables afectos, no 
se requiere computar datos. 

Los paisajes bosquejados por la muerte, están perfec- 
tamente nítidos en el fondo de mi retina. Ellos no se 
desvanecerán jamás, porque no existe corrosivo bastante 
poderoso para borrar los dolores y las alegrías indecibles 
que han contribuido á amasar la propia individualidad. 

La evocación de los nombres de nuestros compañeros 
queridos, cuyos restos han quedado esparcidos á los 
cuatro vientos, basta para iluminar el inmenso escenario, 
como levantando una lápida se domina de un golpe de 



^S& r>OR. LA. F>ATFtIA 



vista^ el fondo de una sepultura con sus cajones alineados 
en series superpuestas. 

Cerremos este prolegómeno indispensable, abriendo mi 
Diario de campaña, que será el mejor guía en los acon- 
tecimientos que abarque el desarrollo revolucionario, 
dejando sus confidencias, sus notas íntimas y sus nimie- 
dades, para no quitarle el valor sincero que tiene. 



¡Incorporados! 



Día 5 de Marxo — A las tres de la tarde salimos del 
pueblo del Sauce, núcleo de población en su mayoría 
obrero, que sirve de cabecera á una línea férrea que 
arranca del Rosario. Las simpatías unánimes del vecin- 
dario nos acompañan. 

En el rostro de aquellos espectadores, extranjeros en 
su totalidad, pues los hijos del país vagan por los mon- 
tes ó purgan en los cuerpos de línea su varonil rebeldía, 
se retrataba una profunda conmiseración mezclada de 
estupor. 

Son tantos los preparativos oficiales! Tantos han 
sucumbido en la protesta, que esas gentes buenas, men- 
talmente nos dirige una despedida eterna. A su juicio 
desapasionado, vamos como las reses al matadero. 
Nada ni nadie nos salvará del abismo. 

A la legua de viaje tropezamos con una partida 
revolucionaria. Es la vez primera que veo estas cosas y 
mis ojos no se cansan de estudiar con cariño á los 



recién llegados, quienes prorrumpen en estruendosas 
aclamaciones luego de reconocernos. 

En este grupo explorador no se distingue por ningún 
atributo de autoridad, al oficial que manda de los sol- 
dados que obedecen. Allí está palpable la expresión de 
las energías populares. Todos iguales ante la ley del 
sacrificio que no sabe de preferencias irritantes, y ante 
los mandatos del deber democrático que no entiende de 
galones. 

Nadie puede exigir regalías cuando debajo de cada 
pecho late un corazón templado sobre el yunque de la 
virtud. 

La vestimenta de los nuevos camaradas, la hallo 
atrayente y pintoresca. 

Llevan ellos fuerte bota que recejen hasta la rodi- 
lla los pliegues amplios de vistosas bombachas, y es- 
puelas que me parecen enormes, comparadas á los 
elegantes espolines de los oficiales de caballería argen- 
tina. Cuando sus dueños caminan, rayan el suelo las 
nazarenas y producen un ruido especial como si se 
quejaran de este relajamiento de su misión. 

Cubren aquellos las cabezas con sombreros gachos 
de anchísimas alas, sujetos á la barba por un barboquejo 
de cinta negra, mientras rebasan su contorno cren- 
chas descuidadas que orlan el marco de fisonomías 
tostadas é interesantes. 

Grandes divisas blancas rematan los atractivos de 
esta prenda. Sus inscripciones son caprichosas y no 
siempre consecuentes con la gramática; pero ¿qué im- 
portan esos detalles cuando Todo es por la patria, 6 



2^0 r>OFt l-^V PATFIIA 

se clama por hibertad y Cojistitución, 6 se es De- 
fensor de las leyes? 

Manos femeninas han bordado esas cintas que no 
besan desde hace veinte y siete años los aires de la 
tierra. Y esas mujeres, abandonadas en los caseríos de 
terrón; ahora tristes, sin escudo ni socorro; que ya 
maldicen á la guerra y ya se estremecen de horror 
ante las perspectivas de largas ausencias, han empu- 
jado á la lid á los improvisados campeones, á una 
generación de paisanos que no gustará la dicha de vi- 
vir hermanada por siempre al arado. 

Pocos instantes pasan y nos incorporamos á la an- 
siada falanje. ¡Cuántas efusiones felices! En nuestro 
honor las lanzas se agitan, blandidas por brazos de 
hierro, las banderolas simbólicas se extienden ufanas, 
los fusiles se alzan con inmenso júbilo, y los clarines 
entonan un toque de inflexiones agudas que llegan á 
lo íntimo. 

Yo, que en los albores de mi juventud fui vecino por 
años del departamento de Flores, escudriño con interés 
las filas. Mis recuerdos de la infancia se han refrescado 
con este espectáculo y busco instintivamente alguna cara 
conocida. ¿Si estará entre esos cruzados alguno de aque- 
llos fieles peones de la vieja estancia de mi padre, que 
amansaban con especialidad, para el «niño,» el potrillón 
hijo de la yegua madrina de la tropilla volantera? Por 
mi pensamiento desfilan apuradas, imágenes que resur- 
gen vividas al toque mágico de la memoria. 

Me parece que fué ayer cuando salimos de aquel 
arbolado famoso de los pagos de Guaycurú, y olvidando 
que el curso de los años modifica los escenarios y 



arrebata existencias^ como el curso de las aguas ahonda 
cauces y arrastra los árboles de apariencia más robusta. 
de la orilla, pregunto por varios de los servidores lea- 
les de mi familia. 

Casi todos han muerto y el que n<5, pone ya el pié 
en el estribo para emprender la jornada sin retorno. 

—El viejito Vaienzuela, — me dice un oficioso infor- 
mante — el indio Isidoro, que fué capataz del estableci- 
miento? pues esos ya ensillaron el flete que los llevaría 
á la Estancia Grande, 

— Vea, agrega, aquél es Cayetano Gutiérrez que estu- 
vo de comisario por allá. Talvez usted no se acuerde. 
Ese otro es el comandante José González, también de 
nuestra querencia. 

Gracias á estas lejanas vinculaciones que reverde- 
cían en aquella ocasión de aurora, pronto conseguí ca- 
baUo. 

Empieza en seguida el reparto de armas que debe 
ser dosimétrico, en proporción al número de solicitan- 
tes. Nada tardan en vaciarse los cajones de pertrechoa 
y munición. 

Tocan oración y suena la .hora de dormir. Mordida 
por un apetito que no se conforma con las frugalida- 
des campesinas, tomo la situación con la posible filo- 
sofia y me tiro vestido sobre mi recado, sin imaginar 
que por meses descansaré de idéntica manera. 

Tampoco me habitué, así de sopetón, á las durezas 
inevitables de aquel rústico lecho. Pienso en los socios 
de «La Criolla», aficionados á las diversiones nativas 
y sólo les deseo, para apagar sus entusiasmos nació— 



S-4g t>OFt LA F>ATR.1A 

nales^ una noche de estas, más cruda á buen seguro 
que las célebres de Toledo. 

Quizás con el correr de las semanas encuentre poe- 
sía donde hoy sólo percibo fastidios. 

A las 12 salió el coronel Lamas á practicar un re- 
conocimiento hacia el lado del Sauce, venciendo afe- 
rrado á sus responsabilidades, el natural cansancio de 
dos días de fatiga. 

Una equivocación en el santo y seña casi da lu- 
gar á una desgracia más que lamentable, pues el cen- 
tinela hizo un disparo sobre la pequeña comitiva que 
vuelve después de llegar sin novedad, hasta la costa 
del Minuano. 



El primer encuentro 



Dia 6 sábado — Amanece con lluvia y ventoso. No bien 
aclara, sale otra vez el Coronel Lamas, á quien en adelante 
llamaremos Coronel simplemente para no quebrar una 
costumbre que persiste. Entra al Sauce y allí se le 
dice que el general Díaz apenas ha tocado en el puer- 
to para proceder á la captura del Ernestina R. Bor 
nemort y demás tripulantes pagaron en los cuarteles 
montevideanos su increible torpeza. Sólo el audaz Lun-- 
go ha escapado de la caza, ocultándose en los ma- 
torrales de la costa. 

Corre el rumor casi confirmado, de que Gabino Va- 
liente, un jefe de los nuestros que, á juzgar por sus 



mentas^ responde á su apellido, ha sido apresado con 
una pequeña escolta por fuerzas del gobierno. 

A las siete abandona su campamento la columna 
revolucionaria en dirección al norte. Había avanzado 
una legua cuando se divisa al costado derecho, ha- 
cia el lado del Rosario, gente sospechosa que se re- 
tira ante nuestras partidas, sin intentar resistencia. 

Averiguada su probable procedencia, resulta perte- 
necer al escuadrón del coronel Barrióla, jefe predilecto 
de Idiarte Borda quien se empeña en agregar lucidez á 
sus entorchados colocándolo frente á los invasores. Pe- 
ro el referido aprecia los sucesos con menos entusiasmo. 

Unido como estaba al coronel Andrés Vera, quien 
le había allegado trescientos milicianos, y contando 
su regimiento remontado arriba de quinientas plazas, 
pudo realizar un provechoso, ensayo. Sobre él conver- 
gían las miradas del oficialismo, palpitante de emo- 
ción; pero él no quiso entender de ataques y como 
maniobra más hábil, dispuso una retirada, sin ton ni 
son, á la vista del enemigo. 

A estar con nosotros la infantería de Núñez, la oca- 
sión no debía perderse. Aun en su ausencia, pensó el 
Coronel en atacar. A la revolución, endeble y vencida 
antes de entrar en lucha, para la generalidad, le era 
necesario imponer su nervio y exhibir con éxito su 
musculatura. 

Pero la condición eminentemente bisoña de nuestros 
soldados, inclinó á no hacerlo así. 

Mientras tanto, las fuerzas del coronel Barrióla que 
en el primer momento estuvieron al lado oeste del 



;e44 r>OR. LA. F»ATFtlA 

Bosarío, se retiraron á nuestra aproximación dejándolo 
á su retaguardia y de consiguiente en nuestro poder. 

Como á torearlo, salió el comandante Batista con su 
lanza enarbolada y encabezando algunas guerrillas que 
entraron sin tropiezo por las calles del poblado inme- 
diato, sabiendo allí por distintas personas, que los gu- 
bernistas habían pasado en tropel. 

Desde el horizonte parecían observar el movimiento 
adversario. 

Mala figura hizo aquella poderosa columna, abun- 
dante de todo. 

Aún en el caso de no presentar combate decisivo,'el 
coronel Barrióla sabiendo que la revolución contaba con 
importantes ramificaciones y suponiendo que nuestro 
avance significaba redondear elementos, debió de haber- 
nos hostilizado para obligamos á sufrir las penurias de 
la guerra, y molestamos hasta que llegaran en bu auxilio 
Beltrand que venía á marchas forzadas por el Paso 
del Navarro, y Galarza que merodeaba por el departa- 
mento de Soriano, abrumado desde hace lustros por el 
peso de su dominación personal. 

Afirman los gubernistas, que Barrióla se retiró por 
imposición de Borda. Fuera de que es este un tris- 
tísimo argumento que rebaja hasta los suelos el pres- 
tigio de los galones, pues si la oligarquía entonces 
dominante quería prolongar la guerra con propósitos de 
robo y despilfarro, resultaban los militares en campaña 
sino cómplices, por lo menos defensores de una gavilla 
de ladrones; fuera de que nada dice ese justificativo 
indecoroso, comparable por su cinismo, á aquel otro de 
un marido degradado que para acreditar su ausencia 



del hogar en noche conocida, declaraba que un primo 
favorecido de su mujer, había dormido en su casa en- 
tonces, y los dos no podían participar del mismo lecho; 
fuera de tan feas chicanas, es indudable que el coronel 
Barrióla pudo perfectamente intentar reconocemos. 

Creemos que las instrucciones prohibitivas de Borda 
no alcanzaban á quitarle el ejercicio de ciertos recursos 
miUtares impuestos por una prudencia elemental. 

Sin embargo, aquel jefe se retiró en confusión, no 
sabiendo ni quien lo desalojaba con tanta facilidad de 
sus posiciones, ni á donde iba, ni cuantos eran los ene- 
migos. 

Si los revolucionarios marchaban hacia el norte, los 
gubemistas lo harían hacia el sur. Ahí se encerraban 
todos sus planes tácticos, expontáneos 6 independientes, 
dígase lo que se diga, de la exagerada influencia pre- 
sidencial. 

¿A qué inició Barrióla con tanto ahinco la persecu- 
ción de los sublevados de Trinidad si cuando les diera 
alcance ó integrados ellos apenas con veinte hombres 
más, iba á mirarlos pasar sin enviarles un solo disparo? 

Se explica esta inaudita debilidad, por el mismo moti- 
vo que se explica la actitud vergonzosa del Vigilante 
en el río, y las timideces del ministro de la Guerra, que 
se aleja del Sauce con su temible expedición cuando 
conoce el desembarque del 5; como se explican los 
posteriores y reiterados disparates y yerros de los mi- 
litares gubemistas. 

La situación imperante destilaba oprobio y los arrai- 
gados positivismos de aquella época nefanda no armoni- 



zaban con las rigideces que imponen sobre el terreno las 
charreteras bien ó mal habidas. 

Primaban en el mayor auge, los ardores egoistas del 
más acendrado sibaritismo. ¡Y esas armas pretorianas 
habían detenido por tanto tiempo el adelanto institucio- 
nal de la nación; y esos eran los batallones que con sus 
redobles marciales de los dias de parada, daban pedestal 
al concepto de invencibles de que disfrutaban! 

Apartado expontáneamente Barrióla de nuestro cami- 
no, continuamos marcha en dirección al Colla, bajo 
una lluvia tan pertinaz cuanto incómoda. 

Es de advertir que durante esta marcha y en to- 
das las sucesivas, no se dispuso absolutamente de nin- 
gún bien ageno sin extender antes el correspondiente 
documento comprobatorio. 

Es cierto que se tomaron sin mayor preámbulo los 
caballos que fué posible recoger; pero no es menos 
cierto que se procedió con suma moderación escuchán- 
dose con verdadera benevolencia, los reclamos de los 
interesados. 

Desde la víspera, el resto de municiones iba condu- 
cido en tres carros suizos que guiaban sus respectivos 
dueños, bajo promesa, cumplida luego, de obtener la 
devolución de sus vehículos de trabajo. 

Esa noche acampamos entre las serranías del Ro- 
sario. En tal oportunidad ya tuve ocasión de apreciar 
las delicias de una mojadura total. 

Aunque creí imposible conciliar el sueño en condi- 
ciones tan desfavorables, concluí por dormirme como 
una piedra, enterrado entre pastos y zarzales. 



r>OR. LA. r>A.xFiiiV s-^r 



Los caudillos 



Día 7, doíTiingo. — ¿Tendremos hoy un domingo siete 
en signo de reverencia á la fecha? Por lo menos el 
cielo encapotado y hostil, no nos augura nada mejor 
en lo que le concierne. 

A. las 9 emprendemos marcha después de hacerse 
un nuevo leparto de municiones que recarga la dota- 
ción de cada uno. Precédese así, para abandonar los 
carros que marchan penosamente entre aquellas fra- 
gosidades. 

Nunca supuse tan quebrado al departamento de la 
Colonia. Cruzamos al través de campos risueños gra- 
cias á un laboreo reproductivo, y esquivando valle» 
fértiles pero de descensos y subidas muy molestas para 
las cabalgaduras. 

Al rato de marcha aparece á retaguardia una dimi- 
nuta partida que se puso en justificada fuga al ser 
perseguida, dejando por tributo un caballo ensillado. 

A las 12, se acampa en la costa del arroyo Co- 
lla, lindo paraje de vegetación lujuriosa, por donde pa- 
sara el 5, según referencias, un grupo gubernista bas- 
tante numeroso, que suponemos sea la fuerza del co- 
ronel Vera incorporado al 4.** de caballería. 

A esta altura, se presentan varios voluntarios pi- 
diendo un puesto en las filas. Cada cual elige su co- 
locación, y cada cual la solicita junto al jefe cuyo nom- 
bre pronuncia con orgulloso respeto. ¡Ahí están los 
caudillos! Su prestigio, como la cola de los cometas. 



«48 F>OFl LA FAXFtIiV 

abarcan una larga zona; y los hijos j los parientes 
jóvenes de sus camaradas de las guerras viejas, se 
alzan presurosos para brindar renovado culto á la re* 
ligión de cariños sin mancha, cuyo texto aprendieron 
tomando mate á la sombra del ombú coposo, oyendo 
la narración de agenas hazañas, atizando los tizones 
del fogón, y entre pullas ocurrentes que van á cla- 
varse certeras en el renombre del adversario, señor 
del pago. 

Muchas injusticias han soportado ellos; pero ningún 
vendabal arrastró los afectos hondos. 

Interroguemos las filas y pocos habrá que no hayan 
sido conducidos á la comisaria del lugar con las piernas 
atadas por un maneador, por bajo la barriga del caballo, 
como si fueran criminales, por el delito de no tolerar 
algún rebencazo del caciquiUo local. 

Aquí encontramos el paño de amargas realidades que 
dieron motivo al inteligente Orosmán Moratorio para 
•concebir las escenas más tristes y más verídicas de sus 
creaciones dramáticas de índole criolla 

¿Cuál de estos compañeros de ayer se hubiera atrevi- 
do á jugar en unas carreras contra el Juez de Paz, cuál 
pudo llegar hasta la pulpería adornando su cuello con 
inocentes golillas, sin desatar iras rencorosas que lo 
empujarían á las cuadras de los cuarteles? 

Hasta el espíritu proverbialmente altanero de la raza 
atacaron esas repelentes caries. 

La revolución, que viene á luchar por todos los de- 
rechos y á prestar apoyo á todas las rehabilitaciones, 
operará en meses una maravillosa acción reconfortante. 

Después de almorzar, procedemos á secar las 



F>OFt LA F»AXFtIA. «-4© 

ropas convertidas en ricas esponjas. Al caer la tarde 
proseguimos la marcha. Un tiempo espléndido nos 
favorece. 

Es realmente singular el aspecto que presenta nues- 
tra fuerza que resbala despacio pero sin detenerse, por 
lomas 7 quebradas. 

Vamos divididos en tres columnas, mandada la del 
centro por el Coronel, la de la derecha por el comandante 
González, y el comandante Marín á la izquierda. Estos 
tres trozos de caballería producen im efecto fantástico 
avanzando de noche entre las claridades plateadas que 
envía desde el cielo una Luna magnífica. 

Las conversaciones animadas de la tropa, el relincho 
de los caballos, el ruido de las armas que golpean la 
cabezada de los recados, los dicharachos que vuelan de 
aquí para allá amenizando el desfile, todo eso forma un 
extraño concierto que remonta las ide^ á las épocas 
heroicas y resulta de indefinible hermosura para quie- 
nes, corridos como nosotros por el formulismo tieso de 
la vida urbana, encontramos el sumum de la belleza 
en donde palpita la expontaneidad con su cortejo de 
magnéticos colores. 

Con dificultad se convencerán nuestros lectores de 
que allí predominara sin reatos la mayor alegría. El 
criterio de las ciudades, amasado con preocupaciones 
constantes, no alcanza á concebir esa soltura de espí- 
ritu y de cuerpo, cuando el peligro está en acecho de- 
trás de cada mata de pasto. 

Pero eso sucede porque ellos no conocen el tempe- 
ramento especial de nuestros hombres de campo — 
parecidos á los musulmanes por su inquebrantable 



fatalismo, — qiie hermanados á inminentes riesgos desde 
que nacen, concluyen cobrando grueso desprecio á la 
vida. 

Al enlazar una res en el rodeo; al correr en cuesta 
abajo, tras un animal bravio escapado del corral; al 
domar un potro; al esgrimir su filoso puñal en las lides 
camperas; al hacer un tiro de bolas; al ejercitarse en 
diversiones audaces; luchando en todas partes, de día y 
de noche, con las fuerzas ciegas de la naturaleza en 
sus distintas manifestaciones, ¿puede no aprenderse á 
domeñar miedos y flaquezas? 

No habría nervios bastante vigorosos para respon- 
der á ese gasto continuado de impresiones fuertes. 
Tanto luchar crea una masa propia que posee la pu- 
reza de los aires nuestros. 

Y entonces, esa concurrencia al sacudimiento final 
que importa un recodo decisivo en la vida de los de- 
más, resalta sin méritos sobresalientes á los ojos de 
los paisanos. Quizás el vagar errantes por las campi- 
ñas, expuestos á sorpresas y persecuciones enconadas, 
comiendo carne semi cruda, y acariciando el fusU de 
las patriadas, halaga una corriente secreta y atávica 
hoy, que desciende de las cumbres lejanas donde tu- 
vo origen la turbulenta nacionalidad. 

A las 11 acampamos en la costa del Perdido. Re- 
cuerdo aquella como una de las noches en que me- 
jor he dormido, y eso que tenía el pasto por almohada. 
¡Cuánto puede la juventud! 



lPOT=L LA I^A.XR.IA «Si 



Más voluntarios 



Día 8 lunes. — A las 5 se toca diana y poco después se 
da la señal de partida. El tiempo continúa favorable. 
Es que el cielo de la patria sonríe á la reivindicación 

Llegan noticias de que el comandante Juan José 
Díaz Olivera, con nutrida compañía, viene en nuestra- 
busca. 

Bienvenido sea. En todas partes se nos recibe con 
entera confianza y hasta con efusión. Por encima de 
todos los cintillos flamean sagrados alientos.* 

A medio día nos detenemos Perdido arriba, en la 
cañada de las Piedras. Allí se presentan cuatro jó- 
venes hacendados. La generación obligada al sacrificio 
despierta. Son ellos, Rafael Dolí, Guillermo Quintana, 
Cayetano Martínez y Sandalio Reselló. Recordemos 
esos nombres que luego brillarán con tanto realce cí- 
vico. 

El padre del primero, por intermedio de mi con- 
discípulo y amigo Julián Quintana, se pone á las ór- 
denes del coronel. 

Este, aprovecha el ofrecimiento pidiéndole que envíe 
un chasque á la columna revolucionaria que ha debi- 
do invadir por las barrancas de San Gregorio, al sur 
de Paysandú, y que ya tiene itinerario trazado, — ad- 
virtiéndole que nosotros vamos en su busca. 

Aparece á la distancia alguna que otra partida gu- 
bernista, sin mayor intención. Cuando el sol declina 
reiniciamos la marcha. Se asegura que un comisario 



apellidado Troche^ anda por las inmediaciones con cien- 
to cuarenta hombres. 

Quintana va de vaqueano. Posiblemente realiza al- | 

gfin ensueño que nunca creyó encamar^ sirviendo de 
guía á sus hermanos de causa. 

A las pocas horas divisamos la estancia «Los Al- 
tos» ó de Brown^ reputado establecimiento sostenido 
de acuerdo con las exigencias modernas. 

Creyendo distinguir algunos grupos sospechosos que 
se recuestan al arroyo^ ordenóse el despliegue de una 
guerriUa exploradora. Pero resulta que se trata de las 
peonadas. Nos han confundido con los gubernistas, 
que no dejan hombre hábil para el servicio^ y prefie- 
ren enterrarse entre selvas y lagunas cenagosas^ antes 
de ir contra los suyos. 

Merece señalarse este contraste notorio. La revo- 
lución nunca obligó á que la siguieran; mientras el 
opresor no perdonó á nadie. Niños y ancianos, arras- 
trados como si fueran animales vacunos, sin consultar 
la necesidad de sus hogares, ni admitir ruegos de mu- 
jer, ni escuchar lamentos y desesperaciones, formaron 
en aquella muchedumbre servil, que seguramente por 
eso, por ser en parte mercenaria y en parte integrada 
de manera violenta, nada eficiente hizo ni propició. 

Tal vez fué un error, un honroso error, este respe- 
to consagrado á las regalías individuales. 

Voces que llegan, dan moviéndose muy cerca al cau- 
dillo Martín Samírez, oficial de prestigio y muy ala- 
bado. 

A objeto de solicitar su inmediata incorporación, el 
delegado del Comité se acerca á la estancia, donde 



F»OFt LA I>A.XFtIA SSS 

es perfectamente recibido. Redáctase allí la primera 
comunicación de la autoridad revolucionaria. Los dia- 
rios que recejemos, poco 6 nada traen por estar en ri- 
gor la mordaza á la prensa. Sin embargo, ¡con cuánta 
fruición nos enteramos de sus descamadas noticias! 

Continuamos en movimiento hasta hora avanzada, 
pues nuestro jefe tenía la intención de acampar en el 
paso de las Tamberas. Después de los calores afri- 
canos del día, que agobian las espaldas del ginete j 
aplastan á los guapos caballitos criollos, se experimen- 
ta un delicioso alivio aprovechando la tranquilidad 
noctiuma para adelantar camino, sintiendo que esas 
auras frescas que nunca faltan en nuestro país, jue- 
gan con los cabellos y estimulan á la acción. 

A las 11 acampamos para dormir en el punto in- 
dicado, cansados en lo físico, ¡pero tan enteros en lo 
moral! 



En linea de pelea 



Día 9 martes — Recién á las 8 emprendemos esta jor- 
nada. Todo lo que pueda imprimir novedad y colorido á 
la marcha, nos seduce. Por eso, más de una vez bajo el 
pretexto de tomar agua, nos acercamos á las casas del 
camino. Y no podemos arrepentimos de estas inocen- 
tes escapadas. En la estancia del correligionario señor 
Reselló, se nos ofrece un almuerzo abundante. Tam- 
bién se nos invita con té, y me acuerdo de los míos. 
¡Es tan rico el té de casa! 



«S4 F>OR. LA. F»ATFIIA 

Quizás estos detalles parezcan exentos de importan- 
cia para los profanos en esta materia. Sin embargo, 
bien sabemos nosotros cuantos goces paradisiacos nos 
proporcionan tales incidentes. 

Cuando recuerdo la alegría inmensa con que veíamos 
personas que pudieran tener contactos montevideanos; 
el deleite expresivo con que ya á los ocho días de 
cruzada, recibiamos los murmullos adulterados venidos 
de la capital; y la ansia insaciable de recoger simpatías 
en el trayecto, agrego un nuevo argumento de idiosin- 
cracia, en contra de la teoría de Rousseau. Una fuerza 
innata, muy anterior á la invención del contrato, ligó 
á los hombres en sociedad. 

Después de sentir en ini interior vacíos hondos, 
irresistibles nostalgias y arrullos de melancolía, yo que 
me juzgaba un estudiante desamorado, con todas las 
preferencias bohemias del barrio Latino, no creo en 
Biobinsones ni en anacoretas. 

Solo el delincuente podrá vivir en la soledad. No 
cabe concebir castigo más atormentador que el de ese 
Judío Errante de la leyenda, condenadc á caminar sin 
detenerse jamás. Hasta el ombá de nuestras cuchillas 
pide caricias brutales al pampero. 

A medio día, se nos incorpora una partida correligio- 
naria, entre vivas clamorosos. Pobres paisanos! Cuanto 
merecen y cuanto han sufrido estos infelices, chamus- 
cados por todos los incendios! 

El oficial Juan Pedro Pérez manda esa fuerza, la 
primera regular que se nos agrega. Con respecto al 
enemigo, los informes son contradictorios. Unos, dan 
á Galarza en nuestra busca; otros, dicen lo mismo de 



F*OFt LA PA.TFIIA S^S 

Beltrand, pero lo3 minutos pasan y no aparecen estos 
dos apoyos de la situación, considerados invencibles 
por el pretorianismo. 

A las 2 nos detenemos. Se juntan á nosotros los 
señores doctor Celedonio Grané, Carlos Díaz, Martin 
Echeverry, Horacio Cumplido, Carlos Cumplido y otros 
representantes dignos del entusiasmo chana. 

Cuando nos disponíamos á almorzar, se anuncia la 
presencia del enemigo. 

En seguida ensillamos, pero vista la ausencia de no- 
vedades concretas, volvemos á rodear los fogones. Al 
rato se repitió la alarma; el regimiento número 2, nos 
venía al encuentro. 

Entonces el Coronel proclamó con frases sobrias y 
viriles á nuestra división, recordando las desgracias 
injustas que afligen á la patria de los orientales, con- 
vertida en patrimonio de piratas, por capricho de unos 
cuantos. 

La tropa respondió con entusiastas vivas á las insti- 
tuciones y al partido de las energías indomables, ten- 
diéndose luego en guerrillas, con tiradores al frente y 
lanceros á la retaguardia. 

Sigo con curiosidad nerviosa estos bélicos preparati- 
vos. La gente quiere pelear. Me estremezco de emoción 
contemplando á aquellos reclutas. No olvido la estampa 
imborrable de un viejito de luenga barba, jefe de grupo, 
que con el sombrero á la nuca, pegadas las corbas á los 
costados del animal y en ristre la cimbradora lanza, 
espera la señal de ataque. Averiguo conmovido el nom- 
bre de aquel veterano, cuya figura acarician brisas que 
vienen del pasado, y aprendo á reverenciar un ejemplo 



con el apellido del capitán Reyes. Meses después^ lo 
veré morir en los pedregales de Cerros Blancos. 

Juzgando inminente el choque, el Coronel ruega al 
delegado, á quien acompaña una escolta, que se aparte 
de la zona de peligro, en homenaje á su investidura 
puramente civil. 

A la negativa del doctor Terra contestó para ven- 
cerla, más 6 menos estas palabras: 

— Doctor Terra, la pérdida de mi vida en las cir- 
cunstancias presentes tendría remedio. No ocurriría lo 
mismo con usted. 

Ahí queda de su grandeza de alma una arista bri- 
lante, digna de ser tomada en cuenta, por muchos 
conceptos. 

Pero infelizmente, no hubo asomos de enemigo, y 
digo infelizmente porque el espíritu ardoroso de nues- 
tros soldados prometía un triunfo cierto. 

En el mismo campamento pernoctamos. 



En el Norte 



Día 10, miércoles. — A las 6 salimos con dirección 
al paso de Navarro. Estando en él se pone una pica 
en Flandes á juicio de los interiorizados. En el tra- 
yecto se nos declara que el 1.® de caballería ha pasado 
esa mañana con rumbo á Porongos, es decir, en sen- 
tido opuesto al que nosotros traemos. Alcanzamos á 
distinguir su rastrillada. 

Singular estrategia esta, que consiste en evitar to- 



F>OFt LA F^AXFtlA. 2*3*7 

do acercamiento con los invasores. Ya el 4.*^ de ca- 
ballería siguió hacia las sierras de Mahoma^ alejándose 
en ángulo recto de nosotros. 

Ahora^ otro regimiento se inclina de manera visible 
á nuestra derecha. Como los tranvías^ cuando parece 
que prepara un choque entra con docilidad en un des- 
vío trazado por su capricho. ¿A dónde va? Difícil en- 
oontrai' respuesta hábil. Sólo se concebiría esta au- 
sencia con visos irregulares, á órdenes recibidas de 
rápida concentración en los alrededores de la capital. 

Y en esencia^ después supimos que ni eso hubo. 

Como antecedente explicativo, agregamos que el 1.® 
de caballería hallándose en su cuartel del Arapey, re- 
cibió el 3 por la tarde, orden de ponerse en inme- 
diato movimiento. De la ciudad del Salto, donde se 
entregó á su jefe un pliego de instrucciones reserva- 
dísimas por el mismo general Villar, siguió en tren 
expreso hasta la estación Tres Arboles. 

La misión confiada al referido regimiento consistía 
en guardar el paso de Navarro, de inexpugnable y 
fácil defensiva. 

A última hora, Beltrand dirigióse á marchas forza- 
das rumbo á San José, eludiendo un choque con los 
revolucionarios, sin descubrirlos ni indagar su condi- 
ción, preocupado sólo de dejarles tránsito libre. 

Como final de una marcha larga, llegamos al paso 
de Navarro, vadeando el río Negro á las 11, con el 
agua á volapié. Esta defensa natural es para noso- 
tros un Rubicón. 

Acampamos en la estancia del señor Bosch, estima- 
ble hacendado amigo, y en los mismos fogones abando- 



SoS F»OFt l^A. r^ATFtlA. 



nados por el coronel Beltrand. De éste sabemos, que 
mientras estaba tranquilamente descansando y en la 
seguridad, gracias á las aseveraciones gubernistas, del 
fracaso de la expedición Lamas, recibió por chasque 
orden imperativa de dirigirse hacia el sur. Sin demora 
mandó ensillar y prosiguió la jornada á trote y galope. 

Estos detalles significativos nos hacen presumir que 
algo favorable para nosotros ocurría por el lado del 
este. 

Saravia es una cuña de coronilla. 

En cuanto al paraje, no puede concebirse más hermo- 
so. ¡Que rica paleta es nuestro suelo! El torrentoso 
Negro de los meses invernales, ramal de curvas capri- 
chosas que hiende por el medio el territorio de la 
República, se desliza entre arenas y boscajes, con en- 
gañadora placidez. Ya inmediato á su desembocadura 
aparenta correr sin alientos, como cansadas sus aguas 
dormidas de rodar sobre un cauce demasiado largo. 

Sobre su costa esperamos la venida del comandante 
Díaz Olivera. 

Además llegan algunos voluntarios con procedencia 
de Porongos y se toma en el camino á un paisano 
sospechoso. 

Día 11, jueves — Al toque de diana que nos despierta 
antes de salir el sol, ensUlamos. 

Formamos en línea de batalla coronando las ba- 
rrancas que semejan inclinarse sobre el río para 
saludar á la riente linfa que juguetea á sus pies. En 
esa actitud esperamos á los amigos que ya se divisan 
en el horizonte. A las 8 se nos incorpora el jefe aguar- 
dado, trayendo ochenta hombres y tropUla por delante. 



r»OFt LA. I^ATFIIA. «S© 

Expone que ha recorrido gran parte del departamento 
de Soriano después de tomar dos policías^ sin mayor 
xlifícultad. 

Don Juan José Díaz Olivera, soldado de modales 
distinguidos, sirvió siempre más que por opinión por 
deber. Desde muchacho no supo mostrarse indiferente 
á los reclamos del patriotismo. Llamado ahora, llegaba 
á ocupar su puesto. 

Desde el Sauce nos acompaña un perro cazador, 
traviesamente bautizado por la tropa, que nos entre- 
tiene con sus ardides cinegéticos. Cachorro ágü y de 
mirada inteligente, me arranca simpatías, pagando qui- 
zás yo tributo, sin pensarlo, á aquella verídica afirma- 
ción de algún filósofo: «Cuanto más conozco al hombre, 
más quiero al perro.» 

El paso de Yapéyú, nombre este gastado por nues- 
tra preocupación, queda situado al oeste del de Na- 
varro. De manera pues, que debemos dirigirnos hacia 
la izquierda. Cruzando por una zona pedregosa y des- 
poblada, deteniéndonos para almorzar en campos de 
un señor Barragán. 

En estas circunstancias, deserta el sargento Galarza, 
asistente de mi compañero Luis Pastoriza, llevándose 
el lindo revólver de caballería que me regalaran en 
Buenos Aires. Sólo me resta el consuelo de colocar en 
su reemplazo, una bayoneta que agregada á mi cu- 
chillo mellado, me coloca en situación defensiva cu- 
riosa. 

Vueltos á marchar acampamos á las 12 de la no- 
che junto al arroyo Don Esteban. Bendidos por una 



üf. 



fatiga abrumadora^ apenas atinamos á arreglar] nues- 
tras pilchas y ya el sueño nos domina. 

Día 12, viérneé. — En el ejército se vienen notanda 
algunas irregularidades internas que se impone corregir, 
A ese efecto, tira el Delegado un decreto estableciendo 
que las caballadas no tienen dueño arbitrario, y regla- 
mentando el servicio de carneada. 

Se hacen prisioneros á dos chasques que conducen 
comunicaciones á elementos oficiales del Kincón de 
Porrúa. En ellos, un tal Bameta, comisario del lugar^ 
ordena á un alférez Carrasco, que envíe á aquel punto 
toda la gente que pueda, pues «la cosa se presenta muy 
fea». Nada de consideraciones. Duro y parejo con los 
vecinos de filiación adversaria que enumera con pelos^ 
y señales en pliego separado, 

Con los nuevos huéspedes, suben á cuatro los pri- 
sioneros. Desde donde estamos á Yapeyú, hay solo cua- 
tro leguas. Para evitarnos esa jornada, adelanta el 
Coronel una partida al mando del capitán Loforte con 
instrucciones precisas, quien retorna anunciando que 
ha encontrado un grupo de milicias guberoistas. En Ya- 
peyú nada saben de los revolucionarios esperados. Por 
allí, no ha pasado expedición alguna. 

Cuánto nos contraría esta versión! Ella importa una 
grave falta de cumplimiento al acuerdo contraído, que 
resulta verdaderamente molesta, pues aumenta la cre- 
ciente incredulidad de nuestros compañeros de lo» 
departamentos. Con razón ellos se suponen ya los úni- 
cos rebeldes. 

En vista de los mencionados informes y llenada la 
primera parte de nuestro itinerario, resuelve el Coro- 



I»OFl LA. T>ATTFUA. «ei 

nel volver hacia el Este en solicitad directa de Sa- 
ravia. 

El resto de este dia de terribles desengaños^ lo pasa- 
mos preocupados. ¿Dónde estará Núñez? ¿Y Várela 
Gómez? ¿Y Mena? ¿Y el General? ¿Y la Junta qué 
hará? 

Sin embargo^ aún huérfanos de toda noticia que nos 
acerque á un esclarecimiento, es tal la fe depositada en 
los nuestros^ que nadie duda de la realidad de la inva- 
sión. El tiempo dirá si habia ó nó optimismo en esas 
seguridades. 

A las 6 de la tarde alzamos campamento en viaje 
de retorno atravesando el Arroyo Grande por el Paso 
Hondo^ de infinitas bellezas naturales^ en cuyas inme- 
diaciones pernoctamos. 



La expedición del Uruguay 



Se recordará, que en el plan general de la campaña 
estaba determinada la simultaneidad de las invasiones- 

Por consiguiente, el importante grupo de correligio- 
narios dispuesto en la margen ai^^ntina del Bío Uru- 
guay, debió de pisar territorio nacional en fecha infa- 
lible y aceptada. 

Sin embargo, no fué así, contra todas las presuncio- 
nes. La expedición del litoral había reclamado codio 
ninguna, fuertes erogaciones al Comité^ su armamento 
era completo; respetable su capital en hombres; é impa- 



^G2 F*OFt LA. F»A.XFtIA. t 



cíente el entusiamo de sus jefes. Desde hacía tres meses 
se solicitaba puesto de lucha. 

Pero llegó el 5 de Marzo y apesar de las protestas 
reiteradas de sus organizadores y del compromiso ju- 
rado, la invasión queda en simple proyecto. 

^Fué esta una omisión imperdonable y sin atenuantes. 
Solo queremos saber que discordias hijas de los celos 
y de las aspiraciones desatentadas de algunos, fundaron 
esa culpa. 

En seiscientos se había calculado el total de aque- 
llos revolucionarios. 

Por ese motivo vemos, que á una partida de dos- 
cientos fusiles y carabinas y setenta mil tiros remington, 
enviados á Concepción del Uruguay el 28 de Noviem- 
bre, agrega luego el Comité, en fecha 27 de Febrero, 
cien fusiles, ciento veinte lanzas, cuarenta mil tiros y 
trescientos sacos municioneros. 

Muchos de estos elementos, que tanta y tan útil 
aplicación pudieron tener, se perdieron estérilmente. 

El señor Luis Mongrell, cuyas impulsiones fueron 
entonces patrióticas, figuraría como representante civil 
del Comité en la columna del litoral, hasta producirse 
la incorporación con el General Saravia; desde ese mo- 
mento cesaba en sü mandato extraordinario. 

A su cargo quedaba pues ese núcleo. El Coronel don 
Julio Várela Gómez, tenía en sus manos la jefatura 
militar. Es el citado, una personalidad formada junto á 
los fogones revolucionarios, á cuyo redor pidió imper- 
turbable un asiento hospitalario dentro y fuera de su 
país. Intervino en las turbulencias del Paraguay con- 
temporáneo; acompañó á Gumersindo durante toda la 



Guerra de Eío Grande; algo entiende de los pleitos 
anárquicos de Corrientes^ y finalmente^ no se hizo repe- 
tir la invitación para tomar parte activa en la nueva 
lucha que se vislumbraba en su tierra. 

Formaban á sus órdenes inmediatas^ jefes de justa 
notoriedad. 

Allí estaba Apolinario Velez, un valiente y un caba- 
llero^ al mando de un plantel de infantería denominado 
«Leandro Gómez»; allí estaba el mayor Massa^ un joven 
con méritos de viejo; el coronel Enrique Olivera, tan 
guapo como leal á su bandera; el comandante Emilio 
Rivero, dueño de arrebatadoras bravuras; el coman- 
dante Juan Cabris, siempre impetuoso para salvar su 
honor de buen patriota; el mayor Andrés Villanueva, 
un benemérito adorado per sus compañeros; Juan Pons 
Olivera, digno hermano de ese varón fuerte que se lla- 
mó Rafael Pons; y algún otro que olvidamos. 

Esta nónúna selecta descubre cabezas de confianza. 
El cuerpo de la expedición lo constituían dignos corre- 
ligionarios del litoral. 

Apesar de los esfuerzos de algunos jefes, el 5 no 
se cumplió con lo acordado; de manera pues, que en 
vano buscaría el coronel Lamas una anhelada y pre- 
ciosa incorporación concurriendo al Paso de Yapeyú. 

Sería tarea ingrata deslindar la pesada responsabi- 
lidad que arranca de tal conducta. Solo diremos, por- 
que es verdad inconcusa, que llegado el momento del 
esfuerzo supremo, el comandante Miguel García y el 
mayor Comesilla, se negaron á invadir argumentando 
que marchaban á una perdición segura. Fuera de ser 
este un prejuicio improcedente, aun admitido como 



Se4 F»OFl LA. I^ATF^IA. 

razón lógica no presta pedestal á ninguna absolución. 

Del cumplimiento del plan combinado dependía en 
mucha parte, el éxito de la cruzada; y por consecuen- 
cia, los revolucionarios del Uruguay debieron de llenar 
su rol, pasando de cualquier modo. Así ordena el ho- 
nor interpretar ciertos apremios voluntariamente acep- 
tados. 

Los empeños sinceros del señor Mongrell, chocaron 
pues, con algunas resistencias empedernidas. 

No realizándose el pasaje, se imponía hacer lo po- 
sible por trasmitir noticia circunstanciada de lo ocu- 
rrido, á los compañeros internados que se agitarían en 
espera del eficaz apretón de manos de Yapeyú. Ni 
eso se hizo; cuando pudo perfectamente enviarse un 
chasque hasta el punto de cita. 

¡Incalificable descuido! Los expedicionarios del sur 
se apartan con serio peligro de su ruta para buscar á 
los coaligádos del oeste, y á nadie encuentran ni nada 
pueden saber. 

Tales irreoularidades denunciadoras de hondas anar- 
quías, permiten afirmar que la columna del Uruguay 
estaba derrotada ant<3s de pasar. 

Sin embargo, no todo cayó envuelto en la catástrofe^ 

El 8 de Marzo, llegaba á Colon el doctor Eduardo 
Acevedo Díaz acompañado del laureado poeta Carlos 
Roxlo y de los decididos ciudadanos José María Agui- 
rre, Francisco Fregueiro y Barilari. 

Aquel correligionario vino á resucitar actividades 
indebidamente petrificadas. 

Después de muchos empeños amistosos, obtuvo el 
doctor Acevedo el mando militar para el digno co- 



ronel OKvera, señalado por sus resaltantes anteceden- 
tes; acordándose además invadir el 15. 

En esa fecha^ siendo las doce del día, tomaron ssos 
revolucionarios dos vaporcitos de servicio en Colón. 
A su bordo pasaron con pequeños grupos, los jefes 
citados en párrafos anteriores, con excepción de García 
y Comesilla, y agregando al mayor Mario Pou. 

El desembarco se efectuó en las Delicias, algunas 
leguas al Norte de la ciudad de Paysandú, pasándose 
también cuarenta caballos. 

A ciento ochenta y siete hombres había quedado 
reducida la brillante fuerza del litoral. Toda la gente 
venia bien armada y municionada trayendo algunas 
armas de repuesto. 

Siete leguas marcharon á pié aquellos resueltos her- 
manos de causa, por una zona desigual y pedregosa. 

El batalloncito «Leandro Gómez» hizo el servicio 
de exploración en los primeros momentos. 

Toda la noche del 15 se pasó en movimiento. 

Por fortuna, el 16 á medio día estaban todos á 
caballo. 

Sobre el Quebracho, en el mismo sitio donde tuvo 
lugar la triste derrota, acamparon vencidos por el 
cansancio. 

Horas antes, aplicándole dinamita, se hizo volar el 
puente de aquel nombre de la línea ferroviaria del 
Salto á Paysandú, y una alcantarilla. 

Se descubren algunos bomberos que son perseguidos 
sin resultado. A las cinco de la tarde aparece una 
columna de cuatrocientos hombres al mando del coro- 
nel Fortunato de los Santos, jefe gubemista cuyos ga- 



Iones solo poseen el brillo de todos los bordados en 
oro, y el mérito de ser regalo de nuestros peores ti- 
ranuelos. 

De los Santos^ en proporción muy superior, atacó 
con brío de vencedor á los revolucionarios, pero era 
asunto muy difícil obtener un triunfo sobre quienes 
estaban dispuestos á consumar todos los sacrificios an- 
tes de volver la espalda. 

Al oscurecer cesa el fuego, teniendo los revolucio- 
narios un herido, ignorando las bajas sufridas por los 
bordistas. 

Esa misma noche, prosiguen la marcha, yendo á acam- 
par recién el 17 á las dos de la tarde, en el paso 
de Perico Moreno del Daymán. Diu*ante ese trayecto 
quedan rezagados, rendidos por la fatiga, los jóvenes 
José Larriera, Francisco Aladio y Moratorio; y se to- 
man en cambio, cuatro prisioneros. El compañero he- 
rido había quedado en una estancia del camino. 

A las cinco son de nuevo alcanzados los invasores 
por el coronel de los Santos que traía reforzada su 
columna con incorporaciones del departamento del Salto. 

Al recibir su empuje, los atacados simularon batirse 
en retirada, pero cuando los enemigos vadean el paso 
abandonado, para dominarlo como posición conquista- 
da, tropiezan con una guerrilla de infantes, compuesta 
de catorce hombres decididos. Aquellos valientes que 
manda el bravo comandante Emilio Rivero, avanzan so- 
bre los agresores, poniéndoles en fuga después de bre- 
ve tiroteo. 

De los Santos se retiró entonces en forma deslu- 
cida y á pesar de tener á sus órdenes más de seiscientos 



F»OFl LA F>ATFIIA. " SeT 



milicianos. Pequeño éxito que se abraza en la identidad 
de una fecha^ al gran triunfo de Tres Arboles. 

No se sabe cuantas bajas sufrió el enemigo; los 
nuestros no tuvieron ningún herido. 



Itinc6n de Aurora 



Continúa esa noche la jomada^ cortando por sus 
puntas á los arroyos Arerungaá^ Cañas^ M ataojo^ Ma- 
taojito y Sopas; este último, por una picada desbor- 
dante de tonos pintorescos. 

En ese punto queda, á causa de ser imposible pasar* 
lo, un carrito que condujera las armas de repuesto. En 
cuanto á éstas se las esconde entre el monte. 

Se acampa el 18 á la tarde, en las horquetas de las 
Sopas. 

El 19 se mueven internándose en la región de las 
sierras, haciendo noche en el Arapey. 

El 20 cruzan ese río en sus cabeceras. En estas cir- 
cunstancias, se reciben noticias que dan al general. Villar 
con dos mil hombres en persecución de los naciona- 
listas. 

Esta falsa aseveración presta motivo á una hermosa 
escena. 

Juzgando muy difícil burlar á tan poderoso enemigo, 
resuelven aquellos pocos revolucionarios atrincherarse 
en una manguera inmediata. Allí venderán á buen pre- 
cio sus vidas. 

Para infundir nuevos bríos, dir%eles el doctor Acevedo 



«es F»OFt LA. PATRIA. 

una sentida alocución, mientras la bandera gloriosa que 
tremoló en los muros de PaTsandú, el mismo trapo que 
zahumara im patriotismo excelso, flameaba entre aque- 
llas piedras elegidas para escribir otro epitafio ciuda- 
dano. 

Pero todo no pasó de un zafarrancho de combate. 
ViUar no estaba como para emprender persecuciones, 
porque, á mucha distancia de ese sitio, había ido á sor- 
prende?^ y lo habían sorprendido. 

El 21 acampan, nuestros correligionarios en la línea 
fronteriza, puntas del Cuareim. 

Allí toman conocimiento de la victoria de Tres Ar- 
boles. 

Sabiendo al pueblo de Rivera defendido sólo por dos- 
cientos hombres, el 22 se internan de nuevo los revolu- 
cionarios con intención de apoderarse de él. Así siguen 
el rumbo señalado, dejando á retaguardia la Cuchilla 
Negra para entrar en la sierras. Acampan sobre el arro- 
yo Aurora. 

En la madrugada, ya en marcha y bajo una espesí- 
sima neblina, fueron sorprendidos por nutridas descar- 
gas del enemigo, posesionado, según luego se supo, 
de un cerro vecino. 

La vanguardia nacionalista contestó á esa ofensiva, 
mientras el bizarro grupo de la retaguardia bajo las 
órdenes del capitán Muniz, sufrió una carga simuHá^ 
nea de caballería que pudo ser arrasadora, dada la 
debilidad numérica de los atacados. 

Pero quiso la buena suerte de los revolucionarios, 
que á la primera descarga cayeran tres ginetes del 



F>OR. LA F»A.TFIIA 2G& 

eficuadrón agresor. Este aciertx) produjo el pánico j 
propició un triunfo. 

En efecto, los soldados gubernistas — seiscientos hom- 
bres mandados por el comandante Antonio Caballero, 
— retrocedieron en confusión, engañados por este feliz 
empuje, dejando unos cuantos muertos y heridos. 

Conceptuando siempre difícil la situación y sabiendo 
próximo al coronel Bernardino Domínguez, quien venía 
por la frontera al frente de doscientos cincuenta hom- 
bres, se inició una hábil retirada, dirigida por el ague- 
rrido mayor Massa. 

Este movimiento fué brillante. Distribuida sobre un 
cerro estratégico, había quedado una fuerza confiada 
á ese jefe, mientras el resto de la columna se movia 
replegándose. 

Creyendo en una improcedente dispersión de nues- 
tros compañeros, avanzan en ese momento los bordis- 
tas, sin parar mientes en el mencionado servicio de 
retaguardia. 

Una descarga, seguida de otras, dá un lúgubre alerta 
al enemigo que vuelve caras en el mayor desorden. 

Dominado el campo, los nacionalistas emprenden 
marcha hacia el Brasil, pues el coronel Domínguez 
amenaza cortarles la retirada. Llegan á la frontera á 
tiempo de darles alcance el susodicho. 

Ese fué resumido, el combate del Rincón de Aurora, 
en el cual como lo ha dicho con evidente verdad el 
querido poeta Carlos Roxlo, actor en ese honroso he- 
cho de armas: «ciento cincuenta revolucionarios se ba- 
tían con fuerzas gubernistas cuatro veces mayores, cau- 
sando á éstos tal número de bajas que, ni aun sa- 



biendo que iban á recibir poderosos refuerzos, se atre- 
vieron los más á cortarles el paso á los menos». 

Los nacionalistas perdieron tres compañeros en el 
Bincón de Aurora, mientras el gobierno tuvo arriba 
de veinte bajas, resultando muertos según el Boletín 
Oficial, los alféreces Guerra, Pedro Amaro y Casüdo, 
y herido el teniente Diñarte dos Beis. 

En el parte oficial pasado á Borda por el coronel 
Dominguez con fecha 25 de Marzo, dice, palabras tex- 
tuales: «de los nuestros solamente tuvimos seis muertos 
y doce heridos». 

Por supuesto que confiesa esas bajas atribuyendo el 
triple á la revolución. Pero ya conocemos el expediente. 

También en Tres Arboles el Boletín Oficial daba cua- 
trocientos veinte muertos á los vencedores y ciento 
cincuenta á los vencidos. 

En poco espacio queda hecho un relato sintético del 
origen, principio y fin de la expedición del litoral, que 
tuvo vida anémica y de días. 

Con todo, ya hemos visto que esa columna contuvo 
airosa, los avances de fuerzas siempre superiores en 
número. 

Más adelante, encontraremos en el ejército, algunos 
restos de aquella importante fracción guerrera que tan 
eficaz concurso pudo haber prestado confiada á volun- 
tades por lo menos coordinadas. 



F>OR. LA F»A.TFIIA. STl 



Incorporación de Núñez 



Día 13, sábado — Lindo amanecer aquel^ por el tiem- 
po que nos favorece y por los infonnes que nos llegan! 

Antonio Paseyro, infatigable correligionario de Do- 
lores, nos alcanza trayendo una pequeña escolta, para 
decirnos que el contingente del coronel Núñez, que ya 
dábamos por perdido, nos espera en perfecto estado en 
Navarro. 

Importaba esta incorporación una preciosa alianza. 
Calcúlese el inmenso contento con que fué recibida. 
Por ellos, los que vienen, por nosotros, los que vamos, y 
especialmente por el paisanaje, casi hosco y desconfiado. 

Olvidaba agregar, que sabiendo á Fray Bentos guar- 
necido por milicias, casi nos lanzamos á atacarlo, pero 
la larga distancia á recorrer en una noche y el de- 
seo de no alejarnos del rumbo señalado, mueven al 
coronel á desistir de tal proyecto. 

Vamos, pues, en busca de los compañeros esfor- 
zados. 

Recostándonos de nuevo al río, contramarchamos. 
La idea de que seremos gravosos al digno hacenda- 
do señor Bosch, mortifica al Coronel, pero este ami- 
go se encarga de allanar dificultades exigiéndonos que 
carneemos de su ganado. 

A las 9 1/2 nos detenemos junto á la división bus- 
cada. Es de concebir el júbilo que preside á tan to- 
nificante fusionamiento. Los ecos del éxito obtenido 
alejan por esos instantes la sombra de resistencias y 



perjudiciales despechos que algunos siempre hemos creí- 
do adivinar en el coronel Núñez. Ratifica esos ante- 
cedentes, con caracteres á primera vista alevosos, su 
no concurrencia á la cita sin posible düatoria, de punta 
Lara. Cuando rememoramos aquellos momentos de dra- 
ma, las intensidades de aquel infortunio, sentimos que 
un amargor interrogativo nos invade. ¿Por qué moti- 
vo tan poderoso, nos abandonaron el 4 de Marzo á 
merced de todas las furias? Adivino ese reproche, que 
quizás sea necesario postergar, en el ceño del coro- 
nel y en la sequedad del delegado. 

La ceremonia de los saludos y presentaciones de es- 
tilo constituye una vivida escena. 

Núñez era un militar empapado en el espíritu de las 
ordenanzas, que si muchas veces no cumplió antes de 
ahora, fué más por conveniencia que por ignorancia. 

Así, pues, nada pudo estrañarnos el hecho de (jue 
un su ayudante anunciara en su nombre una inmediata 
visita al coronel Lamas. 

En efecto, acompañado de su Estado Mayor, con 
clarín de órdenes y demás cortejo, apareció el jefe divi- 
sionario. Cuando echó pie á tierra y saludó al Coronel y 
tuvo conceptos de caballerosidad al caso, respiramos con 
alguna libertad: el cisma quedaba disimulado. 

La apostura del coronel Núñez era interesante y de- 
nunciaba una energía tan habituada á exhibirse y á 
imponerse que hasta se reflejaba en su conversación 
vibradora, de frases cortas y jugosas. Calzaba unas enor- 
mes botas de finísimo cuero amarillo, que cubrían toda 
la extensión de su pierna dándole el aspecto de un 
corredor de bosques. 



F^OIH. LA F»ATR.IA ST3 



Sus demás prendas eran puramente civiles. Espíritu 
práctico y conciso, no precisaba para actuar y hacerse 
obedecer, de ostentosos distintivos. 

Con insaciable interés hablamos con los camaradas de 
la Isla, quienes nos informan del desarrollo de su cruzada. 
Agregamos á continuación, en síntesis, el relato de esa 
feliz audacia. El título de «general» que se dá á Nuñez 
con raro asenso, renueva mis anteriores desconfianzas. 



La columna de la Isla 



La estadía de los grupos revolucionarios en la boca 
del Guazú, había sido una serie no interrumpida de 
tormentos. 

A pocas leguas de la gran capital del Sur, algunos 
centenares de patriotas escondidos como criminales 
perseguidos entre malezas y lagunas fangosas, llevaron 
durante dos meses, una vida de no imaginadas penurias. 

El Comité de Guerra prefirió para organizar los ele- 
mentos invasores, á la isla del Ceibal, situada entre el 
brazo de su nombre y el canal del Bravo, por concep- 
tuarse la más difícil de investigar en el caso de una 
denuncia diplomática. 

En aquel refugio de montaraces, donde imperan in- 
soportables los mosquitos y toda clase de alimañas, 
pasaron dolores, sufrieron hambres, marcaron el paso, 
y vivieron sin dormir los recluidos, porque ni la tem- 
peratura, ni los señores alados de ese dominio exube- 
rante lo permitían. 



La comunicación con país civilizado, se realizaba de 
semana en semana por intermedio de un vaporcito, el 
Orestes. Alguna vez su tardanza en arribar condu- 
ciendo provisiones —porotos, carne y galleta, — cernió 
sobre aquel campamento de abnegados, nubes de deses- 
peración. 

Estirando las cifras, á 517 alcanzaban los volunta- 
rios del Ceibal cuando se recibió orden de preparar 
la partida. 

Propiamente hablando, solo existían los planteles de 
varios cuerpos, pues ninguno contaba con un centenar 
de plazas, y algunos con mucho menos. 

Eran ellos, en el arma de infantería: el 1.** ó General 
Leandro Gómez, de 74 plazas, mandado por el coman- 
dante Rafael A..Pons; el 2.® ó Treinta y Tres, con 67 
plazas, por el comandante Pedro Carpy, quien recien 
pudo ocupar su puesto en el Paso de Navarro, debi- 
do al trastorno de Punta Lara; el 3.° ó Ccrronel 
Emilio Raña, con 81 píazas, por el comandante Justo 
González; el 4.°, con 65 plazas, por el comandante B. 
Toledo; el 5.**, con 48 plazas, por el comandante Ma- 
rio Baraldo. En total, trescientos treinta y cinco 
entre oficiales y soldados. 

Además, se organizaron dos regimientos de caballe- 
ría: el 1.®, con 90 plazas, mandado por el comandante 
Ramón Martirena, y el 2.®, con 92, por el comandante 
José Gil. 

Rafael Pons fué el alma de aquella organización 
difícil y azarosa. Sus viriles Ímpetus allanaban dificul- 
tades; sus actividades sin paréntesis, fundaron una dis- 
ciplina severa; y cuando los alientos flaqueaban, su 



presencia y su palabra sincera bastaban para encender 
nuevos bríos, porque él encarnaba ejemplos de clásico 
heroismo. 

También coi responde parte principal de mérito en 
esta tarea, al coronel Núñez, quien supo identificarse 
á sus subalternos en este periodo de increíbles pri- 
vaciones. 

Como se temió desde un principio, á pesar de las 
muchas precauciones tomadas, el espionaje mantenido 
por la Legación Oriental señaló el foco de los rei- 
vindicadores en el Paraná. El doctor Frías puso esa 
denuncia en manos del Ministro argentino de Relacio- 
nes Exteriores, quien para guardar las apariencias de 
neutralidad, vióse en el caso de enviar un buque de 
guerra, la cañonera Uruguay, con orden de disolver los 
grupos sospechosos. 

Por más que se quiso atemperar el colorido hos- 
til de esta medida, fué inevitable proceder á la tras- 
lación á la capital bonaerense de un centenar de vo- 
luntarios. 

Esta perjudicial operación se produjo por dos veces. 

Nombrado el Jefe de Estado Mayor revolucionario 
y estando resuelto que la expedición de la Isla pasa- 
ría bajo sus órdenes, despachó un comisario al Cei- 
bal para que interiorizara á Núñez de lo acordado y 
demandarle su cumplimiento. Este militar debería de 
concurrir á Punta Lara á objeto de unirse á la pe- 
queña falange con procedencia de Buenos Aires y pro- 
veerse además de municiones. 

Tal resolución tuvo la virtud de exasperar al co- 



2nrei F>OFt la fratría 

.11 — ■ - -- ■ 

ronel Núñez, quien vio en ella una burla, una ruin 
venganza. 

Hasta entonces se le había acariciado con zalame- 
rías, que él interpretó á su modo; había sido el bra- 
zo derecho de la Junta; se le señalaba como director 
de la empresa; y de repente todo eso convertíase en 
ruinas para dar entrada preferida á un recién venido ► 

Así raciocinaba él, y así exhibía el juego de sus pode- 
rosas pasiones. 

Acostumbrado á imponer los giros de su capricho 
indómito, capaz de sentir hondo y de pensar largo — por 
lo menos en lo que pudiera referir á sus ambiciones 
personales, — se preparó á protestar enérgicamente de 
una exigencia que él juzgaba un insulto. 

En efecto, la designación del coronel Lamas entrañaba 
un programa de amplia corrección. Y si bien no es mi 
intento suponer que Náñez hubiera obrado por su cuenta 
de manera irregular, ese rol supeditado restringía en 
forma intolerable el campo de ensueños cuyo calibre no 
era nimio. 

Mordido por cóleras de fuego, provoca un consejo de 
oficiales superiores, á fin de conocer las opiniones de 
éstos. 

De entrada aprovecha la coyuntura, para recriminar 
al Comité algo que él titula deslealtad. Su vehemencia 
llega á contagiarse y más de uno aplaude cuando el 
irritado disertante concluye negándose á invadir en 
condiciones que ahora califica de insensatas. 

Sea como fuere, la columna de la Isla no se encontró 
en Punta Lara el día indicado. Aún no está bien escla- 
recido este punto de donde no sería difícil arrancar 



F»OFt LA. PATFilA. «"TT 

inextinguible baldón para el culpable^ si se comprobara 
que tal trastorno fué hijo de lentitudes conscientes y 
criminales. 

Recién el 5 de Marzo á las 12, empezó el embarque 
de los revolucionarios del Ceibal. Pero antes se produjo 
un turbuleÜK) cambio de ideas. Nuñez se resistía á inva- 
dir y justo es reconocer que dejando á un lado el virus 
de sus rabias concentradas, militaban razones capitales 
para aconsejar ese temperamento deslucido. 

Las municiones disponibles para el servicio de aquella, 
habían seguido viaje á bordo del Ernestina i2., y no se 
contaba con el necesario repuesto. Cada soldado tenía 
sólo ocho tiros. Además, la mitad de la tropa carecía de 
recados y ponchos. 

Pero se estaba en una de esas circunstancias supre- 
mas, donde las más arduas reflexiones no llegan á sobre- 
ponerse á los mandatos imperiosos del honor. 

Así pues, no faltaron voces autoiízadas impugnadoras 
de esa pasividad. 

El benemérito comandante Pons, siempre atento á las 
solicitudes tranquilas de una sana conciencia, fué el pri- 
mero que propuso el pasaje al territorio oriental, de 
cualquier manera. Siguióle en ese sentido, el comandante 
Martirena, quien agregó que él, antes de dar el espec- 
táculo vergonzoso de una disolución sin suficiente justi- 
ficativo después de meses de preliminares resonados, 
prefería cruzar el río sólo. Y por último, el señor Anto- 
nio Paseyro abundó en idénticos conceptos. 

Ante manifestaciones tan explícitas, debieron callar los 
desganos, y hasta el mismo coronel Nuñez accedió á la 



2r& POFt LA. F»ATFIIA 

voluntad de sus compañeros, pidiendo antes acatamiento 
á su jefatura. 

Una hora reclamó para efectuarse el embarque, que 
se hizo en un buque de vela, una chata y un vaporcito 
remolcador. 

Levadas las anclas, el 6 por la tarde«#rribaron á 
Punta Lara los mencionados, después de soportar el 
temporal, cuyas rudezas de origen tanto mortificaron 
á los invasores del Sauce y tanto pretexto holgado 
dieron al general Diaz para no atarse á sus deberes 
de militar. 

Abocados á un naufragio estuvieron esos barcos en 
cuyas estrechas cubiertas y sucias bodegas, iba apiñada 
la gente. En inminencia de una catástrofe, se llegó á 
cortar las amarras. 

Una adversidad constante parecía ligarse á este 
pasaje. 

Durante la noche del 6 se efectuó el trasbordo al 
Willheim, vapor de dimensiones mayores, aunque to- 
davía pequeño para el cometido designado. 

A esta operación decisiva precedió una reunión de 
jefes provocada por el doctor Juan Ángel Golfarini, 
quien acababa de llegar con toda urgencia, abordo de 
un vaporcito del tráfico. 

Un móvil altamente noble traía al infatigable presi- 
dente, del no menos infatigable Comité de Guerra, á 
entrevistarse con los revolucionarios. 

Consistía éste en exponer á los jefes de cuerpo la 
situación precaria df^l movimiento. En circunstancias 
tan imperiosas y despojada por la fatalidad esa colum- 
na de su dotación de municiones, el Comité carecía 



F»OFt LA F»AT1^ÍA S TO 



de medios para habilitarla de ese artículo indispensable, 
eje de cualquier actitud bélica. 

Así lo dijo el doctor Golfarini con acalorada elocuen- 
cia. Los hombres de dinero no habían respondido, 
enmudecidos unos, por el presente arzobispal de Miarte 
Borda, negativos otros, por consecuencia no interrum- 
pida á miserables egoismos orgánicos. 

El Comité que había planteado la reacción armada 
apesar de hostilidades manifiestas, apesar de pequeneces 
embanderadas é insistentes, apesar de críticas malsanas, 
de envidias y rastrerías, no amainaría de ningün modo 
velas una. vez puestas frente frente las tendencias adver- 
sarias. 

Lo habilitaba desde lue^o á probarlo así, el reciente 
compromiso contraido individualmente por sus miembros 
con determinada institución bancaria. 

Dentro de lo humano, todo se hacía; pero en aquellas 
horas de prolongación ya imposible, por unos y por 
otros; cuando apenas cabía elegir entre una audacia 
desesperada y el dispersamiento por la autoridad argen- 
tina, faltaban recursos al Comité para dotar en forma 
á los huéspedes del Ceibal. 

En consecuencia, en nombre de aquella corporación 
declaró su presidente, que no siendo legítimo ni huma- 
nitario lanzar al seno de la borrasca hombres sin escudos ^ 
entregaba la resolución á tomarse con respecto al destino 
amenazado de esa columna, á la libérrima deliberación 
de sus jefes. 

Fué simpática y sugestiva aquella confesión de patrió- 
tica impotencia cuando el arrebato guerrero pudo haber 
conducido al engaño. 



^80 F»OFt LA PATRIA. 



Colocado el debate en un terreno de franquezas tan 
firmes, ya estaba abierto el camino de calurosas expan- 
siones. Invertido en los términos, se reproducía en el 
mismo escenario marítimo, una situación de terribles 
sobresaltos y conflictos. El 5 de Marzo el coronel Lamas 
se encontró en Punta Lara con pocos soldados y con 
muchas municiones; al siguiente día y allí mismo, el co- 
ronel Nuñez SG encontraba con miiohos soldador y Qon 
pocas municiones. 

He ahi las páginas dramáticas de una insubación re- 
volucionaria. Pero precisamente estos negros desastres 
preliminares, abrillantan la huella del esfuerzo realizado 
y demuestran que mal que pese á ejércitos nutridos y á 
asustadores preparativos de represión, nada puede aho- 
gar las explosiones del espíritu público, como nada puede 
detener el crecimiento de los organismos. 

Pronto quedó solucionado el punto en debate, por 
aquella media docena de ciudadanos dispuestos. Era 
inicuo abandonar á los compañeros ya en peligro, y 
resultaba vergonzoso final eso de disolverse á la vista 
de la querida palestra. 

El patriotismo acendrado volvía á decretar una ha- 
zaña. 

Puestos de pie todos los jefes, juraron cumplir con 
sus anhelos viriles, y así lo ratificó la juvenü falan- 
ge cuando conoció la resolución adoptada. 



I>OR. LA PATRIA S81 



Desembarque en Oonchillas 



A las dos de la madrugada del 7, se puso en moví- 
miento el celebérrimo Willheim, patacho deplorable y 
de marcha lenta. 

Pero antes pasó revista á nuestros batalloncitos el 
digno doctor Golfarini, con el sombrero en la mano 
y visiblemente embargado por hondas emociones. Con 
aclamaciones al Comité de Guerra que representaba se 
le despidió^ en prueba de reconocimiento á los altos 
méritos nacionales contraídos. 

Cuando el sol irradió sus primeras claridades sobre 
la vasta sábana del río^ se divisaron las costas orien- 
tales. 

El rumbo era algo distinto al que llevara el coro- 
nel Lamas. Buscando el punto de tierra más inme- 
diato^ Núñez prefirió para atracar, el puerto de Con- 
chillas, desamparado por la escuadra gubernista como 
lo denunciaba el anteojo, y aparente por sus recono- 
cidas comodidades para un desembarque rápido. 

Recordarán nuestros lectores que las instrucciones 
escritas dejadas al coronel Núñez por el doctor Terra, 
le indicaban para su pasaje el puerto del Sauce. 

Fueía de que la exposición leal del doctor Golfa- 
rini entregaba las fuerzas del Ceibal á las inspi- 
raciones de sus jefes hasta invadir el país, extinguién- 
dose por consecuencia la sombra de una rebeldía por 

parte del coronel Núñez, esta pequeña desobediencia 
á haber existido, sería en un todo atenuable. 



S8S F>OFl LA. JPA.TFllA. 

Despertadas las alarmas bordistas por la invasión de 
Lamas, y en perfecto conoeimieato el gobierno oriental 
de que el cuerpo de los revolucionarios quedaba por 
pasar, recrudeció de manera extraordinaria la vigilancia 
de la escuadrilla. 

Por lo pronto, el puerto del Sauce estaba fuera de 
concurso. Además, para llegar hasta él y ya en aguas 
enemigas, hubiera sido obligado prolongar una navega- 
ción cuajada de peligros, cuando ningún compromiso 
con protecciones del interior, como ocurría con los 
primeros invasores, demandaba aceptar todos los ries- 
gos para satisfacer todas las exigencias de la palabra 
empeñada. 

Así pues, el desembarque en Conchillas, puerto si- 
tuado á la derecha de la ciudad de la Colonia, fué dis- 
puesto con verdadera habilidad y buen ojo. 

Se -trataba de más de quinientos hombres, de los 
cuales la mayoría traían por apero, un freno con cabe- 
zadas y riendas; de quinientos hombres huérfanos de 
apoyo, que sin contar con un solo caballo, sin tener una 
ayuda, sin recibir un destello de luz orientadora, inva- 
dían á la buena de Dios, abundantes solo en ilusiones y 
en entusiasmos bien forjados. 

Falta les hubiera hecho alguna hoguera delatora 
encendida en la costa por mano amiga, como aquella 
otra preparada por el patriota don Tomas Gómez, en 
los tiempos de las fierezas heroicas! 

A las diez y media de la mañana entraba al puerto 
de Conchillas el Willheim bufando afanoso. 

Sin el menor inconveniente se hizo un desembarque 
que pudo haberse impedido con un poco de diligencia 



F>OFl LA F»AXFtIA Í38S 

y resolución de parte del oficialismo. Se repetía con 
idénticos caracteres de inusitado éxito, el ensayo teme- 
rario del Ernestina R. Expedicionarios mareados y 
muertos de hambre, -dos días habían estado sin co- 
mer, — espantaban con su presencia lastimosa, á un po- 
der soberbio y fuerte. 

Por primera vez flameó en aquella oportunidad la 
bandera del batallón Raña, trapo que antes de vencer- 
se la cfuincena zahumaría la gloria victoriosa. 

Siempre y durante todo el desarrollo de la revolu- 
ción, llegaron tarde á la brecha los defensores del go- 
bierno. 

En esta ocasión, recién á las cuatro de ese día se 
aproximaron al puerto de Conchillas las cañoneras Ri- 
vera y Artigas, quizás con el firme propósito de im- 
pedir la realización de un objetivo cumplido con ines- 
perado desahogo. 

Algunos cañonazos disparados al azar, fueron la úni- 
ca actividad, bien estéril por cierto, acreditada por los 
marinos de Borda. 

La afortunada columna revolucionaria acampó esa 
noche á nna legua de la costa, sin que ninguna alar- 
ma turbara su sueño. Aquellos desdichados habían vis- 
to transcurrir cuarenta y ocho horas largas sin comer 
ni descansar y doblados por el mareo. 

En la madrugada del 8, emprendió movimiento la 
división Núñez avanzando á pie y con el arma al hom- 
bro. Pero la insuperable buena voluntad y experien- 
cia del comandante Martirena y del mayor Barbosa, 
proporcionó pronto caballos á la mayoría de los sol- 
dados, muchos de los cuales no sabían ensillar. 



S84 F>OFt LA. I^AXFtlA 

Dióse entonces el espectáculo de aparecer dos ginetee 
en una sola cabalgadura. 

Los más favorecidos carecían de montura, y aun des- 
pués de llenado el servicio de la columna, hubo muchos 
voluntarios que andando materialmente en pelos hicie- 
ron jornadas enormes que duraron de quince á diez y 
siete horas. Solo una abnegación recia y sin muelles, 
pudo derrotar trastornos tan abrumadores. Solo la 
integridad de superiores convicciones, pudo domeñar 
los intransferibles cansancios del cuerpo. 

Con el pasaje anterior del coronel Lamas por el 
Sauce, quedaba señalada la ruta revolucionaria; sin 
embargo, el coronel Núñez, tampoco encontró enemigos 
— fuera de una policía que se dispersó sola, — y desli- 
zándose entre un enjambre de escuadrones, milicias y 
fracciones volantes, consiguió ir hacia donde quiso. 

Una orden general, expedida por Núñez, dispuso la 
mai'cha de los expedicionarios en la forma siguiente: 

Primero, á vanguardia, el regimiento explorador del 
comandante Martirena; luego el jefe y ayudantes; en 
seguida, el batallón Emilio Raña que figuraba como 
escolta del superior; y á continuación, por su orden, el 
1.®, 5.**, 4.**, 2.°, y cerrando la marcha el regimiento 
del comandante José Gil. 

En su cruzada al través de los departamentos de 
Colonia y Soriano, no hallaron los invasores que 
dominaban con sus partidas una extensa zona, hostili- 
dad atendible. 

Desde tres días atrás, la convulsión era un hecho, y 
apesar de la salida á campaña del mismo ministro de 
la Guerra; de las ventajas sin rival de las comunica- 



F>Ol^ LA F>ATRIA S85 



clones ferroviarias; del sinnúmero de fuerzas en movili- 
dad; y del telégrafo que permitía combinar con rapidez 
eléctrica planes estratégicos de anonadamiento^ nada se 
hizo aunque mucho se intentó. 

El ídolo empezaba á vacilar sobre su pedestal, azo- 
rando ya á los más fervorosos creyentes. 

Quienes han podido conversar con las personas de 
autoridad que venían junto al coronel José Núñez, sa- 
ben bien que este jefe miraba con repulsión el fusio- 
namiento con el grupo desembarcado en el Sauce. 

Núñez hubiera optado mil veces por actuar en cam- 
po propio y con capital propio, pero el capricho de 
los acontecimientos imprime rumbo decisivo á los pro- 
pósitos en apariencia más rebeldes á la presión exter- 
na, y el mismo hado fatal que engendró la desgracia 
de Punta Lara, decretaría esta vez, por encima de pa- 
siones y resistencias personales, la incorporación con 
el Jefe de Estado Mayor. 

La falta de municiones, razón esta por pocos sos- 
pechada, obligó al coronel Núñez á buscar al coro- 
nel Lamas, conceptuado en aptitud de prestar valioso 
auxilio en tan importante materia. El jefe expedicio- 
nario ignoraba el mal resultado rendido por gran par- 
te de los tiros traídos abordo del Ernestina R, y su 
impuesto abandono. 

En conocimiento de tal* antecedente, podemos supo- 
ner con certeza que otro hubiera sido su plan. 

Pero, mismo en ausencia alarmadora de tiros, concibió 
Nuñez un ataque rápido sobre la ciudad de Mercedes, 
defendida por una pequeña guarnición y con depósito no 
despreciable de elementos bélicos. 



9&& F»OFt LA. F>ATF^IA 

El consejo insistente de algunos amigos, llevólo á 
desistir por el momento de esa combinación. 

Eso de pensar tranquilamente en un asalto con sol- 
dados á ocho tiros por cabeza, denota una resolución 
que pocos hombres poseen. 

La escena desigual y temeraria del avance sobre la 
ciudad de Corrientes, se habría repetido y quizá el triunfo 
recompensara tanto valor. 

En el curso de la travesía, se agregaron á nuestra 
infantería varios cabecillas alzados. 

Fué uno de ellos, el comandante Justo Bonet, patriota 
de 77 años, quien presentaba para servir, dos hijos y 
cuatro nietos. Desde esa fecha no abandonó este viejo 
paisano, de corazón más ardiente que muchos jóvenes, 
al ejército de sus afecciones. 

La columna internada de manera inteligente y con 
tanta felicidad, se incorporó á las fuerzas del coronel 
Lamas como lo hemos dicho, el día 13 de Marzo. 

Para dejar constancia de que las dudas que esboza- 
mos sobre los procederes equívocas del coronel Nuñez, 
no tienen origen en presunciones arriesgadas, queremos 
advertir que el señor Delegado, dirigió una nota al refe- 
rido jefe, solicitando una explicación escrita y oficial 
de los motivos debido á los cuales no concurriera á la 
cita de Punta Lara. Esta nota nunca fué contestada, 
menos que por indisciplina por falta de ocasión opor- 
tuna, pues las exposiciones verbales no se escatimaron, 
apesar de no ser e'las absolutamente convincentes. 



F»OFt L^V F»ATFtIA S8T 



Tiroteo con Galarza 



Continuemos el relato con nuestro Diario en la mano. 

Dia 14 domingo. — Nos despertamos con la noticia 
de que el enemigo está á la vista, trasmitida por el 
mayor Teófilo Martínez, jefe del servicio de retaguardia. 

En efecto, bajando ^la. ^achiiía en dirección al paso, 
se divisan varios grupos que representan en total unos 
cuatrocientos hombres. Nuestra posición es magnífica, 
y el coronel se apresta á una calmosa defensiva. 

Será difícil que el adversario pretenda vadear el río 
de aguas encajonadas allí; y en caso de que se re- 
suelva á intentarlo, su situación se hará crítica en ex- 
tremo, pues nuestros soldados escondidos entre los bos- 
cajes de la orilla, podrán fusilarlo impunemente. 

Así parece pensarlo, y piensa bien, el jefe de estas 
fuerzas, que constituyen con toda probabilidad la van- 
guardia de algún ejército respetable por el nfimero, 
— pues escalonando sus escuadrones sobre el declive 
de una loma lejana, se limita á observarnos en un 
principio. 

Nosotros, río por medio, adoptamos actitud seme- 
jante, mientras algunas partidas, después de dominar 
el paso, inician un débil tiroteo con el enemigo, que 
también ha destacado guerrillas. 

Este combate parcial tuvo cierta crudeza, pues de 
los nuestros desapareció , perdido entre los matorrales 
ó fué muerto, un soldado y al enemigo se le calcula- 
ban en ocho sus bajas. (Este dato numérico hemos 



2&& V>OV\ LA F>ATniA. 

podido ratificarlo después de terminada la revolución 
con el testimonio de vecinos imparciales que visita- 
ron en esas circunstancias el campamento de los gu- 
bernistas). 

Algo desconcierta á los atacantes esta acertada hos- 
tilidad. Ellos abandonan su posición mientras la co- 
lumna nuestra se retira con absoluta indiferencia hacia 
el Este, buscando siempre la fusión con el general 
Saravia, y aumentada notaWeñí^ite en apariencia, por 
el importante contingente de la vispera. 

A la vista del enemigo, ávido de conocer nuestras 
fuerzas, desfilaron los invasores realizando una evolu- 
ción aparatosa con el objeto de exagerar su capacidad. 

Esta estratagema despierta en mi recuerdo aquella 
otra preparada por el bravo Lavalleja frente á Monte- 
video, quien hizo caracolear sobre la cumbre del Cerrito 
una fuerza de caballería, interminable á la distancia, 
gracias á que unió la cabeza con la Cola, y cuyo relato 
hilvanado por el cariño de la abuela, hiciera mis deli- 
cias de muchacho. 

Luego supimos que nos habíamos saludado con el 
regimiento mandado por el coronel Galarza, que no 
vuelve á aparecer en escena. 

Queda la gente del comandante Martirena guarne- 
ciendo el Paso, mientras los revolucionarios, siempre 
en tres columnas, ahora alargadas, continúan la marcha, 
A las dos de la tarde acampamos en la estancia de 
un señor Arredondo, inmediata á la de don Eduardo 
Mac-Eachen. 

En aquella casa modesta almorzamos por vez pri- 
mera con determinadas comodidades. A las 6 Va pro- 
seguimos camino, deteniéndonos á hora avanzada. 



F»OR, LA F>yVXFlIA «80 



El teniente Layera 



Día 15 y lunes, — A las siete montamos á caballo 
pafa detenernos temprano sobre el arroyo MoUes de 
Porrúa, á fin de evitar las caricias impertinentes de un 
sol tropical. 

Avanzamos sobre una zona pedregosa y escasa de 
aguas. 

Una noticia de bulto. Llega un voluntario, diciendo 
que viene siguiéndonos desde Yapeyú y que ha hablado 
con vecinos serios que aseguran haber visto acampada 
sobre el Arroyo Grande, una división amiga, alrededor 
de setecientos hombres, 

(Cotejando datos, es posible suponer que aquella co- 
lumna la formaban parte de las infanterías del gobierno, 
ya en nuestra persecución.) 

Es la expedición del litoral, decimos todos, y á su 
espera quedamos allí. 

También concurre á plantear esta resolución, el hecho 
de tener las piernas hinchadas al punto de no poder 
montar á caballo, el comandante José González. 

Con alguna anterioridad, se ha incorporado acompa- 
ñado de su hijo, un viejecito flacuchón y de exterior 
curtido por mil calamidades. Encarna él un tipo nuestro. 
Es un fruto montaraz parido por aquellas guerras de 
antaño más larga que la paciencia de quienes las inicia- 
ran, y debido á las cuales varias generaciones aprendie- 
ron á ser caminadoras y selváticas. 

Este original personaje juzgábase con derecho á mo- 



ñ&O F»Ol^ LA F»ATm.V 



rir tranquilo en su ranchito de la costa del Río Negro, 
ostentando á fuer de condecoraciones elocuentes, dos 6 
tres lanzazos, uno de los cuales le hundiera el pecho, — 
cuando llegó á sus oídos que tm tal Lamas acababa de 
pisar en son de guerra, el suelo de la patria. 

Ya no hubo más que, hacer. Hojeando con algún 
trabajo su pasado multicolor, alcanzó á recordar que 
allá por los tiempos del presidente Berro, él había ser- 
vido á las órdenes de otro tal Lamas, 

Entonces se olvidó de que tenía familia larga, de que 
las hijas ya crecidas precisaban protección, de que en las 
noches invernales sabían refunfuñar dolores las viejas 
cicatrices. Querer detenerlo era querer poner puertas al 
campo. Retozón como en los días de su mocedad turbu- 
lenta, ensilló un petizo aguatero, liizo montar como pudo 
á su hijo, y vistiendo un chiripá rotoso que semejaba 
un taparabos por su mezquino tamaño, cubriendo sus 
pocas carnes encogidas contra los huesos, con una cami- 
sa delgada, y llevando el viento por abrigo, salió al en- 
cuentro de sus correligionarios. 

En su i)cnsamiento habían despertado las aficiones 
antiguas y rota la costra de una pasividad aceptada 
con protestas, el corazón de aquel paisano empezó á 
sentirse invadido por calores que él creyera extinguidos, 
bautizando el renacimiento atropellado de una idolatría. 

Interrogado por su nombre al incorporarse, contestó 
que se llamaba el viejo Layera. 

— Pariente acaso de aquel bravo caudillo del mismo 
nombre, le preguntamos? 

— Vaya usted á saber, amigo. Mi padre era paragua- 
yo y mi madre española. Ahí paran mis conocimientos 



TP01R, LA F>ATFtlA ^©1 

«de familia. Pero cuando llevamos el mismo apelativo, 
Aejuro que somos de la misma marca. 

Lajera cayó en gracia en el ejército, y empezó por 
ser vaqueano. Vecino antiquísimo del departamento de 
Soriano, conocía hasta los árboles por todos los puntos 
por donde pasábamos. 

Y ¡cómo no! Si aquí, le habían dado una corrida de 
<5uerpo mayor, salvando el bulto «echado sobre la cola 
del caballo.» Si allá, se guerrilleó, cuarenta años atras; 
tsi acullá, «pobló» después de una patriada; si á los cua- 
tro vientos había corrido una tormenta que ahora 
reiniciaba contento y feliz como nunca? 

Después de Tres Arboles, lo encuentro á Layera 
recorriendo el campo de batalla. 

— ¿Qué anda haciendo, viejo? 

— Juntando algunos trapitos, contesta. 

En efecto, ya al día siguiente estaba transformado. 
En aquel escenario de muerte, donde habia piezas de 
ropa para todos los gustos, hermanó media docena de 
prendas, que seguramente tuvieron media docena de 
dueños. 

Asi, sin inmutarse jamás, sin atender á las quejas 
de sus rodillas castigadas por el reumatismo, sin te- 
ner un relámpago de inquietud, acompañó al ejército 
de la patria hasta su gloriosa disolución en la esta- 
<5Íón La Cruz. 

En Cerros Blancos lo balearon en una pierna. ¡Ga- 
jes del oficio! Sin exhalar un suspiro fué llevado al 
Brasil con los demás heridos, donde entró en resuelta 
•convalescencia. Para aquel físico fuerte como el tala, 
no había diente bueno. Jugando al truco pasó los días 



2&2 r>OFl TL,A. PAXFtlA 

echado sobre su recado y á la espera de los com- 
pañeros para incorporarse. 

A lá altura de Corrales volviende del Salto, nos sa- 
lió otra vez á la cruzada, ginete en un matungo sin 
alientos, este valiente voluntario. 

Con aclamaciones cariñosas fué saludado el teniente 
Luyera, que apenas habló dos palabras para explicar 
su llegada. ¿Lo demás? ¿Sus peripecias en el impro- 
visado hospital, su curación, sus sufrimientos físicos? 
Todo eso era una zoncera, de la misma suerte que 
carecía de mérito su vuelta al sena de las filas en 
la época peor del año, para soportar mojaduras sin fin 
y cruentos fríos. 

Con un: <npa qué se lleva esta divisa» y apuntan- 
do al sombrero negro raído, cerraba todas las inte- 
rrogaciones. 

No bien recibió su paga cuando el desarme, la ju- 
gó á un golpe de taba. Si ganador, bien; si nó, tan 
rico como antes. Con esta filosofía resbalan sin he- 
rir ni emocionar todas las penas y todas las alegrías^ 
Sólo el amor al partido que ningún favor le ha pres- 
tado y muchas persecuciones y enconos le provocó^ 
enciende bríos en el alma del teniente Layera. 

Después de siete meses de azarosa ausencia, retornó 
al ranchito de la costa de Rio Negro el consecuente 
veterano que en cambio de las pocas ovejitas que le 
carnearan por estar con los «revoltosos», y que consti- 
tuyeran su única fortuna, traía apenas una nueva ci- 
catriz. 

En cuanto al peticito de la escapada, quedó cansado 



/ 



F»OR, LA. PATRIA Í303 

■ MM^^M^g^l ■ ■ _ _ ■ » — ■ ■ ■ ■ m M ^— ^^^— ^^»^ . JJ I ..._IJ 

muy lejos. Ea su lugar presentaba un flete, recogido 
allá por la frontera. 

Seguramente que con cuatro palabras cortas sació la 
curiosidad mansa de su compañera. A estas horas, llena 
el pago con la narración de sus recientes aventuras, 
matizadas de tonos pintorescos, y pronto siempre á em- 
puñar las armas por la causa de sus cariños, toma mate 
bajo la enramada de la humilde vivienda, á la espera de 
otro tal Lamas, para reclamar un puesto de peligro que 
á él le pertenece. ¡Vaya si le pertenece! 

Dia 16 martes — A las siete de la mañana prosegui- 
mos nuestra odisea. A diario se toman disposiciones con 
el fin de pronunciar la organización de la tropa. Se 
prohibe apartarse de la formación sin permiso; se envían 
guardias á las pulperías para evitar desórdenes; se ex- 
tienden en las casas de negocio, vales por los recados 
que la necesidad impone adquirir para los infantes. Esos 
certificados fueron reconocidos, abonándose su importe,' 
por el Comité de Guerra. 

Temprano hacemos alto sobre el arroyo Rolón. Allí 
recibimos la visita de algunos hacendados que no disi- 
mulan sus simpatías por la revolución. 

A las. seis volvemos á montar. Agregaré que con esta 
fecha se cumple un acto de estricta justicia confiriendo 
el grado de coroneles en comisión, á los comandantes 
González, Marín y Batista. Merecido premio á su 
lealtad. También es ascendido á sargento mayor, mi 
íntimo compañero y amigo de verdad, el capitán Fran- 
cisco Solano Alvárez, jefe de la Compañía Urbana de 
Porongos. 

En el trayecto, se nos dice sin mayor abono, que una 



2G^ F>OFl LA. F»A.XF11A 



fuerza revolucionaria ha derrotado en Casas Blancas £ 
otra del gobierno mandada por Borges ó Sorches. 

(Como hemos podido verlo, este informe inexacto ea 
la forma, refería al pasaje de la expedición del Uruguay- 
realizado el 15 de Marzo). 

Corre el rumor de que Saravia ha derrotado á Mu- 
niz. Por vez primera llegan á nuestros oídos noticias 
ciertas 6 inciertas, sobre el gran caudillo. 

. Luego de avanzar tres leguas largas sobre un terreno 
desigual, reseco y mal empastado, perjudicial para nues- 
tras caballadas, — llegamos á la costa del arroyo Tres 
Arboles, sin imaginar que en aquel sitio correría muy 
pronto, tanta sangre de orientales. 

Al pasar cerca de una pulpería, el Coronel avanza 
solo media cuadra y entra en conversación con do» 
carreros que vienen del lado del Ferrocarril. No sé lo 
que averigua. 

A las diez de la noche y después de vadear el 
arroyo, echamos pie á tierra, impartiéndose orden por 
el Estado Mayor, de acampar en columna. Entonces 
no nos dimos cuenta del significado alarmante de esta 
medida. 

El artículo 3.® de la Orden General de ese día, ex- 
presaba esta indicación que conviene tener presente, 
por motivos varios: 

«Se vuelve á recomendar muy especialmente á loe 
señores jefes del cuerpo que dediquen cuanta mayor 
atención sea posible, al servicio de guardias que á cada 
uno le corresponda.» 



F»OFt LA. F»^V'rR.l.V S©g5 



El campo de Tres Arbolee 



Día 17 miércoles —1£X arroyo de Tres Arboles se 
una regular corriente de agua^ seguramente torrentoso 
en invierno, pero casi cortado en grandes lagunas du- 
rante la estación de las calores, que luego de reci- 
bir el tributo de cañadas y vertientes, desagota su 
caudal en el mismo Río Negro. 

Como todos nuestros arroyos que culebr(ían entre 
los bajos de un terreno montuoso, su curso tiene tan* 
tas inflexiones curvas como lo impone la naturaleza 
caprichosa de su olla. Los últimos ramales de la cu- 
chilla de Haedo, aunque aplastados en sus cabeceras r 
imprimen sello á la región, quitando el carácter de 
anchas planicies que debieran de tener, á los campos 
que van á morir besando la costa del gran río na- 
cional. 

Tres Arboles, en la parte donde acampó el ejército 
revolucionario, es el desaguadero de dos extensos de- 
clives laterales en cuyo suelo abundan las piedras y 
escascan los pastos. 

También á esa altura borda sus márgenes una ve- 
jetación hermosa aunque poco espesa. Se trata de uno 
de esos montes naturales, mezquinos de sí y mutilado^ 
por la mano impía de vecindarios sin escrúpulo para 
recoger lefia donde la encuentran. 

Como lo hemos dicho con anterioridad, el ejército 
Invasor acampó en la noche del 16 de Marzo, sobre el 
lado izquierdo del mencionado arroyo. Siguiendo la di- 



rección que traía la columna tenemos, que formando 
por inversión, el Estado Mayor echó pié á tierra á 
una cuadra más ó menos á la izquierda del Paso, en 
seguida y por correlación, el coronel Núñez y ayudan- 
tes, el 3.^ de infantería, el I.*', el 5.% el 4.*> y el 2.^ 
todos en columna de batallón y compactos. 

Como á diez cuadras más á la izquierda y recos- 
tados á un cañadón que desemboca en el arroyo, es" 
taban por su orden, los escuadrones del coronel Díaz 
Olivera y de los comandantes Martirena y Gil. 

Sobre el mismo Paso, quizás unas varas á la iz- 
quierda, acampó la Compañía Urbana de Porongos, 
formada de treinta plazas. Más á la derecha, el coro- 
nel José González; y en idéntico sentido, aunque á la 
retaguardia, los coroneles Batista y Marín. Era una co- 
raza de pechos humanos la que guarnecía el arroyo. 

Como á quince cuadras á la retaguardia revoluciona- 
ria, existía una casa de azotea blanqueada, vivienda de 
un subdito brasilero llamado Federico Silva, donde se 
instaló nuestro hospital de sangre. 

Casi á la misma altura sobre aquel lado, engarzada 
en el declive de la ladera, se levanta otra población 
compuesta de varios ranchos grandes, doiide quedaron á 
merced del vencedor, parte de los heridos del gobierno. 

Después del choque y cuando pudimos pasear la vista 
sobre aquel paisaje dilatado, alcanzamos á distinguir á 
quince cuadras á nuestra izquierda, una manguera que 
en ningún momento ocuparon nuestras fuerzas, por estar 
fuera de la zona de fuego; y un caserío lejano á la 
derecha. 

En el horizonte del campo adversario distinguimos la 



l->OFt LA. F»AXFtI^>L SOT 

pulpería de Piquet, por donde pasaron después de la 
batalla; los cuerpos derrotados. 

El servicio de vigilancia confiado á la división del 
coronel Marín^ debía establecerse á una legua sobre 
nuestra retaguardia. Cubriendo de este lado la entrada 
del Paso, se colocó después una partida compuesta de 
veinte compañeros, cuyos nombres recogerá la historia» 

En cuanto al famoso Paso, era de acceso difícil, por 
cierta tortuosidad que lo distingue; pero un cortinado de 
arboleda proteje y disimula cualquier acercamiento. La 
entrada al boquerón, trayendo nuestro rumbo, está si- 
tuada á unas cincuenta varas á la derecha de la verda- 
dera caida del Paso que tiene una mala calzada. 

Así pues, se requiere hacer un cuarto de conversión 
que se desenvuelve entre la orilla del arroyo á un lado y 
el fleco de árboles y arbustos al otro, antes de intentar 
el pasaje. 

Frente mismo á su salida; sobre un baFranco trabajado 
por las aguas arrasadoras de los días de creciente, com- 
pletamente al descubierto, sin contar con una aiTUga de 
terreno donde guarecerse, hacía el papel de atalaya la 
compañía del mayor Alvarez. 

La mejor prueba de que esta posición estaba desam- 
parada de todo escudo para sus defensores y de que 
podía ser cruzada con la mayor impunidad por los dis- 
paros gubernistas hechos desde aquel cerco de vegeta- 
ción á que hemos referido, está en el hecho de quedar 
diezmada la Urbana de Porongos. 

Su mismo jefe, de serenidad clarovidente, murió ex- 
clamando: ¡Muchachos! háganme arder ese saitce. 
Frase expresiva que denota sin admitir dudas, que 



S»e8 I^OR. LA. "PATFIIA 

desde allí; desde atrás die los árboles^ se les estaba fusi- 
lando. 

Considerado entonces el Paso aislado^ como puesto 
militar, puede asegurarse sin incurrir en adulteraciones 
torpes, que mucho más favorable para sostenerse era su 
entrada, en poder del gobierno, j no su salida. 

Las mismas fotografías tomadas de aquel paraje, se 
han sacado ])refiriendo el boquete defendido por los 
revolucionarios. 

¿Porqué esto? Simplemente por ser imposible obte- 
ner una vista del otro extremo, cerrado con filas dobles 
de árboles, mientras nada estorba la perspectiva desde 
aquél. 

En cuanto al resto de la línea de pelea, era tan 
ventajoso para unos como para otros. Las ramazones 
abundan cu forma pareja sobre ambas márgenes, y si 
alguno llevaba preferencia en la lucha era, sin género 
de vacilaciones, quien venía en actitud de sorpresa; 
quien favorecido por la neblina pudo tender sus líneas 
encima de los fogones enemigos. 

Hacemos hincapié en estas demostraciones convin- 
centes aunque de apariencia insignificante, para desvir- 
tuar los asertos novelescos de los jefes oficialistas. 
Ellos han pretendido sostener que los revolucionarios 
esperaban el ataque abroquelados en mangueras que 
nadie vio, y cuya no existencia en el campo de batalla 
es muy fácil de acreditar; ellos han sostenido con el 
mayor aplomo, que nuestras fuerzas habían improvisa- 
do atrincheramientos de piedra; ellos atribuyen su con- 
traste á la desigualdad de posiciones casi idénticas^ que 



F»OFt LrA. F»AXFtIA. 20& 



6Í distintas en algo, lo eran en detrimento de los atar 
cados. 

Y como estai aseveraciones falsas yan adquiriendo 
carta de ciudadanía histórica, es bueno exhibirlas con 
tiempo, en todo el cuerpo de su falsedad. 

Así, vemos que el señor Giménez Pastor en un li- 
bro que publicó al concluirse la revolución, sienta co- 
mo verdades inconcusas, estas fantasías: 

«Además, las ventajas naturales de esas posiciones 
Be hallan reforzadas por un corral, por un cerco de 
piedra, por una tapera j por la casa de Silva.» 

Leyendo esta terrorífica nómina de baluartes pudie- 
ra creerse que el espíritu de Satanás condujo al coro- 
nel Lamas á acampar en aquel sitio, verdadera tram- 
pa de incautos á juzgar por esos datos inciertos; cuando 
en realidad se trata de un punto estratégico vulgar, 
como los hay en nuestro país á la vuelta de cada cu- 
chilla. 

Conociendo estas equivocaciones deplorables y con- 
sentidas, es el caso de seguir el ejemplo de sir Wal- 
ter Raleigh, quien desesperaba de obtener la veraci- 
dad histórica, cuando sobre un incidente trivial ocu- 
rrido en la Torre de Londres donde él estaba preso, 
á la vista de muchos espectadores y en plena luz, na- 
die le daba una versión ratificada. 

En su acción defensiva, los vencedores de Tres Ar- 
boles no pudieron aprovecharse de' ningún parapeto 
artificial. La lucha fué mano á mano, como vulgar- 
mente se dice, y si triunfaron fué porque lo merecie- 
ron, gracias á su desesperada resistencia; porque el 



300 l-»OFt LA. F»A.XR.IA. 

calor de convicciones entusiastas los sostenía en sus 
puestos. 

El señor Giménez Pastor al bosquejar el campo de 
batalla^ insiste á cada momento en el carácter inexpug- 
nable de los puntos ocupados por la revolución, y enu- 
mera «zanjas», «montes de espinillos», «mangueras», 
«hondonadas», etc., que creó la literatura almibarada y 
cortesana de algunos reporters de diarios bonaerenses, 
aceptadas sin mayor inventario. 

En Tres Arboles como en el Arbolito y como en 
Cerros Blancos, ambas partes dispusieron de recursos 
estratégicos que aprovecharon como mejor les fué dado. 

El triunfo correspondió á quienes lo compraron con 
su denuedo y estoica pertinacia. 

Sin quitar valor á los soldados del gobierno, que 
puestos en la brecha pelearon como buenos, se encon- 
trará el secreto del desastre del 17 de Marzo, fuera 
del mercenarismo que nada sólido funda, en las pési- 
mas disposiciones tomadas por el atacante, como más 
adelante haremos por probarlo, y en la calidad superior 
de las tropas revolucionarias. 

No haya medias tintas para describir acontecimien- 
tos notorios. 

Se hiere de manera alevosa una verdad ilevantable 
queriendo arrojar colorido de victoria regalada, á un 
éxito que vino á acentuarse después de siete horas de 
rudo batallar. 



F»Oí^ LA PATl^IA 301 



La batalla 



Reanudemos nuestro relato. Nunca basta esa qoche^ 
habíamos acampado en columna de batallón. Tan inusi- 
tado acuerdo de la superioridad motivó una visita al 
jefe de Estado Mayor, de los coroneles José Nuñez y 
José González. 

— ¿Qué pasaba? ¿Había informaciones de bulto que 
permitieran diseñar un próximo encuentro? 

El coronel Lamas contestó á esas preguntas muy 
pertinentes, exponiendo que la ausencia absoluta de 
novedades peligrosas lo tenía inquieto. No era posible 
que la cruzada revolucionaria por el centro del país 
se redujera á un sosegado paseo militar. 

Aquel inexplicable silencio debía quedar interrum- 
pido de un momento á otro. Por eso, en previsión de 
cualquier ataque y fuera del servicio de vigilancia, ha- 
bía resuelto acampar en pié de batalla. Además, pronto 
recibiría noticias precisas de la retaguardia, pues aca- 
baba de despachar dos comisiones bien montadas, una 
dirigida hacia el noroeste, en dirección á Paysandú, lle- 
vando orden de apartarse tres leguas de nuestro ejército; 
y otra, hasta nuestro último campamento del arroyo 
Rolón. 

Ambas volverían infaliblemente antes del amanecer. 

Los jefes interpelantes satisfechos de estas explica- 
ciones que descubría ignoradas medidas precaucionales, 
solicitaron entonces del superior tuviera la amabilidad 



sos F»OFt LA- F^ATFtlA 

de comunicarles el resultado de las mencionadas explo- 
raciones. Así lo prometió el Coronel. 

Horas después — á la 1 p. m. — el teniente 2.® Rafael 
DoU, avisaba á los coroneles Nuñez y González en nom- 
bre del jefe de Estado Mayor, que las comisiones envia- 
das, habían regresado sin encontrar ninguna novedad. 

El día 17 se tocó diana más temprano que de cos- 
tumbre. Me causó extrañeza esa premura, pues á las 
cuatro y media de la macana, cuando apenas empezaba 
á aclarar y un tul de espesísima cerrazón nos envol- 
vía, desorientando las visuales á poquísimas varas de 
distancia, ya había orden de ensillat. 

Jamás olvidaré aquella madrugada! Estaba enfre- 
nando mi caballo, lleno de pereza, mientras los soldados 
departían alrededor de los fogones pasándose el mate 
amargo, cuando una descarga cerrada de fusilería, se- 
guida de otra, y de otra . . . vino á poner en conmo- 
ción al campamento. 

Serían entonces las 5. El origen del fuego se adivi- 
naba aunque nada podía verse. Desde luego; la sono- 
ridad de los disparos demostraba la gran proximidad 
del enemigo. 

En respuesta á quienes han intentado deslustrar el 
prestigio del coronel Lamas con imputaciones calum- 
niosas; y al mismo coronel Núñez que en su Manifiesto 
publicado meses después en Buenos Aires, declara no 
haber visto al mencionado en el sitio del peligro sino 
al final de la batalla; y al señor Giménez Pá^»r 
quien dice: «Lamas entre tanto dirigía la acción desde 
la casa de Silva, á treinta cuadras del Paso, según todas 
las referencias», olvidando que en párrafos anteriores 



]POFi LA F»ATFtIA. S03 



ha situado esa movible casa de Silva junto al arroyo, 
podemos coutestar refiriendo lo que nuestros ojos 
vieron. 

Apenas se inició el combate^ montó el coronel La- 
mas en el caballo del joven oficial don Francisco Vaz 
Terra, gallardamente brindado por su dueño, y al ga- 
lope, sin quitarse en el apuro el pañuelo de lana con 
que se cubría la cabeza para descansar, dirigióse hacia 
el Paso, acompañado de sus ayudantes los mayores 
Manuel D. Rodríguez y Haroldo Mallmestein, el capi- 
tán Luis Pastoriza, y los jóvenes Dolí, Roselló, Quin- 
tana y Martínez, que en esa oportunidad probaron su 
valimiento. 

Al pasar junto li la infantería, mandó suspender el 
fuego en el temor de que se estuviera hostilizando 
á alguna columna de compañeros, — hasta tanto se efec- 
tuara ün reconocimiento que él personalmente realizó 
internándose con sus ayudantes en el boquerón. 

Avanzando en el agua con toda soltura, llegó á trein- 
ta pasos del enemigo, y, cosa singular, siempre cre- 
yendo que pudiera mediar un error, ordenó á una gue- 
rrilla enemiga que suspendiera sus disparos, disposi- 
ción esta que fué atendida por unos momentos. 

Pero, á pesar de la niebla dominante, el capitán Pas- 
toriza alcanzó á percibir una gran golilla colorada en 
el pescuezo de un cabo de línea. Ya no cabía duda. 
Vueltos también de su sorpresa los adversarios, hicie- 
ron una descarga cerrada, respondida en forma. 

Aquel clase denunciador, quedó muerto pagando su 
valerosa audacia. 

Desde ese instante la acción se generalizó. Un true- 



304 F»OFt LA. F»ATRIA. 

no que duró largas horas, un estrépito fúnebre y sin 
soluciones de continuidad, señaló aquel duelo sangrien- 
to y encarnizado. 

El coronel Núñez, que en lo más recio de la pe- 
lea tomaba tranquilamente mate á la sombra de un es- 
pinillo, secundó con tino los afanes del superior. 

Mientras tanto, este permanecía indiferente en el 
Paso, impartiendo órdenes á todos los puntos de la 
línea, por medio de sus ayudantes. 

Comprendiendo desde el primer instante, qu3 el Paso 
era la llave de dominación, dedicó sus esfuerzos á ga- 
rantir su seguridad. 

El mismo, condujo hasta allí á una guerrilla despren- 
dida de la caballería del coronel González. 

Mandaba aquel pelotón compuesto de veinte hombres, 
el teniente Valentín Galay, de raza de valientes, quien 
ocupó sin miedo el puesto designado, para ganar per- 
diendo la vida, el derecho á una gloriosa posteridad. 

Para desvanecer de antemano contradicciones preten- 
ciosas, agregaremos, que esos compañeros de la división 
Porongos, habían sido enviados la noche antes á órdenes 
del jefe de Estado Mayor, para cualquier servicio ines- 
perado y en cumplimiento de una disposición estable- 
cida. 

El fuego era entonces horrendo. Este puñado de 
voluntarios que guardaba un sitio completamente des- 
cubierto, sin tener una roca ni un arbusto capaz de 
ser su escudo, fué fusilado por las balas enemigas. 

De la simultaneidad del fuego se desprendía que 
el frente de los atacantes era extenso. Posesionados 
ellos antes de romper el combate de la maTgen dere- 






POl^ I^A. F»A.XFIIA SOS 



cha cubierta por el arbolado, pudieron llevar el des- 
concierto á nuestras filas^ á no haber sido tan rápi- 
da y tan combinada la resistencia. 

El Paso y sus inmediaciones hacia la izquierda ad- 
versaria, las ocupó con indiscutible brío el batallón 2.° 
de Cazadores. 

A su derecha, haciendo por ese lado cabecera de la 
línea, formaba la Urbana de Artigas, mandada por el 
major Félix Herrero. 

A su izquierda, figuró el I.** de Cazadores, cuyas 
laidísimas guerrillas dobles, cerraban la ofensiva por 
ese extremo. 

A varias cuadras á la retaguardia, permanecía en 
actitud espectante, la división Paysandú mandada por 
el coronel Mauricio Rodríguez. 

Ahora bien, por nuestro parte, el batallón Coronel 
Emilio Raña fué el primero que disputó el Paso en 
compañía de la Urbana de Porongos, al 2.^ de Ca- 
zadores. 

Apesar de su decisión, la superioridad numérica hu- 
biera concluido por vencerlo, si no viene en su apoyo 
el Leandro Gómez, personalmente conducido por el 
coronel Lamas, que de entrada pierde á su jefe el 
abnegado comandante Eafael A. Pons, quien es reti- 
rado del campo con una gravísima herida de bala 
mauser, en el vientre, siendo reemplazado por su se- 
gundo el mayor Orúe, 

Poco después, cae instantáneamente muerto, herido 
en la parte posterior de la cabeza, otro valiente, el 
mayor Francisco Solano Alvarez. 

Por este lado ya quedaba asegurada la batalla. 



Todas las rabias furiosas de la fuerza de línea se estre- 
llarían contra una muralla inquebrantable. 

Entonces, el Coronel recorre impávido la línea de ba- 
talla que había quedado extendida en el orden siguiente: 
en el centro, la Urbana de Porongos y el 3 de infantería; 
al ala izquierda, la caballería desmontada del coronel 
González; al ala derecha, los restantes planteles de in- 
fantería, por su numeración; figurando como reservas 
la división San José y los escuadrones de los señores 
jefes Díaz Olivera, Martirena y Gil. 

Obedeciendo á inspiraciones de su superior, el ca- 
pitán Montautti, del 1.** de Cazadores, pretendió prac- 
ticar con su compañía un movimiento envolvente, á la 
derecha. 

Adivinado por el coronel Lamas, ordena éste al 
comandante Baraldo que lo contenga con su reducido 
batallón. 

Al llegar á pocos metros de nuestras fuerzas, apos- 
tadas á su espera, contesta el capitán Montautti con 
un ¡muera! á un ¡viva! dado al partido Nacional, por 
los nuestros. Una descarga certera cortó la voz para 
siempre á este digno oficial, descarga que reiterada con 
verdadero acierto, acribilló á los soldados que retroce- 
dieron despavoridos. Allí también quedó muerto un 
oficial que era casi un niño, el alférez Juan González, 
y fueron heridos el alférez Carriconde que luego falleció 
ep el Hospital de Caridad, y varios otros oficiales. 

En apoyo del comandante Baraldo formaba el bata- 
llón número 5 de infantería. 

El cuerpo del coronel Flores no desistía de su em- 



F»OFt LA. I=>A.XFtIA. SOT 

peño de dominar el boquete. Menos dispuestos á cederlo 
estaban quienes lo guardaban. 

Muchos soldados perdieron la vida en circunstancias 
de querer forzar el Paso. Allí, sobre el enemigo, cayó 
eon la cara destrozada, el teiuente Juan Irigoyen; allí 
cayó gravemente herido, el teniente José Lapetra; allí 
cayó con la pierna deshecha, el comandante Octavio 
Pérez; allí las balas de los remingtons revolucionarios, 
segaron hombres y hombres, sacrificados por el adver- 
sario sin resultado positivo alguno. 

Ya había muerto también el mayor Herrero al frente 
de su batallón, pretendiendo protejer por la izquierda 
el empuje del 2.o, y su subalterno el alférez Modornel, 
corrió idéntica suerte. 

Un señor C. F. Dalaise, oficial de aquel cuerpo, ha 
publicado irnos apuntes sobre la campaña del ejército 
del general Villar, apreciable por la minuciosidad de 
sus datos, pero que contienen errores que iremos se- 
ñalando á su debido tiempo. 

Con ráSpecto al avance de su división, dice el re- 
ferido autor, que atravesó el monte «que mediría unos 
250 metros más ó menos». 

Prima la imaginación en este aserto. En ningún pun- 
to de la línea tenía un espesor mayor de media cua- 
dra el boscaje. 

Su afán apasionado lo lleva á afirmar luego, que 
la columna del mayor Herrero, repelida en verdad por 
las caballerías del coronel González, dobló á nuestras 
guerrillas «que se parapetaron detrás de un cerco de 
piedra». 

Incierta, categóricamente incierta, tal afirmación. ¿Por 



sos POR. LA. F»ATF11A. 

qué no señala ese cerco de piedra en el croquis quei 
ofrece á sus lectores? 

En seguida agrega^ que los soldados del Urbano de 
Artigas tomaron un carro de municiones nuestras. He 
ahí otra falsedad. Desde la iniciación de la pelea^ con* 
secuente con principios tácticos elementales, dispuso el 
Coronel el pasaje á retaguardia de los pocos vehículo» 
que acompañaban al ejército. 

Más adelante^ á pesar del avance triunfante que aca- 
ba de diseñar, explica el cronista el retroceso que 
efectuó su batallón^ diciendo con candida llaneza: «En 
seguida volvimos á éste lado para ver el movimiento 

de la linea.^ 

Resulta bastante raro eso de abandonar posiciones 

dominadas á sangre y fuego, «para ver el movimiento- 
de la línea». 

¿No había ayudantes para averiguarlo y trasmitirlo al 
jefe? ¿Dónde se ha visto que las plazas dejen en tropel 
su puesto de honor á fin de informarse, porque sí, del 
curso de la acción? • 

Siguiendo al señor Dalaise en su relato, tenemos que 
después de ponerse al corriente del desarrollo de lofi^ 
sucesos, vuelve á la brecha el Artigas. Pero, ya había 
cambiado la fisonomía del combate y hubo que retirarse 
á la fuerza, del terreno conquistado según él. 

No es de extrañar que correspondiendo á tan poéticas^ 
expansiones, haga figurar á los valerosos oficiales de su 
división muertos, caídos en la margen del arroyo ocupa- 
da por los revolucionarios, casi en el interior de nuestro- 
campamento. 

Visible equivocación esa. Sólo Monttauti y González. 



F>OFt LA. T>ATFtIA SOd 

murieron en forma algo semejante, al vadear con toda 
resolución el cauce. 

Las tupidas nieblas que notaban en la atmósfera, im- 
pidiendo dominar el escenario, se disiparon pronto. 

Desde las 9 de la mañana podía verse con toda cla- 
ridad el núcleo enemigo, calculado en dos mil quinientos 
hombres. 

El jefe de Estado Mayor ascendió en estas circuns- 
tancias la cuchilla hasta la mitad de su declive, para 
dominar con la vista al ejército gubernista. 

Satisfecho de su inspección y juzgando qne era nece- 
sario reforzar parte de la línea, ordenó al pundonoroso 
comandante Bastarrica que entrase á ocupar con su 
reducido escuadrón, la posición ocupada por la Urbana 
pues este heroico núcleo estaba diezmado: sólo hacían 
fuego seis hombres! 

Perfectamente preparada la defensiva, bajo la direc- 
ción inteligente del coronel Lamas que revistaba las 
filas imperturbable, montado en su caballo blanco y 
saludando con el kepi en la mano, el triunfo era cues- 
tión de horas. Ya lo había decretado el buen acierto de 
los jefes. 

Al coronel Núñez, que reía con su extraña nervio- 
sidad, sin perder un hilo del conjunto, le mataron dos 
caballos. 

El coronel Lamas había tenido la previsión de en- 
viar una partida hasta cerca del Paso de los Toros, 
á fin de indagar el alcance de las noticias que le 
acababa de trasmitir un vecino, sobre aproximación 
de gruesas columnas enemigas, y con orden de ave- 
riguar lo que se supiera respecto al general Saravia 



31 o t»OFt LA. I^ATFIIA. 

comprometido á fusionarse con nuestra fuerza por aque- 
llas inmediaciones. 

Pronto retornó el oficial comisionado sin traer da- 
to alguno favorable sobre el último puntf) de su co- 
metidO; y advirtiendo que los informes del vecinda- 
rio; daban como un hecho la aparición de guerrillas 
gubernistas. 

Como luego veremos, este aserto gozaba de entera 
verdad y explica posteriores determinaciones. 

A las once se notó un recrudecimiento en el fuego 
de los atacantes. 

Se oye distinto el toque] de ¡á la carga! que dan 
los clarines. Las balas cruzan mortíferas aquel retazo 
de ambiente saturado de fuerte olor á pólvora; los 
esfuerzos adversarios no cesan, pero apesar de las dia- 
nas que ahoga el estallido guerrero; apesar de aquella 
marejada indómita, nada conmueve á los voluntarios 
del sacrificio. 

Se ordena una carga á [la bayoneta que fracasa antes 
de llegar á la linea. Tanta baja, tanto desastre, acobar- 
da á los soldados] de Borda. 



La persecución 



Ya estaba ganada la pelea. Al legendario batallón 
Baña que casi la inició, le cupo el honor de decidirla 
con un avance irresistible que fué sostenido por el 
Leandro Gómez, Entonces, los muchachos de la Isla^ 
los hijos de Montevideo, los tipógrafos, los estudian*- 



F»OFt LA F»AXR.ÍA 311 

tes, los ofícinistas y los empleados, confundidos en 
aquellas filas, consumaron una hazaña que no fueron 
capaces de realizar en su contra los soldados de línea, 
que solo atiaaron á retirarse en desorden abandonan- 
do el campo, armamento, municiones, tambores, clari- 
nes, sus muertos y sus heridos. 

Los últimos disparos encontrarofi al Raña formando 
de aquel lado del Paso, con el bravo Justo González á 
su frente, siempre dispuesto á repeler el ataque. Pero 
ya no era necesario preocuparse de eso, pues el ene- 
migo^remontaba en pelotón la loma para perderse en 
las hondonadas. 

Con la misma rapidez que trajo, pero quebrado ahora 
en su orgullo, repitió en sentido inverso, la marcha 
de esa madrugada. 

La coyuntura se presentaba en extremo favorable para 
dar entrada á la caballería, que con excepción de la 
división del coronel González cuyo segundo jefe el 
mayor Cayetano Gutiérrez acababa de vadear el Paso 
con parte de su gente, había sido espectadora del 
combate. 

Pensándolo así, el coronel Lamas ordenó al coronel 
Diaz Olivera y á los comandantes Martirena y Gil, 
emprender la persecución del enemigo que iba en des- 
bande, incendiando los pastos á su retaguardia para 
garantirse. 

Durante dos leguas fueron hostilizados con bastante 
debilidad, los gubernistas, consiguiéndose alguno de los 
resultados apetecidos. Meses después, tuvimos ocasión 
de palpar el empuje irresistible de los lanceros del Ge- 
neral. Por eso decimos, que si Saravia hubiera estado 



3±2 F»OR. I^A. F>ATFIIA. 

en esta batalla^ la corona á filo de lanza con una carga 
definitiva. 

Poco valdrá por su escasa fidelidad^ la palabra del 
coronel Núñez en lo que se refiere á juicios políticos; 
pero su larga actuación en distintas guerras con brillo 
propio, dá valimiento á los fallos de índole militar que 
pudo vertir. 

Así, á este respecto dice en su folleto: «Si nuestra 
caballería opera eñ la oportunidad debida pudo hacerse 
prisionero al enemigo en su derrota.» 

Citamos esta opinión, algo optimista quizás, para no 
aparecer emitiendo afirmaciones pedantescas. De cual- 
quier manera, tal vez se hizo lo que se pudo, pues nues- 
tra gente era bisoña y además corría con visos de exac- 
titud, la noticia de venirse encima de nosotros el general 
Diaz con grueso ejército, lo que imponía ciertas reservas 
y circunspección. 

También es justo recordar que apenas llegaban á dos- 
cientos cincuenta los perseguidores, armados casi en 
totalidad á sable y lanza. 

Sin algún sostén de tiradores, es broma pesada eso 
de atacar infanterías de línea aunque ellas se retiren en 
derrota. 

Con todo, algunos adversarios infelices, fueron vícti- 
mas en esas circunstancias. 

Para comprobar en forma taxativa la desmoraliza- 
ción de las tropas gubernistas, recordaremos que cuan- 
do el jefe del 2.** pasó esa tarde lista de presente, 
sólo se encontró con setenta y tantos soldados. Los 
demás, ó habían muerto, ó se habían desbandado, 6 
quedaron heridos, al capricho del vencedor. 



F»OR. LA r>A.TFtIA SI a 

Dice el señor Dalaise, qoe cuando el general Vi- 
llar empezaba á retirarse, dirigió la mirada hacia [el 
otro lado del monte exclamando: «¡Ah! Si yo tuvie- 
ra aquí mi regimiento les había de enseñar. . . -» 

'Si es cierto que tan pobre^ cuanto banal reflexión 
brotó de los labios del citado jefe^ esto revelaría que 
quien sólo había sabido perder á los dos cuerpos de 
infantería mejores de la República^ ignoraba aún des- 
pués de su desastre^ la calidad de su adversario. 

¿Acaso creía posible suplir las deficiencias estraté- 
gicas de sus movimientos, con el empuje bruto de cua- 
trocientos caballos tordillos? 

Esa expresión que destila soberbia y nada más, exhi- 
be de cuerpo entero el carácter indio de aquel ata- 
que en montón. Todo se confió al azar. 

La retirada del ejército vencido asumió proporcio- 
nes de una fuga, como es notorio, y según se des- 
prende de los datos publicados por el mismo señor 
Dalaise en su detenido Dimio de campaña. 

Declara este señor, que á las once y veinte minu- 
tos de la noche del 17, hizo alto el ejército gubernis- 
ta en el Paso de los Rabiosos de la Cañada Grande. 

¡Y á esa marcha forzada, sin persecución sostenida, 
la titula «retirada tranqaila>! ¿Ingenuidad ó burla? 

Recién en la Estación Algorta recobró calma aque- 
lla columna altanera que nunca imaginó ser persegui- 
da por el espectro mortificante de una derrota campal. 



St4 F»OFt LA. F^ATniA. 



José Villar 



Antes de entrar en consideraciones definitivas so- 
bre tan celebrado hecho de armas y de vigorizar en 
párrafos amplios, algunos apuntes de cartera, nada cues- 
ta acompañar al general Villar en los preliminares del 
encuentro, para patentizar la índole de su avance. 

Don José Villar, nombrado jefe del Ejército guber- 
nista al Norte del Río Negro, es hombre que pisa en 
los dinteles de los cincuenta años. 

• Con respecto á sus adelantos en la carrera de las 
armas, recogemos las noticias siguientes: 

Alférez el 5 de Setiembre de 1870; teniente segun- 
do el 1.** Junio de 1875; ayudante mayor el 4 de Junio 
de 1876; capitán el 28 de Setiembre de 1877; sargenta 
mayor efectivo el 26 de Abril de 1880; teniente coro- 
nel graduado el 18 de Mayo de 1881; teniente ccronel 
efectivo el 24 de Febrero de 1883; coronel efectivo el 
9 de Febrero de 1886; general de brigada el 26 de Fe- 
brero de 1890. 

Empezó su vida militar cuando la revolución del 
general Aparicio. Producida la Tricolor, sirvió á don 
Pedro Várela. 

Durante la dictadura de Latoire tuvo la suerte de 
pasar desapercibido. Es el general Santos quien lo 
encumbra confiándole el comando del regimiento de 
Caballería número 1. Consigue organizado con prove- 
cho, colocándolo sobre un pie de laudable disciplina. 

Ascendido á coronel poco antes del Quebracho, de- 



F»OFt LA PATRIA. SI 5 

fíende á la tiranía, á las órdenes del general Máximo 
Tajes j como jefe de la vanguardia. 

En esa condición intenta un avance arriesgado sobre 
los revolucionarios el día 30 de Marzo, siendo repelido 
con evidente mala fortuna. 

Allí peleó contra el batallón mandado por el coman- 
dante Octavio Ramírez, de quien era segundo el enton- 
ces capitán Diego Lamas. Este ensayo atrevido y sin 
plan de Villar, pudo haberse resuelto en duro contraste 
á ser otras las circuntancias; pero antes de pelear ya 
estaba derrotado el ejército invasor. 

Hasta 1890 estuvo al frente de su regimiento. En 
Febrero de ese año, el presidente Tajes le otorgó el 
grado de general de brigada, y en Marzo, el nuevo ma- 
gistrado don Julio Herrera y Obes, lo llevó al ministerio 
de Guerra y Marina. 

Pocos meses después renunciaba su alto cargo en 
homenaje á su consecuencia tajista, retirándose á su 
establecimiento de campo del Arapey, donde se entregó 
á vastas tareas agrícolas. 

La preferencia de Idiarte Borda lo arrancó de su 
voluntario retiro para oponerlo á la revolución de 1897. 

Como puede verse, ningún rasgo culminante señala 
la carrera de este general de la nación, casi tan afortu- 
nado como su gran amigo don Máximo Tajes, y quizás 
de tan poca valía militar en esencia. 

Así, haciendo vida sedentaria, sin dejar huella inteli- 
gente, gana las palmas gerárquicas. 

Sin embargo, el acuerdo popular dio aureola á don 
José Villar, y todos creyéronlo una revelación que 



marcaría su actividad con victorias infalibles^ en la 
guerra interna en vísperas de producirse. 

Error capital. Ni en Tres Arboles, donde despreció 
las vitales enseñanzas de la táctica; ni en Cerros Blan- 
cos, donde perdió de entre las manos la oportunidad 
que no se le volvería á ofrecer, de aplastar al. enemigo; 
ni en Guaviyú, donde f uó incapaz de disponer una resis- 
tencia hábil; ni en su marcha á nuestra retaguardia 
hasta el Salto; ni en su intento de cortarnos la retira- 
da á nuestro retorno, acreditó capacidades medianas 
en su arte, y sí, probablemente se singularizó como una 
vulgaridad. 

En cada página de las mencionadas, trataremos de 
fundar nuestros asertos. 

Pero por lo pronto, es deber de hidalguía reconocer 
al general Villar, ya que no aptitudes de que carece, 
por lo menos dotes personales de generosidad y cordura. 

Ante todo, es un jefe de orden y serio, incapaz de 
usar de represiones sanguinarias. 

Ningún atentado por él consentido, señaló su reciente 
campaña. Más aún: se cuentan á su respecto episodios 
hermosos que le dan el realce de un espíritu extraño 
á las mezquindades de bajas pasiones. 



El enemigo antes de la pelea 



El punto señalado para proceder á la organización 
del Ejército del Norte, fué la Estación Algorta. 
En efecto, el día 12 de Marzo, recibía orden el co- 



ronel Manuel M. Rodríguez, Jefe Político del depar- 
tameuto de Artigas, de aprontar el batallón «Artigas»^ 
compuesto de cuatrocientas diez y seis plazas, para 
seguir en tren expreso al día siguiente. 

Sale esa fuerza el 13 por la tarde, incorporándose- 
le en el trayecto el comandante Pedro Revira con 
cien hombres traídos de Santa Rosa, y llegando el 
14, á las diez y media de la mañana, al punto de su 
destino, es decir, la Estación Algorta, donde acampa 
al lado del 1.° de cazadores. Allí se procede al re- 
parto de ponchos, recados, correajes, etc. 

El general Villar recibió noticia del movimiento de 
la columna revolucionaria mandada por el coronel La- 
mas y resuelve apurar la reconcentración, para com-. 
batirla antes de que ella aumente en poder. 

A las cuatro de la tarde del día 14, rompen mar- 
cha á caballo los dos cuerpos nombrados nías arriba, 
para acampar á las once y media en el arroyo Don 
Esteban, departamento de Río Negro. Sábese que á 
dos leguas de distancia, se halla el 2.^ de cazadores 
y la caballería de Paysandú. 

El 15, marcha en total el ejército gubernista trece 
horas, acampando en Averías Chicas. 

El 16, se hace otra jornada forzada de once ho- 
ras. Según lo expone en su Diario el señor Dalaise, 
á las once de la noche se hace alto y se dá descanso 
con el caballo de la rienda, sobre el arroyo Rolón^ 
Paso de Pacú. 

Ya en -el día 17 y una hora después, mudan sus ca- 
balgaduras infinidad de soldados. A la 1 y 10 minutos 
a. m., continúa esta carreraloca y marcadora, recibién- 



SIS F»OFl LA. I^A.TFtlA 

dose informes del enemigo por el chasque encargado de 
descubrirlo. 

Habla el autor del referido Diario: « 5 y 5 a. m. — Va- 
mos al galope sobre el enemigo. ( !!! ) Unas diez cuadras 
antes de llegar al campo de acción, se oyeron dos des- 
cargas casi simultáneas; era el batallón 2.^ de cazadores 
que cargaba sobre el Paso Hondo » . . . 

Hé ahí, condensados en pocas líneas de veracidad in- 
discutible, los preliminares de Tres Arboles para los 
gubernistas. 

¿Qué cabe deducir de ellos, á cualquier persona de 
criterio ? 

Nada favorable, por cierto, á la capacidad científica 
del general Villar y demás jefes superiores. 

Y hacemos extensivo este aserto á otras entidades del 
Ejército del Norte, porque es notorio el carácter atrope- 
llado que todos de acuerdo dieron á su persecución pam- 
peana. 

Había algo de ciega vanidad en el plan desarrollado. 
Los jefes del gobierno, mal informados por Idíarte Bor- 
da, en ignorancia de la incorporación nuestra con Nuñez, 
y creyéndonos por consecuencia, en proporción numérica 
ínfima, se lanzaron á nuestro alcance con la indómita 
ufanía del vencedor. 

Un censurable apetito de triunfo; un anhelo odioso de 
exterminio; el propósito de ahogar en sangre hermana, 
el santo germen de la resistencia contra despotismos he- 
redados, condujo á las falanges adversarias; y entién- 
dase bien que al decir adversarias, no referimos al tra- 
dicionalismo colorado, sino á los sostenedores de la co- 
rrupción dominante. 



Instigados por ese impulso airado; calculando ganar 
laureles tan baratos como los fantásticos del Quebracho, 
cayeron en avalancha sobre nuestras lineas. 

No es gratuita tal afirmación. 

Fuera de que el Diario del señor Dalaise con sus 
cuidadosas referencias, nos habilitaría para deducir que 
las marchas ¡)revias á Tres Arboles concluyeron por 
ser un tropel, contamos con datos tan fidedignos y más 
elocuentes para decirlo así. 

Nos ha declarado un ofícial perteneciente al batallón 
2.° de Cazadores — que hacía de vanguardia — que hubo 
vez de desobedecer las disposiciones del general Villar, 
para no perder tiempo y avanzar camino. El citado 
dejó en la tarde antes de la batalla carneadas las reses 
para dar de comer á la tropa, hambrienta y fatigada, 
por no arriesgar el patrimonio de la victoria concebida. 

Otro oficial gubemista agrega bajo su firma, que era 
tanta la seguridad de triunfo de don Ricardo Flores, 
que cuando un vecino preguntó á éste por los enemi- 
gos, contestó en tono jactancioso: 

— Los blancos están dentro de mi kepi. 

Y si Flores quería arrebatar la gloria á Villar, éste 
por su parte, hacía lo posible por usufructuarla solo. 

Así, cuenta el mismo crítico adversario, que el gene- 
ral en jefe, celoso de agenas intervenciones, no comu- 
nicó su plan al coronel Rodríguez, jefe de Estado 
Mayor. 

Se iba á tiro "hecho. 

Para mayor certeza, el señor Dalaise lo expone por 
nosotros. En efecto, cuando su cuerpo (la Urbana de 
Artigas) llegó al arroyo, ya el «2.° cargaba el l^aso.» 



S^O F»OR. LA IPAXRIA 



¿Cabe nada más demostrativo que ese: «Vamos al 
galope (!) sobre el enemigo?> 



Los frutos de la soberbia 



En acepción general, fué un plan ofensivo absurdo 
el que presidió al famoso combate. Solamente los erro- 
res estratégicos de Cerros Blancos^ la falta de acierto 
y habilidad militar acusada en esta otra acción, pueden 
entrar en paralelo. 

Aun sin estar empapados en conocimientos tácticos, 
concretamos las faltas en que incurrió, á nuestro juicio, 
el general Villar. De esta manera, argumentando con 
razones que serán ó nó rebatibles, acreditaremos el 
espíritu reposado de estos párrafos. 

1.0 Como acabamos de demostrarlo en consideracio- 
nes anteriores y apoyados en informaciones extrañas, 
hubo funesta ¡)recipitación en la marcha tras el ene- 
migo. 

Uno de los afanes del jefe que vá á entrar en pe- 
lea debe consistir en mantener satisfechos á sus su- 
balternos. Para ello, se requiere inspirarles confianza 
en su propia valía, sin ocurrir al recurso contraprodu- 
cente de las fanfarronadas; pecar por insistencia en 
el cuidado colectivo; preocuparse de mantenerlos sa- 
tisfechos, es decir, no descuidar su racionamiento; dar- 
les el descanso consagrado; conducirlos al combate de 
manera cautelosa é inteligente; esperar menos de la im- 
perfección dd atacado que del poder propio; aplicar 



F»OR. L/V F».VTR.1.V 3St 



en lo posible, el espíritu matemático á las combina- 
ciones en desarroJlo. 

Ninguna de esas condiciones elementales fué llena- 
da por el general Villar, quien una vez que averiguó 
nuestra ubicación, nos buscó al rumbo, sin reflexionar, 
cuando hasta el instinto enseña al perro perdiguero á 
ser travieso en la caza. 

Puso cimiento á su derrota abatiendo á sus solda- 
dos con jornadas forzadísimas, nunca justificables en el 
caso ocurrente, cuando su misma conveniencia le acon- 
sejaba arrojarnos insensiblemento sobre el Paso de- los 
Toros, cabecera ferroviaria por donde saldría á nues- 
tra retaguardia, — como hubo de suceder, — el general 
Díaz con cinco mil hombres y artillería. 

2.® El ataque no respondió á ninguna modalidad téc- 
nica. 

Como los indios en sus malones; como los indios cuan- 
do avanzan sobre colonias de cristianos, poniendo todas 
sus habilidades guerreras en el galope desesperado de los 
caballos, y toda la esperanza de éxito en el terror que 
infunden sus gritos salvajes, de la misma manera inicia- 
ron las tropas gubernístas la batalla de Tres Arboles. 

El señor Dalaise lo declara: «Todo se encontraba 
amontonado á pocas varas del arroyo (150 varas, más 
ó menos)». Este dato que tomamos al pasar, revela la 
torpeza del avance. 

En ningún caso, y con más motivo ignorando la si- 
tuación del enemigo, es permitido acumular elementos 
tan encima de la línea que se vá á atacar. 

Tener las caballadas, parque y demás servicios, á una 



S2^ ROFl LA. F»A.TF^I.V 



cuadra de distancia, es tener las entrañas en manos del 
enemigo; es quedar bajo su radio de fuego. 

3.* No hubo exploración que precediera al avance. 
Las primeras guerrillas fueron los primeros escuchas. 
Un ejército entero se abalanzó sobre posiciones descono- 
cidas, sin investigar el conjunto, ni estudiar el terreno, 
ni pedir ayuda á la prudencia, siempre poca en circuns- 
tancias de esta índole. 

4.^ Se condujo el ataque en columna, hiriendo pres- 
cripciones militares, fundamentales para esas situaciones. 
Así se explica la inmensa mortandad de los gubernistas, 
el pánico que pronto les dominó, y la esterilidad de su 
empuje. 

Ya se acabaron los tiempos del esfuerzo muscular. 
Ya frente íí las armas de alcance no se dobla con el 
número, á las infanterías. Ya solo queda para los 
lanceros el derecho y eso, no muy á menudo, de com- 
prar victorias con simple lujo de coraje, casi cuerpo á 
cuerpo. 

5.® El general Villar repartió mal el peso de la bata- 
lla que estuvo gravitando sobre dos cuerpos, y una 
división departamental que no contaron con una pro- 
tección, ni con un respaldar amenazante, cuando había 
gente de sobra para cubrir las posiciones to madas. 

De Tres Arboles é inmediaciones se retiraron mil 
doscientos hombres sin entrar en pelea. 

6.® Quizá sea este el principal de tantos errores gra- 
ves. Fué una falta imperdonable, resolver el ataque en 
plena oscuridad ó en plena neblina, que es lo mismo, 
pues hasta las ocho de la mañana no se veía absolu- 
tamente nada á pocas varas. 



F»OFl LA. F»ATFtIA. 3«3 

Sin descubrir al enemigo, nos avanzaron. Nadie se 
preocupó de reconocer nuestras posiciones; pero todos 
acariciaban el deseo atolondrado de tomarnos de sor- 
presa, de barrer á balazos un campamento desconocido. 

Villar contaba con las mejores tropas de línea del 
país; con mucha munición y muchas armas. Pues bien, 
esa abundancia incontrastable do todo, debió infundirle 
fé en sus recursos y en su eficacia á luz plena. 

Poseía elementos de sobra para dar una batalla pre- 
parada con anticipación. 

Por eso, si su anhelo era pelear el 17 de Marzo, pudo 
habernos apartado primeramente de aquel arroyo que 
era una coraza natural, y una vez en campo abierto, 
uua vez que dominara nuestras falanjes con los lentes 
de su anteojo, una vez echados al medio como el zorro 
fuera de los pedregales, entonces tocaba el momento de 
poner en tensión sus proyectos. 

7.® El esfuerzo enemigo estuvo condensadó en una pa- 
lestra de cuatro palmos de extensión. Desde el prin- 
cipio hasta el fin, el Paso fué la única meta. 

Es cierto que allí estaba el punto decisivo, pero no es 
menos cierto que intentando flanqueos de caballería, de- 
sarroDando esfuerzos astutos en otro sentido, pudo de- 
bilitarse la defensa del ansiado boquerón. 

8.® El general Villar no imprimió dirección personal 
ál choque. En una palabra, no mandó la batalla. El 
2.0 de cazadores se adelantó al azar, con castigada lige- 
reza, olvidando en absoluto los deberes precisos y pre- 
ciosos de una vanguardia. 

Después de lanzado el reto, ninguna conibinación de 
algún vuelo se concibió. El general Villar fué un sim- 



3S4 F»OFl LA. F»AXFtlA 

■ ■ — • — f ' - ' a» 

pie espectador. Le cupo el indecible tormento de asis- 
tir á sus propias exequias^ sin saber articular una pro- 
testa. 

9.® M en la retirada desplegó un adarme de acierto. 
A pesar de tener á sus órdenes mucha gente de re- 
fresco, aquello tuvo los visos señalados de una fuga. 

Más adelante, tendremos ocasión de examinar esa 
otra retirada de Aparicio Saravia, en condiciones crí- 
ticas y supremas, después de la batalla de Qerros 
Blancos, y el lector podrá comparar las dos telas, los 
talentos militares del oeneral de brigada don José Vi- 
llar, con los talentos militares de quien sólo admite 
que se le titule «un vecino alzado de la costa del 
Cordobés». 



El plano auténtico 



Para dar validez consolidada á uno de los planos 
incorporados á esta obrita, del campo donde se libró 
el combate de Tres Arboles, referiremos su proceden- 
cia en dos palabras. 

Después del importante suceso, el gobierno de Bor- 
da se interesó en obtener una carta correcta del his- 
tórico terreno, tal vez para buscar el secreto de su 
derrota. 

Esa tarea se confió á la autoridad competente del 
señor ingeniero Juan Storm, vinculado al Ministerio 
de Fomento. 

Trasladóse este caballero al sitio mencionado, y lue- 



I 



F>OFt LA. F»A.XFIIA 3So 



go de efectuar investigaciones y medidas concienzudas^ 
retomó trayendo en su poder los elementos para ce- 
rrar su obra^ que una vez terminada, puso en manos 
del Ministro Juan J. Castro. 

Ese plano, cuya copia fiel exhibimos, no agradó á 
los usufructuarios del mando. 

De las conclusiones certeras del señor Storm, de su 
diseño ajustado á verdad topográfica, resultaba que no 
había medio de disculpar el fracaso. Si buena fuera la 
posición revolucionaria, tan buena aparecía la posición 
gubernista. 

De ahí vino que se prefiriera guardar el indiscre- 
to plano. 

Gracias á los galantes oficios de un amigo, hasta 
nosotros ha llegado una copia auténtica del citado bos- 
quejo. 

Excepto el lugar ocupado por el 2.^ de cazadores, 
que pudiera no estar exactamente ubicado, pues el co- 
ronel Flores solicitado para dar en ese asunto la luz 
autorizada de sus opiniones, se negó á hacerlo, — no adi- 
vinamos por qué causa, — lo demás reboza la más con- 
trolada exactitud. 

La procedencia de este plano le agrega singular in- 
terés. De consiguiente, creemos que no sería posible 
disponer de armas más insospechables y mejor tem- 
pladas para impugnar las exposiciones equivocadas de 
los cronistas oficiales. 

Sin ser este, solo conocemos un plano de la batalla 
de Tres Arboles, «levantado por el capitán don José 
A. Mauthone, bajo la dirección del jefe de Estado 
Mayor del Ejército, coronel don Manuel M. Rodríguez», 



según reza el aparatoso encabezamiento que le dedica 
el señor Dalaise^ quien lo utiliza en su folleto. 

Perfectamente. Para agregarle sabor gráfico á nues- 
tra crítica de ese dibujo, empezaremos por insertarlo en 
este libro, á fin de estar en aptitud de cotejarlo con 
el del señor ingeniero Storm, que conceptuamos* muy 
superior porque es exacto. 

En primer término, se peca de generosidad científica 
confiriendo el título de plano á un simple croquis^ 
abundante en falsedades, que carece de laa condiciones 
elementales exigidas en este asunto: ni posee orienta- 
ción, ni responde á escala alguna. 

Por consecuencia, la producción del capitán Mau- ( 

thone vale en la acepción técnica tan poco como un 
documento de vencimiento, sin fecha, ó una fé de bau- 
tismo donde no se registra el nombre del interesado. 

Nada más sería necesario exponer para quitarle mé- 
ritos. 

Pero eso no es todo. Veamos su veracidad topo- 
gráfica. 

En ocasión anterior, ya hemos descrito el Paso del 
célebre arroyo, que consiste en una senda arenosa que 
después de internarse en la espesura del monte — por el 
lado del ataque,^-se desliza por media cuadra, entre el 
arbolado y la orilla, entre pellejo y carne, antes de me- 
recer su nombre cortando la corriente. A su salida, el 
camino remonta la loma inclinándose á un lado^ para 

dejar á la derecha la casa de Federico Silva, como 

permite apreciarlo el plano de Storm. I 

Pues el diseño de Mauthone, marca ese camino resuel- 
tamente á la derecha de la casa de Silva; y en cuanto al 



í>OFt LA F»ATR.IA. 3S r 

Paso, figura en verticqj no inteiTumpida, con relación al 
curso de las aguas. 

Luego, á la derecha coloca el mismo, una tapera que 
no existe en el terreno. 

No hablemos de la configuración del an-oyo. Dejamos 
al comentario risueño del lector, la diferencia que re- 
salta á ese respecto, entre el plano del ingeniero Storm 
y el que discutimos. 

Dada la anchura asignada á esa corriente secundaria, 
se supondría que se trata de un poderoso afluente del 
Río de la Plata. Si hasta sorprende no distinguir rastro 
allí de alguna escuadrilla de evoluciones. 

Y sin embargo. Tres Arboles no pasa de ser un 
arroyo que se corta en los meses de verano! 

Ahora, pidiendo peso á nuestra opinión de testigoa 
presenciales, que cualquier compañero de armas no va- 
cilaría en ratificar por ser tan notorio su ajuste, diremoa 
al autor del plano gubernista, que ni en la tapera 
inventada, ni en el cerco de piedra alejado del campa 
de batalla, ni en la estancia de Silva, hubo u¿ solo 
infante, durante la pelea. Todos ellos acamparon la 
noche antes en la costa y allí hicieron frente. 

Es gracioso ese afán de repartir á piacere las tropa» 
nuestras, sin consultar un juicio ni una palabra des- 
apasionada. 

Para no fastidiar suprimimos otras observaciones per- 
tinentes. 

Lo indicado basta por sí solo, para poner en trans- 
parencia la poquísima importancia de un plano mal 
levantado y lleno de imperfecciones, que á buen se- 
guro no contribuye á enaltecer el prestigio y la se- 



riedad de una institucióa tau encumbrada como el Es* 
tado Mayor del Ejército Oriental. 

Para darle mayor interés á.la minuciosa obra del 
señor Storm, nos hemos permitido hacerle determina- 
das agregaciones^ que no ofenden de ningún modo su 
veracidad. 

Referimos á las posiciones ocupadas por los revo- 
lucionarios en distintos momentos de la batalla y á 
otros datos ilustrativos que van señalados con líneas 
rojas. 

Aunque en situación de hacerlo, no hemos incorpo- 
rado ningún signo para apuntar las posiciones del ene- 
migo, á fin de que no se tache de apasionados tales 
aditamentos. Pero es sabido que el 2.® de cazadores 
enfrentó el Paso, formando á su derecha, parte de la 
Urbana de Artigas, y á su izquierda, el 1.° de cazado- 
res teniendo por protección el resto de aquella fuerza. 

La única observación que tenemos que hacer á esa 
carta, en lo referente á las fuerzas revolucionarias, 
está en la ubicación errónea que dá á la caballería 
de Gil, colocada indebidamente dentro de una lejana 
manguera. 

Ese núcleo estuvo en campo raso, — donde lo señala- 
mos nosotros, — por no llegar hasta allí el fuego ene- 
migo. 

Las líneas finas indicadas en el plano, significan on- 
dulaciones del terreno. 

El costado Este del arroyo está enteramente sin 
árboles. La barranca que empieza á unos 100 metros 
de la cañada y donde estaba la Urbana de Poron- 
gos, tiene una altura variante de 0.50 á 1 metro y 
dos y medio. 



F>OFt LA F»A.XFUA SS0 



Cálculo de las faerzas 



¿A cuánto alcanzaron por ambas partes, las fuerzas 
concurrentes á la batalla de Tres Arboles? 

Siendo operación fácil apreciar ese monto corren 
por ahí cifras adulteradas. 

Para acercarnos en lo posible á un cálculo exacto, 
conviene tomar en cuenta las diferentes apreciaciones. 

El sensato ciudadano que bajo el pseudónimo de 
Nabucodonosory ha dado á luz algunos apreciables apun- 
tes sobre la división Núñez, inspirados en el espíritu 
más verídico, declara que fueron 517 los invasores de 
la isla del Ceibal. 

Este aserto lo aceptan todos aquellos expedicionarios, 
que hacen fluctuar entre quinientos y quinientos trein- 
ta, el total de esa columna. 

Agregándole los veinte y tantos hombres que acom- 
pañaban al coronel Lamas, los 466 del coronel Gon- 
zález, los 200 del coronel Marín, los 81 de Díaz 

Olivera, los 80 de Martín Hamírez, y algunas docenas 
de adherentes sueltos, apenas alcanzaríamos á 1500 
soldados. 

Ahora, hagamos un cómputo semejante de las fuer- 
zas del gobierno. 

Al batallón 1.® de Cazadores, le atribuye Nabucodo^ 
sor 500 plazas y otro tanto al 2.° de la misma arma. 

El señor Dalaise dá 394 á aquel cuerpo y 886 á éste. 
Ambos escritores incurren en una pequeña equivocación. 

Nos habilita á declararlo así, el hecho de obrar en 



3SO r>OFt LA. F»ATF11A 

nuestro poder los papeles de revista del 1.^ y del 2.® de 
Cazadores, abandonados en el momento de la retirada. 
Cuatrocientas diez y seis plazas rinden las cuatro com- 
pañías de cada cual, contando su oficialidad. No con- 
fundimos en esa cifra el aumento notorio que trajeron 
sucesivas remontas. 

Remitiéndonos á la versión del señor Dalaise, el ba- 
tallón «Artigas» tenía otras 416 plazas, lo que hace ya 
una suma de 1248 soldados de infantería. Dice el mis- 
mo cronista, que la caballería de Paysandú agregada 
á las anteriores fuerzas, redondeaba una cantidad de 
1300 hombres más ó menos, presentes en la batalla de 
Tres Arboles. 

Fuera de que nadie puede aceptar el hecho de contar 
con menos de 100 plazas de caballería el Ejército del 
Norte, existe omisión importante en ese cómputo. 

Efectivamente, ahí faltan las Urbanas del Salto y de 
Paysandú que bien podían tener 100 plazas cada una; 
los 100 hombres al mando del comandante Rovira de 
Santa Rosa, incorporados al batallón «Artigas» á su 
paso por la Estación Cabellos; la división Río Negro 
fuerte de 600 hombres, al mando del coronel Elias 
Borches; y ahí se cercena el capital de la división Pay- 
sandú que tenía 500 plazas para arriba. 

De consiguiente, sentando un total, fácil de descom- 
ponerse en saldos parciales ciertos, hacemos ascender á 
2600 los soldados á las órdenes del general Villar. 

Ahora, impugnemos un argumento que á fuer de ex- 
plicación corre. 

Se insiste en que parte de esa gente no entró en 



POR. LA F»iVXFtIA sai 

pelea; pero algo idéntico sucedió con el ejército revo- 
lucionario. 

Véamoslo. De nuestro ladO; todas las caballerías 
excepción hecha de la respetable columna del coronel 
González^ jugaron rol de espectadores. Recién termina- 
da la batalla^ aparecieron en escena sin mayor utilidad. 
Luego podemos exponer que de la revolución habrán 
combatido unos 800 hombres, y abrigamos la convicr 
ción de que esa suma es holgada. 

Del lado enemigo, aseveran los escritores oficiales, 
que la división Río Negro no estuvo en el campo; sin 
embaído, se sabe de buena fuente lo contrario. En su 
abono tomamos este párrafo de la relación del señor 
Giménez Pastor. «Mientras tanto la caballería del go- 
bierno al mando de Rodríguez y Borches (jefe éste de 
la división Río Negro), atacaba ú la gente que ocupa- 
ba las laderas del cerrillo; pero detenida por un fuego 
incesante, iniciado á trescientos metros de distancia, 
daba vuelta cara y se dispersaba en su mayor parte.» 

Por si esta exposición no bastare, diremos espigando 
en cosecha propia, que un oficial de apellido Estigarri- 
bia, perteneciente á la división Río Negro, quedó asis- 
tiéndose de una herida recibida durante la pelea, en la 
estancia de la familia Caravia. 

Las pruebas pues, son irrefutables porque d/) se con- 
ciben dispersiones sin motivo, ni heridas ganadas sin 
arriesgarse al peligro. 

Antes de producirse el encarnizado combate, afirmába- 
se en un Boletín Oficial, que «el general Villar contaba 
con más de siete mil hombres, sin incluir en este nú- 
mero las fuerzas destinadas á quedar de reserva en 
cada departamento.» 



B32 F»OFt r^A F»AXFIIA 



Las bajas de ambas partes 



La mortandad habida en la batalla de Tres Arboles 
fué crecidísima. 

En proporción al total de los combatientes, son po- 
cos los sucesos de armas recordados entre nosotros 
que registran tanto dolor; más, teniendo presente que 
aquel encuentro no tuvo apéndice fúnebre de matan- 
zas á sangre fría, como ha ocurrido en otras ocasiones, 

Pero todavía impone más la notable diferencia que 
existe con respecto al número de muertos y heridos 
entre ambas fracciones guerreras. 

Antes de acordar validez á la palabra tal vez apa- 
sionada de quienes intervinieron en la dura lid, pre- 
sentemos informes de acrisolada pureza. 

Los médicos de la Cruz Roja aprecian en 1100 las 
bajas sufridas por los dos lados. 

Hay mucha exageración en este aserto, asi como en 
otro dato que dá trescientas bajas al ejército revolu- 
cionario. 

A juicio de quien estas líneas escribe, que pudo re- 
correr el campo de batalla después del choque, el go- 
bierno perdió cuatrocientos hombres entre muertos y 
heridos; y alrededor de ciento cincuenta la revolución. 

De estos últimos casi podemos contar, citando nom- 
bres propios, la lista de los muertos que ascenderán 
á cincuenta. 

Revisando los libros del Estado Mayor Revolucio- 



nano, después hemos podido someter á prueba el pre- 
cedente cálculo. 

Nuestras bajas, según consta en ellos, fueron 182. 
De esa cifra hay que deducir 55 muertos, que se re- 
parten así: 26 á la 2.* división (infantería de Núñez)^ 
25 á la división Porongos y 4 á la división San José. 
De los heridos,..^orrespondieron, 58 á la 2.* división, 
62 á la división Porongos y 7 á la división San José. 

¿Cómo se explica esa tan grande y positiva despro- 
porción? 

Muchas veces conversando con jefes y compañeros 
actores en la acción, nos hemos dirigido idéntica pre- 
gunta sin . obtener una respuesta satisfactoria en ab- 
soluto 

Con todo, se pueden enunciar algunas razones aten- 
dibles para explicar ese contraste. 

Un motivo lo encontraríamos en la clase de arma- 
mento. 

Cuando se proyectaba el movimiento revolucionario, 
el gobierno juzgó preparar una victoria fácil, por el 
hecho simple de adquirir gruesa cantidad de fusiles 
mauser. Muchas personas entendidas pensaron así; y 
sin embargo, se erraba deplorablemente el camino. 

El mauser, fuera de exigir en mérito á sus perfec- 
ciones y mecanismo sencillo, pero que requiere manejo 
inteligente, — prolongado ejercicio de parte del tü'ador, 
prescripción ésta olvidada por el gobierno, pide una 
atención delicada y continua. Sin forro impermeable 
está perdido. 

También solo se conserva hermanado á la vaselina, 



334: l-»C>Fl LA. F»>VTF^I.A. 

Sufriendo una limpieza diaria, y esta tarea no la com- 
prenden por ahora nuestros soldados. 

Además, ¿quién les enseña á éstos, cuando paisanos, 
á usar correctamente de la mira, cuya relación con el 
alcance y precisión del disparo no dominan? 

En cambio, el remington, utilizado por los revolucio- 
narios, responde á otras condiciones más prácticas. 

Arma de trato simple, no se deteriora por nada, 
siendo sus efectos mortíferos asustadores. 

Cada descarga pide un intervalo de manipulación se- 
rena; al revés del mauser, que siendo de repetición, 
agota series de cinco tiros en instantes, pues es rasgo 
característico del soldado bisoñe, la nerviosidad y apuro 
en su acción ofensiva sin preparar resultado alguno. 

Lo ocurrido en Tres Arboles lo acredita á carta 
cabal. 

Por ser muy distinta la detonaoióa del mauser de 
la del remington, era perfectamente factible conocer 
durante el tiroteo, las descargas gubernistas de las 
dtescargas revolucionarias. Nadie que las haya oído 
negará que el fuego de aquellos fué horrísono, sin pa- 
réntesis, sin altos y sin frutos casi; mientras el de estos 
se destacaba graneado, tranquilo y aterrador por su 
acierto. 

También cabe suponer que los fusiles enemigos habían 
sido graduados muy altos, para un caso eventual, pues 
de lo contrario, no se hallaría esclarecimiento á la cir- 
cunstancia de morir baleados muchos caballos á distan- 
cia de veinte cuadras, siendo también imposible la 
permanencia en la parte superior de la loma. 

Otro fundamento quizás recogiéramos observando que 



F»OFl LA F»AXl^IA 33S 



la línea de combate tenía la configuración patente de 
una raedia luna, ocupando las fuerzas enemigas su inte- 
rior en actitud compacta, y estando repartidas en su 
exterior las nuestras. 



BaBgos memorables 



La crónica consentida ha hilvanado mil novelas legen- 
darias alrededor de algunas víctimas respetables y alre- 
dedor también de quienes tuvieron la fortuna de salvaf 
la vida. 

Al patriota comandante Pons se le hace aparecer 
-como sosteniendo un diálogo airado al través del arroyo^ 
<5on un adversario de su relación. Algo semejante se ha 
dicho del coronel Flores con respecto al coronel Lamas- 

Hasta á los subalternos alcanzó esta fantasía. Al vale- 
roso teniente Irigoyen, imposibilitado de hablar por 
tener la boca espantosamente deshecha, se le dá la 
paternidad de una arenga vibrante, pronunciada al re- 
tirarse herido de la línea; y de alguno que yo sé, hubo 
referencias épicas que lo presentaban recibiendo la 
muerte al arrebatar una bandera. 

Todo eso es incierto. Los entreactos de literatura no 
armonizan con un coro de balas. El único caso más 
cercano á tan románticas expansiones, lo encontraríamos 
en el malogrado capitán Montautti, quien si habló con 
los nuestros, fué para contestar con un ¡Muera! ardiente 
á un ardiente ¡Viva! 

Y, ¡las injusticias del capricho de los contemporáneos! 



3Se F»OR. L-V F»AXniA. 

algunos actos de epopeya que llenan con luces heléni- 
cas cualquier marco por amplio que él sea, yacen en el 
olvido. 

Cumplimos pues, con un deber útil ejemplarizando 
con la rememoración de episodios verdaderos, que afian- 
zan el prestigio valeroso de los orientales y arrojaron 
en su hora positivo lustre sobre quienes los fundaron. 

Vicente Martínez (hijo), formaba con su padre y un 
hermano en las filas libertadoras. Apenas iniciada la 
pelea es herido en una pierna. Esto no lo atribula. Se 
arrastra hasta la enfermería, donde se hace curar de 
primera intención, y vuelve á ocupar su puesto junto á 
los compañeros. Al poco rato, un nuevo balazo recibido 
lo obliga á repetir su triste trayecto al improvisada 
hospital. Vendado, retorna por segunda vez. Esta he- 
roica insistencia tuvo fúnebre punto final: una bala le 
hirió en la frente, en el sitio donde germinan las ideas, 
como si hubiera adivinado que mientras la muerte no 
sobreviniera inmediata, Martínez continuaría firme en 
su puesto. 

A Servando La Palma le inutilizan el brazo derecho. 
En seguida se levanta del suelo para agarrar su fusil y 
hacer fuego con el izquierdo, cuando una nueva herida 
lo coloca fuera de combate. 

Nuestro estimable amigo Juan Labeque, hijo de Po- 
rongos, pertenecía á las fuerzas de su departamento. En 
el momento de la pelea, estaba junto á él, portándose 
como bueno, su hermano Dionisio que pronto cae 
muerto sin decir ¡ay! Los soldados vacilan al ver esta 
desgracia; pero Labeque, oficial que manda esa gue- 
rrilla, instiga á sus subalternos al cumplimiento del 



F>OFt LA. F>ATFtIA BST 

deber, ahogando sus cariños fraternales. En presencia 
del cuerpo de su hermano les dice que el mejor home- 
naje al camarada caído será imitar su ejemplo. Y así lo 
hacen todos. 

Seguramente que en el bando adversario florecieron 
algunos arranques viriles, apesar de tratarse de tropas 
sin el bendito aliento de los fanatismos desinteresados. 

Con respecto á los jefes, es justicia decir la ver- 
dad. Según se desprende de todas las versiones, nin- 
guno de los coroneles gubernistas permaneció- en el 
Paso, como lo hicieran del otro lado los coroneles 
Lamas y Núñez. 

Afirma el señor " Giménez Pastor, que «el coronel 
Plores, á la cabeza del 2.®, blandiendo la espada en- 
tre el humo, delirante de coraje, animaba á sus hom- 
bres avanzando, según algunos, hasta llegar á veinte 
metros, á cinco según otros, frente á las posiciones 
enemigas de donde lo sacó el comandante Mauricio 
Rodríguez, bravo jefe de las milicias de Artigas». 

El coronel Núñez, que estuvo durante toda la ba- 
talla en sitio de verdadero peligro, dice que no vio 
en ningún momento al coronel Flores, pero bien pu- 
diera ser inexacto quien no vacila en negar contra- 
diciéndose, la notoria presencia del coronel Lamas en 
el Paso. 

En cuanto á la tropa, armoniza en declarar que na- 
da de eso vio. 

Del coronel Manuel Rodríguez se afirma que no es- 
quivó el peligro. A ojos cerrados se puede aceptar esa 
honrosa aseveración. 

Algo distinto corre del coronel Abreu. Refieren las' 



33S . F»OFl LA F»AXF11A 



crónicas gubernistas^ que cuando en determinado mo- 
mento de la batalla se le ordenó que avanzara en 
protección del capitán Montautti y otros, sólo atinó 
á retirarse. 

De otros labios que no son los nuestros, cae esa 
grave imputación. 

Un competente oficial, que estuvo en aquella pelea 
y que ha vertido sus impresiones de la campaña en 
las columnas de El Día, lo afirma así sin vacilaciones. 

Bígalo sino este párrafo: «¡No importa! la gloriosa 
tradición del batallón l.o está por encima de todo, 
y la conducta equívoca de un jefe no puede de nin- 
gún modo empañarla». 

Del general Villar sé decir, por informes que me 
suministra alguno de sus oficiales, que estuvo á muchas 
cuadras de la línea acompañado de parte de la divi- 
sión Río Negro, donde lo indica en el plano el inge- 
niero Storm, bajando una vez hasta el Paso y reti- 
rándose con tranquilidad. 

Armoniza perfectamente con tal informe, la ubica- 
ción que dá en su plano al general adversario, el in- 
geniero Storm. 

Como jefe superior pudo ser ese su puesto, para do- 
minar con la vista el conjunto y atender á las ur- 
gencias imprevistas de la situación; pero en vez de 
exhibirse eficaz en tan brillante desempeño, no con- 
currió con ninguna concepción ni mandato militar al 
desarrollo del combate, que degeneró, por parte del ad- 
versario, en un bárbaro cuanto estéril hacinamiento de 
infelices lanzados sin consigna hábil, sin dirección es- 
tratégica, sin cuidado ni plan, á desafiar la muerte. 



Enamorados antes que nada de la verdad, nos em- 
barcamos en estas investigaciones que no carecen de 
interés, nunca para negar movidos por pasiones mez- 
quinas, valor personal á los enemigos, sino con el 
plausible objeto de poner desde ya sólido pedestal á 
las páginas históricas del futuro. 



jSorpresaP 



Tres Arboles fué y no fué una sorpresa. En el sentido 
absoluto de la palabra, es indudable que sorprendió 
quien pudo llegar hasta las barbas del enemigo sin ser 
descubierto. 

Pero si tomamos en cuenta las disposiciones extra- 
ordinarias adoptadas la noche antes por el jefe nacio- 
nalista; si volvemos á recordar que se había acampado 
en columna de batallón, dato este que todo lo dice; si 
apuntamos que el 17 se tocó á ensillar cuando todavía 
era de noche y mucho más temprano que de ordinario, 
como pueden atestiguarlo nuestros compañeros de armas; 
si se recuerda la recomendación inusitada del día an- 
terior con respecto á la vigilancia; si se trae á la me- 
moria el envío de dos comisiones especiales hecho al 
acampar por el Coronel, y el texto de su conversación 
con los coroneles Núñez y González; es el caso recono- 
cer, que quien disponía aquellas precauciones y caute- 
las, quien se aprestaba para rechazar un ataque adi- 
vinado por su instinto müitar, no permitió se le sor- 
prendiera. 



S40 POFt LA. T^AXniA. 

Al concepto de sorpresa se agregan otros que le 
son inseparables: desorden, pánico, entrevero y una de- 
rrota como corolario. 

Nada de esto pasó en Tres Arboles. 

Sin aprovechar mayormente del argumento decisivo- 
que nos brindaría nuestra guardia que di<5, como e» 
notorio, un «formidable ¡Alto! ¿quién vive?» — así lo ti- 
tula un cronista oficial, — podemos asegurar que en Tres 
Arboles no hubo por parte nuestra, nada parecido á 
un desastre ó á un tumulto. • 

Inmediata fué la respuesta á la primera descarga 
enemiga; coherente y mesurada la defensiva. ¿Qué ras- 
go queda entonces para caracterizar una sorpresa? Nin- 
guno. 

En esta circunstancia ocurrió algo que puede repe- 
tirse siempre, apesar de intenciones previsoras. 

Bajo el amparo de aquel impenetrable cortinado de 
nebKna, todo avance era posible y fácil. 

Se habla de las grandes guardias, de las pequeñas 
guardias, de patrullas, etc., como si con esos servicio» 
indispensables estuviera garantida bajo fé de escribano^ 
la seguridad de un ejército. 

Podrán referir esas aseveraciones tan categóricas, á 
grandes masas de tropa, cuyo movimiento señala agi- 
taciones denunciadoras en un extensísimo circuito; pera 
su veracidad se reduce un poco ó mucho, cuando juega 
rol una pequeña fracción, una pequeña fracción de vo- 
luntarios, llamada ejército por condescendencia; y cuan- 
do se trata de un país como el nuestro, lleno de arru- 
gas físionómicas, lleno de recursos topográficos; y cuan- 



do entra á fígurar como aliada la oscuridad con todo 
su cortejo de conspiraciones impalpables. 

Si fuéramos á buscar confirmación á este enunciado^ 
sería fácil encontrarla en el mismo curso del pasado 
movimiento. 

El comandante Boiges de las fuerzas de Villar^ fué 
¡sorprendido en un escenario que conoce como sus ma- 
nos, por los revolucionarios. Y apesar de sus guardias 
y centinelas y desconfianzas gauchas, se le arrolló en 
plena noche de luna, al punto de tener que saltar á 
caballo en calzoncillos para ponerse en salvo. 

Tan huracanado fué el avance, que ni tiempo tuvo el 
referido de alzar la marca de su propiedad que llevaba 
consigo no sabemos para qué. 

De consiguiente, ningún descrédito puede arrancar de 
aquella ocurrencia tan discutible. ¿No ha dicho el mismo 
general atacante «fui á sorprender y fui sorprendido»? 

Pues bonita manera de sorprender! 

Pero, aun concediendo que la pelea tuvo su origen en 
im descuido ¿á quién pertenecería esa culpa? 

Ciertamente que bajo ningún concepto al coronel La- 
mas, quien había tenido la precaución impuesta por su 
deber, de colocar el servicio necesario de retaguardia. 

Minutos antes de hacerse las primeras descargas, tu- 
vieron algunos compañeros noticia del peligro, gracias 
á una casualidad. 

Un muchacho que formaba en las infanterías, había 
cruzado el arroyo en busca de su caballo, extraviado 
durante la noche. Al regresar, casi desorientado por la 
cerrazón, distinguió gruesos grupos de gente cuya acti- 
tud sospechosa le produjo lógicos temores. Entonces 



S4« F»OR. LA. PAXFUA. 



corre hacia el campamento y recién daba la voz de 
alarma cuando el estruendo de la fusilería vino á rati- 
ficar su afirmación recibida con dudas. 



Los partes de Villar 



El general en jefe del ejército gubemista dirigió dos 
partes al presidente Idiarte Borda, trasmitiéndole noti- 
cia del inesperado desastre sufrido. 

El primero reboza simpática franqueza j retrata al 
hombre que lo firma: campechano y sincero, incapaz de 
disimular su desgracia. 

En nuestros anales militares solo el parte lacónico y 
acerado del general Oribe, deshecho en Yucutujá por 
el general Rivera, sobrepasa en concisión al documento 
que transcribimos en seguida: 
*A S. E. el señor presidente de la República. 

He sufrido un desastre completo. 

Busqué sorprender y fui sorprendido. 

He buscado la muerte en el peligro, que me ahorra- 
ra el pesar de comunicar á V. E, el desastre. 

Es tanto mi abatimiento moral, que encomiendo á 
mi jefe de Estado Mayor el parte detallado. 

Saluda á V. E. 

Villar. T^ 

En el segundo de esos partes, él general vencido 
paga bastante tributo á lo cierto, con todo de que 
llamarlo al arroyo de Tres Arboles; dá poratrinche- 



radas á las tropas nacionalistas; nos atribuye más bajas 
que las por él experimentadas; asegura haber permane- 
cido sobre el campo después del combate; y habla final- 
mente de perseguir (¡oh!) al enemigo. 

La benignidad de juicios ordena perdonar esas gran- 
des inexactitudes. 

Se requiere una abnegación que rebasa los límites de 
las imperfecciones humanas, para confesar los propios 
infortunios, sin quitarles colorido adverso. 

El Comandante General de Fronteras al Norte, reco- 
gió ramas de ciprés donde pensara conquistar ramas de 
laurel; y eso explica su resistencia á la exposición de 
sus desgracias. 

Pero, los que hemos visto al ejército bordista reti- 
rarse en pleno medio día, casi en desbande, incendian- 
do pastizales para cubrir su vanguardia convertida en 
retaguardia; los que hemos visto esa semi-fuga; los que 
hemos visto á los heridos del enemigo abandonados en 
montón, sin intentar siquiera dejarlos en las estancias 
próximas, estamos en aptitud de decir que el ejército 
del gobierno no estuvo un momento más del preciso 
para efectuar su obligado alejamiento, en el campo de 
batalla de Tres Arboles. 

Ahora léase: 

«Paysandú, 18 de Marzo de 1897. 
A S. E. el señor Presidente de la República. 

Montevideo. 

Participo á V. E. que con fecha de ayer, las fuerzas 
de mi mando han alcanzado al enemigo, librando un 
sangriento combate. 



Los hechos se han producido en la forma que paso á 
relatan 

Como tiene conocimiento V. E. por los partes ante- 
riores^ perseguía yo á Lamas á marchas forzadas sin 
haberle dado alcance hasta esa fecha. 

Pero, con motivo de haber recibido antes de ayer 
parte urgente del Jefe Político de Paysandú, en que 
me comunicaba que los revoltosos en número de mU 
habían invadido más arriba de la barra del Queguay, 
me vi forzado á precipitar los sucesos, pues me hallaba 
en la imposibilidad de poder atender simultáneamente á 
los dos puntos. 

Para verificarlo resolví perseguir á Lamas día y 
noche, sin descanso, y batirlo sin mirar número, pues 
entendí que en la circunstancia en que me hallaba una 
retirada podía ser peor que una derrota. 

Después de largas trasnochadas caí ayer de mañana 
sobre el enemigo en el paso de Tres Arboles, teniendo 
que pasar yo el río, porque no tenía, paso sino á gran 
distancia y en tal caso hubiera sido descubierto. 

Por lo tanto, sabiendo que el enemigo esa noche 
había acampado en Tres Arboles, resolví atacarlo, to- 
mándole el Paso y pasando al otro lado con lo cual 
creí asegurar el triunfo á las fuerzas legales, 

A las cinco y media de la madrugada hice avanzar 
al coronel Abren por la izquierda con su batallón y al 
coronel Flores por la derecha, los que atacaron deno- 
dadamente; pero habiendo encontrado al enemigo atrin- 
cherado en fuertes posiciones, no fué posible desalojarlo^ 
habiendo experimentado pérdidas de consideración. 



F»OR LA PATl^IA S-45 

Al señor jefe de Estado Mayor, le he ordenado que 
pase á V. E. el parte detallado de este suceso. 

Los enemigos, á pesar de las fuertes posiciones que 
ocupaban, han sufrido perjuicios talvez mayores que los 
nuestros, de lo que daré cuenta á V. E. con informa- 
ción más exacta. 

Me he mantenido después del combate, con mis tropas 
«obre el campo, pero luego he cambiado de lugar para 
dar de comer y hacer descansar á las tropas, que hace 
dos días y dos noches que no lo hacen. 

He tomado desde ya las medidas que he creído de 
mayor urgencia para perseguir al enemigo que supongo 
ha salido deshecho y sin municiones. 

Comandante General de Fronteras 
al No7't€y en Rolón,T> 

Del párrafo que subrayamos de exprofeso, se des- 
prende una explicación elocuente é ingenua del mis- 
mo interesado. 

Sí. El general Villar, Jefe sin mayores vuelos en su 
carrera, creyó asegurar el triunfo tomando el Paso, y 
para ello atacó sin plan, con columnaa cerradas, el bo- 
querón desde esa fecha lúgubre. 

Ahí queda condensada toda su táctica. Ningún otro 
recurso hábil le sugirió su mente pobre. 



S-4e F>OI=^ LA F»ATR.1A. 



Prudencia previsora 



Era un partido agobiado por mil injusticias y per- 
secuciones arbitrarias el que acababa de triunfar^ eran 
centenares de individuos indefensos los que estaban 
allí, sobre la tierra ensangrentada, á merced de todas 
las venganzas y de todas las misericordias; era la hora 
de las grandes borracheras pasionales; y sin embargo 
nunca en nuestro país tuvo menos verdad que en esta 
emergencia, el gráfico ¡Ay de los vencidos! 

Se callaron todas las prevenciones que pudieran des- 
pertar los adalides de la causa corrompida; todos los 
reproches de la víspera aún en pié; todas las deses- 
peraciones que engendraba la memoria de los compa- 
ñeros recién sacrificados por esos mismos heridos; y 
sólo subió á los labios una palabra de consuelo y de 
concordia para extinguir siniestras inquietudes, y sólo 
se utilizó la mano para aplicar vendas y levantar mo- 
ribundos, y apagar la sed de los sedientos, y sólo 
batió las alas sobre aquel cielo azul en esa oportu- 
nidad inolvidable, el ángel de las reconciliaciones fra- 
ternales. 

Y las ideas de humanidad latieron simultáneas en 
todos los pechos. Pertenecieron á todos los jefes y á 
todos los soldados. 

Apenas terminada la batalla, yo he visto al resuelto 
comandante llamón Martirena proclamando en forma 
breve, entrecortada pero honrosísima, á su escuadrón. 

Cuadros semejantes los hubo varios y brisas de no- 



1 



ble soKcitud besaron las frentes ardorosas de muchos 
caídos. 

Esta conducta entraña un título inmarcesible. Yale 
más que la gloria impetuosa de vencer^ la gloria pura 
de saber ser vencedor. 

Con profunda satisfacción apunto estas hermosas 
jeconciliaciones decretadas por la caridad. Tanto ha- 
bía yo oído decir á los apóstoles del constituciona- 
lismo, sobre los odios de los partidos tradicionales, 
sobre sus terribles tendencias y venganzas ponzoño- 
sas, que me sentí aliviado de una inmensa duda, cuan- 
do presencié aquel espectáculo de cristianas efusiones. 

En el encabezamiento de esta obrita adelantó que 
en mi pobre opinión, ya no divide á los orientales 
el rencor; creo que es llegado el momento de exhi- 
bir esa prueba consoladora y creo que la realidad nos 
la depara deslumbrante. 

¿Por qué no coronó Lamas la batalla dispersando 
al enemigo? preguntan algunos censores que á fuerza 
de querer ser maliciosos incurren en zoncera. 

Ante todo, nuestro jefe dispuso la persecución, de 
cuyo mayor ó menor brío á él no le corresponde res- 
ponsabilizarse. 

Por lo demás, esas fuerzas desprendidas no debie- 
ron apartarse mucho de la columna victoriosa. Des- 
trozado un ejército nutrido, venía otro flamante y más 
compacto, por la vanguardia; era de interés vital lle- 
gar cuanto antes al Paso de los Toros, adonde con- 
curriría Saravia; los derrotados recibieron refuerzos en 
su retirada y contaban con más de mil hombres de 
refresco que, vueltos del pánico, estaban en condición 



S48 F»OFt LA. F»ATFHA 

de operar con visibles ventajas; ñnalmente^ esos enta- 
siasmos ardorosos de la persecución tienen serios peli- 
gros y pueden convertir en un desastre el más positivo 
éxito. ^ 

La misma historia de nuestras guerras civiles nos 
ofrece un ejemplo convincente, sin necesidad de re- 
montar el recuerdo hasta la batalla de Cagancha, per- 
dida después de ganada. 

Sabido es que en un principio la pelea del Sauce fué 
un triunfo resuelto para los nacionalistas. La batalla 
pertenecía ya á nuestros correligionarios^ pero el desor- 
den delirante modiñcó radicalmente la primera fórmula; 
y mientras nuestras caballerías mandadas por el gene- 
ral Ángel Muníz llegaban persiguiendo á parte del enemi- 
gO; hasta el pueblo de la Unión, las infanterías guber- 
nistas rehechas pudieron tomar una revancha inesperada. 

El mismo crítico que lanzó imputación tan ligera al 
coronel Lamas, desde las columnas de El Día, confiesa 
á renglón seguido, que «ambas márgenes ofrecían en el 
momento de campar los mismos peligros, pues tanto 
una como otra estaban igualmente amenazadas: La 
derecha por el general Villar, que se hallaba á una 
jornada escasa de sus posiciones, y á la izquierda por 
los generales Díaz y Arribio, más poderosos que Villar 
y también á una jormida,y> 

Sin pensarlo, el atacante defiende con singular pre- 
cisión al atacado. 

De ese conjunto de antecedentes deducimos: que fué 
acto sabio no distraer tiempo en hostilidades aven- 
tureras. 

Para ejemplo del coronamiento que obtienen esas 



fiebres atropelladas, esas usuras de gloria, basta y sobra 
con lo ocurrido al mismo ejército del gobierno, víctima 
de su fanfarronería y gula miKtar. 

. Sólo pudo proceder de otro modo el Coronel, á 
haber contado con los seiscientos infantes esperados 
del litoral; y á haber sabido cercano al general Saravia, 



Discutiendo una hipótesis 



Dice el señor Giménez Pasten «el batallón 2.o de 
cazadores quedó diezmado y abatido después de aquel 
terrible día». 

Esa es la verdad. Pero fué abatido y diezmado en 
franca y encarnizada lid; porque los revolucionarios 
tuvieron más constancia y acierto para defender sus 
posiciones que las tropas de línea para atacarlas. 

Al mes de la batalla, volvió el 2.o á Montevideo, 
á reiniciar su vida de cuartel y de sedentarismo, tan 
sangrientamente interrumpida. 

No ha faltado quien diga que muy otra hubiera 
sido la suerte de los revolucionarios, si ellos acam- 
pan en la margen izquierda del arroyo Tres Arboles. 

En primer término y con mucha probabilidad, el 
servicio de retaguardia habría reclamado entonces ti- 
rante atención, no existiendo el escudo natural de un 
monte y de un arroyo. Así, pues, en esta hipótesis 
es arriesgado admitir la certeza del avance inadvertido. 

Pero demos por producida al lado derecho del arro- 
yo, la relativa sorpresa que conocemos ¿quedaba aún 



en esas eondiciones planteado de manera radicalmen- 
te distinta el bélico problema? 

Pensamos que n<5. Versiones adulteradas muy ge- 
nerales^ pintan la batalla de Tres Arboles como un 
éxito regalado por el acasO; por las ventajas de un 
campamento inmejorable, por la providencia que dio 
á los revolucionarios á fuer de careta de hierro, bos- 
cajes protectores que faltaron á los gubernistas, fu- 
silados con toda impunidad. 

El señor Dalaise expone en su folleto, que «todo 
esfuerzo sería inútil, dadas las posiciones ventajosas 
del enemigo»; que «los resultados de aquella lucha 
desigual ...» etc. 

En asertos semejantes abundan otros cronistas del 
gobierno. 

No puede haber sinceridad en tales palabras, 6 no 
guardan memoria algunos actores en el drama del 17 
de Marzo, del campo triste. 

Como ya lo hemos adelantado, las posiciones eran 
idénticas, idénticos los baluartes y las protecciones. 

En cuatro palabras simples se diseña aquel escena- 
rio; es tan sencilla su topografía. 

Ya lo hemos dicho, se trata de dos vertientes sua- 
ves, de pocas arrugas, que abrazan sus declives en el 
fondo de un mismo cauce, teniendo por espinazo el 
hueso de un mismo arroyo, ribeteado de montes en 
ambas márgenes. 

Entonces, la lucha fué pareja. El valor de los comba- 
tientes despreció comunes recursos defensivos. 

Por otra parte, la pregonada sorpresa ofícialista 



POR. LA F>A.TFtIA Sol 

inclinaba resueltamente en un sentido, los favores de la 
fortuna. 

Pues bien, sentado este esclarecimiento necesario, 
creemos que el triunfo total obtenido arroyo por medio, 
siendo iguales los puestos ocupados, se hubiera produ- 
cido en al caso de la hipótesis que discutimos. 

En efecto, los revolucionarios entraron en pelea con 
método, con entera conciencia de su viril mandato, 
llevando dentro del pecho la llama inextinguible de 
amores cívicos desinteresados. Y ese fué el secreto de 
la victoria de Tres Arboles. Frente á tropas mercena- 
rias, se alzó un empuje convencido de su razón de ser; 
frente á las iracundias oficialistas, estaba la voz tran- 
quila de la justicia; frente á la conducta equívoca del 
jefe del 1.° de Cazadores, brilló el sacrificio estoico del 
jefe del l.<* de infantería revolucionaria; frente á las so- 
berbias de una trahUla encandilada por la perspectiva 
de una gloria tan fácil cuanto reprobable, saltó la pro- 
testa reposada de la virtud. 

Por esa causa principal se triunfó en una margen del 
arroyo y se hubiera triunfado en la otra, y durante siete 
meses incruentos la revolución mantuvo en jaque á 20.000 
hombres, y se paseó por todo el territorio de la Repú- 
blica, concluyendo por acampar en los puertos de Mon- 
tevideo, donde no se salía de asombro ante tal audacia. 

Agreguemos á ese, el argumento de la gefatura mili- 
tar. Nadie negará que en su casi totalidad, los gefes 
reaccionarios cumplieron como buenos con su cometido. 
En cuanto á la tropa ¿qué decir de aquellos soldados bi- 
zarros, de esa falange, capaz de tantos ardimientos y ab- 
negaciones? 



La columna del coronel Lamas debía vencer en campo 
raso 6 en campo libre. Su composición y hermoso brío 
asi lo ordenaba. 

Lo prueban hasta la evidencia sucesos de guerra pos- 
teriores. El combate de Las Cañas empezó á medio día. 
Sin embargo, allí también se dio el espectáculo de una 
vanguardia enemiga compuesta por más de mil soldados 
de línea^ detenida y hasta hostilizada con éxito, por tres 
ó cuatro centenares de voluntarios. 

Podemos asegurar qu«^ con todo de ser poco conocido 
este encuentro, y de haber sido tan ínfimas nuestras 
pérdidas, el fuego gubernista de Las Cañas tuvo mo- 
mentos tan intensos como el fuego gubernista de Tres 
Arboles. 

Pero de ahí no pasó la agresión. 



El nombre de Lamas 



Con la victoria ciudadana de Tres Arboles rebotó 
hasta las cumbres el nombre aclamado de Diego Lamas^ 
de nuestro Coronel, que había sido el director de la pelea. 

Ha pretendido el coronel Nuñez y con él algunas en- 
tidades celosas del mérito ageno, quitarle al mencionado 
toda la gloria de aquel triunfo obtenido en liza de siete 
horas. 

Casi huelga contestar cuando todos sus soldados vie- 
ron á Lamas cerrando con su caballo y persona la en- 
trada del Paso, dirigiendo el choque y ordenando la re- 
sistencia. 



F»OI^ LA F»AT1^1A. 3R3 



Pero como las calumnias suelen dejar huella, mucho 
más en el seno de una sociabilidad como la nuestra, ba- 
tida con sensibles fermentos acres, nos complacemos en 
neutralizar las afirmaciones injuriantes del coronel Nu- 
ñez con las anteriores afirmaciones elogiosas del mismo. 
Al efecto, transcribimos el documento siguiente, cuyo ori- 
ginal obra en el archivo del Estado Mayor Revolucio- 
nario. 

« Campamento Salsipuedes, Marzo 18 de 1897. — Al 
« señor gef e del Estado Mayor General del Ejército Na- 
« cional, coronel Diego Lamas. — Presente. — Tengo el 
« honor de elevar á V. S. los partes de los gefes de las 
« fuerzas de infantería á mis órdenes que tomaron parte 
« en el combate del 17 en Tres Arboles, departamento 
« de Paysandú, y cuyo comportamiento dejo á la apre- 
se ciación del ilustrado criterio de V. S., pues habiendo 
« estado el señor co7vnel en toda la línea y en todos los 
« puntos que se combatía, me creo eximido de entrar a 
« hacer apreciaciones sobre los pormenores de una lucha 
« que V. S. conoce en sus mínimos detalles. 

* La victoria conseguida nos cuesta la vida de algunos 
« camaradas que cayeron como buenos; sus nombres se 
« perpetuarán en la memoria del pueblo cuyas libertades 
« defendemos, y eso será su mejor apoteosis. 

« Dios guarde á V. S. muchos años. 

(Firmado) — José Nuñex.-» 

Esas palabras que subrayamos, escritas por el detrac- 
tor de más tarde, ¿no resumen la más categórica de las 
pruebas? 

Si hubiéramos sido deshechos, nadie le disputaría al 
Coronel su abrumador lote de descrédito. Pero ciñó lau- 



3o^ l^'Jjli. LA. i^.VTI^I.V 



relés de eterna lozanía, porque simbolizan la redención 
popular, y nadie quiere permitirle el goce de tan pre- 
cioso galardón. 

;La pasión y siempre la pasión enturbiando las más 
espléndidas perspectivas! 

Esto sucede aquí y en todas partes. 

Hasta los primeros capitanes del continente han su- 
frido esas impugnaciones calumniosas. 

Consuela pensar que Bolivar y San Martín, águilas de 
la guerra, fueron puestos en la picota. 

Del primero afirma Pruvonena, celebrado autor, en 
sus Memorias y documentos para la historia del Perú, 
«que se adhirió á la causa de América por simple in- 
terés, para eludir el pago de deudas fiscales»; y del 
segundo dice, qué «la decantada batalla de Chacabu- 
co no fué, en verdad, otra cosa que un encuentro ca- 
sual». Nadie ignora que este combate trascendentalí- 
simo estaba ganado materialmente sobre el papel an- 
tes de darse sobre el terreno. 

Cuando hasta á esos colosos de la emancipación es- 
cupe babas la posteridad; cuando ellos son denosta- 
dos por los -mismos que tienen patria libre gracias á 
sus desinteresados y hercúleos esfuerzos ¿qué hay de 
raro en el hecho de que cuatro audaces arrojen pie- 
dras sobre la personalidad descollante pero local, de 
un vencedor joven y afortunado? 

Y en cuanto á la divergencia de opiniones ¿cuándo 
deja ella de existir estando en debate una gloria ó 
una virtud? 

Hasta la luz, hasta esa cascada de grandiosas ben- 



diciones que nos viene desde arriba, suele provocar 
gestos displicentes. 

Recordemos, pues, que la pasión es un tinte perso- 
jialísimo. Quien juzga las cosas 6 los hombres de- 
jándose dominar por ella, vé tan deslustradas las imá- 
genes como quien aprecia las bellezas de los astros 
al través de un vidrio ahumado. 

La gloria del coronel Lamas es inmarcesible. Unos, 
dirán que triunfó por casualidad; otros, que gracias á 
su ingenio; aquellos, que no supo aprovechar la vic- 
toria; estos, que acreditó una previsión napoleónica. 
Tales contradicciones no son nuevas. 

Días pasados abrimos un texto militar, y lo pri- 
mero con que tropezamos fué con referencias á una 
polémica sostenida por dos grandes maestros en el 
arto de la guerra, alrededor de Marengo. El mariscal 
Marmont sostiene convencido, que aquella gran bata- 
lla se ganó no debiendo haber sido así; en cambio, 
Lewal, no menos autorizado, declara que fué ese un 
<5hoque fatalmente ganado antes de darse. 

No insistiríamos en afianzar los merecimientos de 
nuestro jefe de Estado Mayor, si las crónicas adversa- 
rias, pagando tributo de verdad, hubieran encarado en 
forma correcta la personalidad entera del mencionado 
militar. Pero todos sabemos cuantas diatribas é injurias 
«e han lanzado contra el coronel Lamas; contra el 
mismo que respetó la desgracia de los vencidos, el 
infortunio de los caídos y el sueño honrado de los 
muertos; contra el mismo que ha escrito en nuestra 
historia la página más esclarecidad de generosidad y 
de nobleza. 



SSe F»OR, LA. "RATR-IA 

Por otra parte, si aplaudimos fervorosos la victoria 
del 17 de Marzo, no lo hacemos empujados por acritu- 
des de partido. 

Está muy lejos de nuestro espirito recto semejante 
propósito de profanación. En tesis general, nunca serán 
lozanos los laureles que riega la sangre de Abel. 

Pero descartando la fatalidad del choque entre her- 
manos, impuesto, hecho obligatorio por las insoportables 
intemperancias de la fracción dominante, aceptamos 
orgullosos el lote de aquel triunfo sin mácula, porque 
él entraña la rehabilitación de nuestros fueros de pue- 
blo libre y significa el golpe de muerte dado á una 
oligarquia corrupta que se complacía en vejar al país 
desde largo tiempo, confiada en el escudo creído invul- 
nerable, de la tropa de línea. 

Sí; la tradición nefanda del 5.^ de Cazadores, del 
crimen, de la intolerancia, del capricho advenedizo, de 
los grandes robos y de las grandes injusticias, quedó 
enterrada para siempre bajo el polvo de una derrota 
campal, allá en los límites del departamento de Río 
Negro. 

Por eso, á nuestro humilde juicio, reviste importan- 
cia histórica meridiana la batalla de Tres Arboles. Nos 
expresamos así, encarando el suceso bajo la faz política 
y social. 

Ya en los preliminares de esta obra, envolviendo en 
una síntesis á vuelo de pájaro, los cataclismos que han 
perturbado la marcha progresiva del país, señalamos 
como uno de los mayores y más graves trastornos, el 
afianzamiento indiscutido del predominio militar. 

La sombra del motín mantenía enferma á la Repú- 



blica. Muchos años vivimos bajo el yugo cuartelero; 
y cuando después de reiteradas adversidades se creía 
consagrada por siempre la soberania del sable vejato- 
ria de la soberanía popular, vino el triunfo radical del 
arroyo Tres Arboles á romper el encanto que daba 
proporciones irresistibles al siniestro espectro. Una 
racha de pampero desvaneció aquellas burbujas mefíti- 
cas de pantano. 

Entonces se probó que un fantasma^ un esqueleto 
cubierto con recamadas insignias, había sido durante 
muchos lustros el cuco de la patria escarnecida. 

La suerte quiso que un montón de civiles improvi- 
sados en hombres de guerra, derrotara á los clientes 
más mimosos del despotismo disfrazado. 

Tan fecunda lección volvió las cosas á quicio y puso 
término á un dislocamíento que importaba un oprobio. 

Desde el 17 de Marzo de 1897 quedó restablecido 
el equilibrio político que, en adelante ningún, ensayo 
advenedizo volverá á interrumpir; y todos sabemos 
que apesar de armamentos, superioridad numérica y 
aparatos excesivos, huestes pobres y desnudas saben 
encontrar el camino de la victoria, cuando el deber 
cívico decreta santas reacciones y yace por tierra, sin 
culto ni recuerdo, la imagen bendita de la libertad. 

En 1875, se dudó de las energías ciudadanas; en 
1886, todos las negaron; pero en 1897, eUas recupe- 
raron su soberano dominio. Nada valen ante el de- 
lirio de los voluntarios, las hostilidades maquinales de 
las tropas mercenarias. 

En la batalla de Yalmy los guardias nacionales de 
la Francia, la gallarda juventud de la gran nación. 



So8 I^OFt LA I^AXFtlA. 

\ 

hizo frente y derrotó á los primeros cuadros de infan- 
tería de Europa. 

El espíritu nuevo engendrado por la gigantesca con- 
vulsión de 1789, puso sobre el tapete internacional 
aquella hazaña, recibida con singular estupor. 

Los batallones desordenados y sin disciplina doblan- 
do á soldados enardecidos por mil proezas. Y esto 
ocurrió porque de un lado encendía fanatismos febri- 
cientes y preparaba heroicidades, el himno de Rouget 
de Vlsle que daba forma luminosa á los supremos 
delirios republicanos. 

Apreciando aquel gran triunfo de la libertad sobre 
la reyecía, ha dicho Goethe, que con Valmy «empeza- 
ba una era nueva». 

Transportando el drama á un escenario más estre- 
cho, computando antecedentes, examinando actores y 
estudiando las tendencias protagonistas, podemos á 
nuestra vez aplicar la frase plácida y expresiva del 
laureado poeta á los resultados del combate del 17 
de Marzo. ¡Con él empezaba una era nueva! 

Para cerrar estos comentarios, superiores en su ruta 
á los celos de partido, diremos que en Tres Arboles fue- 
ron vencidos los vencedores del Quebracho. 

En esas pocas palabras, se condensa toda la consola- 
dora filosofía que arranca del famoso hecho de armas 
que acabamos de describir. 



F»OFt* LA F»ATI^ÍA 359 



Ricardo Flores 



Es tiempo de dedicar ya algunos conceptos biográficos 
á los muertos de ambas partes presentando antes á de- 
terminados de los vivos que jugaron rol principal en la 
provechosa jornada. 

Empecemos por el coi*onel Ricardo Flores, gefe del 
batallÓD 2.0 de cazadores, quien nació en Montevideo 
el 7 de Febrero de 1854 y es el más joven de los hijos 
del general don Venancio Flores. 

Siendo presidente de la República el ciudadano don 
Lorenzo BatUe, entró á servir. Ya entonces, empujado 
por sus acentuados orígenes colorados, peleó contra la 
santa revolución popular de 1870, cuyos ideales re- 
cogería un cuarto de siglo después, para hacerlos triunfar, 
el movimiento rei vindicador de 1897. 

Con el grado de teniente se encontró el joven Flores 
en diversas acciones, recibiendo con posterioridad, los 
siguientes ascensos: teniente 1.® el 22 de Diciembre de 
1870; capitán el 1.** de Febrero de 1874; sargento ma- 
yor efectivo el 27 de Agosto de 1889; teniente coronel 
efectivo el 24 de Abril de 1890; coronel graduado el 30 
de Diciembre de 1891; y coronel efectivo el 24 de Fe- 
brero de 1895. 

Cuando en 1875 cayó el orden legal, le cupo á Ri- 
cardo Flores el inextinguible honor de ser desterrado 
abordo de la barca «Puig», en cuya bodega inmunda y 
estrecha vivió oprimida durante tres largos meses la vir- 
tud ciudadana. 



seo F»OFt l^A. PATniA. f 



A su regreso de Estados Unidos, se alistó en las filas 
de la revolución Tricolor que encamaba la protesta al- 
zada contra aquellos odiosos vejámenes. 

Vencido este ensayo patriótico, permaneció alejado 
del servicio y de la política durante las dominaciones 
personales de Latorre y Máximo Santos. 

Durante el gobierno de Tajes, reanuda el ejercicio de 
sus aficiones militares. Vinculado desde su infancia al 
funesto ciudadano Julio Herrera y Obes, comete el error 
de embarcarse en sus mismas naves y le sirve con entera 
fidelidad, al frente del 2.® de cazadores. 

Confundiendo deplorablemente sus deberes de sol- 
dado con una adhesión incondicional al gobernante, 
resulta ser una de las columnas más fuertes de Idiarte 
Borda. 

Es esta la vez primera que figura como jefe de hues- 
tes impopulares. Sus acentuados flatos de vanidad, 
sus injustificadas vehemencias y la confianza ciega que 
deposita en el cuerpo por él comandado, lo llevan á 
solicitar un puesto de primera fila en la ingrata con- 
tienda, ya definitivamente bosquejada por el desem- 
barque de Lamas y Núñez. 

A todos los vientos publicó su victoria presunta. 
Dominado por una imprudente soberbia, declaró que á 
rebencazos dispersaría á los muchachos revolucionarios, 
cuando estando en Paysandú de guarnición se anunció 
un pasaje guerrero por el Uruguay. 

Tales ostentaciones y ligerezas atrajeron inusitada 
atención sobre su nombre. Pero el destino le deparaba 
un sangriento contraste. En Tres Arboles, el 2.® de 



POR, LA F»A.TFIIA Sei 

ÍHfanterííi, el mejor de los batallones pretorianos, hin- 
có impotente sus energías en el filo de una lima. 

Allí Eicardo Flores tuvo ocasión de reconocer la 
fiereza de los bríos patrióticos. Fué de los derrotados 
en sus ensueños^ en sus aseveraciones^ y en su ilimi- 
tado orgullo. Por eso, el criterio público le señala como 
el verdadero vencido, haciendo justicia á la relativa 
prescindencia en la lucha del general Villar. 

Tan saludable advertencia de la suerte fué en be- 
neficio de las instituciones nacionales. 

De cualquier manera, á pesar de sus apasionadas 
actitudes, ninguna sombra siniestra oscurece los galo- 
nes del coronel Flores; y en cambio, su nombre goza 
del prestigio de anteriores merecimientos, ya enuncia- 
dos, que alcanzan á poquísimos miembros del ejército 
activo. 

Otro jefe de antecedentes es el coronel Manuel M 
Rodríguez, veterano del Paraguay y Jefe de Estado 
Mayor del Ejército del Norte, que puede ostentar la 
siguiente foja de ascensos: 

Soldado distinguido el 5 de Mayo de 1865; alférez 
el 15 de Junio de 1865: teniente 2.» el 8 de Julio 
de 1866; teniente 1.» el 25 de Agosto de 1868; ca- 
pitán el 11 de Enero de 1870; sargento mayor el l.<» 
de Febrero de 1875; teniente coronel graduado el 8 
dé Enero de 1877; teniente coronel efectivo el 26 de 
Abril de 1880; coronel graduado el 18 de Mayo de 
1881; coronel efectivo el 24 de 1883. 

El coronel Rodríguez es un militar instruido y de 
procederes correctos. 






aeS r>OFl LA F»AXFtlA 



Rafael A. Pons 



Prestemos espacio á las siluetas melancólicas de quie- 
nes reposan cubiertos por tierra levísima, á la sombra 
de los talas, espinillos y coronillas que bordean las 
márgenes del arroyo Tres Arboles. Algunas de esas 
tumbas tempranas reclama cerco de robles, como sím- 
bolo de patrióticas robusteces. 

Nos colocamos frente á frente con aquellos recuer- 
dos rutilantes para los cuales jamás habrá prescrip- 
ción en nuestro pensamiento, y ya en el vestíbulo se 
destaca una imagen austera. 

Es el comandante Rafael A. Pons, cuya muerte se- 
ñala una ausencia irreparable, porque no abundan los 
hombres capaces de conservar intactas durante treinta 
años de tribulación y pobreza, sus convicciones jura- 
das en días inmortales. 

La estirpe de Pons era esencialmente batalladora. Du- 
rante su accidentada vida que se deslizó sin una frui- 
ción verdadera, sin paréntesis de corta holgura ni satis- 
facciones hondas, sólo pensó en la patria y sólo luchó 
por ella. Esa fué su única pasión, y á ella dio el patri- 
monio de sus pensamientos, extraños á la más mínima 
tacha, y el lote de sus sinceros ímpetus, que se podían 
elegir hermosísimos en el fondo de su corazón atlético 
para sentir emociones depuradas. 

Su cruzada por el mundo tuvo en teoría, la regulari- 
dad mesurada del paso de un iluminado, y en la práctica 
fué de las más sacudidas y tumultuosas. Marejadas de 



F»OFt LA F»ATFtIA SeS 

temporal, lo levantaron del abismo á la cresta de olas 
airadas, para arrojarlo luego contra los riscos de la costa 
que le servirían de digno estribo para acercarse á la pos- 
teridad. 

Hijo de la guerra, entró á servir en el ejército el 9 de 
Agosto de 1863. Alférez de artillería el 17 de Enero 
de 1865, fué elevado nueve días después, en mérito á 
sus hazañas que tuvieron por engarce los muros legen- 
darios de Paysandú la heroica, al grado inmediato. 

Ahí quedó interrumpida para siempre, una carrera 
iniciada con tanto brillo, porque ahí empieza el periodo 
de grandes y continuadas vergüenzas nacionales. 

Recalcitrante en sus empeños redentores, Rafael Pons 
juzgó delito permanecer de brazos cruzados, mientras 
crugían los cimientos de su pueblo. Así, durante muchos 
lustros lo hallamos trabajando por el triunfo de los 
ideales moralizadores, ora solo, ora acompañado, ora 
en el foco mismo de la gangrena, ora desde tierra 
extranjera. Nunca amainó sus entusiasmos. Ni las crue- 
les adversidades que le persiguieron con la misma fata- 
lidad que á su país reiterados dolores; ni los riesgos 
á los cuales se exponía; ni un derrumbe de planes 
ligándose á otro derrumbe de ilusiones, pudieron que- 
brar las extraordinarias rebeldías de su cerviz, que no 
conocía el cansancio. 

Desesperando al fin de los sacudimientos populares, 
desengañado, pero sin vacilar en sus perseverantes 
ahíncos, buscó quizá con acierto, en las violencias 
extremas, remedio para curar las públicas calamidades. 
También en este orden de elaboración fracasaron sus 
ensayos. 



Sa4 F»OFt LA F»AXR.IA H 

■ TI 1-| ■IIIM M ■ [■■II II I 1^ III I ^^^^__^_^^_^^.^^^. ,,, ,^^,^^i^^^^^i^— ^^^^.^^^^^^^ , 

Entonces vuelve la vista sin esperanzas de éxito 
pero con conciencia de su deber que no caduca ante 
su juicio de estoico, — á las filas de la revolución en 
germen. Cuando se abre la era de las penurias, recla- 
ma uno de los primeros puestos, y se le entrega el man- 
do del batallón l.o de infantería, que él se encargará 
de crear. 

Bajo la tutela de su esclarecido jefe coloca al humilde 
plantel que forma, y con el nombre de Leandro Oómex, 
se cierne un astro de luz y gloria sobre el reducido 
cuerpo. Pons es el alma de aquella organización. 

Cuando los ardimientos Saqueaban, y los espíritus 
sentían flojedad, y saltaban los abatidos, aparecía el 
viejo teniente de la Defensa de Paysandú, para depo- 
sitar con su palabra conmovida, confianza y alientos 
en los corazones jóvenes, como si fuera el emisario 
profetice de todas las virtudes y austeridades de pie- 
dra que él conociera triunfantes en los días de su tor- t 
montosa adolescencia. 

Con nada se contaba en dineros ni en elementos béli- 
cos para efectuar la cruzada; pero secretos augurios lle- 
gaban con visos de alborada, hasta lo íntimo del infati- 
gable obrero de la salud publica, que se estremecía 
dominado por impresiones demasiado fuertes. 

Después de ver al Partido Nacional cumpliendo su 
misión regeneradora; después de alcanzar esa frondosa 
resurrección, poco le importaba morir. Entregado con 
amor indecible á un afán que agobiaba su espíritu todas 
las mañanas y todas las tardes desde hacía treinta y tan- 
tos años, vivía entregado á ese ensueño de fanático de- 
lirio. Realizado ese vislumbre de aleluya sólo le restaba 



F»Ol^ LA. F>>VTFIIA SCo 



desaparecer de la escena para mirar desde la distancia, 
desde muy lejos, el radio refulgente de esta apoteosis. 

No hubo pues, ninguna gefatura de cuerpo revolucio- 
nario más merecida é ilustre que la suya. Con jefes de 
ese linaje, se vá á cualquier parte. El primero en el 
mando había sido de joven y continuaba siendo en la 
edad nevada, el primero en el sacrificio y en el despren- 
dimiento ciudadano. 

Tampoco perdería esa augusta prioridad en el mo- 
mento de la pelea. 

El batallón Leandro Oóinex éumplió brillantemente 
con su cometido guerrero concurriendo desde un prin- 
cipio al sitio de mayor peligro, donde las balas bor- 
daban aterradores arabescos. 

Rafael Pons, ginete en brioso caballo, con la agili- 
dad de sus mejores días, estimulaba á sus soldados 
indicándoles los puntos vulnerables de la línea ad- 
versaria. 

De pronto vaciló sobre su montura. Una bala de 
mauser que perforó la cabezada de su recado, fué á 
atravesarle el. vientre á la altura del ombligo. 

Sin ohádar su consigna de luchador, pensando siem- 
pre en los demás antes que en sí, exclamó con voz 
desfalleciente: ¡Muchachos. . . á formar!.,, y luego, 
arrullado ya por brisas de eternidad, dio un ¡Vivv 
PaysaJidú! . . . que condensaba el calor perdurable de 
sus cariños cívicos. 

La última mano que estrechó la suya fué la del 
coronel Lamas. 

Ya moribundo se le condujo al hospital de sangre 
acomodado como mejor se pudo en una jardinera. A 



aeO I^OR. I^.Y F»AXFtIA 



í 



quién éstas líneas escribe, le cupo la honra de ayu- 
dar en esa emocionante tarea. Aquel cuadro tuvo tin- 
tes penosísimos. 

Envuelto en su poncho de campaña^ privado de la 
palabra y del conocimiento, Rafael Pons fué bajado 
del referido vehículo. En aquella casa invadida por 
tan intensas desolaciones solo había dos catres des- 
hechos, ocupados ya por otros tantos heridos. 

De ahí que se colocara á Pons sobre el piso de 
un corredor, cumpliéndose así hasta el último instante, 
su destino de quebrantos y privaciones. El suelo de 
sus mayores, que tanto amara y ^ue tan duro había 
sido con él, sería su mejor y único lecho para expirar. 

El caso no tenia remedio; Rafael Pons sólo daba sín- 
tomas de existencia por su respiración débil, cada vez 
menos agitada y más trabajosa. Al presenciar aquella 
agonía lenta podía creerse que la negra guadaña arre- 
pentida de segar una tan hermosa espiga, intentaba vol- 
ver atrás de sus desesperantes designios. 

Con los últimos tiros que señalaban el final victorioso, 
coincidió la muerte del infatigable veterano. Tal vez su 
espíritu de hierro pronto á partir, acordó al soldado sin 
mancha, una prórroga de minutos para darle tiempo de 
alcanzar las clarinadas triunfales. 

Talvez á sus oídos llegaron los ecos de una realidad 
deslumbrante. Si así fué, Rafael Pons cerró tranquilo 
y contento sus ojos inteligentes para dormir el sueño re- 
parador. 

¡Por primera vez conocía un buen suceso en sus es- 
fuerzos! 

La memoria de esta víctima del deber político, será 



F»OFl LA F»AXFtIA SOY 

imborrable. Cuande se esfuman las rigideces democrá- 
ticas dentro del molde gastado de este fin de siglo mor- 
dido por todas las lepras, extraña encontrar iin cami- 
nante que poseyó la madera de un apóstol. 

Pocos destinos habrá más tormentosos é injustamente 
castigados que el de Rafael Pons. Quizá recogió una 
sola alegría inefable en su jornada y aun para experi- 
mentarla debió pagar tributo á las tumbas. 

Algún día se erigirá un monumento de honor, donde 
puedan descansar reunidas las cenizas de los gloriosos 
voluntarios caídos durante la revolución libertadora de 
1897. 

Desde ya pedimos el primer puesto en el mármol re- 
memorativo, para el digno comandante del «Leandro 
Gómez»: para Rafael Pons que fué el bueno entre los 
buenos y el mejor entre los mejores. 



Los mayores Herrero y Alvárez 



Los discípulos de nuestra Escuela Militar, de esa 
institución benemérita que prepara el saneamiento de 
nuestro Ejército, fueron los más castigados por el plo- 
mo en la batalla de Tres Arboles. 

Por su gerarquía, destaca el mayor Félix Herrero^ 
jefe del batallón Urbano de San Eugenio, y nacido en 
la ciudad de Mercedes. 

« 

Recibió el grado de alférez el 12 de Julio de 1883; 
el de teniente 2.**, el 12 de Febrero de 1886; el de 
teniente l.o el 5 de Mayo de 1888; el de capitán el 12 



3«8 F>OFt LA. F»ATF11A 

de Setiembre de 1891; y el de sargento mayor el 22 
de Febrero de 1894. 

Joven de presencia atrayente y de preparación cien- 
tífica, dictó con brillo una cátedra en el Colegio Mi- 
litar, señalándose siempre por su conducta digna. 

Cuando la primera invasión de Noviembre pasó al 
departamento de Artigas á tomar el mando de su 
Compañía Urbana. Constituido el Ejército del Norte, 
concurrió á su formación con un sólido plantel. 

En Tres Arboles le cupo jugar papel á la extrema 
derecha. 

Soldado pundonoroso no esquivó la visión del peli- 
gro, por un momento, y dando la cara al enemigo cayó 
muerto con el corazón partido de un balazo. 

Aprovechamos esta oportunidad para rectificar otra 
designación falsa del plano gubernista. Allí aparece el 
mayor Herrero como caído en la margen del arroyo 
dominada por los revolucionarios, dentro de sus filas. 
Esto es simplemente un error. 

Ni por un momento llegaron los gubernistas á pi- 
sar el terreno que ocupaba el adversario. 

Con el mayor Herrero se perdió un representante 
selecto de la buena milicia. 

Francisco Solano Alvarez, ¡hé ahí otra víctima ilus- 
tre! Este meritorio oficial había nacido en la Vüla de 
la Unión, en el año 1860. Siendo muy niño, su pa- 
dre el coronel don Julián Alvarez, lo puso de guar- 
dia marina á bordo del buque de guerra argentino 
Andes, estimulando así sus aficiones definidas. 

Pero Alvarez no entiende de abdicar en plena pri- 



F»OFt LA F»/lTFIIA. Se© 

mavera sus patrióticas preferencias y la revoluciíSn Tri- 
color lo encontró en sus filas de los primeros. 

Pronto sus condiciones resaltantes lo sindicaron de 
manera lucida. Las tradiciones caballerescas dedican 
una página de honor á Alvarez, conocido entonces entre 
sus compañeros por el apodo de «El marino». 

En unas escaramuzas que fueron de resultado ad- 
verso para los reivindicadores, había quedado herido 
y caído en tierra, el famoso Pichinango. 

Alvarez formaba parte de aquel núcleo que retro- 
cede ante el avance enemigo; pero él no sabe aban- 
donar á un hermano indefenso, y cuando todos vuel- 
ven caras, se apea, alza por delante al amigo y lo 
salva de una muerte cierta. 

Este rasgo de audacia le prestó perfil superior. 

Después del desastre final, emiora á la República 
Argentina, refugio obligado de nuestras virtudes aco- 
sadas. 

En 1886 vuelve á su país en actitud de guerra. Fué 
de los vencidos-vencedores del Quebracho. 

Sirvió én el 5.° de Caballería. Reanudada pues su 
carrera, el 20 de Abril de 1888 se le reconoció su 
grado de teniente 1.® y el 22 de Febrero de 1894 fué 
ascendido á capitán efectivo. 

Meses antes de producirse el movimiento de Marzo 
el capitán Alvárez pasa al departamento de Flores á 
fin de tomar el mando de la Compañía Urbana. 

M la relativa altura militar á que había llegado, ni 
los fríos que apareja una experiencia sazonada, consi- 
guieron apagar sus [fervorosos entusiasmos populares. 

No hubo necesidad de solicitar su adhesión al in- 



3 ro F»OF^ r^A. P.VXFtIA. 



tentó. Cuando el coronel José González se levanta 
en armas, la fuerza que obedece á Alvárez constituye 
su brazo derecho. Y continuaría siéndolo hasta en la 
hora del sacrificio conciente. 

Francisco Solano Alvárez era todo un hombre. 
Tenía una vocación decidida, á prueba de contrastes, 
por la carrera de las armas. Hablando una vez de en- 
sueños de futuro, me decía: — Mi único anhelo fuera 
mandar un batallón, pero un batallón compuesto de sol- 
dados voluntarios, donde todos tuvieran respeto cariño- 
so á la autoridad del jefe. 

En otra ocasión, precisamente el día antes de la 
pelea, conversábamos sobre la oscuridad de nuestros 
destinos, sometidos entonces á trágicos viiivenes. Con 
tal motivo, Alvárez, creyente sincero, deploraba haber 
perdido un escapulario qiie le diera su pobre madre 
antes de la campaña. Aquella insignia extraviada, hos- 
tia de un amor santo, le parecía un escudo de hierro. 

Casualmente yo traía en mi bolsillo una medallita 
de la Virgen de Lujan que había provocado en mi 
conciencia un pequeño conflicto moral. En efecto, ella 
me había sido regalada por persona de ardorosas creen- 
cias y envolvía un voto desinteresado de buena suerte; 
pero mis convicciones en esa materia siguen ruta muy 
distinta, y de ahí que juzgara contradictorio colocarme 
bajo un patrocinio no aceptado por el propio criterio. 

Con satisfacción pues, aproveché la oportunidad que 
se me ofrecía de interrumpir en forma decorosa este 
pleitito íntimo, y oferté á mi interlocutor la mencionada 
reliquia. 

Con verdadero entusiasmo la aceptó él penetrado de 



POR. LA F»A.XR.IA. 3T1 

SU valer religioso. Esa acogida sincera encendió una 
envidia en mi pensamiento! Felices de los que guardan 
algo más que ilusiones 6 desencantos en el fondo de su 
corazón! 

Ligado á Alvarez por lazos de sangre, también en esa 
circunstancia le di para que me lo cuidara, un anillo de 
mi madre, que por ser grande para mis dedos estaba 
expuesto á desaparecer de un momento á otro. 

Al siguiente día, el querido compañero cayó de los 
primeros, reclamado por la gloria. 

Mucho me impresionó aquella partida; aún no estaba 
acostumbrado á esas despedidas sin previo adiós. 

Cuando después de la contienda me acerqué á la costa 
buscando al amigo, tropecé con su cuerpo. Alvarez 
había caído mirando hacia el cielo, y el sol de ese día 
iluminaba esplendente su fisonomía dormida, como si 
besara orgulloso aquellos restos mortales. 

Me apee del Caballo con intención de registrar las ro- 
pas de Solano y recoger para los suyos la medalla pro- 
tectora; pero creí profanar aquel cadáver caliente; temí 
que alguno pudiera confundirme con un carcheador, con 
uno de esos hombres que se visten y se adornan con los 
despojos de los muertos; y después de cubrirlo con una 
carona vieja que encontré á mano, me aparté conmovido 
de aquel sitio triste. 

En cuanto á mi anillo, no estaba ya en la mano del 
caído. 

' Horas más tarde, cuando ya nos retirábamos del cam- 
po, readquirí esa prenda de la cual no volvería á 
separarme más. Al tiempo de entrar por vez última á 
la casa de Silva, veo que un soldado besaba sollozando 



STS I=>OR. LA F»AXmA. 



la frente pura de Rafael Pons. Escena tan tocante pro- 
voca mi atención y al fijar la mirada tropiezo con mi 
anillo que figuraba, por derecho de hallazgo, en la mano 
de un extraño. 

Los restos del valeroso mayor Alvarez descansan bien 
arrullados, sobre la orilla del arroyo donde él se inmor- 
talizó. Allí irá á buscarlos algún día, la gratitud de su» 
conciudadanos. 



Montautti, Cioll y otros 



Con el infortunado capitán Eduardo Montautti perdió 
la nueva generación militar á uno de sus representantes 
más bizarros. Digno, pundonoroso, de inteligencia no 
común, era el nombrado un oficial de porvenir distin- 
guido. 

Salido de la Escuela Müitar, ya tenía adquirido un 
derecho honroso con esa procedencia científica. 

De aquella institución pasó á figurar en el batallón 
de cazadores número 1. De conducta irreprochable, 
pronto acreditó sus valimientos de clase, presentando á 
la consideración del gobierno un apreciable proyecto de 
reglamento interno de los cuerpos de línea. 

Oficial de vergüenza, y partidario exaltado, Mon- 
tautti murió como bueno. También los despojos de ese 
valiente descansan en el terreno de combate, lejos de loa* 
afectos hondos que supo despertar. 

El teniente Juan C. González sacrificado juntó al 
anterior, fué alférez el 11 de Setiembre de 1895 y ob- 



F»OFt LA F»ATFtIA. ST3 

tuvo aquella graduación días antes de salir á campaña. 

Jovencito de presencia sugestiva, González se había 
iniciado con prestigio en su carrera. 

Jaime CoU fué otro de nuestros muertos. Hijo de 
Montevideo, contaba 22 años de edad cuando sonó 
para él toque de llamada en las alturas. 

Había estado durante algún tiempo en el Rosario 
Argentino. Sorprendido por la revolución radical de 
1893, toma parte con entusiasmo en ella, sirviendo á 
las órdenes del coronel Iturraspe. Terminada pasó 
á trabajar en condición difícil, en la estancia de su ex 
jefe. De allí retornó á su ciudad natal. 

A los once meses de permanencia en Montevideo 
emigra á Buenos Aires para incorporarse á la patrió- 
tica empresa. Agregado á la columna de la Isla, se le 
discierne el distinguido puesto de abanderado en el 
batallón del comandante Pons. 

Herido de bala máuser en la ingle se le condujo en 
estado desesperante al Hospital de Sangre, donde ya 
ocupaba un sitio su jefe. Contra la puerta de un gal- 
pón falleció el patriota camarada. 

Blanco de cutis, de pelo rubio, alto y delgado, de- 
nunciaba poseer un temperamento lleno de fuerza ner- 
viosa. 

Después de muerto, su gesto tenía toda la expresión 
de una agonía dulcísima. Emisarios de la gloria debie- 
ron amortajarle. 

Otro destino injusto fué el del capitán Albín Pe- 
reyra, oficial de filas que había sabido ganar bien sus 
galones. 

Nacido en Minas en 1862, pasó á educarse en la 



S74 l-»OFl LA. P^VTFilA. 

ciudad de Mercedes ingresando poco más tarde como 
soldado distinguido al batallón de infantería número 4^ 
donde permaneció hasta su disolución en 1879. 

En Marzo de 1880 se incorpora al número 1 de la 
misma arma ascendiendo á subteniente. Adquiere el 
grado inmediato el 12 de Julio de 1883 y es hecho 
capitán el 20 de febrero de 1890. 

Figura en Tres Arboles como jefe de la primera 
compañía. Al poco rato de entrar en pelea recibió un 
balazo en el costado izquierdo á la altura de la cuar- 
ta costilla con salida á cinco centímetros de la colum- 
na vertebral. 

Conducido á dos leguas de distancia á casa de un 
señor Palma, falleció al día siguiente de ser herido, 
cuando vistiendo su uniforme esperaba alborozado la 
llegada de la Cruz Roja. 

Manuel Durante hijo de San José, poseía condi- 
ciones sobresalientes. Ciudadano de fibra y de corazón, 
capaz de llegar á las últimas conclusiones impuestas 
por el deber, figuraba en calidad superior en la divi* 
sión de su departamento. 

Condecorado con antecedentes dignísimos, Durante 
fué de los pocos miembros acomodados de su gene- 
ración que sancionó en el terreno sus promesas cívicas* 

A la mitad de la batalla, una bala ceitera lo hirió 
en el bajo vientre. Al caer la tarde espiró aquel ma- 
ragato ejemplar. 

El teniente Juan Irigoyen murió también. Era este 
un meritorio oficial. Formado en las filas del batallón 
de cazadores número 2, se había señalado por sus 



F>OR. LA. F»iVXFtíA 37 o 

favorables disposiciones para el servicio. Una carre- 
ra pronta le esperaba. 

Comprometido con mía bellísima niña de nuestra me- 
jor sociedad la suerte impía lo llevó á ligar su destiijo 
con la desgracia. 

El bravo Irigoyen fué herido en la boca, por una 
bala de remington. Con su desaparición malogróse 
un oficial de honor y se trocaron en siemprevivas azaha- 
res hermosos. 

Manuel Fernandez, hecho alférez el 20 de diciembre 
de 1889 y ascendido á teniente 2.** el 29 de Julio de 
1893, pertenecía al extinguido batallón de cazadores nú- 
mero 2. 

Un disparo que le atravesó la cabezada del recado 
penetrándole en el vientre, puso término á esa exis- 
tencia vigorosa. Era un oficial correcto. Su cuerpo que- 
dó tendido en el campo de batalla. 

Englobando los nombres que están englobados en el 
respeto ciudadano, recordamos además á estos muertos 
de la revolución: Anacleto García, hacendado del Rin- 
con del Palacio, departamento de Flores, viejo soldado 
de las instituciones, de presencia y de antecedentes arro- 
gantes; Ezequiel Gándara, hijo de San José y sobrino 
del famoso Cipriano Cames, del mismo que ganó á En- 
ciso la acción del Pastoreo; y Belisario Santiuio, Teófilo 
Avila, J. Veron, Cabrera y García. 

Volvamos á tomar el hilo orientador de nuestro Dia- 
rio que todavía en la página encabezada miércoles 1 7, 
nos ofrece algún material de interés. 

Una invencible curiosidad me lleva á recorrer, des- 
pués de terminado todo, el campo de batalla. No me 



arrepiento de aquella excursión triste. Por aquí^ por 
allá, lejos y cerca, tropiezo con caballos muertos ó 
heridos. 

Nunca he mirado con más conmiseración á esos po- 
bres animales, víctimas inocentes de las humanas 
pasiones. 

Llego al Paso para vadearlo y tropiezo con nueve 
cuerpos situados en correcta fila, como si hubiera pre- 
sidido á su colocación un propósito disciplinario. Acaso 
obedeció ese alineamiento á la disciplina del heroísmo. 

Componían ese grupo terrible, el oficial y los solda- 
dos de la guardia puesta allí para cuidar la entrada 
del boquerón; de esa guardia que también merece por 
su épico coraje, el epitafio imperial: «Muere pero no 
se rinde.» 

Aún después de caídos parecía que aquellos hom- 
bres de tez bronceada cumplían, alzando sus cuerpos 
como barrera, la dura consigna de guardar el Paso. 

De aquellos veinte varones de clásica levadura mu- 
rieron estos ocho: su oficial el teniente Valentín Galay, 
Wilfrido Menéndez, Esteban Esteves, Pedro Laguna, 
Juan Sosa, Alejandro Lerena, Juan Devia y Francisco 
Santa Cruz; cayeron heridos nueve, restando sanos solo 
estos tres: Máximo Be.tancourt, Miguel Banasso y Va- 
lentín Sánchez. 

La patria no puede dejar en el olvido la memoria 
de esos voluntarios del martirio, nacidos todos en nues- 
tra campaña, que reclinaron gustosos la frente en el 
regazo de lo incierto á fin de fundar las libertades 
políticas de la República. 

Entre esos valientes, como se vé, cayó muerto un 



F»OFt LA F»AXFtIA. STT 

ciudadano de apellido Santa Cruz, quedando herido 
otro hermano llamado Eladio. 

Hijos ambos de un padre estoico que llevó á las fi- 
las revolucionarias á cinco hijos varones, penetrado de 
que cuando la patria gime no cabe excepción bastante 
poderosa para eximirse de servirla. 

Del segundo de los referidos cuentan los miembros 
de la Cruz Roja, que al ser levantado por ellos, osten- 
taba seis heridas en el cuerpo y seis desgarros certe- 
ros en el sombrero. 

Este héroe sin linaje aunque noble de verdad, escapó 
de tan ruda prueba gracias á los cuidados del digno ha- 
cendado señor Francisco Caravia, cuyo nombre volve- 
remos á mencionar en homenage á idénticas y aprecia- 
bles méritos caritativos. 

Confundidos en la masa anónima, quedan esos sobre- 
vivientes, sin imaginar jamás, que sus nombres dueños 
de envidiables resplandores, poseen el alto derecho de 
figurar en puesto de honor. 

Llego al parage ocupado por las fuerzas gubernistas 
y un espectáculo de desolación inmensa se ofrece á mis 
ojos. Por todas partes hay muertos: junto á los árbo- 
les, debajo del ramaje, sobre la planicie, próximos al 
arroyo, en el cauce, á varias cuadras del mismo. Con 
profunda tristeza miro aquellos rostros jóvenes sin ex- 
cepción, negros unos, mulatos otros, caucásicos los 
más, y maldigo la tenacidad criminal de quienes no va- 
cilan en preferir el desfloramiento de una generación á 
las ideas de tolerancia política. 

¿Por qné han peleado aquellos infelices? ¿Qué afán 
los condujo á la lucha? ¿Cuál fué su bandera? Ninguna. 



STS POFt LA. F»ATF11A. 

Cayeron portándose como bravos porque la sangre indó- 
mita de los orientales no entiende de cobardías; pero 
obedientes sólo á la voz acerada de mando^ sin odios ni 
apasionamientos^ sin calores ni entasiasmos, sin brios^ 
sin querer á una divisa, sin idolatrías de partido. 

Quien les diera ropa y existencia perezosa, lo había 
querido y allí estaban devolviendo un saldo de favores, 
sin haber preguntado siquiera, contra quienes combatían 
y porque combatían. 

¡Pobres víctimas in.conscientes de la corrupción! ¡Es 
tan distinta la condición del soldado que trueca sus 
comodidades por penurias interminables, consecuente 
y lógico con patrióticas preferencias! 

Despojos guerreros llenan la extensión del llano. 
¿Qué no hay allí? Fusiles relucientes, munición en mon- 
tones, piezas de vestir, clarines, casaquillas, kepíes, ba- 
yonetas, ponchos, recados, tambores, mazos de polainas, 
remedios, botines, cajones vacíos, máusers sin culata, y 
máusers sin caño, espuelas, en una palabra, todas las 
prendas inherentes al estado militar. 

Muchos compañeros investigan tanta curiosidad. Uno 
ha encontrado en el bolsillo del pantalón de un oficial 
muerto, cartas de una niña desconsolada, invadida por 
amorosas aprensiones, quien después de hacer una sen- 
tida defensa de la causa revolucionaria y de pedir 
prudencia al dueño de su corazón, firmaba con el nom- 
bre de Julieta. ¡Infortunada niña! La bala que mató á 
su prometido ha herido sus puros ensueños de virgen. 
Otro se apropia de tal ó cual artículo que le viene 
al pelo. Este recoge una caja de toilettey que pasó des- 
pués á manos del doctor Terra; el mayor Barbosa se 



F>OR. LA. F>A.XFtIA Sr& 



viste con una chaquetilla de coronel y cubre su ca- 
beza con un kepi del mismo grado que lleva al fren- 
te el número 2; aquél atiende á un moribundo; éste 
carga con una serie de papeles que luego resultan ser 
de las mayorías de los batallones derrotados, listas, 
órdenes generales, notas, etc.; aquél recoge la espa- 
da de algún oficial malogrado: todos investigan y se 
interrogan. 

Mientras tanto el sol hiere el suelo con rayos que son 
de fuego, y los heridos, acosados por la sed, piden 
¡agua! ¡agua! ¡agua! clamando á la vez por gracia. 

El despotismo ha tenido la diabólica ocurrencia de 
convencer á esos instrumentos de que nosotros integra- 
mos una horda de foragidos capaces de los mayores aten- 
tados. Así me explico estas imploraciones por cierto 
innecesarias: No me mate que yo soy blanco. A mi me 
trajeron á la fti&rxa. Por mí madre y perdóneme! Aun 
morenito casi en agonía, le oí decir: «muero contento, 
juro que no he hecho un solo disparo contra mis correli- 
gionarios». 

Hé ahí evidentes y palpables los frutos de la caza de 
hombres. Los frutos de tantas degradaciones é ignomi- 
nias. Entonces detesté á los individuos corrompidos 
que ocupan las altas posiciones públicas usurpadas y con- 
curren á bailes, fiestas y orgías, y protestan su cariño 
al país y su odio á los «revoltosos», mientras una legión 
de inocentes empujados en tropilla, cae oscuramente 
en el fondo de nuestros campos enlutados. 

El teniente Lapetra con el pecho perforado, valiente 
y sereno, es el único oficial que abandonó el enemigo, 
curado de primera intención y bajo techo. 



S80 POFí. LA. T^AXFIIA 

Me retiro horrorizado de aquel teatro de sangre. 
Sin tiempo material para ser atendidos, ahí quedaron 
tirados centenares de infelices. 

De esos, algunos murieron de sed, otros de insola- 
ción, algunos quemados, pues el incendio de los pastos 
dispuesto por los gubernistas en la retirada se extendió 
hasta la costa esa misma noche; otros por falta de 
asistencia médica. 

;Y sin embargo, esa es la guerra! 

En la casa de Silva, se han concentrado muchos 
heridos que allí quedarán también abandonados. 

Por todos lados se destacan cuadros de lúgubre elo- 
cuencia. En la puerta del galpón yace sin vida Jaime Coll, 
un muchacho lampiño y temerario, que cayó flameando 
una bandera de la patria. Sobre la vereda que calcina 
el sol, reposa estirado un valiente compañero cuyo 
nombre ignoro y que lleva antiparras verdes. 

También allí está, confundido con nuestros pobres 
amigos, un sobrino del coronel Ricardo Flores. 

Nuestros practicantes Ricardo Viladecants, Ángel 
Carballal, Luis Chousiño, y J. Plaucia, se multiplican 
en su tarea humanitaria, mientras la dueña de casa, 
una humilde paisanita, cesa en sus lloros y sale de su 
largo estupor para preparar un poco de caldo. Cuatro 
ó cinco criaturas la siguen azoradas, y prendidas con 
energía de su falda de zaraza. 

Mientras tanto, en aquellos umbrales se detienen los 
deberes mansos de la caridad rechazados por los de- 
beres brutales de la guerra. 

A las cinco de la tarde, después de haber hecho en 
favor de los heridos lo que humanamente se ha podido; 



después de cavar tres tumbas piadosas^ una para Pons, 
>otra para Alvarez, y otra que dedicó á su hermano el 
mismo Juan Labeque; después de recoger armas y per- 
trechos, de ordenar las filas y cubrir los claros, suena 
el clarín de marcha. 

Nos parece que salimos de un sueño. Todo lo que 
ha pasado por nuestra vista cansada, es cierto: aque- 
llos horrores tienen realidad. Con satisfacción y con 
pena nos alejamos de Tres Arboles. 

Alguien nos aconseja que tomemos apuntes para es- 
cribir algún día, si no perdemos antes la vida, la cró- 
nica de aquel acontecimiento terrible. 

— No necesitamos hacerlo, contestamos sonriendo 
con melancolía. 

Y en efecto, pasarán los años, dolores renovados 
vendrán á empalidecer las impresiones fuertes de la 
juventud, las tormentas del futuro arrasarán muchas 
reminiscencias; pero desde ya sé que ningún vendabal 
conmoverá jamás el recuerdo nítido qne perdura en 
lo íntimo de mi ser, de la primer batalla á que con- 
currí. 

Pronto pude apreciarlo. Quizás fué resultado de la 
costumbre, que el hombre á todo se habitúa, pero las 
tragedias intensas de ocasiones posteriores, no domi- 
naron tanto mi sentimiento. 

Parece increíble que se deje sin mayor preámbulo 
aquel terreno ensangrentado. 

Hambrientos y cansados después de tan rudo gasto 
nervioso, nos alejamos hacia el Este. 

Siempre ceñudo y reconcentrado marcha á la cabeza el 
Coronel, sin pronunciar una palabra ni exponer un co- 



3SJe F>OR, LA. F»A.XFÍ.1A 

« 

mentario. Nadie lo creería zahumado por incienso de 
gloria. 

La noche nos sorprende avanzando. Corre noticia de 
que á la vanguardia nos espera el general Diaz, y es ne- 
cesario disponerse á una ventajosa defensiva. 

A las diez acampamos á tres leguas largas del campo 
de batalla. 

Perseguido por el imponente desfile de aquel día, miro 
para atrás y distingo á la distancia un telón rojo de co- 
losales llamaradas. 

Hé ahí el complemento legítimo de una batalla. 

Como mirado al través de un lente teñido, todo apa- 
rece color de sangre. Rojo está el suelo, el espíritu, el 
paisaje y hasta el astro rey que se entra en aquella tarde 
legendaria, apoplético y como si destilara también sangre. 

Debemos dormir y sin embargo la tensión moral ven- 
ciendo á la debilidad física, nos mantiene despiertos. 
No exageramos un ápice. Tose un caballo y el oido que 
tiene todavía la retentiva siniestra, cree recoger el sil- 
bido de una bala. Desde entre la oscuridad nos llegan 
débiles ayes de algún herido que yace afiebrado en el 
fondo de algún carretón. 

Cuando hasta la ficción dramática contagia dolores 
¿cómo no ha de impresionar fuertemente esta inesperada 
realidad negra? 

Me duermo mareado, para despertarme á cada rato 
sin saber por qué y para rememorar angustias. En esos 
intervalos agitados abrazo al campamento en una mi- 
rada. Ya el silencio todo lo ha invadido. Solo al- 
canzo á percibir el movimiento acompasado de una si- 
lueta que vá y viene. Es el Coronel, el querido gefe 



que ordena á sus párpados estar abiertos para velar el 
descanso de sus soldados. Allá en el horizonte se alza 
el gigantesco cortinado de crespones destructores. 



La Orden General 



Día 18, jueves, — A las 2 de la mañana nos levan- 
tamos para marchar. Cuando amanece ya hemos 
recorrido largo trecho. Todos echamos de menos á 
Solano Alvárez, que fuera tan alegre y camarada. 

Antes de dirigirnos al Paso de los Toros hacemos 
un pequeño desvío para llegar á la Estación Francia. A 
las diez estamos en ese punto, donde nos esperaba 
jubiloso el reducido vecindario: la noticia de nuestra 
victoria republicana había trascendido ya. 

La primera medida tomada fué posesionarse de la 
oficina telegráfica y reconocer los despachos trasmitidos. 

Allí encontró el Coronel un telegrama del Ministro 
de la Guerra dirigido al general Villar reclamándole 
informes precisos, «pues la ansiedad reinante en la ca- 
pital es indecible.» 

Tomando la personería del interrogado, se contestó: 
que el ejército del gobierno había sido derrotado por 
el revolucionario, agregándose luego algunos de los 
insoportables empalagos oficiales, para disimular eV 
engaño. 

Mientras, se cortaban las líneas telegráficas á Eive- 
ra y á Paysandú y las férreas á las mismas cabeceras. 

A las tres de la tarde acampamos sobre la costa 



S84 F»OR. L/V F>A.TFIIA. 

del arroyo Salsipuedes. Hace cuarenta horas que nada 
comemos. 

El Coronel, hombre de hierro en cuerpo y en es- 
píritu, roba un momento al descanso para dictarnos la 
orden general correspondiente á Tres Arboles. 

Ese documento suyo, exclusivamente suyo, es de una 
sobriedad magistral, y refleja toda la pura satisfacción 
de que puede sentirse poseído un ciudadano cuando 
ve consagrados por gloria justiciera los afanes propios 
y los afanes ágenos; toda la nobleza caballeresca de 
quien no sabe disputar á sus subalternos los briosos 
méritos adquiridos, y toda la viril melancolía que funda 
el recuerdo de los compañeros perdidos. La sombra 
de esos valientes inmolados en holocausto de las ins- 
tituciones, pone marco de luto al triunfo, porque no se 
conciben los dramas sin dolor, las luchas sin sacrificios 
y las hazañas sin precio. 

Mucho contrasta la singular concisión de la pieza 
que comentamos, con el tono hiriente y consentido de 
los partes oficialistas. 

Los culpables del dislocamiento nacional no tienen 
reparo en fulminar á los miembros de un partido que 
por el simple hecho de embarcarse en riesgosa empre- 
sa para reconquistar regalías elementales, adquirirían 
títulos si estos no sobraran como sobraron. 

Los nacionalistas representados en el terreno de la 
acción por sus militares, los perseguidos, los ilotas de 
la República, olvidan en la hora de alegría esos viejos 
agravios saludando á los vencedores con frases tranqui- 
las y disimulando la intensidad del desastre pretoriano 



F»OFt LA. F>ATFIIA SBPS 

— - , „ ■■ -- ■ ■■- -- ■■■,-.,,■ , , ■ ■ ^— ^ y—*- 

bajo los pliegues visiblemente amplios de un silencio 
generoso. 

Léanse ahora los párrafos cortos del jefe de Estado 
Mayor del Ejército Revolucionario, enteros como la 
serenidad y el prestigio de quien ganó el derecho de 
escribirlos á caballo y espada en mano, frente al céle- 
bre Paso. 

Salsipuedes, Marzo 18 de 1897. 

Orden General 

Soldados del Ejército Nacional: — Al amanecer del 
día de ayer, en el l^aso de Tres Arboles, un enemigo 
excesivamente confiado en sus fuerzas y en su arma- 
mento, creyó poder interrumpir nuestro reposo im- 
punemente. 

^Vano fué su empeño y su porfía; después de ocho 
horas de combate, dos batallones de línea, deshechos á 
balazos disparados á boca de jarro, huían ante voso- 
tros abandonando esas mismas -armas de que hacían 
alarde, sus heridos y pertrechos de guerra. 

Vuestro valor y energía han dado en tierra con el 
prestigio que rodeaba á .esos cuerpos regulares, proban- 
do así, que no basta la disciplina impuesta por la vara 
de los cabos de escuadra para doblar la firme inten- 
ción de vencer que os anima. 

En nombre del señor Delegado del Excmo. Comité de 
Guerra y en el mío propio os felicito á todos por* el 
triunfo de ayer, complaciéndome en citar en esta Orden 
los nombres de nuestros bravos gefes de división los 



&&ti F»Ol=t L-'V PATni/V 



señores coroneles Juan José Díaz Olivera, José F. Gon- 
zález, Cicerón Marín y Ramón Batista, y muy especial- 
mente el del señor coronel José ííuñez, quien al frente 
de su denodada infantería, fué de los primeros en acndír 
al fuego, constituyendo en factor capital de la victoria. 
Sobre el campo de batalla hau quedado tendidos algu- 
nos de nuestros queridos compañeros. ¡Honor á su me- 
moria! Han muerto por las libertades patrias, fin el más 
glorioso á que puede aspirar un soldado republicano! 

Diego LamaSy 

Jofe del Estado Mayor. 

Al caer la tarde proseguimos la jornada. Cruzamos 
campos de una aridez excepcional debido á la falta de 
lluvias. Esto trae á los caballos fuera de estado. 

Pronto acampamos en condiciones poco favorecidas 

sobre la falda de una cuchilla. 



El ejército ministerial 



Dia 19, viernes, — Ya estamos cerca del Paso de los 
Toros. Se explica bien el anhelo de llegar cuanto antes 
á ese centro urbano que es un núcleo de notoria impor- 
tancia estratégica. Desde el día anterior se nos anun- 
cia que un comandante Bálsamo (alias) Querido^ caudi- 
llejo amasado al favor de irregularidades toleradas, nos 
espera con una respetable división enemiga. 

¡Pobre amenaza! La gran noticia trasmitida por todos 
los ecoS; basta para espantar á tan antipático conten- 



diente. Bálsamo fué testigo presencial desde nuestra 
retaguardia, de la batalla; pero sospechando su fin fué 
á sofrenar su retirada prematura al Sur del Rio Negro 
Y ese personage había sido por muchos años señor 
feudal del pago! También en el Paso de los Toros nos 
esperan, sin prevención, sin miedo^ sin reservas, sin 
farsas elogiosas. 

Poco antes de entrar al pueblo experimento un impul- 
so hondo engendrado quizá por la asociación de ideas 
tiernas. 

A lo lejos se ven varios vehículos que avanzan. Cree- 
mos en un principio que sean enemigos, pero pronto una 
bandera que flamea ostentando una cruz roja sobre fondo 
blanco, nos acredita que se trata de algo muy distinto: 
en aquella expedición viene la caridad cristiana! 

Este hermoso contingente de socorros me sacude y 
me recuerda recien que hay quienes se preocupan de no- 
sotros, que esas personal desconocidas pero buenas, 
traen mensages calurosos de muchos corazones heridos 
por hondas ansiedades. ¡Cuánta familia sumida en las 
tinieblas de trágicos desconsuelos! Cuántas madres y 
cuántos hermanos apremiarán más tarde á preguntas á 
los primeros visitantes del campo de pelea! 

¡Ah! la guerra . Malditos sean una y mil veces, los 
malos gobernantes que las provocan. 

Una de las señoras de la Comisión de AuxUios, 
sobrina de Leandro Gómez, pide garantías para el 
vecindario. 

Tales recomendaciones sobran. 

A las once entramos al pueblo. El ejército acampa 



S88 r>OFl LA F»ATI^IA 

sobre el Río Negro, larga columna espinal del país que 
muchas veces cru?:aremos. 

La Estación fué también ocupada aquí, iniciándose 
una conversación mistificadora aunque de fondo exacto, 
con la Oficina Central de Montevideo. 

Nada se hizo con respecto al puente apesar de 
haber dinamita en la localidad, por juzgarse que solo 
en último recurso, debía precederse á destruir esa 
obra notable de ingeniería. 

En el -Paso de los Toros recibimos noticias vagas 
de la capital. Tiempo después supimos que el efecto 
producido en la ciudad por la noticia ratificada del 
desastre, auonadó al gobierno. Los oficialistas se cre- 
yeron ya con el enemigo á las puertas, mientras el 
pueblo entusiasmado formulaba votos ardientes á favor 
de los revolucionarios. 

A pesar de las precauciones bordistas el rumor de la 
victoria se propaló con eléctrica rapidez. 

Inmediatamente no faltaron hombres de corazón dis- 
puestos á trasladarse al campo de combate; pero Idiarte 
no lo consintió en los primeros momentos. Su orgullo- 
imbécil no toleraba la confesión del gran fracaso. 

Por lo demás, uno de sus ministros estaba de banquete 
en la noche del 17 y todo se disimuló para no quitai'le 
brillo á esa fiesta. 

Más de un herido falleció por falta material de asis- 
tencia, durante estos perversos retardos. 

En el Paso de los Toros se nos anuncia que fuerzas 
oficiales avanzan sobre nosotros en cantidad considera- 
ble. Sin dar mayor cuerpo á esta aseveración levantamos 
campamento á la seis de la tarde. 



F»OFt LA F»ATFtIA. S&& 

Con anterioridad se habían incorporado á la columna 
varios carros conteniendo artículos para el aprovisio- 
namiento de la tropa. Esas compras se pagaron al pre- 
cio de plaza^ con moneda contante. En el pueblo que- 
daron perfectamente resguardados algunos de nuestros 
heridos de gravedad. 

La noche se presentaba lluviosa. 

Al pasar por el arroyo Cardoso sufrieron desperfectos 
serios los vehículos, por cuyo motivo hubo necesidad 
de abandonar un par de ellos atascados en el barro. 

Ya se había desencadenado una tormenta furiosa que 
duró tres horas. Empapados y somnolientos avanzába- 
mos con lentitud cuando se ordenó acampar. 

Dia 20, sábado — Todavía no ha amanecido y pro- 
seguimos marcha. El día se presenta caliginoso. 

¡Qué clima tan lindo el nuestro! Los extremos atem- 
perados siempre por variantes agradables. El sol ardien- 
te y la situación precaria de los caballos impone un bre- 
ve descanso. 

Después de detenernos por un rato sobre el arro- 
yo Sauce, seguimos nuestra odisea pasando por las co- 
lonias confiadas al cuidado del digno coronel Enrique 
Yarza, actualmente en las filas revolucionarias. 

Al pasar junto á un rancho de terrón conversamos 
ansiosos de distraernos, con una paisana cuyo esposo 
estaba en las filas nuestras. 

, Interrogada sobre las fuerzas gubernistas, nos res- 
ponde con especial gracejo: 

— Mire, señor, ellos andan de purga. No paran un 
momento. 

Esa frase feliz pronunciada por una mujer inculta 



seo F>OFl LA PATRIA 

denota bien que la sal andaluza vá disuelta en la san- 
gre nativa. 

Por supuesto que en ninguna parte encontramos ras- 
tro de autoridad vecinal. Desde hace muchos días los 
comisarios y jueces de paz, luego de ejercer en cada 
localidad odiosas requisiciones, se han concentrado en 
las cabezas de los departamentos. 

¿Será que el gobierno nos entrega el dominio de las 
campañas, empeñado en imitar el temperamento sin- 
gular de los rusos en presencia de la invasión na- 
poleónica? 

Nos detenemos en la costa del Río Negro con in- 
tención superior de pasar allí todo un día de ansiado 
reposo. 

Dia 21, domingo. — Con un espléndido baño inau- 
guramos esas preciosas vacaciones. Pero nuestros pla- 
nes de tranquilidad se truncan. 

A las 10 a. m. se anuncian á retaguardia guerrillas 
enemigas [y para afirmar nuestras posiciones determina 
el Coronel que la columna vadee el río. 

Así se hace por la picada del Surubí y pasando del 
departamento de Tacuarembó al de Durazno. 

El grueso de las fuerzas ocupa las alturas inmediatas, 
mientras algunas guerrillas se tirotean débilmente ha- 
ciéndole una sola baja segura al enemigo. 

Por no ocurrir ninguna otra novedad, seguimos desli- 
zándonos hacia el Este en busca del general Saravia de 
cuyo pasage por la frontera llegan rumores vagos. 

Pasamos por los establecimientos de Castro y Rodrí- 
guez, personas de señalada filiación colorada, sin cau- 
sarles el menor trastorno. 



F>OFl LA F»ATmA. 39i 



¿Qué testimonio más elocuente cabe en prestigio de 
la equidaÜ con que procedemos? 

Cerramos esta jornada que fué larga á hora avanzada 
de la noche, acampando otra vez sobre el poético Hicm, 
en condiciones favorables para la caballada. Los párra- 
fos se cortan con puntos finales y el de este lo pondre- 
mos y de oscuridad intensa, recordando que en esta fecha 
cumple tres años de gobierno el culpable mandatario 
don Juan Idiarte Borda. 

Todos rememoramos con pena este aniversario, y si 
mis compañeros sienten como siento yo, seguramente 
que conciliaron contentos el sueño en esa ocasión sa- 
tisfechos de encontrarse embarcados en la patriótica em- 
presa de derrumbar al despotismo ensoberbecido. 



Los amigos del Durazno 



Dia 22, lunes — En las primeras horas de la ma- 
drugada se nos incorpora el capitán Justiniano Gauna 
con setenta y tantos correligionarios, quien nos anuncia 
otras agregaciones. 

¡Lindos lanceros, los suyos! Siempre que evoco aque- 
llos tiempos tormentosos, cuando remonto la memoria al 
campamento revolucionario, tropiezo con el capitán 
Gauna, con aquel ejemplar puro de la raza nuestra. 

Todos los compañeros están contestes en que este 
oficial valiente, sumiso, generoso, leal, fiel á su insignia 
y apegado á su causa como la cascara al tronco, era el 
representante genuino en el seno de nuestra gran fami- 



30 2 F*OR. LA "RATFIIA 

lia vagabunda, del tipo criollo que ya se esfuma en el 
pasado. 

Jamás dejó de usar chiripá negro y cuidado y calzon- 
cillo blanquísimo, sujetos al cuerpo con un cinto lujoso 
que llevaba á manera de abotonadura, una serie de relu- 
cientes pesos brasileros. 

Pero su mayor orgullo era su pelo, una renegrida 
melena lacia que al finalizar la campaña le daba por los 
hombros; y su pera, sin una cana y bien tenida, que 
acariciaba la tabla de su pecho como satisfecha de esa 
recia compañía. 

Cuando en los fogones se comentaban las ocuirencias 
de la guerra, las proezas que brotaban abundantes al 
calor de tantas abnegaciones, nunca se olvidaba el nom- 
bre querido y respetado de este descendiente directo de 
Ismael, altivo como el filo de su daga. 

Verdadero centauro, devoró sin embargo á pie mu- 
chas leguas cuando la necesidad lo quiso. Nunca 
murmuró una queja. Para aquel convencido que solo, 
respiraba á pulmón lleno haciendo rayar su flete en lo 
alto de las cuchillas, como desafiando .al odioso espíritu 
de las ciudades, que ha corrompido al gaucho de esta 
tierra dándole todos los vicios refinados v robándole 
todas sus vii-tudes selváticas, se cumplía una visión 
del pasado glorioso, se restauraba una página tantas 
veces soñada, con el atrevido sacudimiento rei\án- 
dicador. 

A Justiniano Gauna, dueño de melancolías infinitas 
esmaltadas de misteriosos secretos como los rincones y 
más espesos matorrales de las hondonadas nuestras, 
solo le faltaba la guitarra terciada á la espalda con 



galantes rosetones de cintas celestes y blancas, para 
repcoducir en vivo, el retrato que yo me tengo hecho 
del payador Santos Vega, del guapo andariego y pun- 
donoroso, del mejor amigo de sus predilectos y del 
terror* de sus adversarios. 

Marchamos largo, A las diez de la mañana se nos 
incorpora el coronel Gabriel Orgaz Pampillón con un 
grupo importante de ciudadanos viriles. 

Este distinguido servidor, respetuoso de compromisos 
contraídos, se había alzado en armas el 5 de Marzo 
saliendo del pueblo de San Gregorio . á las 11 del día 
con los correligionarios siguientes, cuyos nombres es 
acción justa retener, capitán Juan Gómez, teniente 
Nicomedes Zamora, sargento Felipe Ramírez y los sol- 
dados Guillermo Carabajal, Pedro Corrales, Amarolino 
García, Juan Almeida, Amancio Iglesias, Pedro Acosta, 
Manuel Amorín y Baldivio González. 

Como tuviese conocimiento de hallarse el comisario 
del pueblo, Bautista Ay9aguer, con 170 hombres entre 
Carpintería y Achar, y el coronel Sena con cerca de 300 
para abajo del Paso de Coimán del Arroyo Malo, creyó 
prudente vadear el Rio Negro esa misma noche por el 
Paso Real de Polanco, acampando sobre la barra de Car- 
pintería. 

Incorporado á su gente el capitán Gauna, recien su- 
blevado, apenas constituido una veintena de hombres, 
de las cuales la mitad estaba armada de facón y pistola. 

Por eso y en vista de and^i el famoso Ciríaco Sosa 
por el Chileno, tomó rumbo al arroyo Malo juntándosele 
en el camino el comandante Juan Antonio Rodríguez, 
conocido por VallejOj quien solo traía consigo sus se- 



S94 POFl LA. F>ATFIIA 

tenta y siete años. Este veterano que nunca aban- 
donó el ejército, había peleado en la batalla de Cagan- 
cha; más de medio siglo atrás! 

En completa ignorancia de lo que sucedía en el resto 
del país, permaneció quince días el coronel Oígaz y 
Pampillon. Como aquella espectativa indefensa no po- 
día prolongarse, hizo un chasque á la frontera en pro- 
cura de noticias ciertas. 

Mientras tanto su situación era precaria. Careciendo 
de pertrechos indispensables, juzgó discreto mantener 
desparramadas sus partidas. 

El 19 supo por intermedio de un vecino, que co- 
rrían rumores de un triunfo campal alcanzado por Die- 
go Lamas y que éste avanzaba hacia el punto. 

Inmediatamente envió en calidad de chasque al ciu- 
dadano Juan Ramón Torres con orden de esclarecer 
esta versión y entregar comunicaciones á los amigos 
que hallara. 

Al anochecer del 20 regresó el. emisario diciendo 
que en efecto los nacionalistas venían avanzando Eío 
Negro arriba después de cruzarlo al Este del Paso de 
Bustillos. 

El 21 se incorporan al coronel Orgaz y Pampillon 
los correligionarios Gowland Lawrie, Pruenza, Carrasco^ 
Craidhillac, Mirllan y Manuel Bavio, fuerte hacendado, 
quien sale al siguiente día en descubierta de las fuerzas 
de Lamas. 

Merece, pues, bien de su partido el coronel Orgaz 
y Pampillon que tiene sus despachos de tal desde 1870^ 
— por el sincero esfuerzo realizado en completa orfan- 
dad de recursos. 



IPOTX. LA I^ATR.IA SOS 

Después de medio día acampamos sobre el Río Ne- 
gro en el establecimiento de don Pío Mutter, acauda- 
lado amigo de causa que goza de la veneración de 
los desheredados. 

Invitado á comer en su casa, á ella concurro, aunque 
abrigando cierto disgusto. ¿Por qué motivo se han de 
cerrar estas preferencias para mis compañeros de ar- 
mas? 

Los partes de la retaguardia dan al general Díaz 
en nuestra persecución. Cuesta convencerse de que el 
mencionado tenga mayor empeño en encontrarse cara 
á cara con sus ex-correligionaríos. 

Pronto llegamos al pueblito de Polanco, villorio en- 
terrado entre las arenas del Negro. Con verdadera ale- 
gría se nos recibe allí. 

Después de interrumpir la comunicación telefónica 
con el Paso de los Toros y de comprobar que el Mi- 
nistro de la Guerra viene en nuestro seguimiento con 
5,000 hombres, doce piezas de artillería y cocinas eco- 
nómicas, carretas de víveres delicados, colchones y 
demás sibaritismos, seguimos marcha. Antes de poner- 
se el sol pasamos por frente á la casa de don Manuel 
Cibils, patriota ciudadano envejecido sirviendo á su 
partido. 

Ciego y postrado no puede presenciar ahora nuestro 
desfile marcial, pero en su homenage manda tocar el 
Coronel una diana. 

Cierto estoy de que al conjuro de aquella clarinada 
que tantas esperanzas realizadas pregona, tembló em- 
bargado por briosas emociones el impertérrito soldado 
de la justicia. 



A las ocho de la noche nos detenemos sobre una 
buena aguada para continuar la marcha cuatro horas 
después. 

El día anterior se produce un incidente lamentable 
que coloca en pique á dos figuras salientes de la división 
y prepara, aunque de exterior ligero, pedestal para gra- 
ves rompimientos. 

Estando el Coronel apartado por casualidad — reco- 
rriendo las filas — de la cabeza de la columna, vino un 
vecino á reclamar cortesmente determinado caballo de 
su aprecio en poder de los soldados del coronel Gon- 
zález. 

Somete esta petición al doctor Terra quien ordena al 
jefe referido que haga entrega inmediata del animal 
cobrado. La aversión mantenida contra el Delegado del 
Comité, sin razón ó con ella, encontró estallido entonces. 

A la orden enviada contestó el coronel González que 
él como soldado sólo aceptaba disposiciones militares 
emanadas de su superior el coronel Lamas. 

Esa enmienda aunque algo brusca fué merecida, pues 
el doctor Terra llevado quizás de su buen deseo, había 
extralimitado sus funciones de índole absolutamente 
civil. 

No tuvo el Delegado la bastante cordura para resol- 
ver en forma amistosa tan importuno desagrado. Por ló 
contrario, impone al Coronel de lo ocurrido y exige qne 
se castigue la rebeldía, que no era tal, del coronel 
González. 

La posición del jefe de Estado Mayor se diseñaba 
difícil. Entonces propone someter el asunto al fallo de 
un Consejo de coroneles. El doctor Terra tuvo el poco 



F»OI< LA PATFtlA 30r 



tacto de llegar á esos extremos y de pedir dura pena 
para el digno jefe de milicias. 

Esa misma noche ?fectuóse la asamblea. Expuso* el 
Delegado sus improcedentes agravios, siendo sostenido 
con todo calor por el coronel Nuñez, su único acompa- 
ñante en esta emergencia. Nosotros oímos aquel debate, 
así pues, gozamos de autoridad para disecarlo. El co- 
ronel Díaz Olivera replicó de manera oportuna y correcta 
al doctor Terra, declarando que como particular acataba 
la investidura civil del Delegado pero que como soldado 
no le reconocía al mismo ingerencia directa en el desa- 
rrollo de la guerra. 

Este criterio se impuso y nada mortificante se hizo 
con excepción del desaire que propiciara para sí, el autor 
del conflicto. Sin embargo, el suceso divulgado hirió 
el prestigio oficial del representante del Comité y ten- 
dría más adelante sus colazos. 

Día 23, martes, — La falta de vaqueano dá lugar á un 
pequeño desvío del rumbo verdadero. Aunque el sueño 
nos disputa á la disciplina, amanece sin que la columna 
haya sufrido trastorno. Yo solo sé que el caballo se me 
cansó y que la muda no fué mucho mejor. Si habría so- 
ñado jamás las incalculables ansiedades que pasaría por 
un jamelgo! A Jas 10 acampamos en el arroyo Las 
Cañas. 

Ese fué día dedicado al descanso. Dormí toda la 
tarde y toda esa noche sin intervalo. 

Día 24, miércoles, — Temprano ensillamos. Continúa 
pisándonos la retaguardia el rumor de esa persecución 
ministerial que tiene ya visos zarzuelescos. Sin novedad 
nos sorprende la noche acampados en el Paso de Eobi. 



808 lr»OFl LA. FRATRÍA 

Allí queda, en condiciones precarias aunque hospedado 
en el apreciable hogar de un señor Robi, el mayor Ma- 
nuel Rodiíguez con su pierna en mal estado. Allí su- 
frió pesares indecibles. Después nos ha contado este 
distinguido compañero que su mejor protector contra 
brutales atentados, fué. . . Ciríaco Sosa! 

Exactamente el mismo. Querido quiso cometer un co- 
barde atropello con el indefenso inválido, pero chocó 
con la voluntad resuelta de Sosa. 

Hasta el fondo más oscuro suele llegar un rayo de 
luz. De cualquier modo, este episodio honra á ese je- 
fe de tan sombría hechura. 



Las Cañas 



Dia 25, jueves — A tres leguas de marcha nos dete- 
nemos á fin de evitar una insolación, en la confluencia 
de los arroyos San José y Ceibal. Pido y obtengo 
permiso para almorzar en el fogón de los duraznenses. 
Cuando nos disponíamos á llenar este importante de- 
ber oimos claramente un tiroteo: es la prometida hos- 
tilidad que cristaliza. 

Cortado de la Escolta y deseoso de no ser sim- 
ple espectador del combate porque el ejemplo se im- 
pone en todos los terrenos, me lanzo al azar en busca 
de una colocación hábil. 

Al avanzar hacia el peligro me acuerdo de mi de- 
solada madre, de que ella morirá si yo muero, y apuro 
el galope de mi caballo para no contestar á esta in- 



F>OR. LA. F»A.Xl=tíA 300 



terrogación comprometedora que me sube á los labios: 
¿tiene un hijo él derecho de sacrificar á quien le dio 
con el ser, educación y sagrados deberes que cumplir? 

Me conformo pensando que la culpa de esa rebe- 
lión no es nuestra. La sangre de los revolucionarios 
caerá única y pesadamente sobre la cabeza del mal 
gobernante que con su infidencia reiterada nos ha con- 
ducido á este resultado pavoroso. 

Sin saber como^ me agrego á una guerrilla desple- 
gada por el coronel Marín á la cual se le ordena 
echai* pie á tierra y avanzar. 

Lamentamos no poseer un croquis del terreno don- 
de se libró la acción de Las Cañas^ de resultados 
ridículos para el gobierno é importantes para 'nosotros. 

Con todo trataremos de dar una ligera idea al res- 
pecto. Las ondulaciones acentuadas de aquellos cam- 
pos mueren en planicie sobre el arroyo Las Cañas* 
Aquel terreno de atrayente paisaje se presta para 
el desarrollo de operaciones militares bien combinadas. 

El enemigo apareció á unas cuarenta cuadras de 
nuestro ejército que estaba acampado sobre la mar- 
gen opuesta del arroyo. 

Inmediatamente desplegó el Coronel una línea de 
tiradores con protección de lanceros. La denodada in- 
fantería era acreedot^ á un descanso y por eso se 
mandó reemplazarla con las divisiones de los coro- 
neles Marín y González. 

Mientras tanto el grueso de nuestras fuerzas al- 
morzaba tranquilamente.' 

Sería la una de la tarde cuando el enemigo inició 
desde gran distancia un fuego sin intervalo que nos 



400 I>OK. Iw.'V F»ATFtIA 

recordó las descargas de Tres Arboles, era. tan ince- 
sante su tronar. Nunca he visto ofensiva más estéril* 
Las mismas balas de máuser^ de prodigioso alcance, 
llegaban casi perdidas. 

En un principio nuestra gente respondió con mu- 
cho menos ardor, á ese estúpido derroche de cápsu- 
las; pero luego se arrolló á una guerrilla de los atacan- 
tes tomándoseles tres prisioneros. 

Como ya las municiones iban escaseando — ¡preocupa- 
ción ésta que barrena el cerebro, — se dispuso cesar en 
el tiroteo. 

Ante esta repentina mudez recrudecieron los disparos 
enemigos que sin adelantar un paso, sin disponer el do-. 
minio de una posición más inmediata, cumplian con des- 
gano su papel ofensivo. 

Aquello resaltaba inaudito y sin embargo había sido ' 
previsto por el Coronel. Apenas unos trescientos hom- 
bres estaban parando sin hacer fuego en las últimas 
dos horas, á más de mil soldados en su mayoría de 
línea. 

El coronel Lamas acompañado de sus ayudantes, 
ocupaba el puesto de más peligro, á caballo sobre una 
altura y examinando el movimiento adversario. 

Mientras tanto, una valerosa paisana vieja que vivía 
allí mismo en una. especie de tapera, en sociedad de 
media docena de gallinas y una yegua jubilada, le ceba- 
ba mate riéndose con alegría del papalón de los guber- 
^nistas. 

No hacía mucho rato que por ese sitio se habían 
retirado ellos á escape, cuando los nuestros intentaron 
flanquearlos. 



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I 

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F»OE^ LA PATtxlA. 401 



— Si coronel, repetía la viejft remozada coii estas im- 
presiones y sin acordarse del peligro á que estaba ex- 
puesta, — le aseguro que cayeron pero completamente 
deshilachados á la cañada. 

Deshilachados, nunca se nos hubiera ocurrido usar 
de esa palabra para calificar tal desconcierto y sin 
embargo esa era la procedente. 

Fácil de ser adivinada la inconciencia y bochinche 
de la actividad enemiga. 

A las cuatro ordenó el Coronel, en primer término, 
que el ejército, ya repuesto de sus fatigas, nos esperara 
en disposición de marchar, pues distaba más de media 
legua; y en segundo lugar, que el 1.° de infantería 
viniera á sustituir á la división San José para prote- 
jer la retirada. 

Los soldados gubernistas clavados en el suelo ni in- 
sinuaron seguirnos cuando había tiempo de sobra para 
ello. 

A su vista se replegó la línea, haciendo el servicio 
de retaguardia el mismo Coronel con el caballo de la 
rienda, seguido por una docena de muchachos, y setenta 
hombres más, es decir, todo el 1.® mandado en esa oca- 
sión por el bravo mayor Orúe. 

Llueven las balas que solo picotean el piso. Ya todos 
dan la espalda al fuego, ni siquiera contestado, maiv 
chando á pié. Ese lujo temerario lo dispone quien es 
el alma de aquella hermosa operación. Me estremezco 
ante la posibilidad de que alguna «bala inteligente»* 
tronche su existencia tan indispensable. 

A las 4 1/2, después de una biíllante retirada, nos 



confundimos con la división que espera órdenes para 
moverse. 

Y en efecto, integrada la columna nos ponemos en 
marcha para no volver á tropezar jamás durante siete 
meses, con los cuerpos de caballería tan crudamente 
burlados. 

El desarrollo de la acción de Las Cañas es apenas co- 
nocido, y sin embargo, no vacilo en declarar que en 
aquel escenario hizo figura otra vez culminante el coro- 
nel. Más aún; aquella retirada ceñuda, después de cas- 
tigar con provechosa audacia un simulacro de avance^ 
puso en trasparencia la serenidad sin claros de nuestro 
gefe, su capacidad estratégica y también el tino de sus 
sabias combinaciones. 

Debemos recordar que en ese día pudo haber lavado 
el gobierno su derrota del 17 de Marzo. Las circuns- 
tancias se le ofrecían bien aparentes, pues el cumpli- 
miento del plan revolucionario nos empujaba sobre Mu- 
niz, mientras Escobar podía cerrarnos el pasa ge al Norte 
del Negro. 

Insistimos sobre el carácter saliente de la actitud del 
Coronel en Las Cañas. Pinta con toda verdad sus mé- 
ritos militares, el ataque dispuesto sobre el confiado 
enemigo al principio de la acción. En efecto, este em- 
puje atrevido y arroUador impresionó á los adversarios 
al punto de no pretender adelantar después un paso so- 
bre sus primitivas posiciones. Pues cuando algún oficial 
le advertía al coronel que podrían aquellos intentar un 
flanqueo, replicó con convencida certidumbre: 

— Esa gente no se mueve en toda la tarde de aquellas 
cuchillas. 



F»OFt LA. FA.TFIIA 403 

— — - .-- -■ .■...■..■.■ ■ i— i— »_ . . _ . _ . . 

Y al pié de la letra se llenaría ese vaticinio arriesgado. 
Cuando recuerdo ese ataque sin frutos absolutamente 
ningunos para los ofensores, pues nosotros sólo tuvimos 
dos heridos, uno de los cuales de gravedad, quedó pos- 
trado en una pulpería cercana, me cuesta convencerme 
de la importancia numérica y calidad de los soldados 
gubernistas. 

Pero para abonar nuestros juicios pedimos datos á la 
obra del señor Giménez Pastor, donde averiguamos que 
quien nos acababa de dar platónico alcance, era el coro- 
nel Beltrand con los regimientos 1.® y 4.® y seiscientos 
milicianos. En total 1.500 plazas que nada hicieron. 
En resumen una nueva vergüenza para el ejército preto- 
riano. 

No sé quién mandaba en gefe á los bordistas el día 25 
de Marzo, pero con toda certeza puede asegurarse que 
alguna otra reputación militar usurpada quedó perdida 
bajo una lápida de vulgaridad y de excesiva prudencia, 
en. la costa de las Cañas. 

Leyendí» en dias posteriores los boletines oficiales, su- 
pimos que el enemigo confesaba siete bajas. 

Empujados por el anhelo de la incorporación seguimos 
marcha. Desde hace ocho días venimos en busea del 
general Saravia, y apesar de que en todas partes se nos 
xifirma estar este cercano, no podemos fusinarnos con 
A. Como el horizonte parece alejarse á medida que 
avanzamos. 

Mucho me inquieta todo esto. 

Si Saravia conoce nuestra invasión ¿cómo no nos pro- 
cura? La pregunta salta sin respuesta satisfactoria. 



40-4 F>OR. LA PAXr.I/V 



Las revoluciones que no avanzan retroceden j la 
nuestra parece que no avanza. 

Hasta altas horas caminamos esa noche vadeando* 
por el paso de Tio Antonio el arroyo Cordobés, ribe- 
teado de molestos pajonales donde reinan autocrátícas 
las víboras de la cruz, para acampar en el Departa- 
mento de Cerro-Largo. ¡Cerro Largo! Ya nos parece 
que estamos en zona amiga y victoriosa. 

Debemos advertir antes de doblar esta página, que 
la pelea de las Cañas fué dada contra la vanguardia 
del general Santos Arribio reemplazante á última hora 
de su igual don Juan José Díaz. 

Nada mejoraba el gobierno con el cambio. Talvez; 
empeoraba su situación. Este jefe, aficionado á todos 
los refinamientos, no era el militar aparente para des- 
truir á una revolución que empezaba por ser estoica 
acreciéndose en el infortunio. Aquel, aunque soldado 
de la campa&a del Paraguay, no ostentaba ningán 
mérito personal. 

Ganando sus grados al servicio del despotismo, solo- 
recordaremos que siendo jefe del departamento de Eio- 
Negro fué corrido estando este en condiciones muy 
inferiores, por el resuelto coronel Layera cuando su 
intentona de 1885. 

Así no puede estrañarnos que el general Arribio 
nunca peleara con los revolucionarios, á quienes jamás 
tuvo apuro en alcanzar. Su actividad militar se redujo 
á ir hasta Artigas y volver al Sur con su gente desnu- 
da y desmoralizada, dejando en ese largo trayecto que 
paseó recuerdos tan adversos cuanto calificables. 



FOFt LA. F»ATFtIA 40S 



Incorporación con Saravia 



Dia 26, viernes — Vamos adelante. ¿Y Saravia? En 
unas partes se nos asegura que éste ha deshecho á Mu- 
niz; en otras las noticias son menos optimistas. 

Pero marchando ya por campos de propiedad de Chi- 
quito, podemos comprobar que éste arrojado caudülo ha 
sido muerto al llevar una carga á lanza. Con él des- 
aparece un héroe y un patriota de noble estirpe cam- 
pesina. 

Imagino los tormentos porque estará pasando el Co- 
ronel ante el fracaso de las incorporaciones que habrían 
prestado nervio á su plan estratégico ya expuesto. 

Si los vencedores de Tres Arboles hubieran contado 
en aquella coyuntura con los seiscientos hombres de 
la expedición del Uruguay, se hace prisionero al ejército 
enemigo, pues solo faltó allí im empuje fínal. 

Aun con esta contrariedad, si el General hubiera 
concurrido como acordara, al Paso de los Toros, no 
se dá la batalla del Arbolito y fusionadas sus fuerzas 
con las victoriosas del Coronel, se espera al nuevo 
ejército al mando de don Juan José Diaz. 

Derrotada esa nutrida columna en las inmediacio- 
nes de una cabecera ferroviaria, ¿precisaba la revo- 
lución internarse hacia el Eate? 

De ningún modo. Es conocido el abatimiento que 
introdujo en el seno, del oficialismo el rudo golpe del 
17 de Marzo. 

Renovado el contraste ¿no habría llegado el momen- 



^Oe F»OFt LA. F»ATFtIA 

to de marchar en ferrocarril, sobre Montevideo dejan- 
do al ejército de Villar curándose de sus dolores, por 
Paysandú, y á Muniz agazapado entre los pedregales 
de su guarida? 

Pero nada de esto pudo hacerse gracias á inespera- 
das fatalidades, que luego explicaremos. 

De cualquier modo, ya resalta el acierto notable que 
presidió á la combinación general de Lamas. Sin co- 
nocer el país, ignorando las distancias, en aplastadora 
escasez de elementos, él sin embargo, trazó sobre el 
papel un plan eficaz, al cual dieron verdadero lustre 
los acontecimientos. 

En este día avanzamos siete leguas, deteniéndonos 
sobre el arroyo Lechiguanas, Paso de Medina. 

El Coronel provoca una reunión de jefes superiores- 
Creo que ella tuvo por objeto cambiar ideas sobre el 
rumbo á seguir, en vista del silencio inexplicable que 
nos rodeaba. 

Antes de las cinco proseguimos camino, por entre 
sierras de capricho andino que sirven de marco á pano- 
ramas realmente espléndidos. 

A cuatro leguas de distancia echamos pié á tierra 
junto al arroyo Tarariras. 

Día 2 7, sábado — Los rumores que vuelan como una 
fantasía alrededor de la personalidad intangible del Ge- 
neral no se concretan, pero atando cabos, es posible 
adivinar que la acción del Arbolito ha sido indebida- 
mente empeñada por los nuestros. 

Sin embargo, el pregonado triunfo del gobierno no es 
tal en esencia. 

Alas quisiéramos tener para llegar de una vez a^ 



F>OFt LA F»ATF11A ^OT 

» ■ - - - ■ 11-11 

teatro de los sucesos y ponernos al habla con los actores. 

Se nos informa de que á pocas leguas, anda una 
fuerza amiga recogiendo caballadas. Son estos los pri- 
meros datos certeros que recibimos. 

Entrada la noche acampamos sobre el arroyo Tu- 
parabay. 

Día 28, domingo, — ¡Día de grandes satisfacciones 
este! El coronel Martirena es informado por su amigo 
el vecino Antonio Ignacio Rodríguez, de la proximidad 
de Saravia. En mi presencia vertió tan halagüeña noti- 
cia y recuerdo que en aquel instante indagué el nombre 
del informante que hasta simpático me pareció, para dar- 
le un sitio en mis libretas. ¡Era tanta nuestra alegría! 

Desvanece cualquier duda la llegada de un chasque 
enviado por el General. Ya sólo resta realizar la incor- 
poración, confundir en un abrazo de fraternidad á las 
dos fracciones perseverantes. 

A las siete de la mañana nos movemos Tupambay 
arriba. Al dominar una loma y siendo las nueve y diez 
minutos, divisamos al ejército tan buscado que culebrea 
por entre lejanas vertientes. 

Con cuanto orgullo republicano abrazamos el animado 
espectáculo que se ofrece á nuestra vista ansiosa de 
acariciar las falanjes correligionarias. 

El Coronel ordena entonces que la división forme en 
línea de batalla para presentar las armas á don Aparicio 
Saravia, General en Gefe del Ejército Nacional. 

En posición paralela al arroyo inmediato y de á uno 
en fondo, se extienden nuestras fuerzas destacándose 
al frente el grupo del Estado Mayor. 



-408 F>OFl LA.YF*ATFliA 

Aquella línea gallarda y vistosa, presenta aspecto de 
subida marcialidad. 

Al encuentro del superior salen el Delegado y el Co- 
ronel Lamas. En una casa equidistante de ambos nú- 
cleos, se entrevistan con el general Aparicio Saravia 
que estando ese día enfermo los esperaba en cama. 

Después de una larga conferencia y sin realizarse la 
anunciada revista, se nos ordena acampar en el mismo 
punto. 

Fué esta pues, la vez primera que el coronel Lamas 
y el doctor Terra tuvieron ocasión de hablar con el Ge- 
neral. 

Hagamos un breve trasunto de las opiniones de este 
último respecto á los re cien llegados, que conocimos 
mucho tiempo después en conversación sostenida junto 
al asador, de boca del mismo protagonista. 

Saravia simpatizó de Lamas, aunque no sucedió cosa 
semejante con el doctor Terra. Nuñez á quien conoció 
luego, tampoco se le hizo agradable. 

El hecho indiscutible de venir el Coronel agasajado 
por la victoria y de hallarse el General en relativo aba- 
timiento, pudo haber producido algún poco de recelo y 
hosquedad por parte del último; pero Lamas, correcto, 
sincero y expontáneo, supo alejar hasta el reflejo de una 
petulancia y Saravia que es ante todo un hombre de 
gran corazón, le brindó pronto su afecto que posee 
corriente torrentosa, y empezó á quererlo. 

En cuanto al Coronel, pronto se sintió ganado por la 
pure.^a y sencillez de su nuevo jefe. 

Más tarde, arando juntos un mismo surco, recogiendo 
herníanados en el sacrificio y en las hazañas idénticas 



FOR, LA. F»A.XFtIA 40Q 



tribulaciones y dichas^ ellos adobaron ese cariño inci- 
piente, aprendiendo á comprenderse y á admirarse mu- 
tuamente. 

Esta alianza tan preciosa de dos entidades que se 
complementan, n<5 porque el uno sea el brazo y el otro 
la cabeza, como se dice por ahí — que ambos descuellan 
con luz propia en su arte, — sino por representar Sara- 
via el genio de las campañas y Lamas la idiosincracia 
de las ciudades, vale más que todas las aflicciones su- 
fridas, pues ella encarna la personería militar briosa, 
irresistible y patriótica, de la causa nacionalista. 

A ellos tocará escribir el encabezamiento de las pági- 
nas regeneradoras del futuro. 

Con la visita de algunos compañeros del otro ejército 
obtenemos datos ciertos sobre el combate librado en el 
Arbolito contra las fuerzas gubernista ai mando del 
general Justino Muniz. 

Antes de relatar el desarrollo de ese importante 
acontecimiento, conviene cerrar el párrafo correspon- 
diente á este día de tan felices saudades. A las cuatro 
aproximadamente proseguimos la marcha. Vamos en 
seguimiento de Muniz á quien se dá á nuestra van- 
guardia. Hay vital interés en batirlo antes de que 
alcance á fusionarse con el ejército de Arribio. 

Acampamos sobre el arroyo Quebracho en un paraje 
sin agua y sin pasto. La condición precaria de los 
caballos nos preocupa más ahora que estamos frente á 
un enemigo conocedor como pocos del escenario. 

Al terminar ese día memorable para nosotros, caduca 
el mando en jefe del coronel Lamas, quien en menos 
de cuatro semanas había conseguido una victoria des- 



41 o F»OFt LA. F^ATFllA 

conocida por su índole en los anales militares de la 
nación, burlado múltiples columnas adversarias y avan- 
zado ciento cincuenta leguas en el interior del país, 
hasta cumplir, con la amplitud que quiso, su acariciado 
propósito de incorporarse al General. 

Y esta cruzada tranquila, reposada y sin privaciones, 
señalaba una innovación provechosa en el desarrollo 
de nuestras guerras, que antes tuvieran míís carácter de 
correrías y golpes audaces que de campañas regulares. 

Sin galopar, sin dormir nunca con el caballo de la 
rienda. Lamas que hasta ayer fuera un oficinista, había 
conducido á sus tropas á inmensa distancia, con la se- 
renidad saludable de quien se mueve sobre un tablero 
de ajedrez. 

Quien desembarcara en el Sauce con veinte y un com- 
pañeros, presentaba á los veinticuatro días una brillante 
falange de 1700 hombres. 

Esa noche descansó contento el Coronel. Cuando 
algunos de sus subalternos lo felicitamos por el éxito 
de esa primer etapa, nos agradeció con efusión, sin 
disimular su largo alivio. 

¡Por fin ocupaba su ansiado puesto de Jefe de Es- 
tado Mayor! Este desprendimiento sincero, esta mo- 
destia sin coloretes, retrata la altura moral de aquel 
ciudadano. 

En cuanto al gobierno, su papel había sido desai- 
radísimo. Veinte mil hombres puestos en acecho con 
inagotable capital de pertrechos y municiones, con fe- 
rrocarriles en disponibilidad, no fueron capaces de in- 
terrumpir un itinerario estratégico, entorpeciendo el fu- 



F»OFt LA F»ATFIIA -4 1 1 

sionamiento de Saravia y Lamas que á toda costa de- 
bieron evitar. 

En adelante, de mano dada el fía?idú y el peliukf, 
como respectivamente calificaran á nuestros jefes los 
soldados bordistas, ¿quién cortaba el vuelo de sus atre- 
^'lmientos? 

Para finalizar, veamos el calibre de las mentiras ofi- 
ciales insertando un párrafo pertinente al asunto, to- 
mado de una comunicación dirigida al Presidente por 
el coronel Escobar. 

«Campamento en marcha. — Paso de Pereira del Río 
Negro, Marzo 29 de 1897. 

«He tomado el flanco izquierdo á Lamas. He llega- 
do á este punto encontrando sólo partidas sueltas que 
he hecho tirar al agua tomándoles caballos ensillados 
y armas. Hoy mando á Aceguá á descubrir si aun se 
encuentra Aparicio Saravia por aquellas inmediaciones.» 

He ahí una novela con tapas de papel de estraza. 

Teniendo á sus órdenes más de mil hombres, Escobar 
se contentaba con tomarnos un flanco, y á tanta distan- 
cia que sólo por su parte pubUcado supimos de esa 
proximidad. 

Eso de las partidas dispersadas es sencillamente in- 
cierto. ¿Porqué no nombra á alguno de los cabecillas 
perseguidos? 

En cuanto á lo demás de ese parte, Sara\na casti- 
garía algunos meses después la fanfarronería fofa que 
destila, poniendo en derrota á su autor, desalojado á 
caña tacimra del Paso de Guaviyú. 



SIS I>OFL LA. PATRIA. 

Aquí termina la primera parte de este humilde libro; 
pronto entrará en prensa la segunda. 

El apuro que ha presidido á su impresión explica 
algunos pequeños errores deslizados. Sólo señalaremos 
la ausencia de un no indispensable en la página 5^ y 
la omisión del título Espectáculo triste en la página 375. 



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él pian ae campana . . . . 

El general de la revolución. . 



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156 



II 

Pags. 

Las fuerzas del gobierno 158 

Un ejército pretoriano 161 

El manifiesto del Comité ........ 168 

Apreciando ese documento 180 

Lamas y sus compañeros 187 

Duvimioso Terra 190 

Las instruccioues del Delegado 193 

Abordo del «Leonor» 199 

Abordo del «Ernestina R» 204 

Combate con «El Vigilante» 209 

En tierra oriental 213 

José González — Su levantamiento 219 

Cicerón Marín — Los maragatos " 226 

Saura y PampLQon 230 

Mis apuntes de la campaña 232 

¡Incorporados! 238 

El primer encuentro 242 

Los caudillos 247 

Más voluntarios 251 

En línea de pelea . . . . . . . . . . ' . 253 

En el Norte 256 

La expedición del Uruguay 261 

Rincón de Aurora 267 

Incorporación de Nuñez 271 

La columna de la Isla 273 

Desembarque en Conchillas 281 

Tiroteo con Galarza 287 

El teniente Layera 289 

El campo de Tres Arboles > • • 295 

La batalla . , . . . 301 

La persecución 310 

José Villar 314 

El enemigo antes de la pelea 316 

Los frutos de la soberbia 320 

El plano auténtico 324 

Cálculo de las fuerzas 329 



III 

'• ! Paga. 

I I Las bajas de ambas partes 282 

! Rasgos memorables 235 

¿Sorpresa? 339 

Los partes de Villar 342 

Prudencia previsora • . . . 346 

Discutiendo una hipótesis 349 

El nombre de Lamas 352 

Ricardo Flores 359 

Rafael A. Pons 362 

; Los mayores Herrero y Alvarez 467 

I Montautti, CoU y otros 372 

I Espectáculo triste 375 

j La Orden General 383 

I El ejército ministerial .* . 

Los amigos del Durazno. . . : 

Las Cañas * . 

Incorporación con Saravia 



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